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Relatos Ardientes

La carnicera de enfrente me espiaba desde el balcón

Lo que voy a contar pasó casi por inercia, sin que yo lo buscara, y todavía me cuesta creer hasta dónde llegó algo que empezó con dos balcones enfrentados y una ola de calor que no daba tregua.

Vivo en un barrio antiguo de un pueblo grande del norte, de esos donde aún se entra a la carnicería diciendo «buenos días» y la dueña te llama por el nombre. Mi calle es estrecha y la paralela queda a quince metros escasos. Yo tengo un segundo piso; ella, un cuarto. Parece poco, pero en verano, con las ventanas abiertas, esa distancia desaparece.

La carnicería del barrio la llevan dos primas, las dos rondando los cuarenta y tantos. Pilar es la que más habla, una mujer simpática que no me llama la atención. Marisol es otra historia. Morena, alta, con esa manera de moverse detrás del mostrador que hace que los hombres se queden parados un segundo de más al pedir la cuenta. Y, casualidades de la vida, vive justo en el balcón de enfrente del mío.

Una tarde entré a comprar y la encontré hablando con una clienta sobre una vecina mía. La señora se quejaba de lo desagradable que era esa mujer y, en cuanto me vio cruzar la puerta, Marisol cambió de tema y se giró hacia mí.

—Mira, este es de la escalera. ¿Cómo es esa mujer en el bloque, Andrés?

—Igual que en la calle —contesté.

No quise estirar la conversación. Mi norma siempre fue no meterme en líos de vecindario; lo que dices a una se entera la calle entera al día siguiente. Cuando la clienta se despidió, Marisol bajó la voz y, mirándome de reojo, soltó como si nada que esa mujer y su marido andaban siempre desnudos por el piso, y que ella los veía desde la cocina cuando salía a tender.

—A mí también me habrá visto, entonces —dije—. Yo en casa también voy como me trajeron al mundo.

No contestó nada. Solo curvó la boca un instante, lo justo para que yo supiera que aquello no era la primera vez que lo oía y, quizá, tampoco la primera vez que lo veía.

***

A los pocos días llegó la ola de calor. Una de esas semanas en las que el aire se queda quieto y la noche es peor que el día. No podía dormir. Daba vueltas, abría el grifo, me mojaba la nuca, y nada. La segunda noche recordé el comentario de una clienta en la tienda: que ella se llevaba el colchón al balcón para sobrellevarlo. Lo probé. Arrastré el mío hasta la puerta de la terraza, lo dejé medio dentro, medio fuera, y por fin caí redondo.

Cuando entreabrí los ojos, todavía con la luz blanda de las seis y media, ella estaba en su balcón. Fumando, apoyada en la barandilla, mirando hacia mi piso sin ningún disimulo. No me moví. Tampoco hacía falta. La sábana se me había escurrido por la cadera durante la noche y yo no llevaba nada debajo. Mi polla, medio dura por la mañana, se me apoyaba de lado sobre el muslo, entera, expuesta al aire y a los ojos de ella. La vi bajar la mirada hasta ahí abajo y quedarse fija un buen rato, chupando el cigarrillo con los labios apretados, sin disimular ya nada. Yo, por dentro, la sentí endurecerse contra mi pierna, y hasta se me escapó una gota que resbaló hacia el pubis. No me tapé. Cerré los ojos como si siguiera dormido y la dejé mirar todo lo que le diera la gana.

La tercera noche repetí la operación, casi por probar. Y allí estaba ella otra vez a las seis y media, puntual como un despertador, con un camisón fino y los ojos clavados en mi puerta. Aprendí su horario sin querer: salía siempre antes del primer café, antes incluso de que su marido se levantara.

El calor empezó a aflojar, pero yo seguía bajando a la carnicería todas las tardes. Por curiosidad. Por morbo. Por ver si ella se atrevía a soltar algo delante de las clientas. Tardó días, pero al final encontró la grieta.

—Menos mal que ya no aprieta tanto, ¿eh? —solté una tarde.

—Pues no —contestó una mujer—. La semana pasada no se podía ni respirar.

—Yo, desde el balcón, veía a alguien durmiendo cerca del cristal cada amanecer —dijo Marisol, sin levantar la mirada del cuchillo—. Ahora ya no.

Sentí el calor en la cara antes que en cualquier otro sitio. La sangre se me bajó toda al mismo punto.

—¿Espías a los vecinos, Marisol?

—Por supuesto que no. Solo me alegra el día ver otras carnes que no sean las de mi marido.

No contesté. Pagué, subí las escaleras de dos en dos y entré al baño antes incluso de cerrar la puerta del piso. Me bajé los pantalones de un tirón, apoyé la espalda en los azulejos fríos y me agarré la polla ya tiesa, chorreando de líquido por la punta. Empecé a machacármela rápido, con la mano cerrada dura, escupiendo en la palma para que corriera mejor. En la cabeza, la voz de ella diciendo «otras carnes» me daba vueltas como un disco rayado. Me imaginé su boca abriéndose, esa boca pintada de rojo del mostrador, para tragarse mi verga entera. Me imaginé metiéndosela hasta el fondo de la garganta y ella con la lengua fuera pidiendo más. Me corrí a chorros contra la pared del baño, tres, cuatro tiradas gruesas de semen que resbalaron por los azulejos, y me quedé jadeando con la polla todavía en la mano y las piernas temblando.

***

A la mañana siguiente puse el despertador a las seis. Tenía un plan y necesitaba prepararlo. Coloqué el colchón pegado al balcón, abrí la cortina justo lo necesario y, en el suelo, en un ángulo discreto, apoyé el espejo del recibidor. Desde mi posición podía verla a ella sin que ella supiera que yo la veía a través del cristal. Me tumbé y esperé.

La espera me dejó duro mucho antes de que ella saliera. La polla se me levantó sola, tirando de la piel, dándome pinchazos en las pelotas. Cuando vi encenderse la luz de su cocina, me giré despacio para que la primera cosa que la golpeara al asomarse fuera mi cuerpo entero. Y apareció. Camisón blanco de tirantes, el pelo revuelto, las piernas descalzas. Lo primero que hizo fue apoyar los codos en la barandilla, como si fuera a quedarse un rato.

Subí una mano por el muslo, despacio, y me agarré sin prisa. La tenía tan hinchada que me abarcaba apenas con el puño. Empecé a moverme con un ritmo lento, casi perezoso, dejando que la piel corriera arriba y abajo, descubriendo el glande brillante, hinchado, mojado ya de mi propio líquido. En el espejo la vi cruzar las piernas, descruzarlas, deslizar una mano por debajo del camisón hasta el pecho. El tirante se le cayó por el hombro y me dejó ver una teta entera, pálida, con el pezón ya endurecido por la mañana fría o por lo que estaba pasando entre los dos balcones. Se lo pellizcó, se lo estiró, se lo apretó entre dos dedos, y la vi entreabrir la boca sin sonido.

La otra mano se le fue debajo del camisón, más abajo. La tela se le levantó por delante y le vi el gesto de la muñeca, el codo moviéndose despacio, el cuerpo dando pequeñas sacudidas contra la barandilla. Se estaba tocando el coño, delante de mí, a plena luz de la mañana, sin saber que yo la miraba por el espejo. Aceleré el ritmo de mi mano. Escupí en la palma y volví a agarrarme, esta vez con la muñeca girando en la punta, ese golpe que me pone a temblar. Ella también aceleró. Le veía el brazo temblar bajo la tela, la boca abierta, los pezones marcándose duros contra el camisón. Se mordió el labio y arqueó la espalda contra la barandilla. Yo apreté los dientes, di dos golpes más y me corrí. Una tirada larga que me subió al pecho, otra al ombligo, otra que me cayó tibia sobre los huevos. Todo el estómago me quedó embadurnado, y yo boqueando en silencio, con los ojos entornados para no perderla a ella temblando enfrente.

Me quedé quieto un minuto entero, con los ojos cerrados, escuchando los gorriones del patio, sintiendo cómo el semen se me enfriaba encima. Cuando me levanté, ella seguía allí. Me miró de frente, sin esconderse, y bajó los ojos a mi polla que se me colgaba blanda y mojada entre las piernas, con las últimas gotas todavía asomando. Levantó la mano para darme los buenos días. Yo le devolví el saludo con una sonrisa que ni siquiera intenté disimular.

***

Esa misma tarde bajé a la carnicería y, por primera vez en semanas, no había nadie más.

—Hoy vuelve a hacer calor —me dijo, sin levantar los ojos del mostrador.

—Yo no lo noto —contesté.

—Pues seré yo. Desde esta mañana estoy ardiendo, como si tuviera fuego por dentro.

—Pruebe a ducharse, Marisol. A veces ayuda.

—Esto no se arregla con una ducha, Andrés. Necesito algo más fuerte.

—¿Como qué? —le pregunté bajito, apoyándome en el mostrador.

—Como una buena polla dentro —soltó, mirándome fijo, sin bajar la voz—. De esas que te dejan la boca abierta y la garganta seca.

Se me cortó el aire. Le pagué. Al recoger el cambio nuestros dedos se rozaron y la oí soltar el aire por la nariz, despacio. No dijo nada más.

***

Pasaron unos días y empezó agosto. Yo daba por hecho que la cosa se enfriaría con las vacaciones, pero una tarde, al pasar por la calle, vi la persiana de la carnicería medio levantada. Marisol estaba sola, ordenando bandejas.

—¿No ha hecho vacaciones?

—No, hijo. Han ingresado a mi suegra y mi marido se pasa el día en el hospital. No es nada grave, pero ya estamos así. Prefiero estar abierta, que en casa me como las paredes.

—¿Cómo lleva esos calores que tenía? —solté, ya descarado.

—Hasta hoy, mejor. Pero me temo que esta tarde va a apretar otra vez.

No contesté. Salí de allí con la boca seca.

***

Al día siguiente bajé a sacar al perro a primera hora. Cuando volví, dejé al animal con agua, me desnudé en la entrada y me preparé un plato de algo frío. Comí en la mesa del salón, con el balcón abierto. Un ruido seco me hizo levantar la cabeza. En el balcón de enfrente, Marisol estaba comiendo sola, sentada con las piernas separadas, bañador entero, los tirantes caídos sobre los hombros. Me vio mirarla y separó las rodillas, despacio, hasta que la tela del bañador se desplazó lo justo para descubrirle parte del sexo. Vi asomar el labio grueso, oscuro, y una mata de vello negro recortada, y más abajo una raja rosada, húmeda, que brillaba a la luz del sol.

Llevaba la toalla del baño en la cintura. Bajé la mano por debajo de la mesa y empecé a tocarme sin perderle la cara. La polla se me hinchó en segundos, dura como una piedra contra la palma. Empecé a machacármela despacio, apretando el prepucio, dejando que la punta me asomara y me chorreara. Ella se dio cuenta enseguida. Su mano se metió por debajo del bañador y un dedo desapareció dentro de ella mientras con la otra se llevaba un trozo de fruta a la boca, lentísima, sin parpadear. Le veía la muñeca moviéndose adentro, la tela hinchándose y moviéndose al ritmo, y de vez en cuando sacaba el dedo brillante de jugos y se lo llevaba a la boca a chuparlo como si fuera parte de la fruta.

Me estaba yendo demasiado rápido. Me levanté antes de tiempo. No quería terminar antes que ella. Fui a la cocina, con la polla golpeándome la barriga a cada paso, abrí la nevera, saqué unos fresones y me los empecé a comer junto al balcón, mordiéndolos despacio, dejando que el jugo me corriera por la barbilla, por el cuello, por el pecho. Bajé la mano y me embadurné la polla entera con el jugo rojo, agarrándomela por la base para que ella viera bien lo que tenía. La oí respirar fuerte desde el otro lado de la calle. Se abrió el bañador del todo, se lo bajó hasta las caderas, se pellizcó los dos pezones a la vez y se metió dos dedos dentro. Le veía la mano yendo y viniendo, el pulgar frotándole el clítoris arriba, la boca abierta, los ojos entornados clavados en mi polla.

—Follame, Marisol —susurré, aunque no me podía oír—. Chupámela, joder.

Sus dedos aceleraron. Se metió tres a la vez y empezó a bombeárselos rápido, con las piernas abiertas de par en par, sin ningún pudor. Se quedó quieta de golpe, temblando entera, y se desplomó hacia delante, con la frente apoyada en la mesa. Yo apreté la mía dos veces más y me corrí a chorros contra el cristal del balcón, largos hilos de semen que resbalaron por dentro dejando surcos blancos. Nos miramos sin decir nada, los dos vacíos, los dos satisfechos.

***

El domingo siguiente me desperté pasada la hora de comer, con una resaca que me arrastraba por los pies. Me asomé al balcón con la toalla floja en la cintura y vi que la familia entera de Marisol estaba comiendo en su terraza: ella, su marido, el hijo y la nuera. Me retiré, me duché y saqué una tumbona a la zona del salón, decidido a dejar pasar el día.

De vez en cuando levantaba la vista. En una de esas vi cómo el hijo y el marido se despedían con un beso, seguramente camino del hospital. Marisol y su nuera se quedaron solas. Recogieron la mesa, la apartaron a un lado y sacaron dos sillas plegables al borde del balcón para tomar el sol. La nuera llevaba un bikini rosa y no aparentaba más de veinticinco años.

Marisol me miraba cada poco. Yo, cada vez que sentía su mirada, dejaba que la toalla se me deslizara un dedo más. Ella se quitó los tirantes del bañador y se lo bajó hasta el ombligo. Su nuera no se inmutó. Hablaban entre ellas, se reían, pero los ojos de Marisol seguían cruzando la calle.

Me levanté como sin querer y, al hacerlo, dejé caer la toalla del todo. La recogí del suelo, fui a la nevera y volví con un bote de nata. Esa parte la calculé. Coloqué el bote sobre la mesita, levanté la toalla un instante y me apliqué la nata encima, fría, espesa. Me la extendí por toda la polla, por los huevos, por el bajo vientre, hasta dejarla brillando de blanco. Cuando ella volvió a mirar, aparté el paño para que viera lo que había hecho, y me llevé el dedo a la boca con un poco de nata, chupándolo con la lengua fuera, mirándola fijo.

Marisol se puso de pie. Movió los brazos, gesticulando algo a su nuera con cara de circunstancia, y como por accidente se le cayó el bañador del todo, dejando los dos pechos al aire. Era una mujer real, con la piel ligeramente caída por los años, pero con unas tetas que llenaban las manos, gruesas, con los pezones oscuros y grandes como monedas. No hizo ningún gesto por subírselo. Se sentó así, como si el sol y yo fuéramos lo mismo.

Luego se giró hacia su nuera, le dijo algo al oído y le desabrochó el sujetador del bikini. La chica se rió, miró hacia mi balcón y se quedó sin nada arriba también. Tenía los pechos pequeños, puntiagudos, con los pezones rosados y duros de la brisa. La nata se me derretía encima, resbalándome por los huevos, cayéndome entre los muslos.

Marisol se inclinó y le lamió el pezón a su nuera, sin apartar los ojos de mí. Se lo chupó entero, se lo mordisqueó, y la chica se echó hacia atrás cerrando los ojos. Después le pasó la lengua al otro. La nuera le agarró la nuca a Marisol y la apretó contra sus tetas, dejándose hacer, y Marisol subió una mano y le empezó a bajar la braga del bikini, muy despacio, mirándome siempre a mí para asegurarse de que no me perdía nada. La chica levantó el culo de la silla y dejó que le sacara la braga del todo. Se quedó desnuda, con las piernas separadas, y le vi el coño desde mi balcón, depilado limpio, con una raja fina y sonrosada.

Ya no había sitio para hacerme el digno. Me destapé del todo, abrí las piernas y empecé a moverme delante de las dos. Me agarré la polla llena de nata y empecé a corrérmela lento, con la mano resbalando entera de arriba abajo, haciendo un ruido húmedo que se oía desde el balcón. La nata me chorreaba por los testículos y caía en gotas gruesas al suelo. Marisol se sentó en la silla, abrió las piernas y se metió dos dedos en el coño mientras con la otra le agarraba la mano a su nuera y se la llevaba entre las suyas. La chica empezó a follársela con los dedos, tres a la vez, y con el pulgar le frotaba el clítoris duro. Marisol echaba la cabeza para atrás, se retorcía, se pellizcaba los pezones, y todo el tiempo con los ojos clavados en mi verga.

La nuera, sin dejar de meterle los dedos, se agachó y le empezó a chupar una teta a Marisol. Le veía la lengua rosa moviéndose alrededor del pezón, la boca cerrándose entera sobre la aureola, y a Marisol arqueándose, gritando algo que no me llegaba pero que le movía la garganta. Yo aceleré. Me apreté los huevos con la otra mano, me di dos golpes secos en la punta con el pulgar, y sentí venir el orgasmo desde muy adentro. Marisol se corrió antes que yo. Se retorció entera en la silla, temblando, con los dedos de la nuera todavía dentro, y le agarró la muñeca para pararle la mano porque no aguantaba más. La chica se rió y le sacó los dedos brillantes y se los metió en la boca a chuparlos, mirando cómo yo me daba los últimos golpes.

Me corrí con tanta fuerza que me salpicó hasta la cara. Chorros gruesos, blancos, largos, que me cayeron en el pecho, en el cuello, en la barbilla, en los labios. Me tragué una parte sin querer y me quedó el sabor salado dentro. Las oí reír desde el otro lado, una carcajada limpia, como si acabaran de ganar una apuesta. Me quedé tirado sobre la tumbona, con la cara mojada de semen y de nata, y el corazón a doscientos.

***

Pasaron unos días antes de que volviera a la carnicería. Marisol estaba terminando de atender a una clienta. Cuando la mujer se fue, nos quedamos solos otra vez.

—¿Cómo lleva esos calores, señora Marisol?

—Peor, hijo. Cada vez peor. Me entran unos sofocos que ya no sé qué hacer conmigo.

—Tendremos que ponerle solución a ese problema.

—Ya lo sé. Pero a veces el remedio me preocupa más que la enfermedad.

—¿Por qué?

—¿Y si me gusta? ¿Qué hago después?

—Gustarle, le va a gustar —dije, mirándola fijo—. Después, ya veremos. Todo tiene arreglo.

Le pagué. Al rozarle los dedos, igual que la otra vez, soltó el aire. Pero esta vez también se humedeció los labios con la punta de la lengua.

A finales de septiembre son las fiestas del barrio. Hay verbena, hay vino, y hay bailes en los que la gente se arrima sin pedir permiso. Lo que pasó esa noche, en una calle llena de bombillas de colores y a dos pasos de un portal oscuro, lo dejo para otro día. O para vuestra imaginación, que seguro no anda muy lejos de la mía.

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Comentarios(10)

Dante_22

que bueno!! me enganche desde el primer parrafo

LaLectora22

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de mas 🙏

VeronicaR77

Me hizo acordar a una situación parecida que viví... el voyerismo cotidiano es lo mas excitante, en serio. Jaja

Pato_BA

Lo contás con una calma que te mete en la escena sin que te des cuenta. Bien escrito.

Santi2030

increible relato!!

NocteMx

Ojalá tenga continuacion, quedé con muchísimas ganas de saber cómo siguió todo eso

CarlaQ_Mdq

El inicio es genail jeje pero en serio, el ritmo del relato atrapa. Seguí escribiendo!

Ines_Pampa

Buenisimo, de las mejores categorias del sitio. Seguí así!

Diego_BA

Se me hizo corto, necesito mas. Muy buen estilo

FernandoGH

¿Hay segunda parte? pregunté en serio jaja

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