La noche que el médico examinó a mi novia delante de mí
Lo cuento tal como sucedió, sin adornar nada. Hace un par de años, viviendo en un pueblo pequeño con mi novia Rocío, pasamos por una noche que ninguno de los dos olvidó. Yo me llamo Bruno y ella había venido del sur cuando tenía quince años, pero ya hablaba como una chica más del pueblo.
Aquella noche, Rocío salió tarde del trabajo. Eran casi las nueve y media cuando cruzó la puerta. Cenamos un par de cosas frías, ella se duchó y nos pusimos el pijama dispuestos a meternos en la cama. Entonces empezó.
—Me arde algo aquí —dijo señalándose el hombro izquierdo—. Como si me apretara hacia el pecho.
Le di una pastilla, la dejé tumbada un rato, le puse hielo. Rocío odia el frío, no lo aguantó ni cinco minutos. El dolor, en lugar de ceder, empeoraba. Hacia las doce decidimos ir al consultorio de urgencias, que estaba a quince minutos en coche, en el otro extremo del pueblo.
Me puse la cazadora encima del pijama y le acerqué la suya. Entonces ella me miró con esa cara que pone cuando estoy a punto de hacer una tontería.
—Bruno, ¿pretendes que vayamos así? —preguntó—. ¿En pijama, sin ropa interior, al médico?
Yo duermo sin calzoncillos. Ella sin sujetador. No había caído.
—No me había dado cuenta. Perdón. Pensé en ir rápido y volver.
—Rápido sí, pero en cuanto me pidan que me quite la parte de arriba para mirarme el hombro, tetas al aire —respondió—. No estoy para hacer el numerito.
Se puso el sujetador debajo del pijama. Yo dudé un instante.
—¿Y tú? —insistió—. ¿No te vas a poner calzoncillos al menos?
—Venga, vamos. Así acabamos antes.
La ayudé con la cazadora con cuidado de no moverle el hombro y salimos. Vivimos un poco apartados, así que tuvimos que sacar el coche. Ella iba apretada contra el respaldo, mordiéndose el labio cada vez que un bache nos sacudía.
El consultorio estaba vacío. Nos atendieron al momento: un médico de unos cuarenta y pico y una enfermera de pelo recogido, eficiente, con esa voz tranquila de quien ha hecho noches mil veces. Rocío les contó lo del hombro, lo del trabajo, las horas que estaba de pie. El médico asintió mientras escribía en el ordenador. Probable sobrecarga, posible tendinitis. Antes de explorar nada, una inyección para el dolor.
—Túmbate boca abajo, por favor —le dijo la enfermera.
Rocío se subió a la camilla. La enfermera se acercó con la jeringuilla preparada y, con un gesto rápido y muy practicado, le bajó el pantalón del pijama justo lo suficiente. Le quedó la mitad del cachete izquierdo a la vista, y el borde rojo de un tanga que yo le conocía bien. Apoyó el algodón con el desinfectante y, al ir a clavar la aguja, vio que Rocío tenía toda la pierna en tensión.
—Mujer, relájate —murmuró la enfermera, y con la mano libre le hizo una caricia lenta sobre el cachete, en círculo, como pidiéndole permiso al músculo para soltarlo—. Es un pinchacito. Y oye, no te preocupes por la pinta, que veniros en pijama me parece estupendo. ¿Quieres que te pinche en el otro lado?
—No, no, donde quieras —contestó Rocío con la cara aplastada contra la almohadilla—. Mi novio es un cabezota, me hace pasar vergüenza.
—¿Vergüenza por qué? Si a estas horas lo natural es venir como se está en casa.
Mientras hablaba, le bajó el pantalón un par de centímetros más. Ahora se veía más de medio culo. Y vaya culo. Pondría la mano en el fuego que la enfermera se entretuvo más de lo necesario con el algodón. Volvió a frotar, dejó la mano apoyada un segundo, y entonces, sin avisar, pinchó. Rocío ni se enteró hasta que sintió el escozor de la aguja saliendo. La enfermera le subió el pantalón con cuidado, le dio dos golpecitos cariñosos en la zona y le pidió que se sentara mirando hacia el médico.
Yo estaba a tres metros, en una silla, sin la cazadora. La sala tenía buena temperatura. Pero yo ya empezaba a notar otra cosa.
La enfermera salió sin cerrar del todo la puerta. El médico se levantó de su mesa, se acercó a la camilla y le pidió a Rocío que se desplazara hacia los pies, para verle bien la espalda. Empezó a palparle el hombro, el trapecio, el cuello. Pasados unos segundos paró.
—La camiseta del pijama te va a estorbar —dijo con un tono profesional, sin levantar la vista—. ¿Te importa quitártela?
Rocío sacó los brazos. La prenda quedó arrugada en su regazo. Ahora estaba sentada en sujetador, de espaldas a la mesa del médico, de costado hacia mí. Yo en ese momento ya tenía clarísimo cómo iba a terminar la exploración, y la idea de que el doctor le pidiera lo siguiente me cerró el pecho.
El médico hacía todo correctísimo. Eso lo reconozco. Le iba preguntando qué notaba, dónde le tiraba, si el dolor bajaba hacia el codo o se quedaba arriba. Le presionaba con dos dedos justo en el músculo, le pedía que rotase el brazo despacio. Pero entre pregunta y pregunta sus ojos hacían un viaje muy claro hacia el escote del sujetador. No lo culpo. Rocío tiene unos pechos que llaman la atención aunque no quieras mirarlos, y esa noche, con la copa medio bajada por el masaje, llamaban más.
Tiene veinticuatro años. Morena, pelo largo, espalda ancha sin estar gorda, caderas que se descuelgan en un culo de los que no se olvidan. Mide uno sesenta y siete, pesa setenta y cinco kilos. Un sujetador 120 copa C que no parece ese número hasta que se lo quita. Pezones rosados, anchos, con la curva de quien tiene pecho pesado.
El doctor le bajó el tirante izquierdo para tener acceso al hombro sin tela en medio. La copa se desplazó hacia abajo y dejó a la vista la mitad superior del pecho. Yo crucé las piernas. Las descrucé. Apoyé el codo en el muslo. Nada disimulaba la tienda de campaña que me estaba creciendo dentro del pantalón. Por suerte el médico estaba concentrado en su tarea y Rocío de costado.
—Rocío, ¿verdad? —preguntó él de pronto.
—Sí, doctor.
—Si no te importa, te voy a pedir que te desabroches el sujetador. Me es más fácil palpar la zona sin nada de por medio.
—No me importa —contestó ella con esa naturalidad que tiene para todo lo que tenga que ver con un médico—. Lo único es que el cierre lo tendrá que abrir usted. Yo ya esta tarde, después de la ducha, no podía ni con el broche. Me ayudó Bruno.
El doctor pasó las dos manos por su espalda. Yo no vi el momento exacto del cierre, solo el resultado: el sujetador cayendo sobre el regazo de Rocío. Sus pechos se asentaron con su peso natural, sin tela que los sujetara. La luz del flexo se reflejó en la piel.
A ella esto no le supone nada. Lo asume como parte del trámite, dentro de que es un médico el que se lo pide. A mí, en cambio, se me había secado la boca. Salido y guarro, me llamaría ella después.
El médico siguió como si no pasara nada. Hablando, presionando, levantándole el brazo despacio, midiendo el rango con la mano apoyada en su hombro. De vez en cuando le bajaba los dedos por la parte alta del pectoral, donde el músculo se une al pecho, justificándolo como parte de la exploración. Y lo era. Pero también no lo era. Ese movimiento, repetido tres o cuatro veces, no lo había hecho a la izquierda con la misma insistencia.
Yo me coloqué la cazadora doblada sobre el regazo. Era eso o levantarme y pegarme a la pared.
Pasaron unos cinco minutos. El doctor volvió a la mesa, se sentó. Rocío se quedó como estaba, en el filo de la camilla, el pecho al aire, la espalda recta. Él empezó a explicarnos su diagnóstico: posible tendinitis del supraespinoso, antiinflamatorio, calor seco, revisión por la mutua en cuarenta y ocho horas. Iba a hacer dos partes, uno para la seguridad social y otro más detallado para la mutua. Yo lo escuchaba con la mitad del cerebro.
—Doctor —dijo ella al rato—, ¿puedo vestirme ya?
—Por supuesto, perdona, debería habértelo dicho yo. —Se levantó otra vez—. ¿Necesitas ayuda con el cierre?
—No, no, tranquilo, lo deja Bruno.
No te has puesto cachondo de milagro, pensé yo. Le pasé el sujetador, le abroché el cierre desde detrás, la ayudé con la camiseta. Cuando se giró para darle las gracias al médico, yo aproveché para ponerme también el abrigo sentado, evitando levantarme. Una vez vestido, me incorporé, di un par de pasos, la abracé con cuidado para no rozarle el hombro y le di un beso de los que se dan cuando no se pueden dar otra cosa.
Salimos. La enfermera estaba en el mostrador y nos despidió con una sonrisa, mirándome a mí más rato del necesario. O quizá fue mi cabeza.
***
En el coche, en cuanto cerré la puerta y arranqué, me desabroché el pantalón. La polla se quedó al aire, dura, asomando entre los faldones de la cazadora. Rocío me miró de reojo y soltó una carcajada nerviosa.
—Menudo momento. ¿Estás bien?
—Profesional el doctor —dije yo—, no le pongo una pega. Pero te quería ver los pechos. Lo tenía clarísimo.
—¿En serio? ¿Te has empalmado? Tápate, anda, que cualquiera nos ve. Qué guarro eres. Si el médico no ha hecho nada. La enfermera, eso sí. Pensaba que me iba a quitar el pantalón entero. Y luego cómo me sobaba el culo, supuestamente para que me relajara…
—Llevo cachondísimo desde ese masaje. Te lo digo: si lo hace cinco segundos más, no consigue pincharte.
—Estás loco. Te has puesto así viendo cómo otro hombre me tocaba por dolores que tengo de verdad. Que me ha dejado el hombro fenomenal, por cierto.
—Tienes unas tetas que ningún hombre puede no mirar. Y al doctor le ha venido el dolor al pelo.
—¿Quieres que volvamos y le diga que ahora me duele el culo del pinchazo, y se lo enseño? —se rio.
—Tú ríete, pero medio en serio te lo digo.
Eran cerca de la una y media cuando llegamos a casa. Salí del coche con la polla todavía fuera, di los cinco metros hasta la puerta así, y entré como si nada. Dentro del salón me terminé de desnudar. Me apoyé en el respaldo del sofá. Rocío me miraba con esa cara entre la regañina y la curiosidad.
—Acércame los papeles, anda. Quiero ver qué te ha dado.
—Espera. Los he dejado en el coche.
Salí desnudo. El coche estaba a cinco metros del porche. Cogí los papeles y volví. La idea de que un vecino, una sombra, cualquiera, pudiese verme así, empalmado, en plena calle, hacía que la cosa no bajase ni un milímetro.
—Estás como una cabra, Bruno —dijo cuando me vio entrar—. Y cualquiera que te vea sale corriendo o se cae del susto. ¿No te he dicho que tu polla impresiona? Tú ya la tienes vista. La gente no.
—Sé que no me atrevo solo. Contigo sí, si tú estás de acuerdo.
—Y si en lugar del doctor hubiera sido una doctora, ¿qué? ¿Te enfadas porque te toca a tu novia?
—No lo sé. Tontea con alguna y lo averiguamos —contesté.
Se acercó, me rodeó la cintura con el brazo bueno y con la mano me agarró la polla como quien sostiene algo que le pertenece.
—Déjame pensarlo. Ya veremos qué surge.
Esa noche no hicimos el amor. Le dolía el hombro y, en el fondo, los dos teníamos la cabeza demasiado caliente para pelearnos por una postura. Pero los días siguientes, cuando el brazo le dejó de tirar, gozamos como locos recordando aquello y poniéndole detalles que probablemente no ocurrieron. Que la enfermera, en lugar de pinchar, terminaba de bajarle el pantalón. Que el doctor, en lugar de palpar el hombro, le ponía el dedo en el pezón. Que yo, en lugar de cruzar las piernas, me sacaba la polla y se la enseñaba.
No me prometió nada. Pero quedó en el aire, entre los dos, la idea de que la próxima vez, si volvía a surgir la ocasión, igual no nos limitábamos a mirar.