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Relatos Ardientes

Espié a mis padres por una grieta en la puerta

Lo que voy a contar empezó por accidente, pero terminó siendo el secreto más íntimo que guardo. Me llamo Mariana, estudio el cuarto año de la universidad y soy la menor de tres hermanos. Tomás y Lucía ya están casados y viven cada uno por su lado, así que en casa de mis padres quedamos solo tres: Andrés, Carolina y yo.

La casa es chica y la distribución importa para lo que sigue. Al entrar está la sala, a la derecha la cocina y el comedor, y al fondo dos puertas casi pegadas: la del cuarto principal y la mía. Antes de que mis hermanos se fueran, mi habitación era la de los tres. Ahora es solo mía, pero la pared que comparto con mis padres sigue siendo la misma. Eso, descubrí una noche cualquiera, lo cambia todo.

La primera vez fue en mayo. Tenía un parcial de microeconomía al día siguiente y no entendía ni la mitad del temario. Me bañé temprano, me llevé una taza enorme de café al escritorio y armé los apuntes en abanico sobre la cama. A medianoche cerré los libros, hice mapas mentales hasta las dos y por fin apagué la luz, convencida de que con el cansancio el sueño me iba a vencer rápido.

No fue así. El café me había dejado los ojos abiertos como dos faros. Daba vueltas, me destapaba, me volvía a tapar, contaba números hacia atrás. Nada. En una de esas, cuando ya me había resignado, empecé a oír un rechinido raro, bajito pero constante, viniendo de la pared del fondo.

Al principio me asusté. Pensé en un ladrón, en un animal, en cualquier cosa menos en lo que era. Me quedé quieta, con la almohada apretada contra la cara, esperando que el ruido parara. Y paró, por dos segundos. Después volvió, más rápido, mezclado con algo que no terminaba de identificar. Un quejido. Algo suave, ahogado, femenino.

Me senté en la cama despacio. La voz era la de mi madre.

Me levanté con un cuidado que no me conocía. Crucé la habitación de puntillas, abrí mi puerta con la lentitud de quien desactiva una bomba y me quedé ahí, en el umbral, escuchando. Los rechinidos eran rítmicos. Los gemidos también. No tenía dudas, aunque tampoco terminaba de creérmelo. Nunca, en veintiún años, había imaginado a mis padres haciendo eso. Para mí eran un hombre y una mujer que se daban besos en la mejilla y discutían por el control del televisor. Punto.

Volví a la cama sintiendo la cara caliente. Me acosté boca arriba y me di cuenta de que tenía la respiración cortada. Bajé la mano sin pensarlo, casi por curiosidad, y me encontré empapada. El descubrimiento me dio vergüenza y me adormeció a la vez. Me dormí sin moverme, con la mano todavía entre las piernas.

***

A la mañana siguiente mi madre tenía el desayuno listo y mi padre la miraba como si todavía no terminara de despertarse. Yo no podía sostenerles la mirada. Sentía que se me notaba en la cara que sabía algo. Pasaron el café, el pan, el «que te vaya bien en el examen», y todo siguió como cualquier otro día. Pero algo dentro de mí ya no era igual.

Cuando volví de la universidad a la tarde, los empecé a observar con otro ojo. Mi padre llegó del trabajo, le dio un beso a mi madre y le susurró algo al oído. Ella se rió y le lanzó una mirada que yo nunca había sabido descifrar. Mientras él se lavaba las manos, ella calentaba la comida en el sartén, de espaldas a la puerta. Mi padre se acercó por detrás, le apoyó las manos en las caderas y le habló al cuello. Ella, sin darse vuelta, empujó el trasero contra él. Fue un gesto mínimo, un instante, pero yo lo vi.

Llevo toda la vida viendo y no viendo a la vez, pensé.

A mis padres los voy a describir, porque a partir de ese día empezaron a ser otra cosa para mí. Andrés es alto, moreno, ancho de hombros. Trabaja en obra desde los veinte años y tiene las manos llenas de marcas. La cara la tiene tosca, no es lo que llamarían un galán, pero hay algo en cómo camina y en cómo ocupa el espacio que ahora entiendo. Carolina es lo opuesto: piel clara, ojos color miel que algunos días se ponen verdes, una boca de labios gruesos y el pelo lacio hasta la mitad de la espalda. No es alta y no es flaca como ella quisiera. Es de las que llaman caderonas. Tiene unos pechos grandes que disimula con suéteres holgados delante de mí y un trasero que parece imposible para una mujer de su estatura. Siempre huele rico y siempre está arreglada, aunque sea para ir al almacén de la esquina.

Esa noche me preparé otro café y traté de repetir la escena de la víspera. No pasó nada. Se durmieron temprano y yo me desvelé sola, mirando el techo, sintiéndome ridícula y excitada al mismo tiempo.

***

La segunda vez fue dos días después. Después de cenar los pillé más cariñosos que de costumbre: un beso de más, una nalgada juguetona, una mirada larga. Supe que esa noche pasaba algo. Me preparé con método: café cargado, ropa cómoda, nada tirado en el piso del cuarto para no tropezar en la oscuridad. A la cerradura de mi puerta le eché unas gotas de aceite de cocina para que no chillara cuando la abriera.

A las nueve mi madre se metió a bañar. Salió con una bata de seda fina que se le transparentaba completa: una tanga diminuta, los pechos libres. Le avisó a mi padre que el baño quedaba a su disposición y él entró sin hacerse rogar. Yo aproveché para decirles que me iba a dormir, que había sido un día pesado en la facultad, y me encerré en mi cuarto.

Esperé. Cuarenta y cinco minutos largos, midiendo cada paso del otro lado de la pared. Cuando empezaron los rechinidos me levanté, abrí mi puerta sin un solo crujido y me planté en el pasillo, a un metro del cuarto de ellos. Esta vez no eran solo gemidos. Eran palabras.

—¿De quién es este culo? —preguntó mi padre con la voz ronca.

—Tuyo, papasito —contestó ella.

—Toda mía, ¿verdad?

—Toda tuya.

Después vino una nalgada seca y un quejido. Después un cambio de posición y un ritmo distinto, más pesado, más profundo. Yo apretaba los muslos en el pasillo, sin atreverme a moverme, sintiendo cómo se me iba cargando todo el cuerpo. Cuando él le dijo que se la iba a sacar para que le diera un beso, y ella respondió que sí entre dientes, y se escucharon esos sonidos imposibles de confundir, tuve que volver a mi cuarto antes de hacer un ruido yo misma.

Me acosté con la mano metida adentro de la bombacha y no tardé en terminar. Me quedé dormida con la respiración entrecortada, sintiéndome a partes iguales sucia y plena.

***

Eso se repitió varias noches. No todas, pero suficientes para volverse costumbre. Yo dejé de necesitar el café: el solo hecho de cenar con ellos y notarles las miradas largas me alcanzaba para mantenerme despierta. Aprendí a distinguir los pasos en el pasillo, el momento en que cerraban la puerta de su cuarto, el primer crujido del colchón. Sabía cuándo iba a empezar antes de que empezara.

Pero como pasa con todos los vicios, escuchar dejó de ser suficiente. Quería ver. La idea me asustaba y me obsesionaba a la vez. Algunas noches me quedaba con la mano apoyada en el picaporte del cuarto de ellos, sin animarme a más. Hasta que apareció la oportunidad que estaba esperando sin saberlo.

Era miércoles. Mi padre se levantó antes que nadie, le hizo el desayuno a mi madre y se lo llevó a la cama.

—Feliz aniversario —escuché que le decía desde mi cuarto.

Me había olvidado por completo. Veintitrés años. Salí a saludarlos como si nada y mi padre, antes de irse a trabajar, anunció que esa noche la iba a llevar a cenar afuera. Que se pusiera linda. Que iba a ser una noche especial.

Una noche especial. Las palabras me retumbaron en la cabeza todo el día.

Cuando volví de la universidad, mi madre estaba arreglándose para ir al salón de belleza. Me dejó la casa para mí sola y un beso en la frente. Apenas cerró la puerta, hice algo que nunca me había permitido. Entré a su cuarto.

La cama estaba tendida, perfecta, con esa colcha color crema que ella sacudía todas las mañanas. Me senté en el borde y rebote dos veces para escucharla crujir. Sonreí sola, como una idiota. Después abrí los cajones.

En el segundo encontré la ropa interior. Tangas de todos los colores, sostenes con encaje, un par de ligueros que nunca le había visto puestos, un baby doll negro doblado en el fondo. Mi madre, la señora que iba a misa el domingo y mandaba galletitas al colegio del barrio, tenía un cajón entero de lencería que parecía sacada de una vidriera. Pensar en ella poniéndose esas cosas para mi padre me dio un calor distinto, más confuso. No era por él que yo me ponía colorada. Era por descubrir que mi madre era una mujer entera, no solo una madre.

Saqué una tanga roja con encaje en los costados. Me desvestí en su cuarto, con la puerta cerrada, y me la puse frente al espejo de la cómoda. Me quedaba más chica que a ella, se me hundía entre las nalgas y dejaba un triángulo mínimo sobre la piel. Me miré de costado, me toqué la cintura, me solté el pelo. Por primera vez en mucho tiempo me gustó lo que vi.

Después se me ocurrió el plan.

Examiné la puerta del cuarto centímetro a centímetro buscando un punto desde el cual mirar sin ser vista. Encontré, justo al lado de la cerradura, una grieta pequeña entre la madera y el marco, demasiado angosta para servir. Fui a la cocina, agarré el cuchillo más fino y volví. Empujé con cuidado, sin forzar, hasta que la grieta cedió y se abrió lo suficiente como para apoyar el ojo. Me agaché y probé. Desde ese ángulo se veía toda la cama, perfectamente encuadrada, como si alguien hubiera puesto la cámara ahí a propósito.

Volví a guardar la tanga doblada exactamente como la había encontrado, me vestí, dejé el cuchillo en la cocina y me senté en la sala a fingir que estudiaba.

Mamá volvió a las siete con el peinado nuevo y un perfume que no le conocía. Se metió a bañar otra vez. A las ocho llegó papá, recién afeitado, con una camisa azul que no se ponía hacía meses. Se despidieron de mí con instrucciones inútiles —que cenara algo, que no abriera la puerta a nadie, que me acostara temprano— y se fueron tomados de la mano como dos adolescentes que recién empezaban.

Yo cerré con llave, apagué las luces de la sala y me senté en el piso del pasillo, contra la pared del cuarto de ellos. La grieta esperaba. Sabía que en algún momento de esa noche iban a volver con vino encima y con ganas, y que esta vez no iba a tener que imaginar nada.

Por primera vez en semanas, me di cuenta de que no estaba esperando un ruido. Estaba esperando una imagen.

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