Lo que vi desde mi balcón aquella noche de agosto
Aquel verano alquilamos un apartamento en Calella para pasar dos semanas con los niños. Séptimo piso, galería interior y un calor pegajoso que se metía entre las sábanas y no me dejaba dormir. Mi mujer caía rendida a las once y dormía como un tronco hasta las nueve; yo, en cambio, daba vueltas en la cama hasta que el agobio me echaba al pasillo descalzo.
La rutina era siempre la misma. Pasada la una de la madrugada, me servía un vaso de agua, abría la puerta corredera de la galería y me quedaba apoyado en el marco, esperando que entrara alguna corriente desde el mar. Desde allí se veían los balcones de los dos edificios de enfrente y, con suerte, alguna ventana encendida. Era mi forma de pasar el rato hasta que el cuerpo aceptaba volver a la cama.
Aquella noche, un jueves de agosto, conté tres balcones todavía iluminados. En uno, dos pisos más abajo, una pareja mayor terminaba de cenar al fresco con una vela y una botella de vino. En otro, al fondo, solo se veía el resplandor azulado de un televisor sin nadie delante. Y en el tercero, justo enfrente del mío y un piso por encima, había una mujer leyendo.
Estaba sentada en una silla de mimbre, con una camiseta blanca enorme que le llegaba a medio muslo y las piernas cruzadas sobre un puff. Tenía el pelo recogido en un moño flojo y movía los labios al leer, como si la novela le importara de verdad. Calculé que pasaría de los cuarenta. Llevaba unos minutos a punto de volverme a la cama cuando se abrió la puerta de su salón y salió un hombre con dos copas de vino.
Era más bajo que ella y más fornido. Se notaba que cuidaba el cuerpo, aunque ya empezaba a ganar tripa. Iba sin camiseta, con un bañador corto de un azul descolorido y unas chanclas. Dejó las copas en la mesita, se inclinó y le besó la frente. Ella levantó la vista, sonrió y le dijo algo señalándose la nuca y los hombros. El hombre asintió, dio un sorbo a su copa y se colocó detrás de ella.
Yo iba a apartarme. De verdad que iba a apartarme. Pero entonces él le apoyó las manos sobre los trapecios y empezó a apretarlos con los pulgares, y ella echó la cabeza hacia atrás con un suspiro que casi se escuchó desde mi galería. No me moví.
El masaje fue largo. Él subía por el cuello, bajaba por los hombros, le pellizcaba la piel con suavidad y volvía a subir. Cada tanto se inclinaba para beber. Yo, apoyado en la jamba de la puerta, intentaba convencerme de que en cualquier momento entrarían al salón y se acabaría el espectáculo.
No entraron. Lo que hizo él fue meter las manos por debajo del cuello de la camiseta, hurgar un segundo y desatar los lazos del bikini que ella llevaba debajo. Primero el del cuello, después el de la espalda. Tiró del trozo de tela por una de las mangas anchas y lo lanzó dentro del salón. La camiseta quedó suelta sobre los pechos, y desde mi piso pude ver perfectamente cómo se le marcaban los pezones contra la tela blanca.
Joder.
Sentí el tirón en la entrepierna antes de darme cuenta de que ya tenía la polla dura. Llevaba el pijama de tela fina, sin calzoncillos, y la presión era evidente. Eché un vistazo rápido al pasillo, escuché la respiración tranquila de mi mujer dos puertas más adentro, y volví a la galería. Apagué la luz del techo para que ningún reflejo me delatara desde el cristal.
El tipo había empezado a meter las manos por los huecos de las mangas. Le rodeaba los pechos por debajo, los levantaba, los amasaba con lentitud. Eran grandes y pesados; se le derramaban entre los dedos. Ella había dejado el libro abierto sobre las piernas y se mordía el labio con los ojos cerrados. Cada tanto él sacaba las manos, le pellizcaba los pezones por encima de la camiseta y los estiraba hasta que la tela se tensaba.
***
Lo siguiente lo recuerdo a cámara lenta. Ella separó una mano del libro, la llevó al bañador de él y metió los dedos por debajo de la cintura elástica. Yo no veía qué hacía exactamente, pero por el gesto de él —arqueó la espalda y dejó de masajear un segundo— era evidente. Después tiró de la tela hacia abajo lo justo para liberarle la polla, se la sacó con la mano y la inclinó hacia la izquierda, hacia su cara.
Desde mi posición vi el perfil de la escena con una claridad casi obscena. Él, de pie, con el bañador a media nalga y una polla recta apuntando al techo. Ella, todavía sentada, con la cabeza ladeada, sacando la lengua y recorriéndole el tronco de abajo arriba sin metérselo en la boca. La postura no daba para más: solo lo lamía y le besaba la punta como quien chupa un helado, mientras con la otra mano seguía moviéndose entre sus propias piernas, por encima de la braguita del bikini.
Yo ya tenía la mía dentro del pantalón. Me apreté la base con dos dedos, despacio, para no acabar antes de tiempo. Quería verlo todo.
Hubo una pausa. Ella se separó, le dijo algo y los dos bebieron de sus copas. Pensé que se metían dentro y se acababa la película. Pero el hombre se bajó del todo el bañador, lo tiró sobre la mesita y se quedó desnudo al aire libre, con un pene grueso y curvado hacia un lado que le rebotaba al moverse. Ella se levantó. La camiseta le caía hasta la mitad del muslo. Se llevó las manos a las caderas, enganchó las dos tiras de la braguita del bikini y se la deslizó por las piernas con calma, como si supiera perfectamente que alguien la estaba mirando desde algún lado.
Cuando se incorporó, la camiseta le subió un dedo y vi un coño depilado casi entero, con una sombra clara y unos labios carnosos que se notaban hinchados incluso a esa distancia. Volvió a sentarse en la silla, pero esta vez levantó las dos piernas y las apoyó sobre la mesita, abiertas, una a cada lado de las copas. El hombre se arrodilló entre ellas y desapareció bajo la tela de la camiseta.
Empecé a moverme con la mano dentro del pijama. Lento. Muy lento.
***
Ella se agarraba a los brazos de la silla y echaba la cabeza hacia atrás cada pocos segundos. Vi cómo se subía la camiseta con una mano para ver mejor lo que él le hacía, y al hacerlo me dejó la tripa al aire, el ombligo profundo y una piel bronceada con la marca clara del traje de baño. Se mordía el labio, abría la boca sin emitir sonido, volvía a morderse. En un momento bajó la mano hacia la cabeza de él, le agarró el pelo y le empujó la cara contra ella con tanta fuerza que él tuvo que apoyarse en las patas de la mesa.
Yo ya estaba al borde. Tuve que detenerme dos veces, apretarme la base y respirar hondo. No quería terminar todavía. Había algo en la lentitud con la que aquella pareja se manejaba —sin prisa, sin susurros que llegaran a mí, con la confianza de los que llevan años follando juntos— que me tenía atrapado.
Hubo un nuevo descanso. Él se incorporó, se limpió la cara con el dorso de la muñeca y bebió. Ella le dijo algo y se rio. La risa sí que me llegó: una risa grave, ronca, satisfecha. Cogió las dos copas, las dejó en una bandeja en el suelo, apartó la mesita un metro y se levantó. Después se dio la vuelta, se subió la camiseta hasta la cintura y se inclinó sobre la mesita apoyando los codos.
El culo que apareció era ancho, redondo, con dos hoyuelos en la parte baja de la espalda. El hombre se colocó detrás. Le pasó la mano por una de las nalgas, se la separó y se acomodó. Con la otra mano se guio la polla y la deslizó contra ella, una vez, otra, sin entrar. Cuando entró por fin, lo hizo del todo y en un solo movimiento. Ella se arqueó hacia delante y se agarró al borde de la mesa.
El ritmo empezó suave y se fue acelerando. Cada embestida del hombre hacía bailar la carne del culo de ella, y desde mi balcón se oía el chasquido seco de su pelvis contra las nalgas. La mesita iba avanzando un par de centímetros con cada empuje. Él le sujetaba la cintura con una mano y con la otra le palmeaba la nalga, no fuerte, lo justo para marcar el ritmo.
Yo me había sacado la polla del pantalón. Estaba mojada en la punta y la sentía a punto de reventar. Me apoyé con el hombro en el marco de la puerta para no caerme y empecé a masturbarme en serio, con la vista clavada en aquella silueta inclinada sobre la mesita de plástico del balcón de enfrente.
***
Ella le dijo algo por encima del hombro. Él paró. Se separó dos pasos, jadeando, con la polla brillante de saliva y de lo que fuera que le hubiera salido a ella. Entonces ella se incorporó, se volvió, lo agarró por los hombros y lo obligó a sentarse en el suelo del balcón. Levantó una pierna, la apoyó en el borde de la mesita, y le ofreció el coño otra vez a la altura de la boca.
Yo cogí dos servilletas de papel del bolsillo del pijama. Las había metido antes, por si acaso. Sabía que aquello no iba a durar mucho más y no podía permitirme dejar manchas en la galería.
Él volvió a comerle el coño desde abajo, ahora con un dedo dentro que entraba y salía rapidísimo. Ella se sujetaba con una mano al borde de la mesa y con la otra le presionaba la cabeza contra su pubis. Empezó a moverse, a temblar, a arquearse. Vi cómo se le tensaba todo el cuerpo y cómo aguantaba el grito tapándose la boca con la mano libre. Tardó un buen rato en relajarse. Cuando lo hizo, le soltó la cabeza y se dejó caer hacia atrás contra la pared del balcón, riéndose entre jadeos.
Yo aún no me había corrido. Por los pelos.
El hombre se puso de pie, la cogió de la cintura y la dobló otra vez sobre la mesita. Se escupió en la mano, se untó la polla y se la metió de golpe. Esta vez duró apenas medio minuto. Dio cuatro o cinco embestidas a un ritmo de máquina, se sacó la polla justo a tiempo y se la sacudió con la mano sobre el culo de ella. Vi salir el primer chorro como una línea blanca contra la piel oscura del bronceado, después otro, después dos más, hasta que le quedó un reguero brillando sobre las nalgas y la parte baja de la espalda.
Esa imagen me bastó. Me agarré con fuerza, ahogué un gemido contra el antebrazo y me corrí en las servilletas de papel con tanta presión que tuve que apoyarme en el cristal con la otra mano para no perder el equilibrio. Fue uno de esos orgasmos que vacían entero, de los que dejan las piernas blandas durante un minuto largo.
Cuando volví a abrir los ojos, ella se estaba incorporando. Se sacó la camiseta blanca por la cabeza, se la pasó por el culo y la espalda para limpiarse y la tiró sobre la silla de mimbre. Quedó desnuda un instante en el balcón, sin nada de pudor, mientras él recogía los vasos y la botella. Después le dio un beso largo en la boca, le pasó la mano por la espalda y entraron juntos al salón. La luz se apagó dos segundos más tarde.
Me quedé un rato más en la galería, con el pulso volviendo a su sitio y un olor a sexo y a noche caliente que se mezclaba con el del salitre. Tiré las servilletas en la bolsa de basura del office y me lavé las manos en la cocina sin encender la luz.
Cuando volví a meterme en la cama, mi mujer se removió, me preguntó dormida si estaba bien, y yo le dije que sí, que solo había bajado por un vaso de agua. Me dormí enseguida, con la cabeza apoyada en su hombro y la imagen de aquel culo arqueado sobre una mesita de plástico tatuada por dentro de los párpados.
Las dos noches siguientes me quedé despierto a propósito, vigilando la galería del séptimo. No volvió a pasar nada. Pero todavía hoy, cuando vuelve el calor del verano y no puedo dormir, me levanto a la ventana y miro hacia los balcones del bloque de enfrente, por si alguien, en algún piso, decide volver a regalarme una noche así.