El verano que volví a casa de mi madrastra
Toqué el timbre por tercera vez y aguanté la respiración. Detrás de la puerta no se oía nada, ni pasos ni el roce de un mueble. Quizá Aurora no estaba en casa, o quizá había decidido no abrirme. Las dos opciones se parecían demasiado al adiós que venía a darle.
Me eché la mochila al hombro y empecé a bajar las escaleras. Llevaba apenas dos escalones cuando escuché los cerrojos descorrerse uno a uno. Cuando me giré, ella estaba en el umbral con la misma cara de hierro de siempre.
—¿Vienes a pedir perdón? —preguntó.
Negué con media sonrisa triste. Iba a echar de menos hasta su mal humor.
—Me voy, Aurora. Solo he pasado a despedirme.
Miró la mochila y entendió, sin que yo tuviera que añadir nada. La cara se le ablandó por debajo del gesto duro.
—Tu madrastra otra vez con un arrepentimiento. Demasiado gritaba esa cría. Ya me extrañaba que no te culpase a ti, la muy…
—Mi padre se enteró —la corté.
Bajó los hombros como si el aire se le hubiera escapado de golpe. Apretó los labios y movió la cabeza muy despacio.
—Dios, pobre hombre. No me lo esperaba. ¿Cómo fue?
—Nos vio. Pensábamos que tardaría días en volver y entró con una sorpresa para Sofía.
Aurora cerró los ojos un segundo y luego se cruzó de brazos.
—Llevo días oyendo lloros del piso de abajo. Ahora entiendo. Tenéis que hablar con él.
—Me ha echado de casa. A los dos. No me coge el teléfono y, cuando voy a verle, no abre. He venido a decirle adiós a usted también, porque no creo que volvamos a vernos.
Ella entrelazó las manos, tan abatida como yo. El silencio del rellano pesaba como un duelo. Al final fue ella la que lo rompió.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—No lo sé. Mi madre quiere que me mude con ella y me olvide de todo. Y yo… —solté el aire— no sé ni cómo empezar a pedir perdón.
—El único lugar donde uno paga lo que ha hecho es el mismo donde lo cometió.
—Eso va a ser difícil. Tengo vetada esta casa para el resto de mi vida y mi padre no me coge el teléfono. Y a Sofía le he jodido la vida. Tampoco quiere verme.
Aurora se quedó pensativa, con la vista clavada en mi mochila.
—Espera, quiero darte algo.
Desapareció dentro del piso y volvió al cabo de un minuto con una bolsa de plástico amarillo. Cuando la abrí, reconocí las dos cosas que había dentro antes de tocarlas. Saqué la primera y la sostuve, estupefacto: la fotografía de la infidelidad. Esa en la que aparecía Sofía con mirada de leona hambrienta mientras yo me escondía a medias en el armario.
—Quiero que te la quedes. Solo tú sabes lo que significa. Y quizá alguna vez te hagas una paja con ella.
—Ni de coña. No me va a volver a joder la cabeza.
La vecina soltó una carcajada muda. Devolví la foto a la bolsa y saqué el segundo objeto. Lo miré sin entender del todo, aunque por dentro lo sabía.
—Ya sabes para qué es. No pierdes nada por intentarlo.
Asentí en silencio y lo guardé todo en la mochila. Otra vez el silencio. Otra vez las miradas al suelo. Ninguno quería terminar aquella despedida.
—Lo pasamos bien, ¿eh, chico?
—Sobre todo usted, al otro lado del tabique.
Sonrió como solo ella sabía sonreír. Maliciosa, vieja verde, cómplice. Después volvió el silencio, ese estorbo molesto de las despedidas que ninguno quiere terminar.
—¿Le puedo dar un abrazo? —pedí.
—¿Vas a aprovechar para tocarme el culo?
—No, Aurora. No le voy a tocar el culo, no la voy a besar ni la voy a empotrar contra la pared a pollazos.
—Entonces olvídalo.
Pero me acerqué como si no la hubiera oído y la apreté contra mí hasta amoldar nuestros cuerpos. Ella se dejó hacer y me rodeó el cuello con sus huesudos brazos. Olía a frutas, como su dormitorio.
—Me gusta cómo huele —murmuré.
—Es lubricante. Tengo las manos perdidas. No te voy a decir por qué.
—Vale, se acabó el abrazo.
Nos separamos riéndonos los dos del juego retorcido que nos había unido frente al mundo y a pesar de él.
—¿Le puedo preguntar qué pasó? —dije después de un rato—. Con su marido, digo.
Cerró los ojos y pareció pesar si abrir o no la puerta del recuerdo. Al final la abrió.
—Mi esposo se fue apagando con los años. Nunca supimos si era algo físico o si la cabeza le jugaba malas pasadas. Cuanto más se obsesionaba con cumplir lo que él creía que era una necesidad mía, peor se ponía todo. Dejé de tener relaciones con otros hombres. No podía hacerlo mientras él no estuviera bien.
—Pero terminó cediendo.
—Terminé accediendo a que otro ocupara el sitio que nunca debió dejar de ser suyo. Lo hice por él. Él lo hacía por mí.
—¿Era su jefe?
—No, eso jamás. No en su cara. —Inspiró hondo—. Fue con un chico joven, un crío. Iba a clase con mi hijo.
Abrí la boca y la cerré sin decir nada. Ella asintió, leyendo lo que yo pensaba.
—Imagínate lo que supuso para el abusón del colegio descubrir que uno de los panolis a los que pegaba se follaba a su madre. Mientras su padre suplicaba sumiso.
—La puta madre.
—A partir de ahí, para él, yo era una puta y su padre, un pusilánime. Nuestra casa se convirtió en un zoco de vergüenza y miradas de reproche. —Levantó los ojos, arrepentida—. Pero no te confundas. Mi hijo ya era el imbécil prepotente que conoces. Lo único que cambió fue que, desde aquello, creyó tener la excusa para serlo.
Me callé porque cualquier palabra iba a sonar a burla. Di un paso adelante y volví a abrazarla. Se dejó caer sobre mis hombros y yo aguanté el peso de cien años que se le desprendían encima.
—Ayer llamé a mi hijo —dijo cuando nos separamos—. Le dije que echaba de menos su risa de niño, que quería volver a tener contacto con él y con su familia.
—Va progresando usted.
—Me contestó que a ver a qué venía eso ahora, que si me había bebido el minibar. Que hacía muchos años que había dejado de tener madre.
—Puto cabrón sin corazón. Siento la mierda de consejo que le di.
—Como asesor familiar eres un inútil. Y sin embargo ha sido lo mejor que he hecho en diez años. Vendí esta casa hace lustros y doné el dinero a mi hermana, para que él no recibiera ni un céntimo si me moría. Siempre me pregunté si hice bien. Ahora ya no tengo ese cargo de conciencia.
Sonrió triunfal. Yo le devolví la misma satisfacción por un secreto que solo nosotros dos conocíamos.
—Uffff —dije apretando el puente de la nariz—, la de pajas que me voy a hacer con esa foto.
Bajé las escaleras y, desde arriba, me llamó.
—Chico, respecto al consejo que me pediste… cambia, no seas como yo.
Me paré un instante en el descansillo, mirando hacia ella.
—Va a ser que no.
—Hazme caso, soy una vieja cargada de sabiduría que un día pagarás por escuchar.
—No la oigo.
—Te convertirás en un amargado solitario, como yo.
—Nada, que se corta.
Oí su suspiro mientras la puerta del portal se cerraba detrás de mí.
***
—¿Y solo te quedas una semana? —preguntó Hugo entre cervezas, los pies enterrados en la arena de la terraza.
—Es lo que me deja Nico estar en casa de su padre. Dice que en estas fechas su viejo tiene la casa hasta arriba de cacharros para vender.
—¿El hippy? ¿Trabajo?
—Fabricando sus propias mierdas, yo qué sé.
Hugo soltó una carcajada muda. Tenía la misma sonrisa de cuando estaba a punto de soltar una guarrada.
—Pensaba que pasarías el verano con tu madrastra. Con las ganas que tenía de pasarme a visitarte. —Me guiñó un ojo.
Aparté la vista hacia las olas. Inquieto.
—Cambio de planes. Me instalo en casa de mi madre. Sofía y mi padre están de mudanzas, líos suyos de pareja. Y ella encima anda liada con la boda de su hermana.
—Ah, Lorena. —Se le iluminó la cara—. Lo buena que está la tía.
—¿La conoces?
—Su novio es amigo de un colega mío y he visto fotos.
—¿En pelotas?
—En topless —sonrió ladino—. Pero menudas tetas, y qué pezonacos.
Movió el móvil delante de mi cara, pasó dos fotos y se detuvo en una.
—¿Ves a esta tía? Pues antes de que acabe el verano la voy a ver follando en directo.
—Hostia, qué buena está. Menudo pibón.
—Pues es la prima de tu «mami» —contestó ufano—. Ya ves que todas las chicas de esa familia desbordan de lo mismo.
—¿La famosa prima de Sofía? ¿La que viene a pasar unas semanas con ella? —Le quité el móvil para verla mejor, ampliándola en cada parte interesante—. ¿Y esta es la que ha elegido a un pagafantas en lugar del macho alfa que era el hombre de su vida?
Hugo levantó las cejas.
—¿Eso te lo ha dicho Sofía?
—Me contó la historia. Que tomó la decisión incorrecta.
Hugo me quitó el móvil y empezó a teclear.
—¿Con quién wasapeas?
—Con nadie. ¿Y dices que te lo ha contado la propia Sofía?
—Sí. Por lo visto su relación con el pureta no pasa por su mejor momento. Por eso estuvieron a punto de no venir a la boda.
Hugo amplió la sonrisa de depredador sin dejar de escribir.
—Colega, si yo fuera tú, pasaría en Bajamar de Llantos el resto de las vacaciones.
***
Sofía había cortado el césped por segunda vez en lo que iba de semana. El jardín era amplio y el esfuerzo le ayudaba a no pensar. Casi no lloraba ya en aquella casa que se le caía encima cada noche. Ni siquiera las vistas del mar, que tanto le gustaban, mitigaban el hueco. Estaba harta de inventar excusas para justificar la ausencia de su pareja. Por suerte, la boda de Lorena y la llegada inminente de su prima Camila la ayudaban a sostenerse de pie.
Entró en la casa por la puerta acristalada del jardín y entonces oyó que llamaban a la principal. El corazón le dio un vuelco. Cerró los ojos un segundo y deseó que fuera él. Se atusó el pelo frente al espejo del recibidor, se frotó las pestañas para que no se le notaran las lágrimas tardías y abrió.
No era él.
Y la sonrisa se le borró.
Yo bajé la vista, incapaz de sostener la suya. La bolsa de deporte a mis pies decía lo que yo no me atrevía.
—Siento presentarme así. No me coges el teléfono. —Tragué saliva—. No vengo a quedarme. Solo necesitaba saber si estabas bien.
Ella se cogió de los codos y desvió la mirada por primera vez. Todo lo que habíamos hecho volvía de golpe.
—No lo estoy —dijo. Sin reproche.
—¿Has hablado con él? A mí me ha bloqueado por completo. Cuando voy a verle, no me abre.
—Solo una vez. Me pidió tiempo.
Más de lo que me había concedido a mí. Asentí.
—Le hicimos daño. Sobre todo yo.
Sofía se mordió los labios y una lágrima desbordó. La limpió con el dorso de la mano.
—Le echo tanto de menos.
Tardó un minuto entero en volver a hablar. Yo aproveché para sacar de la mochila lo que me había dado Aurora. Una pieza ovalada, de un palmo, envuelta en el plástico amarillo.
—Es de madera noble. No de corcho, como mi cabeza. —No sonrió—. Era de mi abuela. Formaba parte de un juego de copas finas que guardaba como oro en paño. A mí me encantaba hacer torres con las copas.
Sofía levantó una ceja, cansada de escuchar una historia que no le interesaba.
—Te abrevio el drama: me cargué todas las copas, una a una, pese a que ella me lo advirtió mil veces. Creo que nunca la vi más triste. Esta bandeja es lo único que queda del juego y de su recuerdo. No te la doy como ofrenda de perdón, sino como herramienta para lo que te he hecho. Odiar también es sufrir. Por eso me gustaría que la guardes hasta que quieras devolvérmela. O la rompas y saldemos parte del daño.
Ella la tomó entre las manos y la sostuvo con curiosidad.
—Estoy cansada de llorar —dijo por fin—. No te odio, Damián. Me odio a mí. Por lo que provoqué, por lo que permití. —Se apretó las sienes—. Fui yo la que entró a tu cuarto a darte mis bragas, yo te pedí que te quedaras conmigo. No me diste nada aquella noche que yo no quisiera recibir. —Ahogó un sollozo—. Solo quiero que vuelva y que me perdone. Y como dudo que eso vaya a ocurrir, solo aspiro a pasar página. Toma, quédatela. Ya te perdoné hace tiempo. Ahora solo hace falta que me perdone yo.
Ahogué una mueca. Esa bandeja era solo una excusa para no perder el contacto con ella.
—Me gustaría que te la quedaras igual. No se me ocurre mejor sitio. Y no me apetece volver a casa de mi madre solo para dejarla donde estaba.
Dudó, pero terminó aceptándola.
—Supongo que encontraré un lugar idóneo, haciendo que ocupe su antiguo uso.
Otra vez el silencio. Yo me froté la nuca. Verla así de hundida me dejaba un regusto que no conocía. Nunca me había sobrado el remordimiento.
—¿Qué tal llevas las noches? —pregunté solo por romper el aire.
Nuevo acceso de lágrimas. Apartó la mirada.
—En vela. La pena me consume. Más de una vez he dormido frente a la tele, en el sofá, para no sentirme tan sola. Y por el día la casa se me cae encima.
Se me cayeron los hombros. Eso lo había provocado yo. La abracé y la dejé llorar en mi hombro hasta que ella misma se separó, se sonó los mocos y respiró hondo varias veces.
—Creo que tengo que irme —dije por fin.
Di media vuelta y caminé hacia la portezuela que daba a la acera. Antes de llegar, me llamó.
—Espera. No te vayas. —Sonó a súplica—. No quiero seguir sola. Quédate unos días. Hasta que consiga salir a flote.
Por dentro suspiré de alivio. Había venido dispuesto a implorarle que me acogiera. Ella misma me ahorraba el bochorno. Pero hice como que dudaba.
—No estaría bien que compartamos espacio después de lo que pasó. Y mi padre podría volver. Vernos juntos lo mataría.
Ella cerró los ojos. Me arrepentí de haberlo dicho en cuanto la frase salió de mi boca. No quería hacerla recular.
Apretó la bandeja contra el pecho y rumió por dentro un buen rato. Después levantó la vista.
—Tu padre no vendrá antes de que acabe el verano. Si es que viene. Para entonces tú ya habrás comenzado la universidad.
Me callé, disfrutando de un alivio como nunca había experimentado. Lo de la casa de Nico nunca había sido un buen plan. Le regalé a mi madrastra una sonrisa de gratitud sincera. Te prometo que voy a cuidar de ti.
Ella acariciaba la bandeja con los dedos.
—Si quieres, puedes invitar a tus amigos a merendar. Podéis bañaros en la piscina. Me vendrá bien volver a oír risas.
—No te pienso dejar sola para que te comas el coco ni un segundo.
Por primera vez asomó un amago de sonrisa.
—Venga, sube la mochila al cuarto del camarote. Te subo sábanas y haces la cama. El de siempre lo van a ocupar tu prima y su novio pureta.
La sonrisa se le borró de cuajo.
—Sí, ese —escupió.
Un detalle que no se me pasó por alto.
—¿Y esa cara? Si decías que era muy majo.
—Decía. Hasta que me enteré de que es otro crápula que solo busca aprovecharse de mi prima pequeña. Un cretino. Es que esa tontaina no sabe elegir los novios, joder.
La aversión de Sofía bastó para que yo, en silencio, decidiera odiar a muerte a aquel crápula que perturbaba la paz de mi mentora.
Empezaban las vacaciones y un hálito de esperanza se abría frente a nosotros. Ya habíamos tocado fondo. A partir de ahora todo iría a más.