Salí sin ropa interior y él se dio cuenta de todo
Me desperté un martes cualquiera con una idea metida en la cabeza que no me dejó volver a dormir. Llevaba semanas dándole vueltas, pero esa mañana, con la luz blanca entrando por la ventana, supe que iba a hacerlo. Iba a salir a la calle sin nada debajo.
No es que me considere una mujer reprimida. Tengo veintinueve años, trabajo en una agencia de viajes y mi vida sexual no es ningún desierto. Lo que pasaba era otra cosa. Una curiosidad que se me había instalado adentro como una astilla.
Quería saber cómo se siente cruzar una plaza, subir una escalera, sentarse en un café, sabiendo que cualquier corriente de aire podía dejarme al descubierto. Quería ese miedo. Quería ese vértigo.
Me bañé sin apuro. Me afeité despacio, mirando el reflejo en el azulejo, sintiendo que cada movimiento era parte de un ritual. Pasé la maquinita por los labios del coño, dejándolos perfectamente lisos, y me quedé un rato tocándome ahí, sintiendo la piel desnuda, el clítoris ya un poco despierto, la humedad que empezaba a asomarse sola. Me sequé, me eché crema. Y entonces abrí el cajón de la ropa interior, lo miré unos segundos y lo cerré sin sacar nada.
Ya está. Hoy es el día.
Elegí una falda azul marino, de algodón liviano, que me llega justo arriba de la rodilla. No es indecente. No llama la atención. Pero es de esas que vuelan con cualquier ráfaga, y eso era exactamente lo que necesitaba.
Arriba me puse una blusa blanca de tirantes finos, ajustada, sin corpiño. Mis pechos no son grandes, así que el efecto es sutil. Solo se intuye. Solo se sospecha. Los pezones, en cambio, se marcaban durísimos contra la tela, dos puntitos que decían todo.
Me miré en el espejo del pasillo. Una mujer cualquiera. Una más entre las miles que iban a salir esa mañana a hacer trámites, a tomar un café, a perder el tiempo en un centro comercial. Nadie podía adivinar lo que me bullía por dentro.
Salí a la calle y el aire fue la primera caricia. Me subió por las piernas como una mano invisible, se metió por debajo de la falda y me lamió directamente el coño desnudo. Caminé hasta la parada del colectivo apretando el bolso contra el costado, sintiendo cada paso como si fuera el primero de mi vida.
La tela de la falda se balanceaba contra mis muslos desnudos, y yo trataba de no sonreír. Era una sensación nueva, casi infantil, esa de tener un secreto enorme entre las piernas mientras el mundo sigue caminando sin enterarse de nada.
—Buen día —me dijo el chofer cuando subí.
—Buen día —contesté con la voz más neutra que pude armar.
Me senté junto a la ventanilla, crucé las piernas con cuidado y miré la ciudad pasar. Una señora con dos bolsas de verdulería se acomodó al lado mío y no notó nada. Por supuesto que no. ¿Cómo iba a notar nada?
Esa era la parte que más me encantaba. Era un secreto absoluto y, al mismo tiempo, una declaración silenciosa. Yo lo sabía, y eso bastaba para tenerme el corazón a las pisadas.
***
El shopping de Las Acacias siempre está medio vacío los martes a la mañana. Por eso lo elegí. No quería multitudes, no quería empujones, no quería que la primera vez fuera entre cuerpos sudorosos en horario pico. Quería espacio. Quería tiempo para sentir cada cosa.
Entré por la puerta del estacionamiento y el aire acondicionado me golpeó. Frío. Directo. La falda se me pegó contra los muslos por un segundo y después se separó otra vez. El aire helado me trepó por las piernas y me tocó el coño desnudo con una crueldad deliciosa. Me quedé parada cerca de una vidriera fingiendo mirar carteras, solo para acostumbrarme a la sensación. Sentía los labios inferiores hinchándose, abriéndose contra la nada, mojando de a poco la cara interna de los muslos.
Una empleada me preguntó si necesitaba ayuda. Le dije que solo estaba mirando. Sonreí con la cara más inocente del mundo. Si supieras que estoy chorreando en el medio del pasillo.
Caminé por la planta baja sin rumbo. Pasé por la zapatería, por la perfumería, por un local de lencería que me hizo gracia. Adentro, una chica se probaba un conjunto de encaje frente al espejo. Yo, parada en el pasillo, pensé que mi situación era infinitamente más obscena que la de ella: ella tenía algo puesto, yo no.
En la zapatería me agaché para mirar unas sandalias del estante de abajo. Y ahí lo sentí. La falda se levantó apenas, pero lo suficiente para que el aire frío me tocara directo entre las piernas, directo en el coño abierto y mojado.
Me quedé un segundo más de lo necesario, agachada, fingiendo leer un precio que ya había leído. Mi cabeza era un solo pensamiento atravesando el cráneo: ¿alguien me está viendo el culo y el coño ahora mismo?
Levanté la mirada de a poco. No había nadie cerca. Solo la vendedora, ocupada con otra clienta. Me incorporé despacio, con las piernas un poco temblando, y entendí que ya no podía seguir caminando sin hacer algo. Estaba mojada. Tan mojada que sentía la humedad correrme por la cara interna del muslo, un hilo caliente que bajaba lento hasta casi tocarme la rodilla.
***
Subí al primer piso por la escalera mecánica. Es una tontería, lo sé, pero me puse contra la baranda y dejé que las personas que subían detrás vieran lo que quisieran ver. No miré atrás. No quise saber. Esa parte del juego era no saber. Sentí, sí, la corriente de aire subiendo por el hueco de la escalera y llevándose la falda unos centímetros más arriba de lo que debía.
Llegué arriba con las mejillas calientes. La heladería estaba al fondo del pasillo, junto a un local de café que tenía mesitas redondas distribuidas en la zona común. Me acerqué al mostrador y pedí un cucurucho de pistacho y limón. La chica del vidrio me sonrió con esa amabilidad mecánica de quien repite cien veces la misma frase. Yo le pagué tratando de mantener la voz firme.
Y entonces lo vi a él.
Estaba sentado solo en una de las mesitas, con un saco gris claro colgado del respaldo de la silla y una taza de café delante. Sesenta y pico, calculé. Pelo blanco, prolijo, peinado hacia atrás. Anteojos finos de marco metálico apoyados sobre la nariz.
Una de esas caras que no encajan en un shopping de martes a la mañana. Cara de salón de directorio, de despacho con biblioteca, de hombre acostumbrado a que lo escuchen cuando habla.
Me miró.
No me miró como me miraron otros hombres esa mañana, de reojo, midiendo, calculando. Me miró de frente, sin disimulo y sin grosería. Una mirada que se tomó su tiempo.
Bajó hasta mis sandalias, subió por la falda, se detuvo medio segundo de más a la altura de las caderas, siguió subiendo, pasó por la blusa —donde los pezones me traicionaban debajo del algodón— y se quedó en mis ojos. Le sostuve la mirada un instante, no sé por qué. Después aparté los ojos y caminé hasta la mesa más cercana, dos lugares más allá de la suya.
Me senté con el helado en la mano, dándole el perfil. Crucé las piernas. La falda se movió. Al cruzarlas, el coño desnudo rozó la propia cara interna del otro muslo y el contacto me arrancó un temblor que casi no pude disimular.
Él sabe. Él lo está adivinando ahora mismo.
No tenía manera de saberlo. Era imposible. Y, sin embargo, en mi cabeza, era lo único que estaba pasando. Que ese señor de saco gris, con su café enfriándose, estaba reconstruyendo en silencio que yo no llevaba absolutamente nada debajo, que estaba empapada, que si él acercara la mano por debajo de la mesa me encontraría los labios abiertos y palpitando.
Lamí el helado despacio. Saqué la lengua entera y le pasé la punta al pistacho, después me lo llevé a la boca y lo chupé como si fuera otra cosa. Me daba vergüenza ajena de mí misma. Era una escena de un guion barato, y aun así no podía parar. Mojé la cuchara, me la llevé a la boca, la cerré con los labios, y del otro lado sentí sus ojos volver un segundo. Cambié de pierna cruzada. La falda se acomodó dos centímetros más arriba. Sabía que ese pequeño reacomodo le había dado una pista más: la piel desnuda del muslo interno, más arriba de lo que cualquier mujer con bombacha dejaría ver.
Lo miré de reojo. Seguía ahí. No se había movido. Tenía la taza en la mano y miraba a otro lado con esa actitud de hombre que sabe disimular. Pero el bulto en la entrepierna del pantalón de vestir se le marcaba clarísimo, aun con la caída del casimir. Y eso me hizo apretar los muslos con fuerza, porque me di cuenta de que estaba tan durísimo como yo estaba mojada.
Cuando giró la cabeza, sus ojos me encontraron otra vez. Esta vez fue más corto. Apenas un segundo. Y volvió a mirar a otro lado, como si nunca hubiese pasado nada.
El pulso me golpeaba en el cuello. Yo seguía con el helado, sentada como una señorita, fingiendo que era una mañana cualquiera. Pero por dentro estaba tan al límite que casi me dolía. Sentía el clítoris latiendo contra la costura de la falda cada vez que me movía, un latido chiquito y desesperado que pedía atención.
***
Lo más insoportable era que no hacía nada. No se acercaba. No me hablaba. No mandaba a un mozo con un papelito. Se quedaba ahí, tomándose su café como si fuera un visitante en un museo y yo el cuadro de ese mes.
Esa quietud, esa especie de paciencia educada, me estaba volviendo loca. Hubiese preferido casi cualquier otra cosa: una palabra grosera, una invitación torpe, una mano de más al pasar. Lo que fuera. Algo a lo que pudiera decir que sí o que no. Pero él no me daba nada para decidir. Solo me miraba. Y con esa mirada me estaba cogiendo a distancia, sin tocarme, como si supiera exactamente qué hacerme si yo se lo permitía.
En algún momento me incliné hacia adelante para acomodarme una sandalia. No fue calculado. O sí, no sé. Me incliné y la blusa se me abrió un poco en el escote, dejando ver las tetas colgando libres, sin corpiño, con los pezones parados y rosados apuntando al piso. Cuando volví a enderezarme, sus ojos volvían a otra parte, demasiado rápido. Lo había vuelto a hacer. Y por si fuera poco, al inclinarme la falda se me subió por atrás y estoy segurísima de que le regalé un pedazo entero del culo desnudo.
Sentí cómo me bajaba un líquido caliente por dentro del muslo. Un chorrito espeso, imposible de disimular. Tuve que apretar las piernas y rezar para que la falda no manchara. Me costaba respirar. El clítoris me palpitaba tan fuerte que si me pasaba un dedo por encima de la tela me corría ahí mismo, delante de él, delante de la señora del café, delante de la chica de la heladería. Si me quedaba diez minutos más en esa mesa, iba a terminar gimiendo sola en una silla de hierro con un cucurucho derretido en la mano y la mano metida hasta el fondo entre las piernas.
Me levanté de golpe. Tiré el helado en el tacho de basura sin terminarlo. Pasé caminando delante de su mesa, sin mirarlo, pero lo suficientemente cerca como para que el dobladillo de la falda le rozara la rodilla. Juro que sentí el calor de su pierna a través de la tela. Y juro también que él respiró hondo cuando pasé, como olfateando el olor a coño mojado que dejaba atrás.
—Que tenga buen día —le dije sin frenar.
—Igualmente, señorita —contestó él, en voz baja, con una sonrisa que no llegué a verle entera.
Salí casi corriendo del shopping. Pedí un auto por la aplicación, esperé en el cordón apretándome el bolso contra el vientre. Cuando el conductor frenó delante mío y abrí la puerta, una ráfaga me levantó la falda por un segundo. No miré quién había alrededor. No me importó.
Durante todo el viaje mantuve las piernas apretadas y la mano derecha metida entre los muslos, apretando la tela de la falda contra el coño para sentir aunque fuera un poco de presión. El conductor me miró una sola vez por el espejo y creo que se dio cuenta, porque bajó los ojos y no volvió a levantarlos hasta que frenó en mi puerta.
***
Llegué a casa con las piernas pegajosas y la blusa transpirada. Cerré la puerta de un empujón, tiré el bolso al sillón y, antes de llegar al dormitorio, ya me estaba bajando la falda. Cayó al piso del pasillo. Me arranqué la blusa por la cabeza sin desabrocharla y quedé desnuda del todo, con los pezones tan duros que dolían y el coño chorreando en dos hilos gruesos por la cara interna de los muslos.
Me acosté en la cama y abrí las piernas de par en par. Me miré en el espejo del ropero, que quedaba justo enfrente. Los labios del coño estaban rojos, hinchados, brillantes, abiertos como una flor sucia. El clítoris se me asomaba fuera del capuchón, parado, palpitando visiblemente.
Me llevé dos dedos a la boca, los ensalivé bien, y me los pasé por el clítoris en círculos lentos. El primer roce me arrancó un gemido que se escapó solo, un sonido gutural que no reconocí como mío. Estaba tan sensible que cada pasada me hacía arquear la espalda contra el colchón.
Bajé la mano y me metí un dedo entero de golpe. Entró como en manteca, sin resistencia. Metí el segundo. Los dos hasta el fondo, hasta que sentí la palma golpearme el clítoris. Empecé a cogerme yo misma con un ritmo furioso, sin ternura ninguna, sacando y metiendo los dedos con un chapoteo que llenaba el dormitorio.
Cerré los ojos y volví al instante en que él se quedó mirándome a la altura de las caderas. Volví al segundo en que me incliné a ajustar la sandalia y le mostré las tetas y el culo sin quererlo. Volví a su «Igualmente, señorita» dicho con esa media sonrisa de hombre que sabe.
En mi cabeza ya no era una fantasía educada. En mi cabeza el viejo me agarraba del pelo, me levantaba de la silla del café y me arrastraba a un baño del shopping. Me apretaba contra el azulejo, me subía la falda de un tirón y me metía dos dedos gruesos en el coño para comprobar qué tan mojada estaba. «Estás empapada, putita», me decía al oído con esa voz educada, y me bajaba el cierre del pantalón para sacar una polla dura, gruesa, con las venas marcadas y el glande morado a punto de reventar.
Me imaginé arrodillándome frente a él en el baño, con la falda arrugada en la cintura y las tetas al aire, y metiéndomela hasta la garganta. La chupé en mi cabeza con hambre, saboreando cada centímetro, apretándole los huevos con una mano y masturbándome con la otra. Le lamí el glande, se la tragué entera hasta que me lloraron los ojos, sentí sus manos agarrarme el pelo y guiarme el ritmo.
Después me imaginé de espaldas contra el azulejo frío, con una pierna levantada y su polla forzándose paso adentro del coño hinchado. Me la metió de una sola estocada y me arrancó un grito que él tapó con la boca. Me cogió despacio primero, mirándome a los ojos con esa calma educada, y después más fuerte, con embestidas hondas que me hacían golpear la nuca contra la pared. Los huevos me chocaban contra el culo, la falda arrugada me colgaba de la cintura, y yo le clavaba las uñas en los hombros del saco gris.
«Así te gusta, ¿no?», me decía. «Salir a la calle sin bombacha para que un viejo te encuentre y te coja como te mereces.» Y yo le decía que sí, que sí, que más fuerte, que más adentro, que me llenara de leche.
En la cama, con los dos dedos hasta el fondo y el pulgar apretándome el clítoris, me subí la otra mano al pecho y me pellizqué un pezón con fuerza. Me imaginé la corrida del viejo llenándome el coño, chorreándome por los muslos, mezclada con la mía, y ese pensamiento fue el que me terminó de romper.
Me corrí tan fuerte que tuve que morderme el dorso de la otra mano para no gritar. El orgasmo me subió desde la planta de los pies, me sacudió el vientre, me arqueó entera. Sentí el coño apretarse contra mis propios dedos en espasmos largos, uno tras otro, mientras un chorrito caliente me salía y me manchaba la palma. Fue largo, fue sucio, fue mío.
Cuando se me normalizó la respiración, me quedé tirada mirando el ventilador de techo girar despacio, con los dedos todavía metidos, sintiendo las últimas contracciones apretándome. Estaba sonriendo. Estaba desnuda, con el pelo pegado a la frente y una mancha oscura de humedad debajo del culo, y no podía dejar de sonreír.
Pensé en él, en su saco gris claro, en sus anteojos de marco fino. Pensé en cómo me había mirado sin tocarme, en cómo se había guardado todo dentro como un caballero al que nadie le enseñó cómo se delata el deseo.
Y pensé también en la próxima vez. Porque iba a haber una próxima vez, eso ya lo sabía. Quizás una falda más liviana. Quizás un horario distinto. Quizás un poco menos de disimulo y un poco más de osadía. Quizás la próxima vez sí me le siento en la mesa de enfrente y le abro las piernas hasta que vea todo. ¿Ustedes qué piensan?