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Relatos Ardientes

Lo que vi desde la rama del limonero esa siesta

Hacía calor desde temprano. Llegué a la casa de mi tía Mirta a eso de las dos de la tarde, con la camisa pegada a la espalda y la única intención de tirarme bajo el ventilador del living hasta que bajara el sol. Pero ella estaba en cama con fiebre y unas décimas que la habían dejado moliendo el cuerpo, así que apenas pude saludarla. Me dijo que pasara al fondo, que ahí corría algo de aire, y se durmió antes de que cerrara la puerta del cuarto.

El fondo era un patio largo, embaldosado a medias, con un limonero que mi tío había plantado el año del casamiento. La tapia de ladrillo crudo separaba la casa de la propiedad de los vecinos, una pareja jovencita que se había mudado el verano anterior. Yo casi no los conocía. Los había visto un par de veces en el almacén de la esquina, ella saludando con esa sonrisa rápida de los recién mudados, él más serio, con la mochila al hombro.

Me senté contra la pared, cerré los ojos, y entonces oí el agua.

Un chorro corto al principio, después firme, golpeando contra las baldosas del otro lado. Alguien se estaba bañando en el patio, no adentro. Me incorporé sin pensar. Las cigarras tapaban casi todo, pero el ruido del agua se filtraba claro, y junto con el agua venía el sonido de una respiración pareja, femenina, como de alguien que se está enjuagando el pelo.

Miré la rama del limonero. Salía recta y atravesaba la tapia, como invitándome.

No me decidí enseguida. Estuve quizá un minuto fingiendo que no se me había ocurrido nada, mirando los azulejos del piso, mordiéndome el labio. Después agarré la rama con las dos manos y trepé.

***

La vi de espaldas primero. Estaba parada bajo una ducha rústica que él, supongo, le había armado con un caño vertical y una flor de regadera atornillada contra el alero. El agua le caía desde los hombros y bajaba por la curva de la cintura hasta perderse entre las nalgas. Tenía la piel cobriza, mojada, brillando con el sol del mediodía, y un pelo largo y oscuro que se había echado hacia atrás para enjuagarse el champú.

Era Elena, así se llamaba. Lo supe después, cuando la oí responder al teléfono. Pero en ese momento no tenía nombre todavía. Era solo eso: una espalda, una cintura, un par de nalgas firmes con dos hoyuelos arriba donde el agua se quedaba un instante antes de seguir bajando.

Me quedé tan quieto que sentí el latido en las sienes.

Se giró despacio, con esa lentitud que tienen las personas cuando se creen completamente solas. Tenía los pechos pequeños, redondos, con las aréolas color caramelo y los pezones endurecidos por el contraste del agua fría con el aire caliente. Una gota le bajó por el esternón, le atravesó el ombligo y se perdió en el vello púbico, oscuro y recortado en triángulo, que cubría apenas el comienzo del pubis.

Hasta ahí podía haberme bajado. Hasta ahí todavía era una mirada robada, accidental.

Pero ella subió las dos manos a la nuca, juntó el pelo en un gesto largo para escurrirlo, y al hacerlo se le levantaron los pechos, se le marcaron las costillas, se le abrió levemente el espacio entre los muslos. Y yo dejé de respirar.

Sin pensarlo me bajé el cierre con la mano izquierda. La verga me salió dura, caliente, latiéndome contra los dedos. La agarré sin apuro. Tenía el equilibrio justo sobre la rama, una mano en la corteza, la otra alrededor del miembro, y la cabeza apenas asomada entre dos hojas de limonero que me hacían sombra y me escondían.

***

Elena se agachó. Tomó una palangana de plástico azul que tenía a los pies, la llenó con la manguera, y se sentó al borde de un banquito de madera con las piernas separadas hacia los costados.

Y entonces le vi todo.

Los labios mayores carnosos, la línea del clítoris asomando entre ellos, brillante por el jabón. Empezó a pasarse la mano enjabonada por ahí, sin malicia, como quien se higieniza una tarde de calor, separándose los pliegues con los dedos para que el agua llegara bien. Me pareció el gesto más obsceno y más inocente al mismo tiempo. No había nadie mirando, según ella. No había para qué fingir nada.

Yo me acariciaba despacio, marcando un ritmo que no era el mío sino el de ella. Cuando ella pasaba los dedos hacia arriba, yo subía la mano por el tronco; cuando volvía a bajar, yo bajaba. Me concentré en respirar bajito, por la nariz, sin abrir la boca, porque la mínima exhalación me parecía un grito.

Sentí un calambre en el muslo. Cambié el peso a la otra pierna. La rama crujió un milímetro y se me detuvo el corazón.

Elena no escuchó nada. O escuchó y lo atribuyó al limonero meciéndose, porque ni siquiera levantó la vista. Volcó el resto de la palangana sobre el pubis, suspiró largo, y se quedó así un segundo con los ojos cerrados, las manos apoyadas atrás contra las baldosas, los pechos arqueados hacia el cielo.

Quedate así, por favor, no te muevas, no te muevas.

***

Y ahí entró él.

Apareció por la puerta del fondo, con el torso desnudo y una toalla en la mano. Se reía de algo. Le dijo una frase corta que no alcancé a entender, y dejó la toalla colgando del respaldo de una silla. Ella le contestó sin abrir los ojos. Él se desabrochó el pantalón.

Aníbal —porque después también supe el nombre de él— tenía el cuerpo enjuto, hombros anchos, una marca de bronceado en los brazos y otra en el cuello. Cuando se sacó el pantalón y el calzoncillo de una vez, la verga le rebotó hacia adelante, ya semi dura, como si hubiera entrado al patio sabiendo lo que se iba a encontrar.

Caminó hasta ella. Se le paró atrás. Le pasó las manos por la cintura, le subió por las costillas y le tomó los pechos con las dos manos, presionando los pezones entre el índice y el pulgar. Elena giró la cabeza buscándolo, y se besaron así, ella sentada, él de pie, las dos lenguas demorándose una en la otra.

—Acá —le oí decir a ella, en un hilo de voz—. Así, atrás.

Aníbal le apoyó la mano en la nuca, la inclinó hacia adelante. Ella se puso en cuatro sobre las baldosas mojadas, con las palmas abiertas para no resbalarse. Él se acomodó atrás, le pasó la verga por entre las nalgas dos veces, tres, demorándose en el surco, y después se la metió de un solo empuje.

Elena se mordió el dorso de la mano.

***

Cada empuje de él me llegaba como un latigazo. Veía cómo sus dedos se hundían en la carne de la cadera de ella, cómo a ella se le movían los pechos hacia abajo y hacia adelante con el impulso, cómo el agua que quedaba en las baldosas saltaba en chispas con cada golpe. Aníbal le agarró el pelo, lo enrolló en el puño, tiró hacia atrás apenas, lo suficiente para que ella levantara la cabeza y arqueara la espalda.

Yo seguía. Más rápido. Sin ritmo ya, sin pretender que era el ritmo de ellos. La rama temblaba bajo mi peso. Tenía la frente sudada, los muslos endurecidos, y un calor que me subía desde la planta del pie. No me iba a aguantar.

Elena dejó escapar un quejido, bajo, casi un gruñido, y él le respondió pegándole con la pelvis contra el culo de un modo más seco, más concentrado. Le dijo algo al oído. Ella asintió rápido, varias veces. Él aceleró.

Y yo me corrí.

***

Fue un orgasmo silencioso, mordido en el labio, con los ojos cerrados porque si los hubiera mantenido abiertos me caía de la rama. Sentí cómo salía el semen en chorros cortos, dos, tres, contra la cara interna de la tapia. El último cayó por el ladrillo y se quedó colgando ahí, un hilo blanco brillando al sol.

Cuando abrí los ojos, Elena estaba dada vuelta, sentada otra vez sobre los talones, recibiendo a Aníbal en la boca. Le tomaba la base de la verga con las dos manos. Él tenía la cabeza echada hacia atrás, mirando el cielo. Ninguno de los dos miraba hacia la tapia.

Mi semen seguía ahí, ahora resbalando despacio, dos ladrillos más abajo. Pasaba justo al lado del codo de ella, apoyado contra la pared para sostener el equilibrio. Si en ese momento ella se hubiera arrimado un centímetro más, lo habría sentido en la piel.

No lo sintió.

Aníbal se vino con un gemido largo, agarrándole la cabeza. Después se rieron los dos, bajito, cómplices. Él la levantó tirándole de los antebrazos y la abrazó debajo del agua, los dos otra vez bajo la ducha precaria, lavándose el uno al otro como si lo que acababa de pasar fuera la cosa más cotidiana del mundo.

***

Bajé del limonero como pude. Me temblaban las piernas. Tenía rasguños en el antebrazo derecho de los que ni me había dado cuenta. Volví a la silla donde había estado al principio, me cerré el pantalón, me pasé la mano por la cara.

Adentro, mi tía seguía durmiendo. La oí toser una vez y después nada. El ventilador del fondo seguía dando vueltas con ese ruidito metálico que tenía siempre. Las cigarras seguían en lo suyo, como si el mundo no se hubiera movido un milímetro en los últimos veinte minutos.

Estuve un rato largo sentado, esperando que se me normalizara la respiración, pensando en si lo que había hecho había sido grave o no, en si me iba a animar a volver a la casa de mi tía un sábado por la tarde sin sentir vergüenza, en si ellos, del otro lado de la tapia, irían a notar el rastro cuando se les secara la pared.

Después me paré, me lavé las manos en la pileta del lavadero, y entré a la cocina a cebarme un mate. Mi tía me llamó desde la cama y me pidió un vaso de agua. Se lo llevé. Le pregunté cómo estaba, y ella me dijo que mejor, que el calor ya estaba aflojando, que tenía suerte de haber venido justo cuando se levantaba el viento del este.

Yo le di la razón. Le dije que sí, que estaba refrescando. Y me fui al patio otra vez, a mirar el limonero, a buscar si quedaba alguna huella en la corteza de la rama o algo, cualquier cosa, que me delatara.

No quedaba nada.

Solo el sol cayendo en diagonal sobre las baldosas y, del otro lado de la tapia, un silencio nuevo, distinto, en el que ya no se oía caer el agua.

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Comentarios (5)

Felix_Mendo

genial!!! de los mejores que lei en esta categoria

Ramiro_pba

segunda parte por favor!! quede con ganas de mas

Tomas_cba

me recordo a unas siestas de verano que tuve de chico jeje. muy bueno, lo disfrute de principio a fin

nocheoscura99

que imagen tan vivida, se me vino la escena completa a la mente. excelente

SilvanaMar

muy bien escrito! los detalles del sol y el agua estan perfectos. segui publicando

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