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Relatos Ardientes

Lo que descubrí espiando a mi casera de cuarenta

Tenía veinte años recién cumplidos cuando una crisis económica brutal en mi ciudad me obligó a cruzar la frontera. Mi hermano mayor se había ido seis meses antes con un grupo de amigos, y entre todos juntaron lo justo para alquilar un departamento de dos habitaciones en las afueras de Houston. Cuando llegué con el bolso al hombro y la cabeza dándome vueltas por el viaje, ninguno me esperaba con nada listo.

—No vas a caber acá —me dijo Tomás, uno de los compañeros, mientras señalaba el sofá que ya tenía dos colchones a los costados—. Pero hablamos con la dueña. Vive en el departamento de al lado y tiene una pieza libre. Te quedás ahí hasta que se desocupe el grande, en cinco o seis meses.

La dueña apareció a los pocos minutos. Se llamaba Adriana. Calculé que tendría unos cuarenta y tres, quizás cuarenta y cinco. Era de estatura mediana, con el pelo castaño teñido de reflejos rojizos que le caían apenas por debajo de los hombros. Llevaba una sudadera ancha y un pantalón deportivo que no dejaban ver gran cosa, pero su voz era suave y se reía con facilidad. Me miró de arriba a abajo y me hizo un gesto para que la siguiera.

—Tranquilo, no muerdo —me dijo en el pasillo—. Tus amigos son buenos chicos. Cualquier cosa que necesites, me avisás.

La habitación que me dio era pequeña: una cama individual, un placard, una mesa de luz y una ventana que daba a la pared del edificio de enfrente. Mi cuarto y el suyo compartían pared, y el baño quedaba justo en medio, a un paso de cada puerta. Acomodé lo poco que traía y salí a recorrer el barrio con mis amigos hasta tarde.

Esa primera noche dormí como un animal. Llegué pasada la medianoche, le avisé desde el pasillo que iba a ducharme, y ella me respondió sin levantarse, mientras miraba la televisión con la puerta abierta.

—Andá tranquilo. Hay gaseosa en la heladera, agua, lo que quieras. Estás en tu casa.

La mañana siguiente me cambió la idea que tenía de Adriana. Salí del baño después de cumplir con la rutina de cualquier mañana y la encontré en la cocina, preparando huevos revueltos y café. Llevaba la misma sudadera del día anterior, pero el cierre estaba a la mitad. La sudadera no tenía nada debajo. Cuando se inclinó sobre la sartén para revolver, vi el comienzo de dos pechos pesados, muy blancos, con una piel firme que no parecía la de una mujer de su edad.

—¿Dormiste bien? —me preguntó sin levantar la vista.

—Muy bien, gracias —dije, tratando de no quedarme parado mirándola.

—Vení, sentate. Te hice almuerzo. Hace mucho que no le cocino a nadie y se me extrañaba la rutina.

Me senté frente a ella en la mesa cuadrada. Empezó a contarme su historia mientras comíamos: que se había casado a los veintiséis con un argentino que la trajo a Estados Unidos, que después de doce años él se había ido con otra mujer y le había dejado el departamento como compensación porque ella no podía tener hijos. Que vivía sola desde entonces y que el alquiler de las dos unidades era lo que le permitía mandar plata a su familia. Cada tanto, al respirar, los pechos se le movían dentro de la sudadera. Yo trataba de mirar el plato.

***

Esa noche volví tarde otra vez. Pasé por la puerta abierta del cuarto de Adriana, la saludé desde el pasillo y agarré la ropa para ducharme. Entré al baño, cerré la puerta con pestillo, me apoyé contra los azulejos y entonces los vi: encima de la tapa del inodoro, perfectamente doblados, había un corpiño y una bombacha color burdeos. Me quedé inmóvil durante varios segundos.

Pensé en salir y avisarle, pero me dio vergüenza. ¿Cómo iba a tocarle la puerta y devolverle la ropa interior recién sacada? ¿Qué cara iba a poner? Me arrodillé al lado del inodoro y los miré con cuidado, sin moverlos del lugar exacto en que estaban. La bombacha era de algodón, cachetera, con un elástico ancho en la cintura. El corpiño tenía la copa enorme, mucho más grande de lo que había imaginado esa mañana.

No pude evitarlo. Acerqué la cara y olí la entrepierna de la bombacha. Tenía un perfume tibio, ácido, íntimo. Sentí la sangre golpeándome en las sienes y se me puso dura de inmediato.

Bajo el agua de la ducha me agarré la verga con la mano enjabonada y empecé a moverla despacio, sin querer acabar, casi como una caricia para calmar el deseo. Me daba vergüenza correrme ahí, en el baño de una mujer que apenas conocía. Salí, me sequé, doblé la toalla, y al pasar por su cuarto la encontré mirándome desde la cama. Me sonrió como si supiera algo. Yo bajé la mirada y entré rápido a mi pieza.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, levantó la taza de café y me habló sin mirarme.

—Disculpame por la ropa interior de anoche. La costumbre de vivir sola. Si vuelve a pasar, tirámelos al cuarto de lavado, por favor.

Asentí sin decir nada. Lo dijo con la misma sonrisa que después aprendí a reconocer.

***

Pasaron unos días y empecé a notar una rutina. Cada noche, cuando volvía de trabajar, Adriana ya había cenado y estaba en su cama mirando televisión con la puerta entreabierta. Algunas noches, antes de dormirme, escuchaba un zumbido bajo y constante del otro lado de la pared. Al principio pensé que era el motor de la heladera. Después escuché un suspiro contenido, un movimiento de la cama. Entendí.

Apagué la luz de mi mesa y me quedé quieto, conteniendo la respiración. El zumbido seguía, intercalado con respiraciones cada vez más agitadas. Después un gemido corto, casi tragado. Y silencio.

A partir de esa noche presté atención. El ruido del juguete se hizo familiar. Algunas noches era largo, con varios picos. Otras, una sola subida rápida y todo terminaba. Yo permanecía en mi cama con la oreja pegada al colchón, escuchando hasta que ella se rendía al sueño. Cuando me masturbaba, lo hacía despacio, sin hacer ruido, imaginándomela del otro lado.

La bombacha en el baño dejó de ser un accidente. Apareció cada dos o tres días. Adriana se disculpaba siempre con la misma sonrisa.

—Es la costumbre de vivir sola —decía—. Si vuelve a pasar, tirámelos al cuarto de lavado y ya.

Pero yo no los tiraba. Los olía. A veces me arrodillaba ante el inodoro y los miraba de costado, como si fueran un cuadro. A veces los acercaba a la cara unos segundos. Después los dejaba exactamente como estaban. Mi lubricación se mezclaba con la suya en el algodón, y al día siguiente, cuando los buscaba en el cesto de ropa sucia, no había manera de distinguir una mancha de la otra.

Era mío y solo mío, pensaba. Nadie va a saber esto nunca. No se lo conté a mis amigos. No se lo conté a mi hermano. Tenía un secreto del tamaño de un edificio y lo guardaba con el cuidado de un avaro.

***

La noche que cambió todo fue un viernes. Había trabajado catorce horas, llegué destruido, me tiré en la cama vestido y me dormí sin acordarme de cerrar la puerta. Me desperté de golpe a las dos y media de la madrugada, con la boca seca y la espalda dolorida. La luz del pasillo estaba apagada. La puerta de Adriana estaba cerrada.

Me levanté para ir a tomar agua. Caminé descalzo por el pasillo, en bóxer, sin hacer ruido para no despertarla. A medida que avanzaba empezó a aparecer un destello azulado en el living: la televisión estaba encendida, sin sonido. Y se oía otro ruido, distinto al del juguete que conocía de memoria. Algo húmedo, rítmico, acompañado de un susurro de tela.

Me detuve antes de llegar al arco que separaba el pasillo del living. Asomé la cabeza apenas.

Adriana estaba en el sofá, dándome la espalda. Tenía las piernas levantadas y apoyadas en el respaldo, completamente abiertas. Llevaba una bata desabrochada que le caía a los costados. Los pechos descubiertos le caían hacia los lados sobre las costillas, pesados, oscilando suaves con cada movimiento. Y tenía la mano hundida entre las piernas, moviéndola a un ritmo que no se parecía al del juguete: era más profundo, más lento, más concentrado.

Me quedé helado. Sabía que tenía que volver al cuarto, pero los pies no me respondían. Adriana tenía los ojos fijos en la pantalla, donde se veía a una pareja en blanco y negro, sin sonido. De vez en cuando se llevaba la otra mano al pecho, lo apretaba, se mordía el dedo. Los pezones se le habían puesto duros y oscuros.

Me apoyé contra la pared, en la sombra. El bóxer que llevaba puesto tenía una abertura adelante para orinar. Saqué la verga por ahí, ya completamente dura, y empecé a moverla con dos dedos, lo más despacio que pude, para que ningún roce me delatara. Me concentré en seguirle el ritmo a Adriana.

Ella aceleró. Empezó a gemir bajo, con la boca apenas abierta. Se llevó el dedo a la boca, lo chupó, lo bajó otra vez. Las piernas se le abrieron más, después se cerraron, se sacudieron. Estuve a punto de acabar dos veces y me detuve. No quería correrme antes que ella.

Pasaron diez, quince minutos. Adriana cambió de ritmo varias veces, como si supiera exactamente cuándo retrasarlo. En un momento dejó la mano quieta unos segundos y respiró hondo, recuperándose. Después volvió a empezar, más rápido.

Cuando finalmente acabó, lo hizo con un gemido seco que pareció más una protesta que un placer. Se mordió el labio, se le sacudió el vientre tres veces, y se quedó inmóvil, con los pies todavía contra el respaldo.

Yo me fui hacia atrás sin hacer ruido, entré al cuarto, cerré la puerta apretando la manija para que no sonara y me terminé en la mano en menos de un minuto. Me corrí con tanta fuerza que tuve que morderme el brazo para no gritar.

***

A partir de esa noche supe cuál era su día. Eran los viernes. Siempre los viernes, después de la una y media de la madrugada. Empecé a esperarla. Volvía de trabajar más temprano, cenaba afuera con mis amigos para no llamar la atención, me acostaba con la puerta entornada y me obligaba a no dormirme.

A las dos en punto se prendía el televisor del living. Después se escuchaba el ruido de la heladera abriéndose, una copa de vino apoyándose en la mesada. Después el sofá crujía cuando ella se acomodaba. Después empezaba todo.

Yo salía descalzo, en bóxer, y me apostaba en el mismo lugar contra la pared. La miraba acabar una, dos, hasta tres veces. Ella nunca giró la cabeza. Nunca dio señales de saber que yo estaba ahí. Pero a veces, cuando le costaba terminar, dejaba escapar una palabra en un susurro: «chico». Muy bajo, casi inaudible. La primera vez que lo escuché creí que me lo había imaginado. La segunda vez ya no.

Yo nunca le dije nada. Ella nunca me dijo nada. La bombacha siguió apareciendo en el baño, ahora con una frecuencia que no podía ser casualidad. Yo seguía oliéndola, dejándola en su sitio exacto, y cada mañana, cuando nos encontrábamos en la cocina, ella me servía el café con una sonrisa que no decía nada y lo decía todo al mismo tiempo.

Había noches en que el ritual cambiaba. Una vez la vi sentada en el borde del sofá, inclinada hacia adelante, con un espejo de mano apoyado entre los pies. Otra vez se subió la bata hasta la cintura y se quedó de costado, con las piernas pegadas, frotándose contra su propia mano cerrada. Otra noche dejó el televisor apagado y se masturbó solo con el ruido del aire acondicionado, en silencio absoluto. Cada viernes era distinto. Yo estudiaba cada variación como si fuera un texto sagrado.

***

A los cinco meses se desocupó el departamento grande. Mis amigos pasaron a buscar mis cosas un domingo a la mañana. Cuando bajé el bolso por la escalera, Adriana estaba en la puerta de su departamento, con la sudadera vieja puesta y el pelo recogido. Me dio un beso largo en la mejilla, demasiado cerca de la boca.

—Si alguna vez necesitás un cuarto otra vez —me dijo bajito—, ya sabés dónde estoy.

Asentí. Quise decirle algo más, pero no me salió ninguna palabra que estuviera a la altura. Le devolví el beso del mismo modo, demasiado cerca de la boca, y bajé la escalera con el bolso al hombro.

Nunca volví a buscarla. Veinte años después, cuando mi mujer ya duerme y yo me levanto a tomar agua en mitad de la noche, esa pared compartida, esa rutina de los viernes y esa bombacha color burdeos sobre la tapa del inodoro siguen apareciendo, intactas, como si nunca hubiera dejado de espiarla desde el arco oscuro del pasillo.

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Comentarios (1)

vikingo88

Que calidad!!! Este tipo de relatos son los que mas me gustan

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