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Relatos Ardientes

Mi mujer fingió dormir para verme con una desconocida

Carla siempre dice que somos una pareja aburrida, y en el fondo es verdad. En casa seguimos rutinas, cenamos a la misma hora y los fines de semana apenas salimos del barrio. Pero cuando nos vamos de vacaciones, algo se nos despierta. Sacamos un lado más atrevido que el resto del año mantenemos guardado bajo llave.

Ella tiene treinta y un años, melena castaña y una cara dulce que engaña a cualquiera. Es bajita, con curvas que a mí me vuelven loco y un piercing en el pecho izquierdo que solo conozco yo. Yo soy todo lo contrario: alto, delgado de gimnasio, callado. Ese verano decidimos ir un paso más allá de las playas nudistas que ya habíamos probado y reservamos cuatro noches en un camping naturista del litoral de Levante, uno que se llamaba Costa del Edén.

Al llegar hicimos el check-in. Una chica vestida con el uniforme del camping nos entregó las pulseras, nos recitó las cuatro normas básicas y nos acompañó hasta el bungalow. Las primeras sensaciones fueron tranquilas, porque el personal iba con ropa. Pero a medida que avanzábamos por los caminos de gravilla, todo el mundo iba desnudo: parejas, familias, gente de todas las edades paseando como si nada. Tetas al aire de todos los tamaños, pollas colgando relajadas, coños depilados y coños con vello, culos bronceados por el sol.

—Qué fuerte —murmuró Carla, apretándome el brazo—. Los raros aquí somos nosotros.

De camino nos cruzamos con una pareja mayor, de unos cincuenta años. Nos saludaron con un «buenas tardes» de acento extranjero y una sonrisa amable. Yo no pude evitar bajar la mirada un segundo: él tenía una polla gruesa, colgante, de las que se ven poco; ella un coño depilado a la perfección y unos pezones oscuros que apuntaban ligeramente hacia arriba. Noté el primer pinchazo de nervios. Todavía no estábamos acostumbrados a aquello.

Dejamos la comida en su sitio, ordenamos la habitación y nos quedamos un momento mirándonos.

—¿Qué tal, mi vida? —pregunté.

—Raro —dijo ella, riéndose—. Pero supongo que es cuestión de minutos. Venga, fuera la ropa.

Nos desnudamos. Ella se quitó el vestido de un tirón y quedó ahí, en medio del bungalow, con las tetas al aire, el piercing brillándole en el pezón izquierdo y el coño depilado con una raya finita de vello que a mí me pone enfermo. Mi primera reacción fue una erección que se levantó sola, sin pedir permiso, y que no supe controlar.

No puedo evitarlo, es que verla desnuda me puede.

—Marcos, en serio —dijo, mirándome la polla entre carcajadas—. Llevamos cinco minutos y ya la tienes empalmada.

—No lo hago a propósito —protesté, tapándome sin conseguirlo—. ¿Te crees que no me da vergüenza? Y hablar del tema tampoco ayuda.

—Anda, relájate, que quiero conocer el camping y ver la piscina esa de las fotos. Aunque bien merecería que te la chupara antes de salir.

—Ni se te ocurra o no salgo del bungalow en toda la tarde.

Tardé un rato en tranquilizarme, pensando en cualquier cosa menos en su lengua. Cogimos una toalla, la llave y salimos a explorar. La gente era simpática, todo el mundo saludaba al pasar, se respiraba un ambiente extrañamente sereno. Llegamos a la piscina y un cartel dejaba claras las normas: prohibido bañarse con ropa, obligatorio poner una toalla sobre las hamacas.

En la primera mesa estaban los vecinos del acento extranjero, tomándose unas cervezas.

—¡Hola, vecinos! Estáis en el bungalow veintidós, ¿verdad? —dijo el hombre.

—Sí, hemos llegado hoy mismo —respondí.

—Seguro que pasáis unos días estupendos. Nosotros somos Thierry, podéis llamarme Thi, y mi mujer es Hélène.

—Encantados. Marcos y Carla. ¿Y vosotros dónde estáis?

—En el veinticuatro, justo al lado del vuestro. Para lo que necesitéis, ahí estamos.

Parecían una pareja encantadora y hablaban un español fluido. Ahora que podía fijarme, él era delgado, canoso, sereno; tenía la polla gorda y bien puesta incluso en reposo. Ella, menuda, con el pecho operado pero discreto, unos pezones pequeños y duros, y una cadenita de brillantes alrededor de la cintura que le caía justo por encima del coño, dándole un aire elegante y guarro a la vez. Nos despedimos y seguimos hacia las hamacas.

Había tres piscinas alineadas, una detrás de otra, con un efecto espejo precioso. Dejamos la toalla y entramos al agua todavía con el cosquilleo de nervios encima. Una vez dentro, Carla me abrazó por la espalda y noté sus tetas apretándose contra mí y el roce de su coño en el culo.

—Parece que el de abajo ya se ha acostumbrado a este mundillo —susurró, y bajó la mano bajo el agua para rozarme la polla con dos dedos.

—Como sigas tocándome, se va a despertar otra vez, y aquí hay demasiada gente —le advertí, riéndome.

—Tranquilo, solo me apetecía estar pegada a ti. ¿No has visto el repaso que te ha echado Hélène con la mirada?

—No me digas eso, qué corte —dije—. Entre los nervios y que estaba hablando con su marido, ni me he fijado.

—Pues de arriba abajo. Se te ha comido la polla con los ojos. Pero no me importa, que se alegre la vista, pobre.

***

Salimos a por un helado al bar y, de vuelta a la tumbona, volvimos a cruzarnos con los franceses. Esta vez sí noté cómo Hélène me recorría con la mirada, y cómo se detenía descaradamente en mi polla antes de subir a la cara y sonreírme. Por un instante me incomodó, pero por otro sentí algo extraño y agradable: a todos nos gusta que nos miren, aunque no lo confesemos. Le devolví la sonrisa y seguimos.

Pasamos la tarde paseando y bajamos a la cala que tenía el camping al pie de un sendero. Extendimos la toalla, sacamos un cojín hinchable y nos tumbamos al sol. A unos metros, delante de nosotros, había otra pareja de unos cuarenta años: ella alta, rubia, de pecho generoso y pezones grandes y rosados; él fornido y tranquilo, con una polla larga y gruesa que le colgaba pesada entre los muslos. Noté que Carla los miraba de reojo, y no la juzgué. Yo tampoco podía quitarles el ojo de encima. Allí mirar formaba parte del juego.

Nos dimos un baño rápido y volvimos a la toalla. Esta vez abrimos la sombrilla, porque a ninguno de los dos nos gusta el sol directo en la cara. En cinco minutos Carla se quedó dormida, con la respiración pausada. Yo me puse las gafas oscuras y me dediqué a lo mío: la tranquilidad, el rumor del mar y las vistas.

No mentiré. Iban pasando hombres y mujeres de todas las edades, y a todas las miraba. Coños depilados goteando agua de mar, tetas grandes y pequeñas, culos que se contoneaban al caminar por la orilla. Inconscientemente se me empezó a poner dura, allí reposando gruesa contra mi cadera, hinchándose por segundos hasta apuntar hacia el cielo.

Qué vergüenza.

Pero enseguida me reconforté con una idea: Carla dormía, nadie nos conocía y, total, no estaba haciendo nada malo. Podía fingir que dormía y que todo había sido involuntario. A partir de ahí me recreé sin disimulo en cada mujer que pasaba, imaginándome cómo sabría cada coño, cómo se le pondrían los pezones si les pasara la lengua, hasta que la chica de la toalla de enfrente, una rubia espectacular, se levantó y empezó a caminar hacia nosotros con las tetas botándole a cada paso.

Bajé la mirada hacia mí mismo. Mierda. La tenía completamente empalmada, apuntando al ombligo, tan gorda que no había manera de disimularla. Ella llegó a mi altura e hizo el gesto de encender un mechero. Quería fuego. Rebusqué en la bolsa, se lo tendí y noté que me ardían las orejas. Ella no bajó la vista una vez, la bajó tres, cuatro, sin ningún disimulo, mordiéndose el labio.

—Gracias —dijo, con una sonrisa que se demoró más de la cuenta.

Me la ha visto entera. Y le ha gustado.

Durante el rato siguiente no pude dejar de mirarla. Se tumbó boca abajo con una revista, con las piernas ligeramente separadas, y cada poco levantaba los ojos hacia mí y hacia mi polla, que seguía dura contra el vientre. A veces se le escapaba una sonrisilla y se pasaba la lengua por los labios como si supiera exactamente lo que estaba pensando yo. Yo seguía haciéndome el dormido, mientras tipos que pasaban se comían con la mirada a Carla, sus tetas al aire, su coño ligeramente entreabierto en la postura de tumbada. Aquello me provocaba una mezcla rara de celos y morbo: saber que mi mujer estaba espectacular, que otros hombres se la estaban imaginando follada, tenía su punto.

***

Aburrido de fingir, y ya bajada la erección lo justo para poder ponerme de pie sin espectáculo, me levanté y fui a mojarme los pies en la orilla, buscando piedras bonitas para hacer tiempo. La pareja de enfrente se levantó también. Él pasó a dos metros sin mirarme. Ella pasó un metro después, me saludó con una sonrisa y, descaradamente, bajó la vista a mi polla, se quedó ahí un par de segundos largos, volvió a la cara y me guiñó un ojo.

¿Esto me acaba de pasar a mí?

Diez minutos más tarde salieron del agua. Él se fue directo a la toalla. Ella se quedó rezagada en la orilla hasta que se acercó a mí. El agua le llegaba por la cintura y las tetas se le movían con las olas.

—Hola, guapo.

—Hola —contesté, más nervioso que en toda mi vida.

—¿Qué tal? Ya se te ha relajado un poco eso, ¿no? —dijo, ladeando la cabeza y mirándome sin ningún reparo entre las piernas.

—¿Perdona?

—Antes te hacías el dormido, pero no me quitabas el ojo de encima. He visto lo dura que la tenías. Y oye, no está nada mal. Muy gorda y muy bien puesta. Tu chica tiene suerte.

Me quedé de piedra. La polla, que había ido bajando en el agua, empezó a hincharse otra vez solo por oírla hablar así.

—Bueno… es algo involuntario —balbuceé—. Perdona, no quería molestarte.

—Para nada, guapo. Me encanta ver cómo se os pone dura mirándome. A mi marido también, aunque lo veas tan serio. Le mata que otros me miren y luego se me la folla como un animal cuando llegamos a la habitación. Igual que ahora, que ya se te está despertando otra vez. Mírala, se te está poniendo dura debajo del agua, la estoy viendo levantarse.

Miré hacia abajo. Era verdad. Se veía la sombra oscura de la polla hincharse a través del agua clara, engrosándose y ganando ángulo. Miré a Carla, que seguía durmiendo bajo la sombrilla, con las tetas al aire.

¿Por qué me siento mal si en realidad no estoy haciendo nada?

No conseguí articular palabra y me metí en el agua un poco más adentro. La rubia me siguió y se colocó detrás de mí, donde no cubría. Sentí sus tetas rozarme la espalda un segundo.

—Oye, que no pasa nada —dijo en voz baja, muy cerca de mi oreja—. Sé cómo te sientes y no has hecho nada malo. Tranquilo.

—Es que me has hecho sentir un salido —admití.

—¿Y acaso no lo eres? Estoy segura de que llevas toda la tarde pensando en cómo sabe cada coño de este camping. Y yo llevo toda la tarde pensando en cómo tienes esa polla de gorda por dentro de la boca.

Me acarició la cadera por debajo del agua. Los dedos me bajaron por el hueso de la cadera y me rozaron la base de la polla, la envolvieron durante un instante entero. La sentí cerrar la mano y apretar de arriba abajo una sola vez, muy despacio, y noté cómo se me escapó un gemido bajito que ella escuchó perfectamente.

—Joder, qué gorda la tienes ya —murmuró—. Me estás poniendo empapada.

Me aparté de golpe, con el corazón desbocado.

—¿Qué haces? Está mi mujer ahí. Para, por favor.

—¿Y si no estuviera tu chica ahí? —murmuró, sin tocarme ya, pero con la mano aún a un palmo de mi polla bajo el agua—. ¿Te gustaría que siguiera? ¿Te gustaría que te la chupara aquí mismo, arrodillada en el fondo? ¿O prefieres follarme por detrás mirando a la orilla, con la gente pasando al lado sin enterarse?

No supe qué responder. El corazón me latía en la garganta y la polla me palpitaba como si tuviera vida propia. Sentí una gota espesa salir de la punta y perderse en el agua.

—Voy a parar, que no quiero hacértelo pasar mal —dijo, retrocediendo y sonriendo—. Pero que sepas que si estos días te aburres, nosotros también estamos en el camping. —Señaló mi pulsera—. Ya nos buscarás. Somos una pareja a la que le gusta jugar. Follar, chupar, mirar y ser mirados. Y a mi marido le pone especialmente ver otra polla dentro de mí mientras me besa.

Salió del agua meneando el culo y me dejó allí plantado, hipnotizado, sin saber si había sido real. Cuando por fin se me bajó lo suficiente, salí. La miré de reojo: ella sonreía sin levantar la vista de la revista, con los muslos cruzados y las piernas apretadas, sabiendo perfectamente que la observaba.

Desperté a Carla y volvimos al bungalow, apenas dos minutos de camino. La polla me iba dando tirones a cada paso.

—¿Has dormido bien? —pregunté.

—De maravilla. El baño me ha dejado nueva, me he dormido en nada.

***

Después de una ensalada rápida, nos tumbamos en las hamacas de la parcela, uno al lado del otro, y empezamos a acariciarnos. Le pasé la mano por el vientre plano, subí a las tetas y le pellizqué el piercing hasta que soltó un gemido bajo. Ella bajó la mano a mi polla y empezó a masajearla de arriba abajo, apretando la base con la palma cada vez que subía. Se me puso dura al segundo tirón y le propuse entrar.

—¿Ya? —se rió, sin soltarme la polla—. Llevamos cuatro horas en el camping y ya quieres el primero.

—Vamos tarde —dije—. Más de uno deberíamos llevar.

—Anda, tira para dentro, que aquí nos van a ver todos.

De camino no pude evitar mirar hacia el bungalow de Thierry y Hélène. Una ventana abierta, luz dentro y una sombra que se movía detrás del visillo.

¿Nos estará viendo alguien?

Entramos y ni cerramos las cortinas del todo. Carla se tumbó en la cama y abrió las piernas de par en par, sabiendo lo que me gusta: verla toda ofrecida, el coño depilado abriéndose despacio, los labios rosados brillantes ya de humedad. Me arrodillé al pie de la cama y empecé a besarle los muslos, muy despacio, subiendo desde la rodilla hasta la ingle, mordiéndole la piel suave del interior.

—No me tortures, Marcos —jadeó, agarrándome del pelo—. Vete abajo ya.

Le hice caso. Bajé la cara a su coño y le pasé la lengua entera, de abajo arriba, muy despacio, saboreando el sabor salado y ligeramente ácido de mi mujer. Ella arqueó la espalda de golpe y se le escapó un gemido largo que se debió oír en el bungalow de al lado. Volví a lamerle, esta vez metiendo la punta de la lengua entre los labios, buscándole la entrada y subiendo hasta el clítoris, dando círculos lentos.

—Sí, así, joder, así —susurraba, moviendo las caderas contra mi boca—. Chúpame el coño, mi amor, chúpamelo bien.

La había dejado empapada en cuatro pasadas. Le metí un dedo mientras seguía chupándole el clítoris y noté cómo su coño se cerraba de golpe alrededor. Estaba mucho más caliente de lo normal, mucho más receptiva. Metí un segundo dedo y empecé a moverlos hacia arriba, buscándole el punto, mientras la lengua no le dejaba en paz.

—Me voy a correr, me voy a correr ya —gimió, agarrándome el pelo con las dos manos y apretándome la cara contra su coño—. No pares, no pares.

Se corrió con un espasmo largo, con los muslos apretándome la cabeza y una serie de gemidos entrecortados que no intentó reprimir. Sentí su coño palpitar alrededor de mis dedos, contrayéndose una, dos, tres veces. Cuando por fin aflojó las piernas, subí, la abracé y me la puse de lado, pegado a su espalda, a cucharita.

Le levanté la pierna de arriba y me deslicé dentro de ella muy despacio, notando cómo su coño empapado y todavía en contracciones se abría para recibir mi polla centímetro a centímetro. Cuando estuve dentro del todo, con las bolas apretadas contra su culo, me quedé quieto un segundo, disfrutando de sentirla apretada, caliente, mojada.

—Qué a gusto la tengo dentro —susurré contra su cuello—. Me estás apretando muchísimo.

—Es que hoy me pones enferma, Marcos. Fóllame, va, empieza a moverte.

Empecé a moverme despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, buscando ese ritmo lento que hace que se me suba el placer por la columna. Carla movía las caderas hacia atrás a mi ritmo, buscándome, apretando el culo contra mi vientre en cada embestida.

—¿Te gusta? —jadeó, girando un poco la cara hacia mí.

—Muchísimo —dije contra su cuello, mordiéndole el hombro—. Me tienes la polla dura como una piedra.

—¿Te puedo contar un secreto?

—Lo que quieras, pero no pares, sigue moviendo el culo así.

—No estaba dormida —susurró, apretándome el coño de golpe en la siguiente embestida, tanto que casi me hizo perder el ritmo—. He visto a esa rubia hablando contigo. Lo dura que se te puso mirándola caminar hacia la orilla, lo nervioso y culpable que te fuiste al agua, cómo te siguió… ¿Qué ha pasado bajo el agua, Marcos? Cuéntamelo mientras me follas.

Aceleré el ritmo sin darme cuenta, empujando más fuerte. Se me cerró la garganta.

—Me… me ha tocado la polla —confesé contra su oreja—. Me la ha agarrado por debajo del agua y me ha apretado. Me ha dicho que quería chupármela ahí mismo.

—Joder —gimió, apretando el coño otra vez, esta vez con fuerza, y bajándose la mano al clítoris para tocarse mientras la follaba—. ¿Y qué le has dicho, cariño? ¿Le has dicho que sí?

—Le he dicho que parara —jadeé, empujando más hondo—. Pero se me estaba cayendo la baba, Carla, joder, se me estaba cayendo la baba.

—Claro que se te caía. Y ahora tienes la polla de piedra follándome, pensando en su boca alrededor. Me encanta, me encanta, me encanta.

Aquello me terminó. La agarré fuerte de la cadera, la clavé contra mí y me corrí dentro con una intensidad que hacía meses que no sentía, chorro tras chorro, empujando cada uno de ellos con una embestida seca hasta el fondo, sin poder pronunciar una sola palabra coherente. Ella se corrió al mismo tiempo, con los dedos frenéticos sobre su clítoris y mi polla enterrada hasta las bolas, apretándome tan fuerte por dentro que noté cómo su coño ordeñaba cada gota.

Nos quedamos así, ensartados, respirando, hasta que la polla empezó a bajarme sola y salió con un chorrito de semen que le resbaló por el muslo. Nos limpiamos y nos quedamos abrazados, recuperando el aliento.

—Cariño, solo hemos hablado —dije al fin, todavía con el pulso acelerado—. Y lo de la erección ha sido involuntario, ya lo dijiste tú: aquí está normalizado.

Carla me cortó en seco, con una sonrisa que no le había visto nunca.

—No has hecho nada malo, tonto. Esa pareja es liberal, se nota a la legua. Y yo, solo yo, he permitido que pasara cada cosa fingiendo que dormía. —Me besó, y me mordió el labio inferior antes de soltarlo—. ¿A que se me da bien hacerme la dormida? ¿A que me follas más fuerte cuando te da culpa?

Me quedé mirando el techo del bungalow, con el rumor del camping entrando por la ventana, la polla todavía blanda y pegajosa contra el muslo de mi mujer, intentando entender qué acababa de pasar. Solo sabía una cosa: quedaban tres noches por delante, y ninguno de los dos pensaba volver a dormir de verdad.

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Comentarios(5)

LoboNocturno

buenisimo!!! que situacion tan inesperada jaja

Mirona_curiosa

Me encanta cuando el voyerismo aparece de forma natural, sin forzarlo. Muy bien logrado.

AlexMorales88

jaja la parte final me mato, no me lo esperaba para nada

CorvoBaires

Me recordo a algo parecido que me paso una vez de vacaciones, aunque sin tanto drama. Muy bueno el relato.

ClaudioR22

Quedo a medias no? Esperando ansioso la continuacion, por favor!

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