La madura del probador me invitó a su tienda cerrada
Aquella tarde de octubre había bajado al barrio de Santa Cruz a comprarme un pantalón. Una compañera de la oficina me había hablado de una sastrería pequeña en una de esas calles estrechas y empedradas donde el sol no entra hasta el mediodía, y se me había metido en la cabeza pasar por allí antes de que cerraran.
La tienda olía a tela limpia y a madera barnizada. Tenía dos probadores al fondo, uno frente al otro, separados por unas cortinas granates que no llegaban del todo al suelo. Cuando entré, los dos estaban ocupados. Cogí tres pantalones, me senté en una banqueta junto al mostrador y me preparé para esperar.
Aprovecho para confesar algo: soy voyeur. No es una manía discreta ni un capricho de juventud; llevo media vida disfrutando del cuerpo ajeno desde la distancia, sin permiso y sin pretender tocar. Por eso, cuando la cortina del probador de la derecha se movió y dejó una rendija de dos dedos, mis ojos se fueron solos.
Dentro había una mujer. Calculé que rondaba los cuarenta y ocho, quizá cincuenta. Castaña con mechas, melena recogida en un moño suelto del que escapaban algunos rizos. Estaba de pie frente al espejo en sujetador y braga, los dos negros, con esa carne en las caderas que solo se gana a fuerza de años de vivir sin pedir perdón. Las tetas eran rotundas, generosas, y el sujetador apenas las sostenía. Se le marcaban los pezones a través del encaje, dos puntos oscuros que tiraban de la tela.
Hace tiempo aprendí a mirar sin moverme. La cara quieta, el cuello rígido, los ojos lo único que trabaja. Pero ella debió notar algo, o quizá lo intuyó como intuyen ciertas mujeres cuando alguien las mira, porque alzó la vista hacia el espejo y se cruzó conmigo de frente.
Aparté la mirada al instante. Sentí el calor subiéndome por la nuca y fingí estudiar la lana del pantalón gris que tenía sobre las rodillas. Conté hasta diez. Cuando volví a mirar, esperaba encontrar la cortina cerrada del todo.
No lo estaba.
La rendija seguía igual, y ella, en lugar de cubrirse, se había vestido por completo y empezaba a desvestirse otra vez. Despacio. Se abría los botones de la blusa de uno en uno, sin mirarme directamente, dejando que el reflejo del espejo me lo enseñara todo. La blusa cayó. El sujetador volvió a aparecer. Se llevó las manos a la espalda como si fuera a abrirlo y, en el último momento, las dejó quietas.
Sabe perfectamente lo que está haciendo.
Empezó a moverse muy poco a poco, girando el cuerpo apenas unos grados, ofreciéndome perfiles distintos. El sujetador, la curva de la cadera, el muslo. Me miraba ya sin disimulo, con una sonrisa de medio lado, sabiendo que cada gesto me estaba subiendo la temperatura. Yo no le aparté la vista. Para qué.
Hice un gesto pequeño con la mano, casi imperceptible, una mueca de incredulidad y deseo. Ella respondió con un guiño y un mordisco al labio inferior. Se pasó la lengua por los dientes y bajó la mano derecha hasta la braga, deslizando un dedo por encima de la tela, marcándose la raja del coño despacio, para que yo lo viera bien.
Entonces se abrió el otro probador. Un señor mayor salió arrastrando una americana al brazo y la dependienta me hizo señas: el sitio era mío. No tuve más remedio que levantarme. Pasé por delante de la cortina granate sin atreverme a mirarla otra vez y entré en el probador de enfrente con los tres pantalones, la cabeza nublada y una erección que iba a hacer imposible probar nada.
Tardé el doble de lo necesario. Cuando por fin conseguí ponerme uno de los pantalones, escuché su voz fuera, despidiéndose de la dependienta con una amabilidad de clienta habitual. Salí lo más rápido que pude, pagué el primero que me probé sin mirarme demasiado en el espejo y empujé la puerta de la tienda con la sangre todavía espesa.
En la calle, miré a derecha e izquierda. Ni rastro.
Me metí en la primera cafetería que vi, una taberna estrecha de azulejos viejos con la barra repleta. Pedí una caña, me apoyé en la barra y traté de poner orden en la cabeza. No lo conseguí. Tenía la imagen del espejo grabada y la polla dura todavía, escondida debajo del pantalón nuevo.
***
La vi entrar a los diez minutos.
Me localizó con la mirada antes de cruzar el umbral, como si ya supiera que estaría allí. Se hizo sitio entre dos parroquianos, pidió un zurito y aprovechó las apreturas para acercarse hasta dejarme su cadera pegada a la mía. No dijo nada al principio. Solo me sonrió y dio el primer sorbo a su cerveza.
—Te has escapado pronto —dijo por fin, sin mirarme—. Empezaba a divertirme.
—Y yo —respondí—. Pero no me dieron mucha opción.
Su mano derecha bajó por mi costado y me rozó la bragueta como si fuera un descuido. No lo era. Sintió el bulto y sonrió un poco más. Apretó dos dedos contra la tela, calibrándome, y me repasó el largo de la polla por encima del pantalón muy despacio antes de retirar la mano.
—Pues no está nada mal lo que llevas ahí guardado —murmuró.
Yo dejé pasar un segundo y le tendí la otra mano.
—Mateo —mentí.
—Lorena —dijo, apretándome los dedos.
Me preguntó si lo de la sastrería me había gustado. Le contesté que las dos cosas: el morbo de la situación y lo que había visto en el espejo. Ella me confesó que llevaba años calentando hombres así, en probadores, en ascensores, en las terrazas de los bares cuando se le metía en la cabeza, y que había muy pocos que reaccionaran tan bien como yo.
—¿Y tú? —preguntó.
—Soy voyeur. Llevo así desde la adolescencia. Me gusta mirar.
—Hacemos buena pareja, entonces. A mí me gusta que me miren. Y si el que mira se pone así de cachondo, mejor.
Las apreturas de la barra disimulaban cualquier cosa. Aprovechando un grupo que pidió tres rondas a la vez, deslicé una mano entre sus piernas. Llevaba una falda de paño hasta la rodilla. Le subí el bajo poco a poco con los dedos, despacio, sin mover el codo más de lo necesario, hasta llegar a la tela de la braga. Estaba caliente y empapada al tacto. Notaba el pelo del pubis a través del algodón y, más abajo, la humedad chorreándole hasta la entrepierna.
Lorena acercó los labios a mi oreja y abrió las piernas todo lo que pudo sin levantar sospechas.
—Mete un dedo —susurró—. Que ya no aguanto.
Aparté la braga a un lado y entré. Encontré el coño abierto, hinchado y empapado, tan mojado que se me resbaló el dedo hasta el fondo sin ninguna resistencia. Empecé a moverme muy despacio, dibujándole el clítoris con la yema, sin prisa, mirando al frente como si estuviese leyendo la pizarra del bar. Ella se mordió el labio para no soltar un sonido y se sujetó al canto de la barra con la mano libre. Metí un segundo dedo, los curvé hacia arriba buscándole el punto por dentro y empecé a bombearla despacio, sintiendo cómo las paredes del coño se le cerraban a mi alrededor cada vez que llegaba al fondo.
—Hijo de puta —susurró contra mi oreja, con una sonrisa—. Como sigas así me corro aquí de pie.
—¿Cuánto tiempo tienes? —preguntó al cabo de un rato, sin sacarme la mano de en medio.
—Un par de horas.
—Suficiente. Vamos, que si me sigues tocando el coño así me van a echar del bar.
***
Salió ella primero. Pagamos cada uno lo suyo para no llamar la atención y yo esperé treinta segundos antes de seguirla. Me chupé los dedos por debajo de la barra sin que nadie me viera, saboreándole el flujo antes de salir. La vi al fondo de la calle, parada como quien espera el autobús. Cuando me vio aparecer, echó a andar sin volver la cabeza.
La seguí por cuatro o cinco callejones. Acabamos delante de un local pequeño con escaparate de cristal opaco y un cartel descolorido en el que apenas se leía «Antigüedades Lorena». Sacó las llaves, abrió, entró y dejó la puerta apenas entornada para mí.
Cuando pasé y la cerré por dentro con dos vueltas de llave, ella ya estaba al fondo, asomada al despacho.
—Por aquí —dijo.
El local era amplio, con muebles antiguos cubiertos por sábanas blancas, una lámpara art déco apagada en el techo y un olor seco a polvo y barniz. El despacho estaba en una esquina, separado del resto por una cristalera. Dentro había dos sillones de cuero gastado uno frente al otro, una mesa baja y un perchero vacío.
Lorena cerró la puerta del despacho, apagó la única bombilla y dejó que la luz de la tienda entrara filtrada por el cristal. Quedamos en una penumbra a media tarde, con la calle todavía a este lado de la puerta y el resto del mundo lejísimos.
—Siéntate ahí —dijo, señalando uno de los sillones—. Y no te muevas. Nada de tocarme hasta que te lo diga.
Obedecí. Ella se colocó a dos metros, de pie en el centro del despacho, y se quedó mirándome unos segundos sin moverse, como dejando que la imagen se asentara. Después empezó.
Se desabrochó la blusa botón a botón, igual que en el probador, salvo el último, que dejó para mí. Tuve que apretar los dedos contra el cuero del sillón para no levantarme. La blusa cayó sobre el respaldo del otro sillón y se quedó en sujetador, el mismo sujetador negro de antes, marcando la línea profunda entre las tetas.
Se soltó los dos clips de la falda. La falda se deslizó hasta el suelo y ella la apartó con la punta del pie, levantándolo primero un poco a la derecha, después un poco a la izquierda, como quien se quita unos zapatos sin prisa. Quedó en braga negra, empapada por delante, con una mancha oscura que se le extendía por el algodón desde la raja del coño hasta más allá del pubis.
Empezó a coger posturas. Una mano en la cintura, la otra en la nuca, el peso apoyado en la cadera izquierda. Después la cadera derecha. Después de frente, abriendo apenas las piernas, llevándose dos dedos al borde de la braga como si fuera a meterlos y deteniéndolos justo antes. Cada postura duraba lo justo para que yo la fijara en la memoria. Cada gesto era una invitación que ella misma se encargaba de no terminar.
—Sigue mirando —dijo, aunque no hacía falta decirlo—. Que hoy no vas a perderte ni un detalle.
Metió un dedo bajo la braga y se acarició sin sacarlo, despacio, adelantando un poco la pelvis hacia mí para que no me perdiera el movimiento bajo la tela. Después bajó la braga hasta media pierna, la dejó caer y la apartó con el pie. Quedó desnuda de cintura para abajo, con el coño abierto por dos dedos suyos, brillante de flujo, los labios hinchados y separados dejándome ver el rosa vivo del interior. Se llevó los dedos a la boca, se los chupó y volvió a bajarlos, esta vez para meterse dos hasta el fondo. Empezó a follarse sola mirándome a los ojos, con la respiración cada vez más rota.
Yo notaba el pantalón nuevo apretándome cada vez más, la polla completamente tiesa contra la tela, un hilo de líquido preseminal filtrándose ya por el calzoncillo.
—¿Puedo? —pregunté, llevándome la mano a la bragueta.
—Estaba esperando que me lo pidieras. Sácamela, que quiero vértela.
Me levanté. Empecé a desnudarme con la misma parsimonia que ella había empleado, dejando una prenda detrás de otra sobre el sillón vacío. La camisa, los zapatos, el pantalón nuevo doblado con torpeza, los calcetines. Cuando me quedé en calzoncillos, con la polla marcándose entera contra el algodón, Lorena se relamió y se acercó. Se sentó en el sillón frente a mí, abrió las piernas de par en par y me hizo una seña.
—Ven aquí. De rodillas.
Avancé los dos pasos que nos separaban y me arrodillé entre sus muslos. Me pasó la lengua por encima de la tela del calzoncillo, sin prisa, dibujándome el contorno entero de la polla y de los huevos. Después me cogió por los laterales de la prenda y la fue bajando muy despacio hasta que la polla saltó libre, tiesa, apuntándole a la cara. Se lamió los labios.
—Dios mío, qué maravilla.
Abrió los labios y me la metió entera de una sola vez, hasta la garganta. Sentí cómo se le cerraba alrededor, la lengua trabajándome por debajo mientras me miraba desde abajo con los ojos empañados. La otra mano subió hasta uno de mis pezones y me lo pellizcó con dos dedos, fuerte. Yo cerré los ojos y la dejé hacer. Empezó a mamármela con un ritmo lento, tragándome hasta el fondo cada vez, dejando que la saliva le chorreara por la barbilla y le cayera sobre las tetas.
La sacaba entera, la miraba brillar de saliva, se la pasaba por los labios como una barra de labios y volvía a metérsela hasta la campanilla. De vez en cuando la soltaba y bajaba a los huevos, se los chupaba uno a uno, me los tenía en la boca mientras con la mano me la sacudía despacio. Después subía otra vez, me clavaba la lengua en el frenillo y me la tragaba de golpe. Estuvo así un rato largo, sin prisa, midiendo cada centímetro con la lengua, chupándome como si le fuera la vida. Sentía cómo se me iba cargando la corrida en los huevos y tuve que apartarle la cabeza con las dos manos.
—Para, para, que me voy —le pedí.
Se separó con la boca abierta, un hilo de saliva colgándole del labio hasta la punta de la polla, y se relamió sonriendo.
—Todavía no. Guárdatela. Ahora siéntate tú.
Me dejé caer en el sillón. Ella se quedó de pie delante de mí. Se llevó las manos a la espalda, se desabrochó el sujetador y lo dejó caer hacia delante. Las tetas se le derramaron libres, pesadas, con los pezones ya endurecidos, oscuros y gordos, tirando hacia abajo por su propio peso. Se dio la vuelta sin decir nada y, de espaldas, vino a sentarse encima de mí. Me cogió la polla con la mano y se la pasó entre los muslos, sin metérsela, atrapándola contra la raja mojada del coño y apretando los muslos alrededor.
Recostó la espalda contra mi pecho, levantó los brazos hacia atrás y me los pasó por detrás de la nuca. La postura me dejaba las tetas a la altura de las manos y el coño perfectamente accesible por delante. Tardé en empezar. Quería disfrutar primero del peso del cuerpo contra el mío, del olor a perfume mezclado con sudor y a coño mojado, del calor de su nuca contra mi clavícula, del roce de mi polla resbalando entre sus muslos cada vez que ella movía la cadera. Después empecé a tocarla.
Le subí las manos por las costillas, le rodeé las tetas sin tocarlas, las esquivé como un crío que quiere prolongar la espera. Cuando por fin las abarqué, ella dejó escapar el primer sonido de la tarde, un gemido corto que se le escapó por la nariz. La masajeé despacio, abriendo y cerrando los dedos, jugándole con los pezones entre los nudillos, pellizcándoselos, tirando de ellos hasta que se le puso la piel de gallina en el pecho. Lorena se removía sobre mí muy poco a poco, marcando el ritmo con la cadera, arrastrándome la polla arriba y abajo entre las nalgas y los muslos.
—Sí, así, tócamelas fuerte —jadeó—. Como si me las quisieras arrancar.
Bajé las manos por el ombligo, llegué al pubis y entré sin pedir permiso. Encontré el coño abierto, mojadísimo, mucho más que antes, todo el sexo hinchado y palpitando. Empecé a acariciarla con la mano entera, recorriéndola de arriba abajo, embadurnándome los dedos con su flujo. Cada vez que llegaba al clítoris me detenía un segundo y bajaba hasta la entrada para meterle un dedo primero, después dos, después tres, curvándolos hacia arriba, buscándole el punto por dentro mientras con el pulgar le trabajaba el clítoris en círculos.
Lorena no podía estarse quieta. Se retorcía contra mi cuerpo a cada acometida, giraba la pelvis, me clavaba las uñas en la nuca. Notaba cómo se le contraía el coño alrededor de mis dedos, cómo me chorreaba hasta la muñeca, cómo me embadurnaba los huevos con su humedad. En un momento dado me cogió la cabeza con las dos manos y me la apretó contra su hombro.
—No pares —me pidió—. Que ya voy. Que me corro, cabrón, que me corro.
Aceleré el ritmo de los tres dedos dentro y de la palma contra el clítoris. Se lo froté fuerte, sin piedad, mientras con la otra mano le apretaba una teta y le retorcía el pezón. Ella se corrió con una sacudida larga, mordiéndose el dorso de la mano libre para no soltar un grito que se hubiera oído desde la calle. Sentí cómo se le disparaba el coño alrededor de los dedos en espasmos secos, una contracción tras otra, y cómo un chorro caliente le corría por la mano y me manchaba el muslo. La oí jadear contra mi cuello durante unos veinte segundos y después se aflojó entera contra mí, los músculos sueltos, el cuerpo pesado, los ojos cerrados.
Estuvimos así un rato. Cinco minutos, puede que más. Yo le acariciaba la barriga con la mano que tenía libre y le retiraba los rizos de la cara con la otra, todavía con la polla tiesa aprisionada entre sus muslos, empapada de su flujo. Ella respiraba hondo, despacio, como quien vuelve de muy lejos.
Luego suspiró, se incorporó, se dio media vuelta y me dio un beso en la boca que era casi de agradecimiento. Un beso hondo, largo, con la lengua entera, mientras me apretaba la polla con una mano y me sacudía despacio. Miró hacia abajo, sonrió al verme todavía duro, con la punta brillante y palpitando, y se arrodilló entre mis piernas.
—Y ahora te voy a sacar hasta la última gota —susurró—. Que te lo tienes ganado.
Cerró los ojos, se acercó, abrió la boca de par en par y me la tragó hasta el fondo otra vez. Empezó a mamármela con ganas, con las dos manos, una en la base y otra en los huevos, tragando, chupando, subiendo y bajando la cabeza a un ritmo que no me iba a dejar aguantar mucho. Cuando notó que se me tensaban los muslos y se me hinchaba la polla en su boca, se apartó lo justo para dejar la punta entre los labios y me sacudió con la mano, mirándome a los ojos.
Me corrí en su boca con tres chorros largos, largándole toda la corrida acumulada de la tarde. Ella lo recibió sin apartarse, tragó lo que pudo y dejó que el resto le resbalara por el labio hasta el mentón. Cuando terminé, se sacó la polla de la boca, se limpió la barbilla con dos dedos y se los chupó despacio, sin dejar de mirarme.
—Buen chico —murmuró, con una sonrisa.
Fuera, en la calle de Santa Cruz, seguía cayendo la tarde sin que nadie supiera nada.
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