Espiando a Camila con una cámara oculta
El ordenador del despacho de Ricardo se reinició por tercera vez y otra vez apareció la pantalla azul de error, con la indiferencia de un funcionario aburrido. Tenía que imprimir la póliza antes del día siguiente. La copia estaba en la nube. Solo necesitaba un equipo que funcionara.
Su hijo Mateo no había vuelto aún del taller donde echaba las tardes, y el cerrojo reforzado de su cuarto impedía cualquier intento. Subió hasta la habitación de su hija y tocó dos veces. A la tercera, la puerta cedió sola.
—¿Camila, estás ahí, mi amor? —preguntó, asomando apenas la cabeza.
La habitación estaba pulcra. La cama hecha, los libros en su sitio. Ni rastro de Camila. Probablemente seguía en la biblioteca, encerrada con los apuntes; los exámenes finales se acercaban.
Sobre el escritorio, el portátil parpadeaba. Lo había dejado encendido. Ricardo miró el reloj. La biblioteca no cerraría hasta dentro de dos horas. No tenía tiempo. Se sentó frente al monitor y levantó la pantalla.
Camila había olvidado cerrar su sesión de Instagram.
Tardó un par de segundos en procesar lo que estaba viendo.
Sin duda era ella. Y poco más que ella.
La primera imagen mostraba a su hija envuelta en la cortina burdeos de la habitación, como sorprendida en mitad de una travesura. No era difícil imaginar que debajo de la tela no había absolutamente nada. En la segunda, casi rozaba el límite: un tanga minúsculo y un sujetador todavía más pequeño. Ella, en la cocina, sostenía un rodillo con ambas manos como si fuera otra cosa, mientras el pelo rubio le tapaba media cara. La tercera era la peor. Camila se colgaba del brazo de un chico desconocido, los dos visiblemente bebidos, la minifalda subida hasta enseñar la tira negra de las bragas y la camiseta blanca dejándolo todo a la vista.
Ricardo se llevó la mano a la nuca. La tenía fría.
A punto de cerrar el portátil de un golpe, sus ojos se desviaron a la columna de comentarios. Reconoció una miniatura. Diego, el becario nuevo de la oficina, había dejado un mensaje en la última publicación. Entre corazones, llamas y frutas, le decía que siguiera «tan rica y tan atrevida como siempre». El nombre de usuario era falso, el filtro grotesco, pero era él. Sin la menor duda.
Al fin pudo terminar el movimiento y cerró el portátil con tanta fuerza que el escritorio crujió. Salió de la habitación con un sudor frío recorriéndole la espalda, olvidando por completo la póliza, el cliente y el despacho.
Al día siguiente le echó la culpa a Diego de un retraso absurdo con un coche del cliente. No consiguió que lo despidieran, pero por dentro sintió que algo parecido a la justicia se imponía. Era un consuelo pequeño.
Durante los días siguientes no podía mirar a su hija sin verla otra vez en aquellas fotos. Empezó a fijarse en cómo se le marcaban los pezones bajo las camisetas, como si nunca llevara sujetador. En cómo se estiraba delante de la ventana del salón, donde cualquier transeúnte podía verla desde la calle. En cómo se reía con sus amigas y luego susurraba al teléfono dándole la espalda.
Ya no estaba seguro de conocer a su pequeña. No podía seguir así.
Fue entonces cuando empezó a trazar el plan.
***
Ricardo apenas se manejaba con el correo electrónico, así que necesitaba a Mateo. Su hijo controlaba el ordenador como otros controlaban el cuchillo y el tenedor. Lo invitó a comer un sábado a solas, fingiendo que era casualidad, y, entre cervezas, le contó lo que había encontrado en el portátil de su hermana.
Mateo se rio.
—Tranquilo, papá. Las chicas de hoy son todas así.
—Camila no —respondió Ricardo, descargando el puño sobre la encimera—. Necesito que compruebes si tu hermana se está exhibiendo en una de esas páginas que cobran por enseñar el culo.
—¿Y cómo quieres que lo compruebe? ¿Hago una encuesta entre sus amigas?
—No. Hazte pasar por uno de esos babosos que le escriben en Instagram.
—Estás fatal de la cabeza, papá —dijo Mateo, levantándose con las manos en alto. La risa se le cortó en seco al cruzar la puerta de la cocina y dejó a su padre con la cara desencajada, resollando como un cerdo.
Mateo se metió en el baño todavía riéndose por dentro. Papá está zumbado. Pensar que la mojigata sea una guarra, vamos. Echó la pasta de dientes y, mientras se miraba al espejo, vio el montón de ropa amontonado sobre el bidé. La risa se le quedó atascada.
Se cepilló con fuerza, pero, por más que lo intentó, no podía apartar la vista de la pila. Sus bragas tienen que estar ahí. De forma casi automática escupió en el lavabo y cogió la primera prenda que sobresalía.
Era un sujetador azul marino con un bordado rojo bastante elaborado. Lo sostuvo en alto unos segundos más de los necesarios, todavía en ese estado casi hipnótico. Pensó en los pechos de Camila, en cómo habían crecido con los años, en cómo serían sus pezones.
Sí. Lobo_88 iba a poner a prueba los límites de la hermanita mojigata. Aunque fuera solo por bajarle los humos.
***
No fue fácil ganarse su amistad. Mateo se montó un perfil con fotos de paisajes, retratos generados con inteligencia artificial, un par de imágenes propias retocadas desde tan lejos que él mismo no se reconocía. Dejó caer comentarios admiradores sobre chicas con perfiles parecidos al de su hermana. Tardó semanas, pero Camila acabó fijándose en él. Pocos seguidores no fueron impedimento; Sweet_Cami se interesó.
Pronto fue ella la que comentaba las publicaciones de Lobo_88 con bromas ligeras, luego con bromas pesadas, después con preguntas que iban más allá. Mateo cuidaba que cada etiqueta de localización estuviera a kilómetros de donde realmente vivía. Por chat, fueron intimando. Camila le contaba cosas que jamás habría dicho en la cocina de casa: novios, enamoramientos, qué chicos de la facultad le gustaba calentar a propósito.
Todo subía de tono con una velocidad que sorprendió incluso a Mateo. Le contaba a su padre fragmentos cuidadosamente seleccionados, los suficientes para mantenerlo en vilo. Se decía a sí mismo que lo hacía solo por divertirse a costa de su hermana. Pero el bulto en sus pantalones cada vez que ella le enviaba «en primicia» una nueva pose lo contradecía sin remedio.
Todo iba bien. Quizás demasiado bien. Por eso bajó la guardia. En una de las últimas fotos, una hoguera de campamento rodeada de siluetas en penumbra, olvidó borrar la localización. Cuando se dio cuenta y trató de corregirlo, Sweet_Cami ya la había visto.
Después de meses de conversación incesante, Camila quería verlo en persona. Ya no le valían las fotos retocadas ni las excusas. Vivían en la misma ciudad.
***
Ricardo no se tomó bien la intención de su hijo de huir con el rabo entre las piernas.
—Aún no sabemos hasta dónde llega —insistió—. Solo han sido insinuaciones, charlas con doble sentido.
Camila seguía subiendo, de vez en cuando, alguna foto en el sofá de casa cuando se suponía que ellos estaban trabajando. Pero, bien pensado, ¿no hacían lo mismo todas las chicas hoy? ¿No era eso simplemente ser joven y bonita?
Lo más sensato sería cerrar el tema. Olvidarlo. Seguir adelante. Mateo, desde luego, no podía quedar con ella.
Diego.
De repente, sin saber muy bien por qué, le vino a la mente el becario. No sabía hasta qué punto había interactuado con su hija más allá de aquel comentario, pero podía funcionar.
—Tengo una idea —dijo antes de arrepentirse—. Que alguien se haga pasar por ti. Y lo grabamos con una de esas cámaras pequeñas que usan los espías.
Mateo levantó una ceja, convencido de que su padre había caído en una locura todavía más profunda.
—En la oficina tengo un… colega —siguió Ricardo—. Estoy seguro de que, con el empujón adecuado, querrá ayudarnos.
—¿Estás seguro, papá? Esto se nos está yendo de las manos.
Otro puñetazo sobre la mesa acalló cualquier protesta. Convencer al becario no resultaría difícil.
Camila y Diego quedaron cuatro días después en el parque del centro.
***
Mateo decidió situarse en la zona, por si las cosas se torcían. Se mantuvo lo suficientemente cerca como para recibir la señal de la cámara en el móvil y lo suficientemente lejos como para no ser descubierto. Por una corazonada, en cuanto la imagen apareció en su pantalla, pulsó el botón rojo de grabar. Solo para cubrirse las espaldas.
A Diego le habían colocado la cámara en uno de los botones de la camisa. Padre e hijo rezaban para que Camila no se fijara en la diferencia de color entre ese botón y los demás.
Al principio todo fluyó con normalidad: dos besos, risas, conversación. Apenas habían tenido tiempo de aleccionar a Diego. La idea era dejar que fuera ella la que se delatara. Durante más de veinte minutos, Mateo tuvo que ver, sin escuchar nada de interés, cómo charlaban animadamente.
Hasta que Camila tomó la iniciativa.
Al inclinarse, Mateo vio a través de la minicámara que su hermana había apoyado la mano sobre el muslo de Diego. Sin demasiado disimulo, comenzó a moverla por encima del vaquero, despacio, con cuidado de que él notara la caricia pero no demasiado pronto.
—¿Ya no me dices esas cosas? —murmuró ella.
Lo estaba probando. Mateo se arrepintió de no haber añadido un pinganillo al equipo.
—¿Y qué quieres que te diga? —respondió Diego en un tono apenas audible.
—Algo sucio —contestó Camila, acercando el cuerpo—. Algo que me haga imaginar cómo sería tener esto dentro.
Un sobresalto en la imagen. El sonido nítido de una cremallera al deslizarse. O al menos eso es lo que creyó oír Mateo, que estuvo a punto de soltar el móvil.
Diego empezó a moverse inquieto, a jadear, a mirar a todos lados.
—Es más grande de lo que imaginaba —escuchó Mateo, muy cerca, acompañado de una risita—. Tranquilo, nadie nos mira. Solo somos una pareja —un gemido bajo— disfrutando del momento.
El encuadre tembló hacia abajo. La polla de Diego, todavía a medio despertar, sobresalía del pantalón. La mano de Camila la sostenía firme, manteniéndola más erguida de lo que debería estar. En el borde del cuadro apareció el rostro de la chica. Se apartó el pelo con la mano libre y bajó la cabeza.
La melena rubia subiendo y bajando ocupó toda la pantalla. Un chasquido húmedo se hizo cada vez más audible. Los gemidos contenidos de Camila se mezclaron con los jadeos sordos de Diego.
—¿Sabes lo que tengo ganas de hacer? —preguntó él, fuera de sí—. De follarte por todos tus agujeros.
La cámara se movió. La mano de Diego buscó el culo de Camila por debajo del pantalón de lino. Mateo imaginó los dedos abriéndose paso, recorriendo aquella hendidura que su hermana se había trabajado a base de gimnasio, presionando, midiendo. Los gemidos ahora se oían perfectamente. Un mmh sofocado por la carne entre los labios. Los movimientos de cabeza se ralentizaron. Algo palpitaba dentro de su boca.
—No… no aguanto mucho más —susurró Diego.
—Aún no hemos terminado —respondió ella tras un sonido húmedo al sacarse la polla de la boca.
Mateo apartó por primera vez los ojos de la pantalla. Su propio pantalón parecía a punto de reventar. Estaba duro. Solo por ver a su hermana, la mojigata, mamando a un tipo al que acababa de conocer. Por un instante sintió celos: al fin y al cabo, era él quien se había acercado a Camila durante meses, era él quien le había servido a Diego la oportunidad en bandeja.
El cuerpo de Diego se sacudió de pronto.
—¡Viene alguien! —dijo con la voz entrecortada.
Por el sendero se acercaba una mujer mayor con un perro pequeño. Diego intentó levantarse y subirse la cremallera al mismo tiempo. Camila lo paró con un manotazo en el muslo. Y, en un movimiento, se sentó sobre él dándole la espalda, su sexo y su culo desnudos directamente sobre la polla de Diego.
—Fóllame mientras disimulamos —dijo, acomodándose—. ¿No era esto lo que querías?
Con los pantalones bajados lo justo, comenzó a moverse, restregándose con saltitos casi imperceptibles, apoyando las manos sobre el respaldo del banco para mantener el ritmo. Mateo veía por encima de su hombro cómo el cuerpo de su hermana se mecía arriba y abajo.
—Métemela —ordenó Camila, con la voz cargada de excitación.
Mateo, contra toda lógica, fantaseó con tener ese culo rozándole a él. Sentía la humedad acumulándose entre los muslos de su hermana, oía el chapoteo sordo cuando ella, en algún momento de aquellos rebotes, debió de metérsela del todo. Bajó la mano y se tocó por encima del pantalón. Iba a correrse antes que el afortunado de Diego.
Diego cedió primero. Con un gemido gutural, se inclinó hacia atrás en el respaldo y se vino sobre las nalgas de Camila. Ella, sin apenas reducir el ritmo, siguió mientras él perdía dureza.
—Buen día, señora. Bonito perro —dijo Camila justo cuando la mujer pasaba a su altura, modulando los saltitos para parecer una pareja cualquiera tomando el aire.
La mujer pasó de largo. Mateo no supo si por discreción o por puro desinterés.
En cuanto la mujer se alejó, Camila echó la mano hacia atrás y agarró del pelo a Diego.
—Esa leche tenía que ir dentro de mí —murmuró, enredando los dedos—. Y me has dejado a medias. Te parecerá bonitOH!
La mano de Diego se había colado bajo el pantalón. Mateo no podía ver exactamente dónde, pero por el gesto de su hermana lo intuyó. Camila se pegó al pecho de Diego mientras él movía los dedos en gancho, sin parar.
—¿Es aquí donde querías mi leche, Sweet Cami?
Camila intentó decir algo. No le salió. Solo gemidos, primero entrecortados, luego abiertos, mientras apretaba los muslos contra la mano que la torturaba. Diego le mordió el cuello hasta donde la ropa se lo permitió. Camila tembló. Llegó al final con un espasmo y luego otro, como si la atravesara una corriente eléctrica, sin soltar la mano que seguía dentro, frotando, registrando cada recoveco.
Mateo, escondido tras el seto, se corrió contra la cara interna del pantalón. Mordió con fuerza el labio para no hacer ruido. Deseó que fuera su mano la que estuviera tocándola. Deseó ser él. Estuvo a punto de salir al camino. Lo único que se lo impidió, además de la mancha acusadora en el vaquero, fue la curiosidad. Quería ver hasta dónde llegaba esto.
Volvió a tomar el móvil con ambas manos.
***
Camila quiso levantarse y devolverle el favor a Diego con la boca, pero él la sujetó por la cintura, inmovilizándola contra su pecho.
—¿Sigues insatisfecha? —le susurró al oído.
—¿Es que no das para más? —contestó ella entre jadeos—. No me dabas esa impresión cuando comentabas mi shooting en ropa interior.
—Aguanto todo el día. Dame un minuto y verás de lo que soy capaz.
Se besaron en la boca con una desvergüenza tal que la dueña del perro, de vuelta del paseo, prefirió dar un rodeo considerable.
—Tengo una idea —dijo Camila—. Vámonos al hotel.
—¿Al hotel?
—Una habitación para los dos. Minibar. Y una cama donde puedas hacerme todo lo que te dé la gana.
Camila se acomodó de medio lado en el regazo de Diego, como una amazona antigua, y le acercó la boca hasta casi rozarle los labios. Le daba igual que medio cuerpo estuviera al aire, que su trasero quedara expuesto, que la humedad entre sus piernas pudiera ser vista por cualquiera. Mateo solo podía imaginárselo desde su escondite, apretando el puño hasta clavarse las uñas.
—No estaría nada mal estar a solas un rato largo —respondió Diego, los ojos clavados en el escote—. Aún no te he follado en condiciones ni aquí —pasó la mano por las nalgas expuestas—, ni aquí —metió dos dedos en su sexo y los abrió en tijera—, ni aquí —terminó introduciendo esos mismos dedos en su boca, donde Camila sacó la lengua para lamerlos.
Diego los dejó ahí un instante, embelesado, antes de volver a besarla. El becario parecía estar enamorándose.
***
Tras ajustarse la ropa, sin que pareciera importarles demasiado las manchas evidentes en el lino y en el vaquero, Camila y Diego se tomaron de la mano y caminaron hacia el hotel pequeño que había a tres calles.
Mateo los siguió con gran cuidado, escondiéndose tras los árboles del paseo y sin perder señal en el móvil. Al llegar al hotel, comprobó desde lejos que era Camila la que se adelantaba al hall a reservar mientras Diego esperaba fuera, fingiendo mirar el escaparate de una pastelería. Se preguntó de dónde sacaría su hermana el dinero para pagar, aunque fuera, una hora en un hotel céntrico. La mente empezó a elucubrar un chantaje, una página de pago, algo que justificara aquel desembolso. Por si acaso.
Avanzó despacio y aprovechó que su hermana le daba la espalda al cristal para agarrar del hombro al compañero de su padre.
—Escúchame bien —dijo, tragando saliva antes de continuar—. Vas a hacer lo siguiente: vas a mandarme un mensaje con el número de habitación. Vas a taparle los ojos a mi hermana. Y vas a abrirme la puerta sin que se entere. Por ese orden. Voy a grabarlo todo. ¿De acuerdo?
Diego miró primero hacia la puerta giratoria por la que había entrado Camila y luego al rostro de Mateo. Dudó.
—Pienso chantajear a una o a dos personas hoy —añadió Mateo, sin parpadear—. Tú decides.
Tras unos segundos que se hicieron eternos, Diego asintió tres veces, en silencio. Antes de que Camila volviera, Mateo se había escondido de nuevo tras una estatua del paseo, móvil en mano.
Marcó el número de su padre.
—Papá —susurró sin apartar los ojos del hall, mientras Camila volvía hasta Diego con una llave en la mano—. Tienes que venir ya. Es peor de lo que imaginábamos.
Continuará…