Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que vi en el auto del amigo de mi esposa esa noche

Esa noche aprendí que el deseo y el miedo pueden vivir en el mismo músculo del pecho. Aún hoy, dos años después, cuando vuelvo a la escena, no sé si lo que sentí fue traición, vergüenza o algo más antiguo, algo que estaba enterrado en mí y que sólo necesitó esa noche para salir a respirar.

Todo empezó por culpa de Andrés, el hijo mayor de mi hermano. Acababa de cumplir dieciocho años y, como todo recién mayor de edad, creía que era invencible. Esa tarde lo agarraron con una moto que aparecía reportada como robada en otro municipio. La traía prestada de un primo, según juró después, pero a la patrulla esos detalles le importaron poco. Se lo llevaron a la delegación de la procuraduría, en el otro extremo de la ciudad, y mi hermano me marcó al celular casi llorando.

Toda la familia se movió. Mi hermano, su esposa, mi otra cuñada, su marido, Verónica y yo. Llegamos pasadas las ocho de la noche a un patio mal iluminado, con sillas de plástico viejas y un ventilador de techo que no movía el aire. El agente del turno apenas levantó la cabeza para mirarnos.

—Tienen que esperar al ministerio público —dijo, y siguió escribiendo en una computadora cuya pantalla parpadeaba.

A las once, el mismo agente nos avisó que el ministerio público no llegaría hasta la mañana siguiente. Mi hermano se hundió en la silla y se tapó la cara. Su esposa lloraba bajito, repitiendo que Andrés era un buen muchacho, que sólo se había metido en algo por confiado.

Fue Verónica la que se puso de pie.

—Voy a hacer una llamada —dijo, ya sacando el celular del bolso.

Salió al estacionamiento, encendió un cigarrillo bajo el foco amarillo del poste y se quedó hablando largo rato. La vi desde la ventana, recargada contra el cofre de un auto que no era nuestro, riendo en algún momento, gesticulando. Cuando volvió, traía una sonrisa que no terminó de gustarme.

—Va a venir Hugo —dijo, sentándose a mi lado—. Le pedí el favor.

Hugo. Hugo era un viejo conocido suyo, de los tiempos en que ella trabajaba en la presidencia municipal. Yo nunca había terminado de aclarar qué clase de conocido era. Verónica decía «amigo», pero a Verónica los amigos solían durarle un poco más de lo que duran las amistades. Lo había nombrado dos o tres veces en los últimos años, siempre con un tono ligero, casi distraído, que a mí, en su momento, no me había gustado del todo.

—¿En qué trabaja? —pregunté, fingiendo curiosidad.

—Ahora en la procuraduría estatal. Le deben favores aquí. Va a destrabar lo del muchacho.

Una hora después vi entrar dos hombres con saco. Uno se metió directo a la oficina del comandante. El otro se quedó afuera, fumando junto a la puerta. Verónica se levantó como impulsada por un resorte y salió a recibirlos. Yo me asomé desde lejos, por la ventana sucia.

Vi cómo Hugo le ponía la mano en la cintura cuando le dio el beso de mejilla. Una mano que se quedó ahí un segundo más de lo que cualquier marido toleraría. Vi cómo le decía algo al oído. Vi cómo ella reía echando la cabeza hacia atrás, esa risa que llevaba años sin escuchar de su parte conmigo. Y vi también cómo Hugo, antes de soltarla, le bajaba un poco la mano hasta tocarle el inicio de la cadera.

Veinte minutos después soltaron a Andrés. Mi hermano se abrazó a su hijo, mi cuñada lloraba de alivio, todos hablaban encimados, agradeciendo, prometiendo, jurando. Hugo levantaba las manos sonriendo, decía que no era nada, que para eso estaban los amigos. Verónica lo miraba con una sonrisa que yo conocía. La misma con la que, años atrás, me había mirado a mí la primera noche que me invitó a subir a su departamento.

—Acompáñame al estacionamiento —me susurró ella un momento después, apartándome del grupo—. Hugo se va con su compañero. Voy a despedirme y vuelvo.

—Te acompaño —dije.

—No, mi amor. Espérame adentro. Cinco minutos.

Hay un instante exacto en que uno entiende algo que no quería entender. El mío fue ese. Asentí. La dejé ir. Me quedé en el patio con el resto de la familia, hablando de cosas que no escuchaba, asintiendo a frases que no llegaban del todo.

***

Pasaron diez minutos. Mi cuñada se asomó a la puerta y preguntó por Verónica.

—Está despidiéndose del amigo que ayudó —dije.

—¿Y se tarda tanto?

—Le está agradeciendo, ya sabes cómo es.

Su mirada se quedó un segundo más sobre mí. Después se encogió de hombros y volvió adentro. Yo aproveché para salir.

Caminé despacio por el patio del estacionamiento. La luz amarilla del poste no llegaba hasta la parte de atrás, donde los autos quedaban en penumbra. Tardé un momento en localizar el coche de Hugo: un sedán gris, estacionado junto al muro del fondo, con los vidrios entreabiertos. Me acerqué con la sensación de estar haciendo algo que no debía. El corazón me golpeaba el cuello.

Cuando llegué a unos cinco metros del coche, los vi.

Verónica estaba sentada en el asiento del copiloto, inclinada hacia él. Hugo tenía una mano en su nuca y otra en algún lugar que yo no alcanzaba a ver. Se estaban besando. No era un beso de despedida. Era un beso largo, abierto, con la cabeza ladeada, con los movimientos pausados de quien no piensa parar.

No podía moverme. Mi mujer es atrevida, lo es desde siempre, lo fue desde la primera vez que la conocí, pero esto no era atrevimiento. Esto era otra cosa. La excitación me subió por las piernas antes de que pudiera entender que estaba excitado. El miedo me subió justo después, mezclado con todo lo demás. En cualquier momento podía salir alguien de la familia. En cualquier momento podía ser yo mismo el que entrara al coche y partiera la madre.

No hice ninguna de las dos cosas. Saqué el celular y le marqué.

La vi pegarse un sobresalto. Buscó la pantalla con torpeza. Lo agarró sin separarse del todo.

—Espérame tantito, papi —dijo, con la voz un poco rota. Hugo le murmuró algo y ella le respondió, ya sin pegarse el teléfono al oído—. Mi marido. Me va a venir a golpear.

—No te preocupes —oí que decía él—. Sácala.

—Sácala tú, mamacita.

Hubo un silencio. Después escuché un ruido que no quiero olvidar nunca. Una respiración entrecortada, un movimiento sobre la tapicería, y la voz de mi mujer apagada, ocupada en otra cosa.

—Mmmm, mmm. Está rica tu verga.

Bajé el teléfono unos centímetros para no oírlo, pero seguí oyendo. Verónica había olvidado colgar. O no había querido colgar. La línea seguía abierta, su boca seguía ocupada, y el coche, desde donde yo estaba, se mecía apenas, lo suficiente para confirmarme que no estaba alucinando.

—Aaah, hasta que me hiciste, mami. Oooh, qué rico. Mamas muy bien, chiquita.

Yo veía cómo se había metido entre las piernas del hombre, cómo le sostenía con una mano la base mientras la cabeza subía y bajaba. La luz que entraba por la luna trasera le iluminaba apenas el cabello.

***

Estuve cerca de un minuto petrificado. Después, el ruido de una puerta a mis espaldas me hizo girar. Salieron casi todos al mismo tiempo: la hermana de Verónica, su cuñado, dos de mis hermanos y otros familiares más. Me miraron, me preguntaron por ella, y yo, sin pensarlo, dije:

—Aún no llega. Creo que fue a despedirse afuera.

—Pero me avisó que ya estaba aquí —dijo su hermana, mirando hacia el estacionamiento.

Yo me había acercado al coche, sin querer. Si Verónica se levantaba del asiento en ese instante, todos la verían. Todos verían lo que estaba haciendo. Caminé un paso de más, otro, hasta quedar entre el coche y mi familia, tapándoles la vista.

—Voy a la tienda de la esquina —dije rápido, inventando—. ¿Quieren algo?

Tardaron unos segundos eternos en pensarlo. Mi cuñada pidió un agua. Mi hermano una soda. Otros pidieron cigarros. Mientras hablaban, yo escuchaba detrás de mí la voz de Hugo subiendo.

—Me voy a venir, Verónica, aaah.

—Dámelos. Échamelos, papi, mmmm.

—Todos, mami. Cómetelos todos. Aaaah, sí, cabrona, me exprimes bien rico.

—Mmmm, delicioso.

—Aay, cabrona, qué rico.

—¿No hay nadie cerca para levantarme?

—No, mami, todavía no.

Mi familia caminó hacia la tienda justo en el momento en que el cuerpo de Hugo se sacudió en el asiento del piloto. Yo no me había movido del lado del coche. Cuando los perdí de vista, oí el último jadeo, y después la voz de Verónica, suave, casi divertida.

—Ya me voy. ¿Cuánto va a ser de lo de mi sobrino?

—¿Qué pasó, Verónica? —respondió él, con la voz pastosa—. Con tu cuerpo me pagas y aun así quedo a deberte. Me quedé con ganas de montarte como Dios manda.

—Cuando quieras, papi. Tú dime.

—Paso mañana por ti y nos vamos al hotel.

—Va. Me marcas.

***

Minutos después salió del coche. Se acomodó la falda, se pasó la mano por el pelo, se limpió con dos dedos la comisura de los labios. Caminó hacia mí. Le temblaba un poco la sonrisa. No de miedo. De otra cosa.

Me abrazó. Yo la abracé también, porque no se me ocurrió qué otra cosa hacer. Cuando me besó, sentí en su boca el sabor del otro hombre. Un sabor que no era el de mi mujer y al mismo tiempo lo era.

—Hola, papi —dijo contra mi oído—. ¿Quieres leche?

Aún traía rastros en los labios. Olía a él. Olía a un macho que no era yo.

—Escuchaste que me quiere ver mañana, ¿verdad? —murmuró, sonriendo, mirándome a los ojos como si me estuviera ofreciendo un regalo—. Que me quiere coger en serio.

—Sí, mi amor.

—Mañana me van a dar más lechita.

No dije nada. No supe qué decir. La rodeé con el brazo y la guié hacia la entrada, justo cuando mi familia volvía de la tienda con las botellas y los cigarros. Llegamos al patio al mismo tiempo. Mi cuñada le pasó a Verónica una soda. Mi hermano me palmeó la espalda y dijo que le debía la vida.

Fueron unos minutos intensos, eternos. Se me subieron los huevos a la garganta. Tenía la certeza de que alguien iba a oler, a notar, a entender. Pero nadie lo hizo. Nadie se dio cuenta de nada. La familia siguió hablando de la moto, de los precios, del abogado, del seguro. Verónica conversaba como si nada, riéndose, agradeciéndoles a todos su preocupación, pasándose de vez en cuando la lengua por el labio.

Yo la miraba y no la reconocía. Y al mismo tiempo, por primera vez en años, me parecía que la conocía como nunca.

Esa noche, en la cama, después de que el resto se había ido, ella se acostó encima de mí y me preguntó al oído si me había gustado. Si me había gustado oírla. Si me había gustado verla. Le dije que sí sin pensarlo, sin saber siquiera si era verdad. Y ella se rió, una risa ronca, baja, y se acostó pegada a mi cuerpo a esperar a que llegara la mañana.

A la mañana siguiente, Hugo pasó por ella a las once. Yo me quedé en casa, sentado en la cocina, con la taza de café enfriándose entre las manos, mirando la hora avanzar en el reloj de la pared.

Pero esa ya es otra historia.

Valora este relato

Comentarios (1)

IgnacioB

excelente!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.