Espié a mi vecina en la piscina y mi mujer me descubrió
Era una noche de finales de julio y hacía un calor insoportable. Teníamos las ventanas abiertas de par en par para intentar que corriera algo de aire, pero ni así se podía dormir. Las sábanas se pegaban a la piel y el ventilador del techo solo movía el bochorno de un lado a otro de la habitación.
A eso de las tres de la madrugada se escuchó llorar a Mara. Tenía diez meses y hacía poco que la habíamos pasado a su propio cuarto. Su llanto cortó el silencio de golpe, y supe que alguien iba a tener que levantarse.
Carla dormía solo en bragas por el calor. Me dio un codazo flojo y murmuró que esa noche me tocaba a mí, así que, tal como estaba, en calzoncillos, no me quedó más remedio que arrastrarme fuera de la cama.
Me costó casi media hora volver a dormir a la niña. Cuando por fin lo conseguí y la estaba dejando con cuidado en la cuna, escuché unos ruidos que venían de la ventana. El cuarto de Mara daba directamente a la piscina de la comunidad. En teoría no se podía usar pasadas las diez de la noche, así que era raro oír chapoteos a esas horas, y más todavía de madrugada.
Me acerqué despacio y miré hacia abajo. Distinguí dos siluetas dentro del agua. Me costó reconocerlas, porque estaba casi todo a oscuras; solo una farola alejada, de las que iluminan las zonas comunes, dejaba caer una luz tenue sobre la piscina. Aun así pude adivinar enseguida quién era una de ellas.
No sabía su nombre, pero la conocía de vista. Era la hija de unos vecinos que se habían mudado al bloque hacía pocos meses, gente con la que apenas habíamos cruzado dos palabras. La chica tendría poco más de veinte años. Más adelante supe que se llamaba Daniela y que acababa de cumplir veinticuatro.
Era la sensación del verano en la comunidad. Bajaba a la piscina con unos bikinis que dejaban muy poco a la imaginación, y más de una tarde la había visto tumbarse al sol con un tanga que no escondía nada de su cuerpo. Tenía la piel morena y firme, las caderas anchas y unos pechos medianos pero muy bien puestos. Cada vez que se levantaba a darse un chapuzón, medio bloque la seguía con la mirada por encima de las gafas de sol.
Junto a ella había un chico. No sabría decir si era su novio o un ligue de esa noche, porque desde luego nunca lo había visto por allí. Los dos estaban en la parte honda y solo se les veía la cabeza, pero por el montón de ropa amontonada en el bordillo no era difícil suponer que estaban completamente desnudos. Desde la oscuridad de la habitación, me quedé quieto, observando.
Se estaban besando dentro del agua, despacio, sin prisa, como si tuvieran toda la noche por delante. La mano de Daniela se movía bajo la superficie de una forma que no dejaba lugar a dudas. O se estaba tocando ella, o le estaba haciendo una buena paja al chico. Yo todavía no había visto nada concreto, pero ya notaba el bulto tensándome los calzoncillos.
No tardó mucho en salir él del agua y sentarse en el borde, con los pies dentro. Estaba desnudo, como me imaginaba, y la tenía empalmada, aunque desde la distancia no parecía demasiado grande. Daniela se acomodó entre sus piernas. Su cabeza me tapaba la vista, pero no hacía falta verlo todo para entender lo que pasaba: se la estaba comiendo entera, sin prisa, con la cabeza subiendo y bajando a un ritmo lento.
Cada vez estaba más cachondo. Ya no podía evitarlo, así que metí la mano bajo la cinturilla y me la empecé a tocar, intentando no hacer ningún ruido para no despertar ni a Mara ni a Carla.
Tan metido estaba en la escena que no escuché que mi mujer se había despertado y se acercaba por detrás. Me enteré de su presencia cuando noté sus pechos apretados contra mi espalda.
—Así que a mi chico le gusta mirar —me dijo al oído, con la voz ronca de sueño.
El tono me puso muchísimo. Desde que nació Mara apenas habíamos tenido sexo, entre el cansancio, las noches partidas y la falta de intimidad. Sentir de pronto sus pezones duros contra la piel me encendió como hacía meses que no me pasaba. Su mano sustituyó enseguida a la mía y empezó a meneármela despacio mientras me besaba el cuello. Abajo, en la piscina, el chico le marcaba el ritmo a Daniela sujetándole el pelo con una mano.
—¿Cuánto tiempo llevas despierta? —le pregunté en un susurro.
—El suficiente —respondió, y me mordió el lóbulo de la oreja.
Si seguía así me iba a correr en un minuto, así que me di la vuelta y la besé. Fui bajando con los labios por su cuello, que sabía a sudor por el calor de la noche, y seguí hasta sus pechos. Los sostuve con las dos manos mientras se los lamía, y Carla suspiraba muy bajito, conteniéndose. Estábamos a oscuras, era difícil que nos vieran desde fuera, pero con la ventana abierta cualquier ruido podía delatarnos. Saber que podían pillarnos solo hacía la cosa más excitante, por si no bastaba con tener a mi mujer pegada al cuerpo y a mi vecina haciéndole una mamada al chaval a pocos metros.
***
Me apetecía jugar un poco más, así que le di la vuelta y la incliné hacia delante, apoyada en el alféizar de la ventana, ofreciéndome el culo. Le bajé las bragas hasta los muslos y me agaché para meter la cara entre sus nalgas.
No fue fácil por la postura, pero conseguí posar la lengua sobre su sexo. Estaba empapada; no había ninguna duda de que la situación la ponía igual de cachonda que a mí. Bajó una mano y empezó a tocarse el clítoris mientras yo me atrevía a ir un paso más allá y le lamía despacio. Era algo que habíamos incorporado tiempo atrás, antes del embarazo, y que aunque hacíamos en contadas ocasiones a ella le volvía loca. Le metí un dedo, luego dos, y entraron sin resistencia de lo mojada que estaba.
—Levántate y métemela ya —me pidió en un hilo de voz, sin apartar la vista de la ventana.
Cuando me incorporé eché un vistazo abajo. La escena había cambiado. Los dos se habían movido a la parte menos honda y Daniela estaba abrazada al chico, con las piernas alrededor de su cintura. El movimiento del agua era leve, pero no costaba imaginar cómo follaban, apretados el uno contra el otro.
Me terminé de quitar los calzoncillos y coloqué la polla entre las piernas de Carla. Ella misma me buscó con la mano y me guio dentro. Enseguida noté el calor de la penetración, lo apretada y resbaladiza que estaba. Me agarré a sus caderas y empecé a follármela con fuerza, cuidando de que el golpeteo no se oyera desde fuera.
Para mi sorpresa, abajo Daniela se soltó del chico, se dio la vuelta y se apoyó de espaldas en el borde. Por fin pude verle los pechos enteros. Eran tal como los imaginaba: medianos, firmes por la edad, coronados por dos pezones puntiagudos que tantas veces había adivinado marcados bajo el bikini. El chico se colocó detrás de ella y la penetró en una postura casi idéntica a la nuestra, solo que dentro del agua.
—Mira cómo le gusta —murmuró Carla, que tampoco perdía detalle—. No es la única a la que le gusta que la vean.
Tuve que bajar el ritmo si no quería correrme antes de tiempo. Pero entonces ella me avisó, también en un susurro, de que estaba a punto, así que volví a embestirla con fuerza. Nos corrimos casi a la vez, primero yo, vaciándome dentro de ella, y un instante después llegó ella, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar.
Nos quedamos abrazados un rato, recuperando el aliento, sin dejar de mirar por la ventana. Los de la piscina aguantaron un poco más y luego salieron del agua. Pudimos disfrutar de los dos cuerpos a la luz tenue de la farola; Carla, desde luego, no perdía detalle tampoco del chico. Se vistieron como pudieron, sin importarles estar empapados, y desaparecieron en la oscuridad de los jardines.
***
Dos días después bajamos Carla y yo a la piscina al mediodía. A esa hora no solía haber ningún vecino, así que estábamos solos, hasta que para mi sorpresa apareció Daniela. Llevaba un bikini azul cielo que no le había visto nunca. La parte de abajo era más recatada que otras veces, aunque lo justo de pequeña por delante para intuir que iba bien depilada.
Carla, como siempre, no pudo resistirse a ser un poco traviesa. Cuando la chica salió del agua, le ofreció una cerveza de la nevera portátil, y Daniela se acercó a beberla con nosotros. Mojado, el bikini azul transparentaba un poco y se le marcaban los pezones bajo la tela.
—Qué bien se está aquí de noche, ¿verdad? —soltó Carla con una media sonrisa, mirándome de reojo—. Yo me bañaría hasta de madrugada, con este calor.
Daniela dio un sorbo a la cerveza y se encogió de hombros, o no quiso darse por aludida o de verdad no pilló la indirecta. Pero por un segundo, justo antes de devolver la mirada al agua, me pareció que se le escapaba una sonrisilla.
Aquella tarde, ya en casa y con la niña dormida, echamos un buen polvo recordando lo de la otra noche. Y ahí, entre risas y promesas a medias de volver a asomarnos a la ventana, se quedó nuestra pequeña historia con la vecina de la piscina.





