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Relatos Ardientes

El patio de mi departamento tenía demasiadas ventanas

Camila había crecido en un barrio tranquilo, en un departamento luminoso donde los almuerzos del domingo seguían el guion de toda familia católica de clase media. Su madre servía canelones, su padre miraba el fútbol y nadie hablaba de sexo en voz alta. Por eso, cuando descubrió que el contraste entre su cintura fina y sus pechos llamaba la atención, lo guardó como un secreto entre ella y los espejos.

A los diecisiete ya pasaba minutos enteros desvistiéndose delante del placard. No era vanidad. Era una fascinación más rara, una especie de asombro con su propio cuerpo. Llevaba tops cortos que dejaban ver un tatuaje pequeño, una salamandra posada sobre el pecho izquierdo, imposible de ignorar. Sus tías la miraban con desaprobación. Los chicos del barrio, con un silencio repentino que ella aprendió a reconocer.

Su primer novio se llamaba Tomás y era hijo de un pastor evangélico. La fe le atravesaba cada decisión, incluida la de no acostarse con una mujer antes de casarse. Camila aceptó el pacto sin discutir. Lo que no estaba escrito en el pacto era todo lo demás.

La penetración era la frontera imposible. Todo lo otro, terreno abierto. Quizás por eso, la urgencia que se hubiera resuelto en cinco minutos de coito se estiraba en horas de manoseo cada vez más caliente. Camila pasaba la semana encerrada estudiando Letras, y los fines de semana se mudaba a la casa de los padres de Tomás, en un suburbio del sur, donde compartían una habitación al fondo del pasillo.

Pronto se acostumbró a una rutina. Ella se sentaba sobre la erección de él, semidesnuda, con los pechos al aire y la boca de Tomás recorriéndolos durante horas. Del otro lado de la puerta, sostenida apenas por un parlante apoyado contra el marco, la familia iba y venía con sus tareas. Los llamaban para cenar y volvían a la habitación con el pelo revuelto y las mejillas encendidas. Nadie preguntaba nada.

En los viajes de vuelta, Tomás manejaba con una mano mientras la otra se metía bajo la remera de Camila. Ella no se la sacaba, pero tampoco la bajaba. Llegaban al estacionamiento del edificio y permanecían un rato más en el auto, con los pechos de ella afuera, cubiertos apenas por una camperita de jean entreabierta que ninguno hacía nada por cerrar.

—Sos terrible —murmuraba él, sin saber muy bien qué quería decir con eso.

—Yo no hice nada —respondía ella.

Y era verdad. Camila nunca proponía. Nunca avanzaba. Pero aceptaba todo lo que él se animaba a pedir, y eso, en algún momento, dejó de ser pasividad y empezó a ser otra cosa.

Tomás iba derribando, una por una, las paredes de su propia moral. Aprendieron a recorrer cada estación sin saltearse ninguna. Camila descubrió que podía correrse con la mayor variedad de estímulos. Tomás, en cambio, se contenía. Volvía a su casa y terminaba solo en la ducha. Llegó un día en que esto se hizo insostenible. El mal humor se le notaba en la cara.

—¿Te gustaría verlo? —preguntó él una tarde, con las manos quietas por primera vez en horas.

—¿Ver qué?

—Cuando acabo.

Ella sonrió.

—Me encantaría.

Minutos después sintió por primera vez el olor caliente y la sensación tibia de ese líquido que miraba de cerca, con curiosidad de bióloga, mientras se le deslizaba por la mano. La misma mano con la que había hecho el trabajo. Tomás respiraba como si hubiera corrido una maratón. Ella estudiaba el goteo con la calma de quien recibe un regalo poco común.

Cada paso era un escalón. Una vez subido, ya no se bajaba. Hacer que él se viniera se volvió una tarea habitual, y todas las partes del cuerpo de Camila fueron experimentando, por turno, esa tibieza. Estaba mentalmente preparada para todo antes de que él se animara a pedirlo.

Una tarde Tomás llegó con una pregunta nueva.

—¿Te puedo acabar en la cara?

Camila asintió sin decir palabra y lo siguió al baño. Bajó la tapa del inodoro y se sentó. Frunció los labios en un pequeño beso, como indicando el blanco. No le sacó los ojos verdes de encima a Tomás hasta que él descargó todo lo que tenía.

Cuando terminó, ella dejó que el semen le bajara por el mentón y goteara al piso. Ofreció el resto de la cara para que él limpiara lo que aún no había caído. Tomás salió del baño con las piernas flojas. Camila se quedó.

***

Se levantó y se miró al espejo. Lo había hecho mil veces antes, pero esta vez no se miraba la cintura ni los pechos. Se concentró en su cara de nena buena, la cara que en la escuela le valía buenas notas y en las reuniones familiares cumplidos. Esa misma cara repetía ahora una imagen que había visto en algún video que Tomás le había mostrado a escondidas. Nunca se había pensado a ella misma como una puta. La palabra apareció sola, en el reflejo, y la prendió como ninguna otra cosa la había prendido antes.

El semen, todavía tibio, se le había acumulado en los labios. Bajaba por el mentón. Goteaba sobre sus tetas. Camila se quedó mirándose un buen rato, inmóvil, fascinada con lo que había logrado. Con su capacidad de calentar y de calentarse al ser ensuciada.

Se limpió un poco con el dorso de la mano. Solo un poco. Después, con esa misma mano, se desabrochó el botón del jean y empezó a tocarse. No dejó de mirarse al espejo ni un segundo. Se masturbaba despacio, observando cómo el semen seguía colgando del mentón, cómo brillaba bajo la luz blanca del baño. Cuando se vino, lo hizo con una intensidad que la sorprendió. Después lavó todo, se acomodó el pelo y salió a sentarse a la mesa. La familia de Tomás la estaba esperando para cenar.

***

El paso siguiente llegó sin que ninguno lo buscara. Los viajes en auto, sobre todo los nocturnos, se habían vuelto un mar de manos. La ropa empezaba a estorbar. Tomás se bajaba el cierre del pantalón para liberar la erección. Camila se levantaba la remera por encima del corpiño para que él pudiera trabajar con comodidad. Esa forma de viajar se hizo costumbre, sin más provocación que el placer de ambos.

Una noche pararon en un semáforo de avenida ancha. Tomás aprovechó la luz roja para inclinarse sobre ella y chuparle los pechos. Justo en ese momento, un colectivo se detuvo en el carril de al lado, apenas un metro de distancia entre los vidrios.

Uno de los pasajeros, sentado contra la ventanilla, miraba hacia abajo y descubrió la escena.

Tomás sintió la adrenalina como un golpe de calor en la nuca. Un impulso más grande que el miedo lo hizo seguir. Con los ojos puestos ahora en los pasajeros, uno por uno, fue viendo cómo se descubrían atónitos lo que pasaba a su lado. Camila, con las tetas duras y brillosas por la saliva, se dio cuenta cuando ya no había nadie en el colectivo que no tuviera la mirada clavada en ellas.

No se cubrió. No se movió. La luz roja duró lo que duró, y durante ese tiempo, Camila se dejó mirar.

El colectivo arrancó primero. Tomás manejó dos cuadras sin decir nada. Pararon en una heladería del centro. Se sentaron afuera, todavía electrizados, hablando en voz baja como si tuvieran que confesar un crimen.

—¿Lo viste? —preguntaba él cada dos minutos.

—Los conté —decía ella, riéndose—. Eran como once.

Ninguno lo dijo esa noche, pero los dos sabían que no iba a ser la última.

***

Camila se recibió y se mudó a un dos ambientes en el centro, compartido con una amiga de la facultad. El departamento daba a un patio interno, en planta baja, rodeado por las medianeras de dos edificios altos. Decenas de ventanas iluminadas por la noche, con potenciales espectadores detrás de cada cortina.

Los fines de semana su compañera se iba a visitar a la familia y Camila invitaba a Tomás. Estaban en el sillón, cada vez más desnudos, cada vez más calientes, el episodio del colectivo todavía caliente en la cabeza de los dos.

Ella nunca proponía. Tomás se animó después de mucho dudar.

—¿Me acompañás al patio?

—¿Al patio? —preguntó ella, aunque ya había entendido.

Él asintió. La agarró de la mano. Salió primero, en calzoncillo y remera. Ella detrás, en bombacha y remera corta, descalza. La baldosa estaba fría. Las ventanas de enfrente, encendidas.

Tomás la dio vuelta y la enfrentó al espectáculo. Le levantó la remera para que se le vieran los pechos. Camila pensó que él quería sacársela del todo y terminó sola el trabajo. La remera quedó hecha un bollo en su mano.

Tomás se puso a mil. Se sacó la pija y se la empezó a frotar contra la espalda y la cola. Le acarició los pechos con las manos llenas de saliva, marcándole los pezones como con tinta brillante.

—Chupámela —le pidió en voz baja, con el corazón a mil.

Esperaba que Camila aprovechara para darse vuelta y arrodillarse de espaldas a las ventanas. Que se cuidara, al menos, la cara. Pero ella hizo algo distinto.

Lo ubicó a él perpendicular a los edificios. Como si el patio fuera un escenario y los balcones, la platea. Quedó perfectamente dibujada la silueta de un hombre con la pija dura y la silueta de una mujer inclinándose sobre él, las tetas descubiertas, metiéndose ese sexo en la boca y sacándolo otra vez. Y otra. Y otra.

Tomás la llamaba, internamente, su «modo cámara lenta». En estas situaciones nada la apuraba. No tenía prisa por salir del patio. No le importaba si alguien gritaba algo desde un piso alto, si alguien sacaba el celular, si alguien filmaba. Camila se concentraba en la pija y disfrutaba cada lengüetazo como si no hubiera nadie más en el mundo. Como si las ventanas fueran un detalle del decorado.

Era Tomás el que tenía que hacer un esfuerzo para no flaquear. Él sí temía todo lo otro. Pero la habilidad de Camila y su actitud lo sostenían duro. Lo llevaban, casi sin que él se diera cuenta, hasta el final.

***

Camila siempre fue la más sexual de los dos. La que buscaba los besos en la cola del cine, la que se le sentaba encima sin avisar. Tomás era más retraído, pero una vez que se prendía, tomaba el control como si lo hubiera planeado desde la mañana.

Una tarde, paseando por un parque botánico de la ciudad, charlando de cosas que charlan las parejas, Camila apoyó la mano sobre la bragueta de él y empezó a acariciarlo. Era mediodía. Las familias iban y venían con cochecitos y termos. El gesto era tan natural, su cara tan indiferente, que nadie pareció notarlo. La erección no tardó en abultarse. Las palabras se le trababan a Tomás antes de llegarle a la boca. Camila seguía mirando los canteros, comentando una planta cualquiera, con la mano firme.

El momento debe haber durado cinco minutos. Años más tarde ella volvería a hacer lo mismo en la fila de embarque de un aeropuerto, mientras él trataba de pasar el pasaporte con la mano libre.

Las pocas veces que Camila tomaba la iniciativa eran así de arriesgadas.

La segunda vez fue en un vuelo nocturno de nueve horas. Era el momento en que apagaban las luces de cabina y la mayoría dormía. Ella simplemente le bajó el pantalón y se la empezó a chupar como si no hubiera nadie alrededor. Tomás la detuvo y se incorporó en el asiento.

Su familia volaba con ellos, dos filas más atrás.

Lo pensó mejor. ¿Cuántas veces voy a tener esta oportunidad? Le hizo un gesto mínimo y ella entendió perfectamente. Volvió a poner la boca entre sus piernas y siguió hasta el final. Tomás se mordió el dorso de la mano para no hacer ruido.

Camila nunca mostró pudor a desvestirse. Nunca dijo que no en ningún lugar ni en ninguna situación que él se animara a proponer.

Esto le planteaba a Tomás un desafío que no sabía cómo resolver. ¿Cuál era el paso siguiente? Sentía que no podía desperdiciar la suerte. Tenía que avanzar hasta encontrar el punto en el que ella finalmente dijera basta.

Pero no parecía haberlo.

Y Camila, cada vez que se daba vuelta hacia un espejo, se reconocía menos y le gustaba más lo que veía.

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Comentarios (1)

SolmarDT

que buen relato!!! me encanto todo

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