Dejé que unos desconocidos me miraran en la playa
La cabaña que alquilamos quedaba a un costado de una carretera de tierra, escondida entre palmeras, y desde ahí se llegaba caminando a una hilera de playas casi vacías. Mateo y yo habíamos planeado ese viaje durante meses, y los primeros días fueron justo lo que necesitábamos: dormir hasta tarde, comer pescado fresco y no hablar con nadie. Pero lo que de verdad recuerdo, lo que todavía me hace cerrar los ojos y meterme la mano entre las piernas cuando estoy sola, pasó una mañana en una playa que encontramos por accidente.
Eran las diez y el sol ya pegaba fuerte. Veníamos bordeando la costa cuando vimos una franja de arena completamente sola, que se perdía a lo lejos entre la vegetación. No lo dudamos. Dejamos el auto fuera del camino, caminamos un rato y nos instalamos. No había nadie alrededor. Todo estaba en silencio, solo el ruido de las olas, y enseguida nos relajamos.
Sacamos unas cervezas y nos tomamos las cosas con calma. Al rato apareció gente, pero lejos: una pareja de extranjeros, algún pescador local que pasaba saludando con la mano, hombres solos que caminaban por la orilla y seguían su rumbo. Todos a buena distancia. Sabíamos que estaban ahí, ellos sabían que estábamos ahí, pero nadie miraba demasiado.
Yo me había acostado boca abajo sobre la toalla, con la espalda al sol y el lazo del top suelto. Mateo empezó a juguetear. Me acariciaba la espalda, bajaba por la cintura, metía los dedos por debajo del elástico de la braga y me apretaba el culo entre risas, diciéndome que así nunca iba a broncearme bien, que tenía que ponerme de frente.
—Date la vuelta —insistió—. El sol está perfecto.
Me giré, sosteniendo el top con el brazo cruzado sobre el pecho. Él me miraba con esa sonrisa que ya conozco demasiado, la que aparece cuando algo le ronda la cabeza.
—¿Me cumplirías una fantasía? —preguntó por fin.
—Depende —dije, aunque ya sabía que iba a decir que sí.
—Quítate el top. Acá mismo. Y quédate quieta, como si durmieras. Que pasen y te vean las tetas.
De eso se trataba todo.
Lo pensé un segundo. Después, sin decir nada, dejé que el top resbalara a un costado de la toalla y me acomodé boca arriba, con los ojos cerrados y los brazos relajados. La brisa me tocaba los pezones desnudos, se me pusieron duros de golpe, y el corazón me empezó a latir distinto. Sentí que el coño se me humedecía debajo de la tela minúscula del bikini. Mateo no cabía en sí. Casi saltaba de la emoción, susurrándome que me veía increíble, que tenía las tetas más ricas del mundo, que se moría de ganas de metérmela ahí mismo.
***
Empezó a pasar gente. Yo no miraba, solo escuchaba: pasos sobre la arena mojada, alguna conversación que se cortaba al acercarse, el silencio repentino de quien se da cuenta de algo y disimula. Mateo me iba narrando todo en voz baja.
—Te están mirando —decía—. Ese se quedó congelado. Le devolví la mirada y disimuló. Uy, ese otro se está tocando la verga por encima del short, mira, mira.
Me contó que tenía una erección brutal, que no se aguantaba, que la tenía a punto de reventar el short. Estiré la mano sin abrir los ojos y comprobé que era verdad: la polla dura como una piedra, palpitándole contra la tela. Entonces me incorporé un poco y le pedí que me la mostrara. Se bajó el short apenas lo suficiente y la verga saltó afuera, hinchada, con el glande brillante y una gota espesa asomando en la punta. Le puse una toalla por encima de las piernas, metí la mano debajo y le agarré la polla con firmeza. Se la empecé a masturbar despacio, apretándole el tronco de arriba abajo, pasándole el pulgar por el glande y untándole el líquido preseminal por toda la cabeza, mientras le hablaba al oído.
—¿Te gusta que me vean así, amor? —le pregunté—. ¿Que cualquiera que pase se quede mirándome las tetas y se imagine cogiéndome? ¿Te gusta pensar que se van a ir a su casa a hacerse una paja pensando en tu novia?
Él solo gemía, con la cabeza echada hacia atrás, mordiéndose el labio. Le pasé la lengua por la oreja, seguí bombeándole la verga bajo la toalla, más rápido, apretándosela en la base y estirando hacia arriba. Mateo suele venirse rápido cuando le agrego más morbo del que aguanta, pero esa vez estaba durando un poco más, alargando cada caricia, empujando la cadera contra mi puño.
—Escúpela —me susurró—. Escúpela y sigue.
Me llené la boca de saliva, junté el escupitajo con la mano libre y se lo dejé caer sobre el glande. La palma resbaló pegajosa y él soltó un gemido ronco que tuvo que ahogar contra mi hombro. Yo seguí trabajándosela, ahora con las dos manos: una en la base, apretándole los huevos y tironeándoselos suave, la otra girando alrededor del capullo, chorreando saliva por todo el tronco.
A lo lejos vi acercarse a un hombre trotando por la orilla. Venía descalzo, en short, la camiseta metida en la cintura. A medida que se aproximaba lo fui distinguiendo mejor: un cuerpo trabajado, la piel oscura y brillante por el sudor, los hombros anchos, el bulto marcado bajo el short mojado. Me pareció guapísimo. Se me apretó todo por dentro imaginándome ese cuerpo encima. Seguí masturbando a Mateo, pero ahora más disimulada, porque la cabeza ya la tenía en otro lado, imaginando al que trotaba metiéndomela por atrás mientras yo le mamaba la polla a mi novio. El hombre pasó, me miró apenas un instante, me recorrió rápido con los ojos —las tetas al aire, los pezones parados— y siguió. Supongo que estaba acostumbrado a ver mujeres en topless. Pero me gustó que me mirara. Sentí esa mezcla de nervios y excitación que da estar con un desconocido por primera vez, y el coño se me empapó de golpe.
—Ese me acaba de ver entera —le dije a Mateo al oído, apretándole más fuerte la verga—, y estaba para comérselo. Le hubiera chupado la polla acá mismo, delante tuyo.
En ese momento sentí que se venía. La polla se le puso más dura todavía, se le tensaron los huevos, y le empecé a bombear rapidísimo. Se corrió a chorros bajo la toalla, contrayéndose entero, y yo le apreté hasta la última gota, sintiendo el semen caliente resbalarme entre los dedos. Lo terminé entre la toalla y mi mano, hasta el final, exprimiéndole el tronco, y él se dejó caer de espaldas, agotado, con la verga todavía palpitando y goteando en mi puño. Me pasé el dedo por los labios, chupé un poco del semen —salado, espeso—, y él se rió mirándome antes de cerrar los ojos. Yo me quedé ahí, encendida y a medias, con el coño hinchado y latiendo entre las piernas, frustrada, mientras él respiraba hondo y empezaba a dormirse.
***
Seguía pasando gente. Ahora me miraban más, me sonreían, y yo les devolvía la sonrisa. Alguno soltaba alguna grosería al pasar —«qué buenas tetas, mami», me dijo uno bien bajito—; otros hacían señas que ni entendía. Me daba igual. Mateo se quedó dormido y a mí el calor empezaba a fastidiarme, pero más me fastidiaba la calentura que me había quedado. Así que me levanté y caminé hacia el agua. En topless. Se sentía delicioso, increíblemente libre, las tetas al aire meciéndose con cada paso, el bikini de abajo empapado no sé si por el sudor o por lo mojada que estaba.
Me gusta meterme al mar y quedarme de pie, recibiendo las olas con la espalda, o flotar boca arriba dejando que el cuerpo se mueva solo. Estaba ahí, sola, con el agua fresca lamiéndome los pezones erectos, cuando vi que se acercaba uno de los dos hombres que habían estado instalados a unos cincuenta metros de nosotros. Avanzaba hacia mí con paso tranquilo. Era alto, delgado, con el pelo corto y claro, de unos treinta y pocos. Atractivo, con esa seguridad relajada de quien no tiene apuro.
Se detuvo a unos metros. Yo sentía su mirada, y cada vez que lo enfrentaba lo descubría observándome el pecho, aunque enseguida levantaba la cara y sonreía, como si nada.
—Hola —dijo.
—Hola —le respondí, divertida.
—¿Nadando sola? ¿No te da un poco de miedo?
—Para nada. Me relaja muchísimo. Se siente muy bien.
Cada vez que terminaba una frase, sus ojos volvían a bajar a mis tetas mojadas. Hablamos un rato. Me contó que estaba de vacaciones con su hermano, que ese era él, el que nos hacía señas desde la orilla. Le dije que yo venía con mi novio, que dormía allá en la toalla, agotado, y no pude evitar sonreír al decirlo, pensando en por qué estaba tan agotado.
El hermano empezó a hacer gestos para que volviera, y el que estaba conmigo le respondió con la mano, indicándole que se acercara. Después dio un paso más hacia mí.
—Qué lindo cuerpo tienes —dijo, con una franqueza que me hizo reír—. ¿Siempre te bañas así?
—Gracias. Pero solo has visto de la cintura para arriba —le contesté—. ¿Así cómo?
Sabía perfectamente a qué se refería, pero quería que lo dijera.
***
El hermano llegó nadando. Era un poco más corpulento, con la misma piel bronceada y una sonrisa más descarada. No se presentó. Apenas me miró a la cara: tenía los ojos clavados en mis tetas, sin disimulo, mirándome los pezones duros como si quisiera mordérmelos ahí mismo. El primero, en cambio, mantenía un aire más cuidadoso, casi caballeroso.
—Así, desnuda —insistió el más educado—. Nadando desnuda.
—¿Quién dijo que estoy desnuda? —reí—. Tengo la parte de abajo puesta.
Mientras hablábamos los fui mirando a los dos sin prisa. Me gustaba lo bronceados que estaban, los cuerpos delgados pero firmes, y sobre todo me gustaba mirarles el bulto bajo el agua, cómo se les marcaba la polla dura contra la tela del short. El alcohol y el sol ya me tenían en otro estado, relajada y atrevida a la vez, pensando tonterías que normalmente no me permitiría. Los imaginaba a ambos encima, uno metiéndomela en el coño y el otro haciéndome mamársela, me preguntaba cómo la tendrían de grande, si se correrían adentro, y me reía sola por dentro de mi propio descaro.
—No me creo que estés desnuda —dijo el hermano descarado, buscando excusa.
—A ver, compruébalo —respondí, con una mezcla de juego y desafío.
Miré hacia la orilla. Mateo seguía dormido. Le tendí la mano al primero, el educado, y se la llevé bajo el agua hasta apoyarla sobre la tela de mi bikini, justo encima del coño.
—¿Ves? No estoy desnuda.
Rozó la tela con cuidado, apretó apenas —lo suficiente para que yo sintiera la presión sobre el clítoris, y se me escapara un suspiro—, y enseguida apartó la mano, casi tímido. El otro, sin que lo invitara, me ofreció la suya. Se la tomé y la guié hacia mi cadera para que sintiera el lado del bikini, pero él, en cuanto lo comprobó, deslizó los dedos por debajo del elástico y me acarició el coño directamente, piel contra piel, mirándome a los ojos con frialdad y una sonrisa apenas dibujada. Me abrió los labios con dos dedos y me pasó el pulgar por el clítoris, despacio, un círculo, dos, tres. Me temblaron las piernas. Contuve el gemido apretando los dientes. Me metió un dedo, notó lo empapada que estaba, y se le ensanchó la sonrisa. Me gustó su atrevimiento, no tanto la caricia en sí como el descaro de meterme el dedo en el coño delante de su hermano, con mi novio a treinta metros. Le devolví la mirada y le hice una mueca: maldito atrevido. Le quité la mano despacio, sonriendo, sintiendo cómo el dedo salía chorreante de mí.
—Sí —dijo él, sin perder la calma, chupándose el dedo mojado delante de mí—. Sí tienes el bikini puesto. Y estás rica por dentro.
El educado, ajeno a lo que acababa de pasar bajo el agua, seguía con su conversación inocente.
—Yo podría nadar desnudo, ¿eh? Pero no lo hago porque está mi hermano cerca.
Mientras él presumía de valentía, el otro y yo nos comunicábamos solo con miradas. Me calentaba la idea de que ese extraño tan insolente me hubiera abierto el coño en silencio, me hubiera metido el dedo hasta el fondo, y que después siguiéramos hablando como si nada, con el sabor de mi coño todavía en su boca.
—¿Pero ustedes de qué están jugando? —les dije—. No me dejan de mirar, me tocan, seguro que ya están los dos con la verga dura.
Los dos rieron, cómplices, y entre bromas admitieron que sí.
—La verdad es que te vimos meterte al agua desde allá —dijo el descarado—, y tienes unas tetas tan ricas que cómo no nos íbamos a poner así. Llevo veinte minutos con la polla dura como una piedra.
—Yo no hice nada para eso —repliqué.
—A ver, déjame comprobar a mí ahora.
***
Di dos pasos hacia ellos. Se quedaron quietos. Bajo el agua, una mano para cada uno, los toqué por encima del short, despacio. Los tenían durísimos, palpitantes. Se los apreté por el largo de la tela, midiéndolos, y me di cuenta de que el descarado la tenía más grande, más gruesa. Me mordí el labio mirándolos.
—Sí —dije—. Es verdad. Los dos están listos. Y tienen buena polla, además.
Sin pensarlo mucho, les metí las manos por debajo del short, una para cada uno, y les agarré la verga directamente, piel contra piel. Estaban ardiendo. Los empecé a masturbar bajo el agua, despacio, un ritmo lento con cada mano, sintiendo cómo se les tensaban los muslos y contenían la respiración. El educado se puso rojísimo, mirando nervioso hacia la orilla. El descarado ni pestañeaba, mirándome fijo, empujando la cadera contra mi puño.
—Si quieres probar, solo pídelo —murmuró el descarado, con la voz ronca—. Te la meto acá mismo, de pie, contra mí. Tu novio ni se entera.
Sentí que el coño me chorreaba de imaginarlo. Por un segundo me lo pensé de verdad: apartarme la tela del bikini, dejar que me levantara y me clavara la verga ahí mismo, con el agua meciéndonos, mientras su hermano me chupaba una teta. Pero les solté las pollas y retiré las manos.
—No, gracias —reí, aunque la voz me salió temblorosa—. Mejor me voy yendo. Y ustedes también, supongo. A hacerse una paja pensando en mí.
Bajaron la cara con una decepción casi infantil, con las pollas duras marcándoseles en el short mojado, y empezamos a caminar los tres hacia la orilla. El educado iba adelante. El otro se quedó a mi lado y, sin que lo mirara, me deslizó la mano por las nalgas, me las apretó con fuerza, se llevó una entera en la palma como si fuera suya. Yo hacía como si me diera igual, dejándolo seguir solo por el placer de sentir que alguien tomaba lo que quería de mi cuerpo. Hay algo en eso —en dejar que me toquen por puro deseo ajeno, en ser el capricho de un desconocido— que me enciende de una manera difícil de explicar.
Cuando se atrevió a colar el dedo por debajo de la tela y me lo metió directo en el coño, hasta el nudillo, di un saltito y se me escapó la risa —o más bien un gemido disfrazado de risa—. Me hurgó adentro un segundo, me sacó el dedo, se lo llevó a la boca. Lo miré, le quité la mano con suavidad. Él, temeroso de que su hermano volteara, pero incapaz de contenerse, me tomaba la muñeca y me la llevaba de vuelta hacia su verga bajo el agua. Yo se la apretaba apenas, sin darle más, divertida con su insistencia y con lo dura que la tenía. Le pasé el pulgar por el glande hinchado, le sentí una gota espesa deslizarse entre los dedos, y lo solté con una sonrisa.
Nos despedimos en la orilla. Ellos se fueron hacia su lado, volteando a mirar varias veces, como si algo se les escapara entre los dedos —el descarado con la polla todavía marcada bajo el short—. Yo caminé hasta donde Mateo seguía durmiendo. Me senté a su lado, tomé otra cerveza y me quedé mirando el mar, con la piel todavía caliente, el coño palpitante y una sonrisa que no se me iba. Metí la mano entre las piernas por dentro del bikini y me toqué apenas, sintiendo lo empapada que estaba, y me hice acabar en silencio, apretando los muslos, mordiéndome el labio, mientras el sol me pegaba en las tetas desnudas y Mateo dormía a mi lado sin sospechar nada.
De todo lo que vivimos en ese viaje, esa mañana es la que guardo para mí. Mateo cree que solo me bronceé y me di un baño. Nunca le conté que dos desconocidos me metieron los dedos en el coño mientras él roncaba, ni que estuve a un paso de dejar que uno me la clavara ahí mismo, de pie en el agua. A veces pienso en hacerlo, en ver su cara cuando se entere de hasta dónde llegó su fantasía. Pero por ahora prefiero quedármelo, como ese secreto tibio que vuelve cada vez que cierro los ojos y escucho, de nuevo, el sonido de unas olas y unos pasos que se acercan.





