Lo que espié por la ventana del camping nudista
Toda buena historia empieza con un «a que no te atreves», y la verdad es que atreverme nunca fue mi problema. La vergüenza la perdí en algún momento de mis cuarenta años, igual que perdí mi matrimonio el invierno pasado, sin demasiado drama y con cierto alivio. Así que cuando mi amiga Carla me lanzó el reto, no me costó nada decir que sí.
La idea era sencilla: un fin de semana las dos solas, sin maridos, ni exmaridos, ni hijos, ni nada que nos atara a la rutina. No podíamos alejarnos mucho más tiempo de nuestras vidas, pero tres días bastaban. Tres días y dos noches para fingir que volvíamos a tener veinte.
Lo que Carla no me había contado del todo era el destino. Cuando llegamos a la recepción y leí el cartel, entendí su sonrisa entre falsa y nerviosa. No era un camping convencional, qué va. Era un camping nudista, perdido entre pinos en la costa de Almería, donde nos alojarían tres días enteros bajo un cielo lleno de estrellas.
—Tranquila —me dijo ella—, total, ya nos hemos visto en las duchas del gimnasio.
Todavía íbamos vestidas, algo ligeras, para qué engañarnos, pero vestidas. La recepcionista nos miró por encima de sus gafas de pasta y nos sonrió con la naturalidad de quien ha visto de todo. Yo habría preferido saltarme el trámite, hacer el registro por internet y aparecer ya hecha a la idea, pero la vida no funciona así.
Salimos de allí y nos topamos con la realidad. El camping no era tan grande como los que yo conocía, pero estaba bien cuidado. Caminamos por los senderos con el sol en lo más alto, cruzándonos con campistas y con su desnudez de lo más cotidiana. Intentamos comportarnos con normalidad, aunque Carla y yo nos lanzábamos miradas cada dos por tres. Había gente de todas las edades, incluso familias enteras paseando como si nada.
Nuestro bungaló era el número 312 y estaba pegado al vallado que daba a la playa nudista, justo donde pensábamos pasar la mayor parte del tiempo.
—¡Por fin! —soltó Carla con un alivio teatral en cuanto se desabrochó el sujetador.
Sus pechos aparecieron ante mí con una redondez perfecta. No era la primera vez que los veía, pero aquella vez me fijé más de lo que debía. Tiré de mi vestido y lo dejé en la silla de la terraza, y entonces un movimiento en la parcela de al lado llamó mi atención.
Allí había un hombre. No sabría decir qué edad tendría, nunca se me dio bien lo de calcular años, pero el tipo tenía un cuerpazo. Alto, moreno de piel y de pelo, concentrado en encender una barbacoa. Mis ojos lo recorrieron entero y se detuvieron, cómo no, en su entrepierna.
Joder. El tío venía bien servido.
—Disimula, que se te cae la baba —dijo Carla a mi lado, abriendo una lata de cerveza—. Cualquiera diría que hace siglos que no ves a un hombre desnudo.
—Mira quién habla —respondí, aunque ella me conocía demasiado bien—. Admite al menos que ese tamaño no es lo habitual.
Bajé la voz para el comentario, pero dejé que mis ojos volaran otra vez hacia el vecino misterioso. Carla se rio con esa carcajada suya que no entiende de discreción.
—¿Y perdernos el espectáculo? Espera, espera. Mierda, está casado.
Una mujer salió del bungaló con una bandeja de carne y se la acercó. Él la tomó con la mano libre, ella le dio un beso en los labios y, de propina, una palmada en el culo. Chica con suerte. Adiós a cualquier esperanza.
—Una pena —murmuré, y le di un trago largo a mi cerveza.
Entré en lo que sería nuestro hogar durante el fin de semana. Pequeño pero acogedor. Dejé la maleta en una de las habitaciones y volví a la terraza, donde Carla seguía con sus preciosos ojos clavados en el vecino.
—Estoy intentando decidir si es más grande su polla que el chorizo que está asando —dijo sin pestañear.
Solté una risa demasiado ruidosa para mi gusto, una que hizo que el hombre levantara la vista hacia nosotras. Sentí el calor subiéndome por las mejillas hasta dejarme la cara ardiendo. Carla, en cambio, recibió aquella mirada encantada, hasta alzó la cerveza en su dirección.
—¿Qué tal, vecino?
—Buenas tardes —saludó él, retirando la carne del fuego mientras su mujer preparaba la mesa—. Hace un día espléndido para comer fuera.
—Ni que lo digas —contestó ella, descarada.
El tipo se metió en su terraza y yo miré a mi amiga, que lo seguía con los ojos sin el menor pudor.
—Tía, parece que te lo vas a comer.
—Con gusto, pero está pillado.
***
Nos sentamos a comer una frente a la otra, como Dios nos trajo al mundo, con la tortilla de patatas y el embutido que habíamos traído de casa. De vez en cuando mis ojos viajaban hacia los vecinos, y en una de esas me crucé con la mirada del hombre. Había curiosidad en ella. Tal vez nos creía pareja.
—¿Te lo tirarías si no estuviera aquí con su mujer? —pregunté.
—¡Pues claro! —saltó Carla—. Y si me apuras, aunque su mujer no se enterara, también. O quién sabe, igual son liberales y me invitan a unirme. ¿Te imaginas?
—¿Lo harías? —dije, llevándome una aceituna a la boca.
—¿El qué, un trío?
Asentí, y noté que algo se asentaba en la parte baja de mi vientre. No sabía si era el alcohol, la conversación o las miradas furtivas con aquel desconocido, pero la situación empezaba a ponerme húmeda.
—Yo creo que sí —siguió ella, pensativa—. A nuestra edad, lo único que nos queda es aprovechar las oportunidades. Con mi marido nunca lo habría hecho, los sentimientos lo complican todo. Pero como ya no hay marido, que le den.
—¿Y te pondría más un trío con dos mujeres o con dos hombres? —lancé, apretando los muslos sin darme cuenta.
Yo no era ninguna santa. En mi juventud había besado a alguna amiga en noches de borrachera, pero nunca había pasado de ahí. Y, sin embargo, mi cabeza acababa de imaginarse perfectamente cómo sería con ella.
—Buena pregunta —respondió Carla—. Si la polla es del tamaño de la de ese vecino, con una nos sobra para las dos. ¿No crees?
Casi me atraganto.
—Esa no era mi pregunta —protesté, con el calor amenazando con tomar el control de mi cuerpo.
—Lo sé, pero imagínatelo. Ahí hay de sobra para nuestras dos lenguas.
—¡Qué zorra eres! —me reí.
—No he dicho que no quiera probar también con dos tíos. ¿Por qué no?
Una risa cortó nuestra charla. Miré hacia la terraza de al lado y ya no había nadie.
—No, que nos van a oír —dijo una voz femenina desde la habitación que daba justo a nuestra terraza.
—No haremos ruido —respondió él.
Carla y yo nos miramos sin atrevernos a respirar, como si el menor sonido fuera a estropear lo que estaba a punto de pasar. Una brisa fresca movió las cortinas de aquella ventana, y entonces lo vi: nuestro vecino sujetaba a su mujer por las caderas y la embestía con fuerza. Ella debía de estar mordiendo la almohada, porque era imposible que aguantara callada con semejante envite.
—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta? —me propuso Carla con un guiño.
—Estás loca —susurré, levantándome para seguirla.
Bajamos las escaleras de la terraza a trompicones y pasamos por el sendero que rodeaba aquella famosa ventana. Giramos la cabeza hacia ella a la vez, de forma sincronizada, como dos niñas haciendo una travesura. Aquello no estaba bien, pero lo peor llegó cuando el hombre nos miró. Nos pilló espiándolo y, lejos de molestarse, le dio una palmada en el trasero a su mujer, sacó su polla casi por completo —flácida ya era grande, así, dura, era enorme— y volvió a hundirla hasta el fondo.
Madre mía, cómo me estaba poniendo aquello.
Nunca me había considerado una voyeur. Es más, alguna vez me había parecido una cosa repulsiva. Y sin embargo allí estaba, con el corazón disparado y un morbo que no reconocía como mío.
Él siguió mirándonos. Otro azote.
Entonces Carla me tomó de un pecho. No me lo esperaba. Se inclinó y lamió mi pezón con ganas, un lengüetazo fugaz que mandó una descarga directa a mi entrepierna. Las cejas del hombre se alzaron. Carla levantó dos dedos, nos señaló a las dos y después lo señaló a él. Tiré de su brazo y la aparté de la ventana antes de que aquello se nos fuera del todo de las manos.
—¿Qué haces? —pregunté con la voz temblando.
—Jugar —contestó encogiéndose de hombros—. Anda, vamos a dar ese paseo.
***
Dimos una vuelta por las instalaciones, localizamos el bar y el pequeño supermercado, y volvimos hacia el bungaló justo a tiempo para ver salir a nuestro vecino con un neceser bajo el brazo.
—Hora de la ducha, querida —me susurró Carla al oído—. No hay nada que me ponga más que poner nervioso a un hombre casado.
Puse los ojos en blanco, pero mentiría si dijera que la idea me desagradaba. Tomamos nuestros neceseres y fuimos directas a las duchas. De su mujer no había ni rastro, seguramente durmiendo la siesta.
Entré por el pasillo con el corazón cabalgándome en el pecho, y mi sorpresa fue descubrir que los vestuarios eran mixtos. Solo había una ducha ocupada a esa hora muerta, con todo el mundo en la playa. Caminé delante y toparme con su espalda y su culo perfecto me cortó la respiración un segundo.
Las duchas eran abiertas, sin la menor intimidad. ¿Quién la buscaba en un sitio así? Nadie. Carla se colocó a un lado del vecino y yo, armándome de valor, al otro.
—Bonito día, vecino.
—¿Necesitáis refrescaros? —preguntó él con un tono juguetón.
—Un poquito —contestó Carla—. Marina, ¿me pasas el gel?
Tomé el bote de mi neceser y se lo tendí, no sin inclinarme hacia delante para que mi pecho le rozara el brazo.
—Perdona —mentí.
—Tranquila —respondió.
—Oye, ¿me ayudas a darme jabón en la espalda? —pidió mi amiga.
El juego se nos estaba escapando de las manos, y aun así empecé a enjabonarle la espalda. Algo me rozó la cadera. Aquello empezaba a ponerse caliente, demasiado caliente. Cuando iba a volver a mi sitio, el hombre me sujetó del brazo.
—Yo creo que a mí también me hace falta que me enjabonéis.
Lo miré a los ojos con la boca entreabierta. ¿Qué quería que le enjabonara? Tendría que ser más específico. Él se inclinó hasta mi oído.
—Deberías elegir mejor tus batallas, niña.
—¿Perdona? —pregunté con un jadeo que me delató.
—Que no empieces algo —su tono era tranquilo, lo contrario de mi corazón, y su mano guio la mía hasta su polla— que no puedas terminar.
Su miembro estaba duro, durísimo. Grande y grueso, del tamaño justo para prometer un orgasmo de los de verdad, no de esos que una finge con la vista perdida en el techo. Su otra mano guio la de Carla, que enseguida empezó a moverse a lo largo de aquella longitud.
—¿No has tenido suficiente antes? —pregunté.
—Yo nunca tengo suficiente —contestó, vigilando de reojo la entrada—. Era mi polla lo que queríais, ¿no? Os habéis pasado toda la comida mirándola. Pues aquí la tenéis.
Nuestras manos se rozaron al sincronizarse sobre él. La respiración del hombre, cuyo nombre todavía no sabíamos, se aceleró.
—Besaos —ordenó.
Y sin saber por qué ni cómo, mi boca chocó con la de Carla. Era nuestro primer beso, torpe y apresurado, pero eso no tenía por qué saberlo nadie. Cuando nos separamos, la boca del vecino invadió la mía con un hambre que nunca nadie me había mostrado, y un segundo después hizo lo mismo con Carla.
No sé qué me pasó por la cabeza, pero me agaché en aquella maldita ducha y lamí la punta de su polla. Él soltó el miembro para tomarme de la nuca y empujarme con suavidad, llenándome la boca con todo lo que cabía. Movió las caderas despacio, follándome la boca como quien tantea, hasta que por fin me dejó respirar. Levanté la vista y me topé con sus ojos color café, ardiendo de deseo. Me incorporé y su boca volvió a buscarme, saboreándose a sí mismo en mí.
Carla tomó el relevo y lo engulló con ganas, como una maestra en aquel arte, mientras él me atrapaba un pecho con la boca y me endurecía el pezón con la lengua.
Unas voces se escucharon acercándose. El hombre fue rápido, se cubrió con una toalla y desapareció. Nosotras fingimos enjabonarnos, y nos quedamos allí, húmedas por fuera y por dentro.
¡Maldita sea! ¿De verdad acababa de pasar todo eso?
Teníamos que volver al bungaló y enfrentarnos a la cruda realidad: que las dos éramos mucho más zorras de lo que jamás habíamos admitido, y que íbamos a pasar el fin de semana entero escuchando a aquel hombre follarse a su mujer, deseando ser nosotras las afortunadas.
Continuará.





