El vecino de enfrente me mira y a mí me encanta
Vivo en uno de esos complejos de departamentos donde los edificios casi se tocan. Si estiras el brazo por la ventana, juraría que rozas la del vecino de enfrente. Es la clase de lugar donde nadie sabe quién vive al lado: hay quien entra a las tres de la mañana, hay quien sale antes del amanecer, y entre tantos turnos cruzados, ninguno se molesta en saludar en el ascensor.
Llevo casi un año aquí y, hasta hace poco, no había prestado atención al departamento del otro lado del patio interior. Esta semana, sin embargo, me di cuenta de que ahí viven varios chicos jóvenes. No sé si estudian, si trabajan o las dos cosas. Solo sé que las luces de su sala se quedan encendidas hasta muy tarde y que, de vez en cuando, alguno se asoma a la ventana con un café en la mano y la mirada perdida.
Aquel viernes salí tarde de la oficina. Hacía un calor pegajoso, de esos que se te meten debajo de la ropa. Subí al departamento con la blusa medio desabrochada, dejé caer el bolso sobre el sillón y me fui derechita al baño. Tenía planes. A las nueve venía Damián, mi amante ocasional, y yo quería llegar a la cita con la piel limpia y la cabeza despejada.
Abrí la regadera, dejé que el agua bajara la temperatura de mi cuerpo y luego llené la tina. Eché un puñado de sales, espuma de jazmín, encendí la vela de canela que tengo sobre el lavabo. Me hundí en el agua hasta que solo me quedaron afuera las rodillas y los pezones, que se asomaban entre la espuma como dos puntos pálidos.
Cerré los ojos. Pensé en Damián, en cómo me mira cuando me abre la puerta, en cómo me agarra de la nuca para besarme. Sin darme cuenta, mi mano ya andaba paseando entre las burbujas. Me jaboné los pechos despacio, los apreté, los hice rebotar. Los pezones se me pusieron duros antes de que terminara de enjabonarme. Bajé la mano por el vientre y, cuando llegué entre las piernas, ya estaba mojada de algo que no era agua.
Me acaricié el clítoris en círculos lentos, con la yema del índice. Empecé a respirar más hondo. Me metí dos dedos y sentí cómo me apretaba alrededor de ellos. Esto se me está yendo de las manos, pensé, y sonreí sola dentro de la tina.
Salí del agua, goteando espuma, y abrí el cajón donde guardo las toallas. Ahí, debajo de la pila, tengo mi consolador: uno color carne, con la forma justa, ni muy grueso ni muy fino. Volví a la orilla de la tina, me senté en el borde y abrí las piernas. Empecé despacio, deslizándolo apenas en la entrada, jugando con mi clítoris con la otra mano. Después lo metí entero, hasta el fondo, y se me escapó un gemido que rebotó en los azulejos.
Me paré. Apoyé una mano en la pared y dejé caer el peso del cuerpo. Lo movía rápido, fuerte, sin paciencia. Se oían unos chasquidos húmedos, mezclados con el goteo de la regadera. No duré ni siete minutos. Me corrí con las piernas temblando y la frente pegada a los azulejos fríos.
***
Salí del baño envuelta en una bata corta de seda. Todavía tenía el cuerpo zumbando. Entré al cuarto y, de pasada, miré la ventana. Las cortinas estaban abiertas de par en par. Afuera quedaba un resto de luz, ese rosa anaranjado que pinta los edificios al final del verano.
Me iba a acercar a cerrar las cortinas, por reflejo, cuando vi que enfrente había una pantalla encendida. Alguien estaba sentado delante, de espaldas, con la cara iluminada por el monitor. Me quedé un par de segundos mirando. La curiosidad pudo más que el pudor.
Me alejé sin cerrar las cortinas. Saqué la ropa que me iba a poner: un conjunto de encaje negro que Damián todavía no había visto, un par de medias finas y los zapatos de tacón que solo uso para él. Lo dejé todo sobre la cama, ordenado como si fuera el inventario de una tienda. Y entonces, mientras acomodaba el sostén, levanté la vista y lo vi.
Un muchacho se había acercado a la ventana de enfrente. Tendría veinticuatro, veinticinco años. Llevaba una camiseta blanca, el pelo despeinado y el celular en la mano. No estaba mirando el celular: me estaba mirando a mí.
Se me cortó la respiración un segundo. Pensé en cerrar las cortinas. Pensé en darle la espalda. Pero no hice nada de eso. Caminé hasta el otro lado de la cama, donde la ventana se abría más, y entreabrí las cortinas un poco más, lo justo para que no quedaran dudas de que yo sabía lo que estaba haciendo.
Me planté en medio del cuadro de luz, de espaldas a él, y dejé caer la bata. Cayó al piso con un susurro. Me quedé desnuda, quieta, contando hasta diez. Que mire, pensé. Que mire bien.
***
Volví a la cama haciendo como si nada. Tomé el sostén de encaje y me lo abroché despacio, ajustando las copas, acomodándome los pechos con las dos manos. Después agarré las pantis: negras, diminutas, de esas que apenas cubren la mitad de la cola. Me las puse de pie, una pierna a la vez, levantando el muslo como en un anuncio antiguo.
Me senté en la orilla de la cama, justo enfrente de la ventana. Tomé una media y empecé a deslizarla por el pie. Subí, despacio, hasta el muslo. Estiré la pierna en el aire para alisar la costura. Hice lo mismo con la otra, sin mirar nunca directamente al vecino, pero sintiendo su mirada en la nuca, en los hombros, entre los muslos.
De reojo lo vi inclinarse un poco más hacia el vidrio. Tenía una mano apoyada en el marco y la otra fuera de mi vista. Sonreí para mí. Esa noche, sin haberlo planeado, había descubierto algo nuevo: me gustaba ser mirada. Me gustaba saber que aquel desconocido se estaba comiendo cada uno de mis movimientos.
Me levanté, me calcé los tacones y caminé hasta el espejo. Aproveché para tirar del cortinero y abrirlo un palmo más. Ya no había forma de que él no me viera entera. Me miré, me solté el pelo, me lo eché hacia un lado. Me toqué el cuello, bajé la mano por el escote, jugué con el broche del sostén.
Volví a la cama y me arrodillé en el medio, mirando hacia la ventana. Estiré el brazo, agarré el consolador del tocador y lo apoyé contra mis labios un segundo, como si me detuviera a pensar. Después, sin perder la sonrisa, hice las pantis a un lado y lo metí.
Lo deslicé lento, sacando y metiendo, con la otra mano apartando el pelo de la cara. Mi sexo se lo tragaba sin resistencia. Cada vez que lo empujaba hasta el fondo, dejaba escapar un gemido bajito que ni él podía oír, pero que yo sabía que él se imaginaba.
***
El timbre me sacó del trance. Damián llegó puntual, como siempre. Me puse la bata por encima, sin abrocharla, y bajé descalza a abrirle. Me lo encontré con una camisa azul y esa media sonrisa que siempre me desarma.
—¿Por qué estás tan agitada? —me preguntó, mirándome de arriba abajo en la puerta.
—Me estaba masturbando —le contesté, sin pestañear.
Se rio bajito y me apoyó una mano en la cintura.
—Así que estás caliente, ¿no?
—¿Tú qué crees?
—Déjame tomar un vaso de agua —dijo— y subo a arreglarte lo que haga falta.
Le señalé la cocina. Subí las escaleras dos en dos, con el corazón a mil. Antes de meterme al cuarto, miré por encima del hombro a la ventana de enfrente. El muchacho seguía ahí, ahora más cerca del vidrio, con la cara apenas iluminada por la pantalla. Le sostuve la mirada un segundo. No bajó los ojos.
Damián entró al cuarto en silencio, cerró la puerta detrás de él y me empujó suavemente contra la pared. Empezó a besarme el cuello, a morderme el lóbulo de la oreja. Yo le bajé los pantalones de un tirón y le agarré la pija por encima del bóxer. Estaba dura. Le metí la mano y le acaricié las bolas, despacio, hasta que se le escapó un suspiro.
Lo llevé a la cama. Me desabrochó el sostén de un movimiento y me lo tiró al piso. Se acostó boca arriba y me hizo subirme encima. Mis pechos quedaron a la altura de su cara y él los recibió con la boca, con calma, como quien tiene toda la noche por delante.
—Quiero masturbarte —me susurró, mientras buscaba el consolador que había quedado sobre las sábanas—. ¿Querés?
—Sí —dije, con la voz quebrada.
Me acomodé sobre él, con las rodillas a los lados de sus caderas. Damián deslizó las pantis a un lado y me metió el consolador con paciencia, mirándome la cara mientras lo hacía.
—Qué rico te lo comés, mamita —dijo bajito.
Lo empujó más fuerte, más rápido, hasta que dejé de pensar. Me agarré de sus hombros y me sacudí encima de él. Me corrí gritando, sin medir el volumen, sin acordarme de las cortinas ni de los vecinos ni de nada que no fuera el latido entre mis piernas.
Damián se incorporó, me sentó sobre sus muslos y me prendió un pezón con la boca. Lo chupaba como si quisiera sacarme la leche. La otra teta la masajeaba con una mano firme, y con la otra seguía moviendo el juguete dentro de mí. Me corrí otra vez, con la espalda arqueada, gimiendo en su oreja.
***
Cuando empecé a volver al cuerpo, me bajé de la cama por el lado que daba a la ventana. No fue casualidad. Quería confirmar lo que ya sabía.
Y ahí estaba él. Pegado al vidrio, con una mano en la cara y la otra fuera de cuadro. Esta vez, con la luz del techo encendida del lado de él, le pude ver bien la cara. Era alto, moreno, de mandíbula marcada y ojos oscuros. Atractivo de una manera tranquila, sin esfuerzo, como si no supiera que era atractivo. Pero esa noche sí lo sabía: se le notaba en la forma de mirar.
Le sonreí sin que Damián se diera cuenta. El muchacho tardó un segundo en reaccionar y después me devolvió una sonrisa lenta, casi tímida, que contradecía todo lo que había estado haciendo del otro lado del cristal.
Cerré las cortinas, por fin. Damián, todavía recostado, me preguntó qué miraba. Le contesté que nada, que solo estaba revisando si había alguien en el patio. Él se encogió de hombros y me jaló de la muñeca de vuelta a la cama.
Esa noche dormí poco. No por Damián, que se fue cerca de la una. Dormí poco porque no podía dejar de pensar en el vecino de enfrente, en su sonrisa de niño bueno y en sus manos contra el vidrio.
Al día siguiente, al volver del trabajo, lo primero que hice fue abrir las cortinas. Por si acaso. Por si volvía a asomarse. Algo me decía que iba a hacerlo.
Pero esa, esa es otra historia. Y se las cuento mañana.