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Relatos Ardientes

El helado que compartí con él en la última fila

Esto pasó hace ya unos años, cuando salía con Adrián. Lo cuento porque todavía me hace sonreír y porque fue la primera vez que entendí lo que el riesgo de ser vista podía hacer con mi cuerpo. Aquella noche descubrí algo de mí que no sabía que estaba ahí, esperando: una guarra a la que le pone que la miren, que se moja con solo pensar en una polla dura escondida entre la ropa.

Soy del norte, de una de esas ciudades donde en noviembre el aire ya pica de frío en cuanto cae la tarde. Habíamos quedado en ir al cine de la plaza grande, la que está en el cruce de las carreteras, la que todo el mundo conoce. Era miércoles, día barato, y elegimos la primera función, la de las cuatro y media. Ni me acuerdo de qué película era. Para lo que sirvió, pudo haber sido cualquiera.

Me había puesto un vestido negro sin tirantes que me llegaba a medio muslo, una torera corta de mezclilla y unos tenis blancos con calcetines tan bajos que parecía que iba sin ellos. Nada demasiado atrevido, pero me sentía linda. Debajo llevaba una tanga sin costuras para que el vestido cayera limpio, sin marcas. Esos detalles que una piensa que nadie nota y que, en el fondo, una nota toda la noche.

En la dulcería compramos un combo: palomitas, dos refrescos y, porque soy caprichosa, un helado de vainilla con chocolate en un vasito. Adrián cargó con la charola y yo con mi helado, y entramos cuando la sala todavía estaba medio vacía.

Nos sentamos en una de las filas de atrás, no la última, pero casi. Las del centro ya estaban ocupadas y nos conformamos. Levantamos el descansabrazos que nos separaba para quedar pegados, él dejó las palomitas entre sus piernas, los refrescos a los lados, y yo me acomodé contra su hombro. Arrancó la película y, durante un rato largo, fuimos solo eso: una pareja en la oscuridad, comiendo palomitas, sin más plan que pasar la tarde juntos.

A la media hora me quité la torera porque ya no se sentía el frío. Fue justo entonces cuando lo noté cambiar. Adrián empezó a acariciarme el hombro, primero distraído, casi sin darse cuenta, y después con otra intención, más despacio, dibujando círculos con la yema de los dedos. Yo seguía metiendo la mano en las palomitas que tenía entre las piernas y, cada tanto, se me caían algunas encima de él. Y cada vez que hurgaba en el bote, mis nudillos rozaban un bulto que no estaba ahí al principio de la película.

—Me estás llenando de palomitas —murmuró, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Tú las pusiste ahí —le contesté en voz baja.

Y, claro, empecé a recoger las que se le habían caído sobre el pantalón. Solo por jugar, lo juro. Las atrapaba con los dedos y me las comía, una a una, sintiendo cómo cada vez tardaba un poco más en retirar la mano. No hacía falta mirarlo para saber lo que estaba pasando. Lo sentía en cómo respiraba, en cómo se le tensaba la pierna bajo mi palma, en cómo la tela del pantalón se estiraba más y más sobre esa dureza que crecía a cada roce.

Su mano bajó por mi brazo y se metió por el borde del vestido, primero solo dos dedos, apenas rozando. Lo dejé. Estaba entretenida con la película, o eso me decía a mí misma. La gente delante de nosotros era poca, pero no éramos los únicos en la sala, y esa idea, en lugar de frenarme, me erizó la piel. Los pezones se me pusieron duros bajo el vestido antes incluso de que él llegara a tocarlos, y sentí un tirón húmedo entre las piernas que me hizo apretar los muslos.

Cuando su mano entró del todo y me cubrió el pecho, giré la cabeza.

—Adrián, aquí no —susurré—. Nos pueden ver.

Él no se detuvo. Yo miré a un lado y al otro: éramos los últimos de esa fila y nadie se volteaba. Entonces sus dedos encontraron mi pezón y lo pellizcaron, con ese punto justo entre el dolor y el gusto que me vuelve loca. Tiró de él, lo rodó entre el índice y el pulgar, lo apretó hasta que se me escapó un jadeo bajo que tuve que ahogar mordiéndome el labio. Bajo la tanga sin costuras yo ya estaba empapada, un charquito tibio que me chorreaba por los labios del coño cada vez que él giraba la yema alrededor de la punta endurecida. Estábamos en el cine, por Dios, y yo tenía las bragas hechas una sopa.

—Quieto, muchacho —le dije, y le di un golpecito en la pierna.

Pero el golpecito cayó más arriba de lo que pretendía, justo donde el pantalón ya no le cerraba bien. Y mi mano se quedó ahí. No me atreví a moverla. Podía sentirlo todo a través de la tela, firme, impaciente, tan gruesa la polla bajo mis dedos que me pareció mentira que le cupiera en el vaquero. Apreté con la palma, siguiendo el bulto desde la raíz hasta la punta, y noté una manchita húmeda en la tela que me hizo tragar saliva.

Volví a mirar al frente para no pensar en lo que sentía. Inútil. Adrián seguía con la mano dentro del vestido, acariciándome el pecho en círculos lentos, y cada vuelta me robaba un poco más de cordura. Tomó mi muñeca y, con una habilidad que todavía no me explico, deslizó mi mano dentro de su pantalón.

—¿En qué momento te lo desabrochaste? —pensé—. ¿Y con una sola mano?

Volví a girar hacia los lados, comprobando que nadie nos miraba. Las palomitas entre sus piernas y los refrescos a los costados tapaban más de lo que parecía. Nadie podía ver lo que mi mano estaba haciendo ahí abajo. Cerré los dedos a su alrededor, conteniendo la respiración, fingiendo que seguía la película con una calma que no tenía. La sentí latir en mi palma, caliente, hinchada, con esa venita gorda que le sube por el costado y que se me marcaba en la yema del pulgar. Empecé a moverla despacio, subiendo y bajando el puño desde la base hasta el glande, apretando cada tanto para sentir cómo se le escapaba una gota espesa por la punta, humedeciéndome los dedos.

Y entonces, sin ningún aviso, bajó el cierre y se lo sacó. Ahí. En la sala. Me quedé de piedra. La tenía toda fuera, tiesa como un palo, apuntando al techo, y con la punta brillante mojada por mi propia mano. Nunca me había parecido tan gruesa como en ese momento, en la penumbra azulada del cine, latiendo entre mis dedos.

—Guárdate eso —le dije entre dientes, sin soltarlo ni un segundo.

—Si no lo sueltas —susurró, y noté la sonrisa en su voz.

Tenía razón, el muy descarado. No lo soltaba. Al contrario: cerré mejor el puño y empecé a masturbárselo despacio, subiendo el prepucio para tapar el glande y bajándolo otra vez, sintiéndolo palpitar cada vez que le rozaba el frenillo con el pulgar. Miré al frente otra vez, a la nuca de la gente, todos absortos en la película, ajenos a lo que ocurría tres filas atrás. Y algo en eso, en saberme escondida a plena vista, en saber que estaba haciéndole una paja a mi novio con una sala llena de gente delante, me empujó. Me incliné rápido y le di un beso en la punta. Solo un roce, un «muack» tierno y travieso a la vez, y sentí cómo daba un pequeño brinco bajo mis labios, como si despertara del todo. El sabor salado del líquido preseminal me quedó en la lengua y me hizo apretar los muslos otra vez.

—Ah, mira, le gustó —murmuré.

Él no contestó. Solo asintió con la cabeza, con los ojos a media asta, sin atreverse a hablar. Yo ya estaba más encendida que él. La sentía tibia y rígida en la mano, y mi mente libraba una pelea absurda entre la chica decente que creía ser y la otra, la guarra que esa noche tenía muchas ganas de salir.

Ganó la otra. Volví a inclinarme y esta vez le pasé la lengua despacio, desde la base hasta la punta, saboreando por fin su textura en lugar de solo intuirla con los dedos. Un escalofrío me recorrió la espalda. No era el sabor: era el lugar, la gente, el riesgo de que alguien encendiera la linterna del celular y me descubriera ahí, agachada en la penumbra, con la polla de mi novio pegada a la lengua. Lamí despacio la vena gruesa del costado, subí hasta la corona y di una vuelta entera con la punta de la lengua alrededor del glande, sintiendo cómo se le contraía todo el abdomen. Bajé otra vez, le lamí los huevos por encima de la tela del bóxer, subí de nuevo y le di besitos húmedos por todo el largo, dejándole hilitos de saliva que brillaban en la oscuridad.

Adrián sacó la mano de mi vestido y me tomó suavemente de la nuca. Entendí enseguida lo que quería, y la verdad es que yo también lo quería. Miré una última vez a mi alrededor. La sala respiraba sombras, con destellos de luz cada vez que cambiaba la escena. Me incliné de nuevo y, esta vez, fui por todo.

Me la metí en la boca entera, de un solo movimiento, tragándomela hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz para no atragantarme. Conteniendo el ruido como podía, la mantuve ahí, quieta, sintiendo cómo palpitaba entre mis labios. Sé que la succión hace escándalo, así que me quedé sin chupar, jugando solo con la lengua, envolviéndosela alrededor, apretándosela contra el paladar, recorriéndola de arriba abajo, disfrutando su calor, su forma, hasta su aroma. Después empecé a subir y bajar la cabeza muy despacio, milímetro a milímetro, sin sacármela nunca del todo, y me ayudaba con el puño cerrado en la base para que sintiera la presión aunque yo no pudiera moverme rápido. Aun así, a Adrián se le escapaban ruiditos, jadeos ahogados que trataba de disimular con toses fingidas.

—Shhh, calla o paro —le advertí, levantando la cabeza un segundo, con un hilo de saliva colgándome del labio hasta el glande brillante.

—Está bien, está bien —murmuró, apretando los dientes.

Y volví a lo mío, despacio, atenta a cada susurro de la sala. Le chupé la punta con los labios cerrados como si fuera una piruleta, sacándomela y metiéndomela sin hacer ruido, mientras con la mano libre le acariciaba los huevos hinchados dentro del bóxer. Los sentí subidos, tensos, listos, y supe que le faltaba poco. Estaba tan metida en lo que hacía, tan caliente, con el coño empapado empujándome contra el asiento en busca de un roce que no llegaba, que perdí por completo la noción del tiempo. Aceleré el ritmo, sin dejar de chupar, y noté cómo se le tensaba todo el cuerpo. De pronto la polla dio un latigazo dentro de mi boca y sentí el primer chorro caliente estrellarse contra mi paladar, denso, salado, con un sabor fuerte que se me quedó pegado a la lengua. Vino otro, y otro, y otro más, y yo me la mantuve dentro para que no cayera ni una gota al pantalón, tragando lo que podía y guardando el resto entre los dientes y las mejillas mientras él se mordía el puño para no gemir.

Cuando por fin se relajó y dejó de temblar, la solté con cuidado, sin soltar lo que tenía en la boca. No me di cuenta de que la película llegaba al final.

Hasta que, de golpe, se encendieron las luces de la sala.

Me incorporé como un resorte, con el corazón en la garganta y la boca llena, segura de que media plaza me había visto. Pero todo seguía normal. Bueno, casi normal. La gente recogía sus cosas, se estiraba, nadie miraba hacia atrás. Adrián, rojo hasta las orejas, alcanzó a guardarse la polla todavía húmeda y subirse el cierre en un movimiento.

Entonces hizo algo que no esperaba. Pasó la mano por delante de mí y tomó mi vasito de helado, que en toda la película no había tocado y estaba ya medio derretido. Lo sostuvo un instante, me miró a los ojos, y me hizo un gesto con la barbilla. Entendí. Me incliné sobre el vasito y abrí los labios despacio, dejando caer sobre la vainilla derretida toda la corrida espesa que había estado guardando entre los dientes: un hilo blanco y grueso que se enredó con el chocolate hasta desaparecer en la crema. Yo lo vi todo, paralizada, mitad escandalizada y mitad muerta de risa por dentro, con el sabor salado todavía en la lengua.

—Es mío —pensé—. Yo me lo gané.

Se levantó como si nada, dejó el vasito en la charola y echó a andar hacia la salida con las palomitas en la mano. Yo me quedé sentada un segundo más, mirando el helado, mirando esa mezcla de blanco sobre blanco que solo yo sabía reconocer. Y, en lugar de avergonzarme, me lo llevé. No por pudor de que alguien lo limpiara, aunque también, sino porque la idea de salir de ahí con ese secreto en la mano, con la corrida de mi novio flotando dentro de una vainilla derretida, me estaba volviendo loca. Tenía las bragas tan mojadas que sentía el hilo de la tanga pegado entre los labios del coño a cada paso.

Lo alcancé en el pasillo, justo donde se juntan las salidas de varias salas. Varias funciones terminaban a la misma hora y había gente por todos lados, caminando entre los carteles de los próximos estrenos, hablando, riendo, sin sospechar nada. Adrián se giró hacia mí.

—¿Te trajiste el helado? ¿Viste lo que le cayó? —preguntó, divertido.

—Por eso me lo traje —contesté, sosteniéndole la mirada.

Saqué la cucharita, hundí la punta en el vasito removiendo despacio la mezcla, tomé un poco cargada de esa crema espesa y me la llevé a la boca despacio, sin dejar de mirarlo, dejando que una gota resbalara apenas por la comisura de mis labios. La lamí con la punta de la lengua, saboreando la vainilla y el semen a la vez, sintiendo el peso salado sobre el dulce, y me relamí. Su cara al verme fue algo que no voy a olvidar: una mezcla de deseo y de incredulidad, como si no terminara de creerse con qué guarra estaba saliendo. Y esa mirada, en medio de toda esa gente, fue lo que me prendió de verdad. Los pezones se me marcaban en el vestido y las piernas me temblaban un poquito, apretadas para retener el calor entre los muslos.

Caminamos hacia la salida sin prisa. Yo iba probando mi helado entre la multitud, chupando la cucharita, sintiendo cómo me ardía la cara, disfrutando de que nadie a mi alrededor supiera el sabor que escondía aquel vasito, que estaba paseando por el centro comercial comiéndome la corrida de mi novio mezclada con vainilla. Adrián se acercó y me habló al oído.

—Me tienes loco —murmuró.

—Pues sabe delicioso —le respondí, relamiéndome los labios despacio, regalándole la sonrisa más descarada que tenía—. Creo que voy a pedir más seguido de este sabor.

No sé cuántas vueltas dimos por la plaza antes de que me lo terminara. Cuando ya no quedaba casi nada, metí el dedo en el vasito para no dejar ni rastro, rebañé bien el fondo y me lo llevé a la boca frente a él, chupándomelo entero como se la había chupado a él minutos antes, solo para verlo perder la cabeza otra vez. Estaba tan excitada de haber pasado entre toda esa gente con mi secreto, con las bragas empapadas rozándome el clítoris a cada paso, que apenas podía contenerme.

—¿Me compras otro? —le pedí.

—¿Y lo vas a querer igual? —preguntó.

Solo le sonreí y me mordí el labio, apretándole a través del pantalón la polla que ya empezaba a despertarse otra vez.

***

Así nació una costumbre que nos duró mucho tiempo. Volvíamos a esa misma plaza, o a los parques del centro, y todo empezaba igual: yo eligiendo el vestido o la falda más coqueta que tuviera, sin bragas casi siempre, él comprando algo dulce, un helado, o fresas con crema cuando era temporada. La gracia no era el sabor, eso lo aprendí pronto. La gracia era el camino: pasear entre desconocidos saboreando algo que solo nosotros dos entendíamos, sentir sus miradas sin que ninguno imaginara lo que de verdad estaba probando, lo que de verdad se me deshacía en la boca junto con la vainilla.

Lo que más me gustaba era hacerlo en lugares con mucha gente. Las plazas, las alamedas, las tardes de domingo cuando todo se llena. Me encantaba la adrenalina de hacer algo prohibido a plena vista, de sentirme observada y no descubierta, de caminar entre la multitud con las piernas un poco flojas, el coño chorreando bajo la falda y una sonrisa que nadie sabía descifrar.

Todavía hoy, de vez en cuando, lo recordamos. Y todavía, cuando paso frente a una heladería un miércoles cualquiera, se me escapa la sonrisa y miro alrededor, como si alguien pudiera adivinar, solo con verme, todo lo que ese sabor significa para mí.

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Comentarios(4)

CarlosDMX

increible, me dejo sin palabras!!!

FanArd22

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber que pasó despues. Tremendo final.

ViajeroBA

Me hizo acordar a una vez en el cine con mi ex jaja... digamos que la ultima fila siempre guarda sorpresas. Muy buen relato, se siente real.

Tania_R

me encanto! de lo mejor que lei por aca en mucho tiempo

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