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Relatos Ardientes

Lo que mi madre me enseñó al borde de la carretera

Mis padres compartían un apartamento en la costa con dos hermanos de mi madre, un régimen de turnos que repartía el año en bloques de cuatro meses para cada familia. Por eso pasábamos allí muchos puentes, vacaciones enteras y fines de semana sueltos. El viaje se me quedó grabado mucho antes de entender nada: un trayecto largo, con un par de paradas siempre en los mismos sitios, como si el camino tuviera estaciones secretas que solo mis padres conocían.

Desde que tengo memoria, en cada viaje se repetía el mismo guion. Si conducía mi madre, en algún momento soltaba: «voy a parar aquí, que reviento». Si conducía mi padre, ella pedía: «para cuando puedas, por favor, que ya no aguanto». Y él contestaba siempre lo mismo, con una calma rara: «pero si nos queda nada para desayunar» o «si en un cuarto de hora llegamos». Aun así, paraba.

El coche se detenía en el arcén, los dos se bajaban y desaparecían unos minutos detrás del maletero. Yo me quedaba dentro, mirando el paisaje o entreteniéndome con cualquier cosa, sin plantearme jamás qué hacían ahí atrás. Era una costumbre familiar más, como el termo de café o la bolsa de mandarinas. Nunca le busqué un trasfondo. Nunca pensé que pudiera tenerlo.

***

El verano en que cumplí los veinte, viajamos mi madre y yo solas a la costa. Yo llevaba ya un par de cursos en la universidad y, sin darme cuenta, habíamos empezado a hablarnos de otra manera, menos de madre e hija y más de dos mujeres adultas. Conducía ella. La carretera era de esas comarcales de doble sentido, estrecha, con curvas suaves y apenas tráfico, bordeada de campos amarillos que temblaban con el calor.

En un pequeño ensanche del arcén, redujo y paró el coche sin avisar. Pensé que le pasaba algo al motor.

—¿Te acuerdas de que siempre parábamos por aquí? —me preguntó, mirándome con una media sonrisa que no le conocía.

—Claro que me acuerdo —respondí—. En este tramo y en el de la gasolinera vieja. Toda la vida.

—Pues tengo muchas ganas de hacer pis —dijo, y se desabrochó el cinturón.

La verdad es que me vino bien, porque yo también llevaba un rato aguantando. Nos bajamos las dos. El aire olía a tierra seca y a tomillo, y el silencio solo se rompía con el zumbido de los insectos. Marisol, mi madre, rodeó el coche hasta quedar detrás, del lado que daba a la carretera, y en lugar de buscar unos matorrales o ponerse de cara al campo, se quedó allí, a la vista.

—Ven, que te cuento una cosa que ya tienes edad de saber —me dijo.

***

Me explicó, con una naturalidad que me dejó muda, que aquel teatro de las paradas venía de lejos. Que lo que de verdad le gustaba era exactamente eso: ponerse detrás del coche, subirse la falda, quitarse las bragas y, con el culo en pompa, ponerse a orinar mientras pasaban dos o tres coches y la veían bien. Y mientras me lo contaba, lo hizo. Se levantó la falda de lino, se bajó la ropa interior y se colocó tal cual la describía, recreándose, sin prisa, dejando que el momento durara lo suficiente para que un par de vehículos la rozaran con la mirada al pasar.

—Tu padre se ponía aquí —dijo, señalando un punto a su espalda, hacia el campo—. Hacía como que me tapaba, como que me protegía de las miradas.

Como que la protegía. Y yo, de pie a un lado, empezaba a entender la verdad: él no la tapaba. Él miraba. Se colocaba detrás para regodearse con la vista de su culo en pompa, sabiendo que también quedaba a la altura de los ojos de quien venía de frente. Hacían los dos un poco de paripé, una pantomima de pudor, de gente a la que no le gustaría que la sorprendieran. Pero era mentira. Lo disfrutaban. Les excitaba el riesgo, la posibilidad, ese segundo en que un desconocido entendía lo que estaba viendo.

Pasó un coche despacio. El conductor giró la cabeza. Mi madre ni se inmutó: siguió donde estaba, tranquila, como si el mundo entero tuviera derecho a mirarla y a ella le pareciera bien. Yo sentí un calor en la cara que no era del sol.

***

—Mira, mamá, ahora voy yo —me oí decir.

No sé de dónde salió. Fue más rápido el impulso que el pensamiento. Le señalé el sitio donde, según ella, se ponía mi padre.

—Ponte ahí, si quieres, y tendrás las mismas vistas que tenía él.

Marisol arqueó una ceja, divertida, y se apartó un par de pasos sin decir nada. Yo también llevaba falda aquel día, una de algodón ligera. Me bajé las braguitas y traté de colocar el culo igual que ella, en pompa, de cara a la carretera. Me temblaban un poco las piernas, y no era por la postura.

Mientras orinaba pasaron varios vehículos. No supe contarlos. Cada vez que oía el motor acercarse, el corazón me daba un vuelco y algo se me apretaba por dentro, una mezcla de vergüenza y de una emoción nueva, oscura, que no tenía nombre todavía. Me gustó muchísimo más de lo que jamás habría imaginado. Me gustó la idea de que esos conductores, a sesenta por hora, se llevaran de mí una imagen que no volverían a ver nunca y que no olvidarían.

Cuando terminé y fui a limpiarme, noté algo distinto. No solo restos de orina. Algo más. Y supe, con una claridad incómoda, que aquello no había sido únicamente un juego heredado.

***

Volvimos al coche sin hablar demasiado. Mi madre conducía con una sonrisa que iba y venía, y yo miraba por la ventanilla intentando ordenar lo que acababa de pasar. No me sentía sucia ni avergonzada de ella. Me sentía, sobre todo, sorprendida de mí misma.

A partir de aquel viaje empecé a fijarme en cosas en las que antes no reparaba. Yo no soy de espiar a la gente; salvo que alguien haga algo que me llame mucho la atención, no me fijo en lo que hacen los demás. Pero con mi madre era distinto, porque ella convertía lo cotidiano en una pequeña función.

Marisol rondaba los sesenta, aunque costaba creerlo. Seguía guapa, vestía moderna, cuidaba un cuerpo que la favorecía sin esfuerzo aparente. Le gustaban los bikinis cuanto más pequeños mejor; en los últimos años se había pasado a la braguita de tanga, y de toda la vida tomaba el sol y se bañaba en topless, con la misma tranquilidad con que otra se pone un sombrero.

***

En la playa tenía su ritual, y yo aprendí a mirarlo sin que se notara. Se llevaba siempre dos bikinis. Cuando volvía del agua, se secaba bien, se quitaba la braguita mojada y la dejaba colgada de una varilla de la sombrilla. Decía que no quería pillar una infección por la humedad, y a lo mejor era verdad, pero el gesto era otra cosa.

Porque se cambiaba allí mismo, a plena luz, sin taparse con una toalla ni con nada. Se quedaba sentada en la hamaca, se ponía de pie un instante para sacar la pieza seca y volvía a sentarse, todo con una naturalidad estudiada, como si el cuerpo desnudo unos segundos fuera lo más normal del mundo en una playa llena de gente. Nadie decía nada. Algunos miraban. Ella lo sabía. Creo que esa certeza era justo lo que buscaba.

Para volver al apartamento solía ponerse vestidos de malla muy poco tupida, de esos que dejan adivinar todo lo que va debajo. A veces solo la braguita, que yo viera. Y conociéndola como aprendí a conocerla aquel verano, no me extrañaría que más de una vez se hubiera puesto el vestido sin nada debajo, solo por el placer de saber que el aire y las miradas le rozaban la piel.

***

Una tarde, ya de vuelta en la sombrilla, me lo dijo casi sin venir a cuento, mientras se secaba el pelo con los dedos.

—En eso he tenido suerte —comentó—. Tu padre disfruta de esta forma de ser «su chica», como él dice. No solo lo aguanta. Le encanta. Lo vive conmigo.

—¿Lo vive cómo? —pregunté, aunque empezaba a intuir la respuesta.

—Mirando. Sabiendo que otros me miran. Es cómplice, no espectador a la fuerza. Eso lo cambia todo, hija. Una cosa es que te toleren y otra muy distinta es que alguien disfrute viéndote disfrutar.

Me quedé callada, removiendo la arena con el pie. Entendí entonces que aquellas paradas en el arcén, repetidas durante años, no eran un capricho de ella sola. Eran un lenguaje entre los dos, un juego de complicidad que llevaban toda la vida hablando en secreto delante de mí sin que yo lo supiera leer.

***

No volví a repetir lo del arcén con mi madre delante. No hizo falta. Pero algo se había abierto en mí aquella mañana de carretera, junto a los campos amarillos, con el sonido de los motores acercándose y el pulso desbocado.

Descubrí que me gusta ser mirada. Que hay una corriente de placer en saberse observada por un desconocido que nunca sabrá mi nombre, en ese instante exacto en que la vergüenza y el deseo se cruzan y se confunden. Lo descubrí gracias a ella, a su naturalidad, a su forma de no pedir perdón por desear lo que deseaba.

Aún hoy, cuando viajo sola por una comarcal estrecha y veo un ensanche del arcén bajo el sol, reduzco la marcha sin pensarlo. A veces sigo. A veces no. Pero siempre, al pasar, recuerdo a mi madre con el culo en pompa y la barbilla alta, enseñándome sin palabras que el deseo más libre es el que se mira de frente y no se esconde.

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Comentarios(5)

Mariela_C

Que historia tan bien escrita, me tuvo pegada de principio a fin. Excelente!!

JorgeCba_87

Por favor segui con esta historia, quede con muchas ganas de saber que paso despues. Muy buen giro el del final.

LolaPBA

Me recordo a unos viajes que hice de chica con mi mama, aunque el final fue muy diferente jaja. Que bueno que alguien se anima a escribir estas cosas.

CaminoReal

El titulo me engancho desde el principio y el relato no decepciono. Eso del arcen como excusa para algo mas... que morbo tan sutil, me encanto.

Tania_Noc

increible. segui asi!!

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