El chofer del colectivo nos miró y no paramos
Hace casi cinco años que no escribo nada para esta página, pero esta tarde me puse a releer cosas viejas y algo se me prendió por dentro. Para los que no me conocen, me llamo Camila, tengo veintisiete años, y a los veintidós publiqué un par de experiencias que me marcaron mucho. Desde entonces viví decenas más, cada una con más fuego que la anterior.
Hace tres años estoy en pareja con un chico bueno, paciente y tierno, pero lamentablemente bastante aburrido en la cama. Hace meses que no tenemos sexo y para mí, que siempre fui una mujer caliente, eso se volvió una tortura silenciosa. Ya estoy más grande, mis prioridades cambiaron, y prefiero aguantarme antes que serle infiel a quien quizás algún día sea mi marido. No veo nada de malo, sin embargo, en compartir lo que viví antes de él, como recordatorio de aquellas noches en las que no me importaba nada.
Sigo siendo una chica linda, pálida, con un par de tetas grandes y un culo redondo que nunca dejó de darme tema de conversación. La cara se me afinó con los años y a esta altura me siento una mujer plantada, terminada de cocinar. Vivo en Rosario, donde me recibí, donde hago la maestría y donde laburo de lunes a viernes. Comparto el departamento con mi pareja, que es un buen tipo aunque no sepa ya cómo prenderme. Pero antes de llegar hasta acá, hice un montón de cosas que todavía me cuesta creer.
Hoy quiero contarles lo que pasó una noche de enero de hace unos años, cuando me crucé con un ex en un bar y terminamos cogiendo en la calle mientras un montón de gente nos miraba.
***
Siempre fui muy morbosa, las parejas que tuve antes lo pueden confirmar. En esa época hacía poco que me había separado de Mateo, un pibe que había sido mi novio unos meses y que se esmeraba en serme infiel cada vez que tenía oportunidad. Yo no me quedaba atrás: me vengué en las camas de varios de sus amigos.
Esa noche había salido con dos chicas de la facultad a tomar algo por Pichincha. Hacía un calor pegajoso, los exámenes ya habían terminado y yo no paraba de mensajearme con desconocidos por las apps, buscando un entretenimiento nuevo para el verano. Llevaba puesta una pollera de jean negra que apenas me tapaba el culo y que con cualquier ráfaga dejaba todo a la vista. Arriba me había puesto un top de encaje, y en los pies unas sandalias con un taco bajo.
Nos metimos en un bar oscuro, pedimos tragos y charlamos a los gritos para escucharnos sobre la música. Yo la estaba pasando bien hasta que lo vi. Mateo estaba en la otra punta del salón, con tres amigos, una camisa medio abierta y un short largo. Se reía con una pinta de cerveza en la mano y por un segundo me quedé clavada mirándolo.
¿Qué probabilidad había de cruzármelo en un bar al que nunca habíamos ido juntos? Disimulé como pude para que mis amigas no se dieran cuenta y seguí la conversación, pero algo se me había encendido. Les dije que iba a la barra a buscar otra ronda y me fui caminando despacio, sabiendo que sus ojos me seguían.
En la barra, mientras el chico preparaba los tragos, se me acercó un rubio divino. Alto, con dientes perfectos y sonrisa de costado. Me dijo algo que no entendí por el ruido y le hice una seña para que se acercara a mi oído. Me susurró que estaba muy linda y que quería invitarme un trago. Acepté coqueta, le puse una mano en el pecho, me reí más fuerte de lo necesario y noté de reojo cómo Mateo apretaba la mandíbula desde la otra punta.
El rubio me ayudó a llevar los vasos hasta la mesa y se presentó. Se llamaba Tomás. Cuando bajó la música, mis amigas, riéndose, me empujaron a la pista del centro. Tomás y yo bailamos un buen rato. Me daba vueltas, me apretaba contra su bulto, me susurraba cosas al oído y con la yema de los dedos rozaba el borde de la pollera, volviéndome loca. No tardamos en empezar a besarnos. Por debajo de la pollera ya sentía la tanga empapada.
Nos movimos a una esquina más oscura del bar y casi me había olvidado de Mateo, pero ahí estaba, ya no se reía. Me miraba fijo. Tomás tenía las manos debajo de mi pollera, recorriendo el culo sin disimulo. Sentía su bulto durísimo contra mi pierna y pensaba en sacárselo ahí mismo. Justo cuando metí la mano en su pantalón y empecé a acariciarle la pija, una mano me cayó pesada sobre el hombro.
Pegué un salto.
—Necesito hablar con vos —dijo Mateo, con voz cortante.
—No tengo nada que hablar con vos —le respondí, mirando provocadora a Tomás.
—No me parece gracioso esto que estás haciendo, Camila.
—¿Qué estoy haciendo? —pregunté con una sonrisa.
—Dejate de joder. Acomodate la pollera, te llevo a tu casa. Estás borracha.
Tomás no entendía qué pasaba, y cuando intentó sacarle la mano de mi brazo, Mateo lo cazó por sorpresa y le pegó un derechazo en la boca del estómago. Tomás se dobló sin aire.
—¿Estás loco? —le grité.
—Me tenés podrido con este show. Nos vamos.
Me agarró del brazo y me arrastró fuera del bar antes de que yo pudiera buscar a mis amigas. Una vez en la vereda, lo solté de un manotazo.
—Lo hacías a propósito para provocarme —me dijo, agitado.
—Vos y yo no somos más nada. Soy libre de hacer lo que quiera.
—No podía ver cómo ese flaco te manoseaba y no hacer nada.
—Tuviste tu oportunidad y la cagaste.
No me dejó terminar. Me agarró de la cintura y me besó con todo el peso de las noches que habíamos compartido. Sus manos seguían sabiendo exactamente dónde apretar. Cuando nos separamos, sus ojos marrones me miraban como en las viejas épocas.
—Vení a casa conmigo —me dijo—. Necesito hacerte mía esta noche.
Él sabía bien qué decir. Lo seguí. Olvidé a mis amigas, al rubio del bar, todo. Caminamos un par de cuadras hasta la parada del colectivo, frenando cada dos pasos para besarnos contra cualquier pared. Eran casi las tres de la mañana.
***
En la parada no había nadie. Aprovechó para llenarme el cuello de besos mientras me apretaba las tetas por encima del top. Cuando el colectivo llegó, venía prácticamente vacío. Nos fuimos al fondo, tratando de quedar fuera del retrovisor. Las luces del colectivo iban tenues, los dos estábamos un poco borrachos y a esa hora la noche entera parecía nuestra.
Le saqué la pija del pantalón sin pensarlo. Esa pija que conocía como ninguna otra. Le escupí encima un poco para jugar y empecé a masturbarlo como sabía que le gustaba: lento y firme al principio, acelerando de a poco. Él me tiraba del pelo, suave, ronco. Estuvimos así un par de minutos hasta que él me agarró la muñeca.
—Falta poco, paremos —murmuró.
Me reí. Cuando se subió la bragueta, levanté la vista y me encontré con los ojos del chofer en el espejo retrovisor. Estaba mirándonos descaradamente. No miraba la calle, nos miraba a nosotros. Sentí que toda la piel se me ponía de gallina.
—Mirá —le susurré a Mateo—. No nos saca los ojos de encima.
Mateo giró apenas la cabeza y sonrió de costado. Me conocía. Sabía que eso me prendía como pocas cosas. Cuando tocó el timbre para bajar, el chofer le tiró:
—Qué hijo de puta, mirá la mina que te levantaste. Carita de trola tiene.
Mateo me miró. Yo respiré hondo. Sin decir una palabra, él me bajó el top, dejándome las tetas al aire, y se agachó a chuparme un pezón. El chofer, que nos miraba por el retrovisor, dejó una mano en el volante y con la otra se empezó a masturbar arriba del pantalón. Yo le sostuve la mirada. Era un señor grande, canoso, con la cara colorada y la respiración entrecortada.
La idea de que un desconocido me mirara mientras mi ex me chupaba las tetas me tenía a punto de explotar.
Cuando llegamos a nuestra parada, el chofer demoró en abrir.
—Dejame tocarte las tetas, una sola vez —pidió.
Lo miré despacio. Después miré a Mateo.
—Perdoná —le dije al chofer—. Solo él hace lo que quiera conmigo. Vos podés mirar.
El tipo soltó un suspiro que me quedó en la cabeza durante semanas. Abrió las puertas y bajamos a dos cuadras de la casa de Mateo, yo con las tetas todavía afuera y la pollera corrida. La calle estaba desierta. Caminamos media cuadra y le dije que no podía más.
—Metémela ya —le dije—. Acá, ahora.
—Estamos a dos cuadras de casa.
—No me importa. Quiero que me cojas en la calle.
***
Eso le encendió los ojos. Me dio vuelta, me empujó contra la pared lateral de un edificio y me levantó la pollera. Sacó la pija durísima y me clavó la punta. Estaba tan mojada que entró entera de golpe. Solté un gemido profundo que rebotó en las paredes vacías.
—Cómo extrañaba tenerte adentro —le dije, moviendo el culo para sentirlo más hondo.
—Qué puta que sos. Cómo extrañaba esta concha mojada.
Me cogió lento pero muy duro, cada embestida más fuerte que la anterior. Me tiraba del pelo al ritmo de las penetraciones y me susurraba al oído lo mucho que le gustaba hacerme su puta.
Vimos las luces de un auto aproximándose. Nos acomodamos rápido y fingimos que charlábamos mientras el auto pasaba al lado nuestro. Dos pibes adentro silbaron, se rieron y nos gritaron algo que no llegamos a entender. Apenas se alejaron, retomamos.
Caminamos una cuadra más. Quedamos a media de la casa. Cuando Mateo buscó la llave, se le cayó al piso. Yo, que no iba a perder esa chance, me agaché a recogerla muy despacio, dándole una vista completa del culo, de la concha, de todo. Antes de incorporarme me sentí agarrada de la cintura.
Me llevó contra un árbol que daba a la vereda de enfrente, justo bajo un farol. Abrí ligeramente las piernas y me incliné, sosteniéndome del tronco. Empezó a metérmela cada vez más fuerte. Yo gemía sin reparos. Me pegaba cachetadas en el culo, me ardía la piel donde la mano impactaba. Me tiraba del pelo y me decía todo tipo de cosas. Yo estaba afuera de mí.
Le rogaba que me cogiera entera, le decía que era su putita, que extrañaba su pija. Sentí que se le agitaba, palpitando, y supe que estaba por acabar.
—Llename la concha —le pedí—. Acabame toda. Dejame chorreando tu leche, dale, seguí, así. Me encanta tenerte todo adentro.
Eso lo hizo explotar. Me llenó entera de un líquido espeso y caliente. Me metió un dedo y me dio a probar, mirándome a los ojos. Yo abrí más las piernas para que viera cómo le chorreaba sobre la vereda donde vivía. Una luz se encendió en una ventana del primer piso de enfrente. No alcancé a ver si alguien estaba ahí, pero el corazón se me aceleró todavía más.
Yo no había acabado, y si algo tenía que reconocerle a mi ex, era que sabía cómo dejarme. Abrió la puerta de su casa y entramos en silencio, sin prender ninguna luz. Conocía ese lugar de memoria. Le dije que seguía caliente, que me estaba gustando la temática del aire libre. Le brillaron los ojos. Sin decir nada me llevó de la mano a la escalera que daba a la terraza.
***
Era una linda terraza, con un quincho donde alguna vez habíamos cocinado juntos y dos reposeras de madera para tomar sol. Me alzó agarrándome del culo y me sentó en una de las reposeras, abriéndome las piernas. La pija seguía dura a pesar de todo. Empezó a besarme cada centímetro. Me sacó el top y lo tiró a algún rincón. Me apretó las tetas, hundió la cara entre las dos, se ahogó en ellas.
Después bajó. De rodillas en el piso, empezó a chuparme la concha como solo él sabía hacerlo. Yo gemía con la cabeza tirada hacia atrás. La luna llena iluminaba la terraza entera. Pensé en los vecinos de los edificios linderos, en las ventanas iluminadas, en quién podría estar mirando. La idea me hizo arquear la espalda.
Sentí el orgasmo trepar.
—No pares —le pedí—. Estoy por acabar.
Él siguió, me metió dos dedos, me dijo que quería que acabara en su cara. Me retorcí, grité, hasta que finalmente llegué. El clítoris me palpitaba y sentí espasmos en todo el cuerpo. Mateo se levantó y se sentó al lado mío, me dio un beso en la frente.
—Qué rica concha que tenés —murmuró—. Me encanta lo apretada que se pone cuando acabás.
La pija le seguía como un mástil. Me levanté, le dije que se acomodara y me subí mirándolo de frente, metiéndomela en una concha que ya estaba explotada. Sabía que iba a ser rápido porque los dos no aguantábamos más. Empecé a saltar sobre él, inclinándome levemente hacia atrás para que viera las tetas rebotando bajo la luna. Él me agarraba las caderas y acompañaba el movimiento.
Tuve otro orgasmo con la pija todavía adentro, y las contracciones de mi concha lo hicieron acabar una vez más a los pocos minutos. Se quedó adentro mío hasta que la erección cedió y yo me derrumbé sobre su pecho. Miramos las estrellas un rato largo, los dos llenos de fluidos y todavía un poco borrachos. Él se durmió. Yo bajé a ducharme.
En el baño limpié la piel pegajosa, me lavé el pelo, lo desenredé con paciencia. Me puse una remera de él y una tanga mía que había quedado en el cajón. Subí de vuelta a la terraza, con el pelo húmedo oliendo a manzana. Lo desperté para bajar y dormimos abrazados toda la noche.
A la mañana siguiente, ya sobrios, repasamos lo que habíamos hecho. Yo sabía que estaba mal volver. Pero había algo en su piel morena, en su cuerpo firme, que simplemente me ponía. Nunca volvimos a ser pareja, pero más de una vez quedamos para sacarnos las ganas. Cuando volvimos a cruzarnos con aquel chofer de día, en el mismo recorrido, nos sonreímos como dos tontos.
Espero que les haya gustado este recuerdo con mi ex, que habrá sido infiel mil veces pero sabía exactamente cómo tocarme. Si quieren que siga contando más, díganmelo en los comentarios. Gracias a todos por leerme.