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Relatos Ardientes

Sabía que mi vecino me espiaba esa mañana de verano

Aquella mañana de julio el calor entraba a borbotones por la ventana abierta y Camila se levantó de la cama con una pereza dulce, esa que solo regala el verano cuando uno sabe que no tiene que estar en ningún sitio antes del mediodía. Se quitó la camiseta con la que había dormido, se quedó únicamente con una tanga azul marino, y se sentó frente al tocador del dormitorio.

El espejo le devolvió la imagen de una mujer que se reconocía y, a la vez, se sorprendía. Llevaba el pelo rubio cayéndole en una cascada hasta media espalda, despeinado por la almohada, y empezó a cepillarlo con calma. Le gustaba mirarse así, sin maquillaje, sin la armadura del día. Su piel todavía guardaba el rubor del sueño.

Mientras pasaba el cepillo, arqueó la espalda casi sin pensar. Los pechos se levantaron, firmes, y los pezones se endurecieron cuando la corriente fría del ventilador les rozó la punta. Se contempló un rato largo. Reconoció en su propio reflejo una curiosidad que no era del todo inocente.

La mano libre comenzó un paseo lento. Subió desde el muslo hasta el costado del torso, bordeó la curva de un pecho, lo rodeó con la palma abierta y luego bajó otra vez por el vientre. Apenas un roce. Una caricia distraída que su cuerpo agradecía con un erizamiento apenas perceptible.

Quizá es demasiado temprano para tocarme, pensó. Y siguió cepillándose el pelo.

Fue entonces, mientras alzaba la mirada al espejo, cuando vio algo raro en el reflejo de la ventana del fondo. Una figura recortada al otro lado de la calle, dentro del cuarto del vecino. La casa de Bruno, ese hombre soltero que vivía solo desde el divorcio. La figura se mantenía pegada al cristal, inmóvil, con los brazos en una posición extraña. Tardó un par de segundos en comprender qué estaba viendo.

En una mano sostenía unos binoculares apuntados directamente hacia su habitación. En la otra, el bulto debajo del pantalón delataba lo demás. Llevaba un buen rato mirándola, eso era evidente, porque ya estaba duro.

—Será posible —murmuró ella, sin moverse del banco del tocador.

Su primera reacción fue de fastidio. Un fastidio breve, casi protocolar. La que vino después, sin embargo, le sorprendió. Empezó por la nuca, una especie de cosquilleo eléctrico que le bajaba en oleadas por la columna, y terminó instalada entre las piernas. La habían pillado desnuda. La estaban espiando. Y, en lugar de cerrar la persiana de un manotazo, se descubrió pensando algo muy distinto.

Quieres mirar, Bruno. Pues mira bien.

Movió el banco unos centímetros hacia un costado para que el espejo le reflejara el cuerpo entero hacia la ventana de enfrente. Calculó el ángulo despacio, como una actriz que ajusta su marca antes de que se levante el telón. Dejó el cepillo a un lado.

***

Lo primero fue una sonrisa que no apuntaba a nadie en particular y, al mismo tiempo, apuntaba al hombre del otro lado. Llevó las dos manos a los hombros, dejó que los dedos resbalaran por las clavículas y luego siguió, lenta, hasta el escote. Pellizcó con suavidad uno de sus pezones y tiró un poco hacia fuera. Le gustaba ese pequeño dolor. Le gustaba sentir cómo el pellizco se le respondía abajo, como un cable que conectara dos puntos del cuerpo.

Apretó el pecho entero con la palma, lo amasó con cuidado, midiendo la respuesta de su propia piel. Después hizo lo mismo con el otro. Por momentos olvidaba que tenía público al otro lado de la calle. Cuando se acordaba, levantaba la vista al espejo, sostenía la mirada hacia el reflejo de la ventana del vecino y movía los labios en silencio, como diciéndole «esto es para ti».

La temperatura del cuarto le pareció subir un par de grados. Bajó la mano por el vientre, pasó por el ombligo dando una vuelta lenta con el dedo, y siguió bajando hasta el borde de la tanga azul. Allí se detuvo. Recorrió el elástico con la yema, una vez, otra. Adelantó la pelvis apenas un milímetro sobre el banco. La tela estaba tibia.

Resistió la tentación de meter la mano. Quería que la espera fuera también para Bruno. Que aprendiera a desear lo que iba a venir. Volvió a subir las dos manos hacia los pechos, los acarició otra vez, los volvió a apretar. Repitió el recorrido. Le rozó las costillas con las uñas, el interior de los muslos con el reverso de los dedos.

Al rato echó un vistazo discreto al espejo, hacia la ventana de enfrente. Bruno seguía allí. Se había desplazado un paso atrás, había soltado la cortina, y ahora sostenía los binoculares con la mano izquierda. La derecha estaba ocupada. La tenía dentro del pantalón, moviéndose despacio. Camila notó cómo se le aceleraba el pulso al confirmar la escena.

***

Decidió saltarse los preliminares. Separó las piernas frente al espejo con la lentitud de quien abre una cortina. Apoyó los codos hacia atrás sobre el tocador y dejó que el reflejo de su cuerpo se ofreciera entero al otro lado del cristal. Llevó dos dedos a la boca, los humedeció bien, los rodeó con la lengua. Se aseguró de que el gesto fuera visible.

Bajó la mano otra vez. Esta vez no se detuvo en el borde de la tanga. La hizo a un lado con dos dedos, lo justo para descubrir los labios de su sexo, y empezó a recorrerlos con una lentitud calculada. Iba marcando el centro del recorrido con saliva, sin tocarse todavía donde más quería tocarse. Estaba mojada antes de empezar.

Cuando por fin se rozó el clítoris con la yema de un dedo, el cuerpo le respondió con un escalofrío que le levantó la piel. Empezó a trazar círculos pequeños. Conocía bien su ritmo, conocía las pausas, conocía esa zona suya como conoce uno la curva del camino de vuelta a casa. Subió la velocidad y luego la bajó, dejándose a sí misma al borde y retirándose un paso.

El reflejo del vecino seguía allí, ahora con el miembro fuera, masturbándose en una sintonía irregular con el ritmo de ella. Cuando Camila apretaba, él apretaba. Cuando ella ralentizaba, él se quedaba colgado un segundo, sin saber qué hacer. La idea de tener al otro lado de la calle a un hombre que dependía de su ritmo le resultó embriagadora.

Acabó por meterse un dedo. Después dos. Los curvó hacia adelante, buscando ese punto que conocía de memoria, y movió la muñeca con un ángulo aprendido. Por momentos cerraba los ojos y se dejaba ir; por momentos los abría para no perderse al hombre del otro lado, que la observaba sin pausa.

***

No le bastó. Estaba ya muy mojada, sentía latir cada centímetro entre las piernas, pero quería más. Estiró el brazo hacia el cajón del tocador, lo abrió de un tirón y sacó un juguete de silicona que tenía guardado bajo unas medias. Era nuevo, apenas lo había usado dos veces. Se libró de la tanga de un movimiento. La dejó caer al suelo y la pateó hacia un lado.

Se pasó al colchón, se puso de rodillas, con las piernas abiertas, y echó las caderas hacia atrás de manera que el reflejo de su trasero quedara enmarcado, perfecto, en el espejo del tocador. Bruno ahora ya no necesitaba binoculares para entender lo que estaba pasando. Ella lo sabía, y por eso lo hacía así.

Con una mano se sostuvo en el colchón. Con la otra se colocó el juguete entre las piernas, lo paseó por la entrada bañándolo con su propia humedad, y se penetró con un movimiento firme. Soltó un sonido bajo, gutural, que no quiso reprimir. Empezó a moverlo despacio. Adentro, afuera. Un poco más rápido. Un poco menos.

Cerró los ojos un instante e imaginó que no era ella la que sostenía el juguete. Que era Bruno, atrás, agarrándole las caderas, embistiéndola desde el otro lado del cristal. La fantasía le dio un empuje nuevo. Aceleró el ritmo. El golpe seco de la silicona contra su piel se mezcló con su propia respiración, cada vez más entrecortada.

Levantó la cabeza y miró hacia la ventana del fondo. El reflejo le devolvió la imagen de un hombre completamente entregado, agitando la mano de un modo casi violento, con la frente apoyada en el marco. La sintonía esta vez fue perfecta. Movió el juguete al mismo compás que él se movía. Lo aceleró cuando él aceleró. Se quedó quieta cuando lo vio detenerse y respirar.

***

El final llegó sin pedirle permiso. Camila sacó el juguete, se llevó los dedos otra vez al clítoris, apretó allí los círculos rápidos que sabía que la iban a romper en pedazos, y de pronto el cuerpo entero se le tensó como una cuerda. Estiró los brazos sobre el colchón, dejó escapar un gemido largo que rebotó en las paredes del cuarto, y las piernas le empezaron a temblar sin que pudiera controlarlas. El trasero al aire se le contraía al ritmo de los espasmos. Cayó hacia delante sobre la cama y se quedó así, boca abajo, jadeando contra la sábana.

Tardó un minuto largo en recuperar la respiración. Cuando levantó la cabeza y miró otra vez a la ventana de enfrente, vio al vecino derrumbado sobre el respaldo de una silla, los brazos colgando a los costados, los binoculares sobre el regazo. Ya no se movía. No hacía falta. La función había sido tan eficaz para él como para ella.

Se incorporó despacio, aún temblorosa, y caminó desnuda hasta la ventana. No se cubrió. Apoyó las dos manos en el marco y se quedó allí un instante, dejándose ver una última vez. Después estiró el brazo, agarró la cuerda de la persiana y, antes de bajarla, le mandó un beso al hombre del otro lado.

—Hasta mañana, Bruno —dijo en voz baja, solo para sí misma.

La persiana cayó con un ruido suave y el cuarto quedó en penumbra. Camila se dirigió hacia el baño, abrió la llave de la ducha y se metió bajo el chorro tibio. Empezar el día así, pensó mientras el agua le corría por la espalda, debería ser obligatorio al menos una vez por semana.

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Comentarios (1)

NocheLector77

Que arranque!!! me enganchó desde el primer párrafo y no pude parar. Excelente.

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