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Relatos Ardientes

Espié por la ventana al hijo del pastor y a mi madre

A veces me cuesta encajar la imagen de la mujer en que se convirtió mi madre con la Marisol que yo recordaba de la infancia. Antes, nuestra casa no olía a incienso barato ni a esa calma fingida de los domingos. El aire siempre estaba cargado de perfume caro, laca para el pelo y el rastro seco del tabaco que se le pegaba a los vestidos cuando volvía de madrugada.

Marisol era una de esas mujeres que voltean cabezas con solo cruzar la calle. Estaba casada con su segundo marido, un tipo con la misma hambre de vivir rápido. La veía frente al espejo, ajustándose vestidos imposibles, riéndose mientras se servía el primer trago de la noche. Sus curvas no eran un secreto que escondiera bajo telas oscuras; eran su orgullo. Las fiestas en casa terminaban a las cinco de la mañana, con la música retumbando las paredes y mi abuela rezando el rosario dos cuadras más allá por una hija que, según ella, se iba derecho al infierno.

Después vino el quiebre. Mi tía Ofelia empezó a aparecer cada vez más seguido, hablando de salvación y de un vacío que, según ella, Marisol estaba tapando con whisky. Fue una marea lenta apagando un incendio. El marido no aguantó el trote: cuando las botellas se cambiaron por biblias y mi madre dejó de salir, él se largó diciendo que no se había casado con una monja. Marisol se quedó sola, supuestamente entregada al Señor, pero con todo aquel fuego viejo encerrado bajo faldas largas.

Vi cómo los vestidos ajustados fueron reemplazados por ropa hasta debajo de la rodilla. Vi cómo el brillo de sus ojos se volvió una mirada mansa, dirigida al suelo. Ofelia había ganado. Los domingos pasaron de ser mañanas de resaca y café cargado a desfiles de biblias bajo el brazo y sonrisas ensayadas.

Los nuevos pastores eran una pareja morena, de mediana edad, con voces que retumbaban en el pasillo. Mi madre los miraba con una fascinación casi infantil. A mí me quisieron meter en el grupo a la fuerza, pero no cedí. Seguía siendo católico por lealtad a mi abuela y a lo que siempre habíamos sido antes de que el ruido invadiera todo.

Acepté que hicieran las células de oración en la sala porque no tenía opción, pero no participaba. Fue en esas reuniones donde empecé a notar a Darío, el hijo de los pastores. No se parecía en nada a ellos. Mientras sus padres sudaban clamando al cielo, él se quedaba en una esquina del sofá con la mirada perdida y esa actitud de a quién le importa todo esto. Era flaco, moreno, con un tatuaje en el antebrazo que tapaba con manga larga. Tenía una vibra rara, como si estuviera estudiando a cada uno.

A veces lo pillaba mirando a mi madre. No la miraba como a una «hermana de la fe». La recorría con los ojos, deteniéndose en cada curva que el vestido intentaba aprisionar, como si supiera que detrás de aquella mujer recatada seguía latiendo la Marisol de las fiestas.

Si los ponías uno al lado del otro, el cuadro era casi un chiste. Mi madre, con ese cuerpo que detenía el tráfico, pechos pesados que parecían a punto de desbordar los cuellos altos, caderas anchas, piel clara. Y Darío, casi esquelético si lo veías de lejos, pero puro nervio y fibra de cerca. Manos grandes para su tamaño. Ojos oscuros que buscaban el punto débil de los demás.

Las reuniones en la sala se volvieron una costumbre. Como el marido ya no estaba y yo me la pasaba fuera, ellos tenían toda la tarde. A veces venían los pastores, pero otras veces Ofelia mandaba a Darío solo para «guiar» a Marisol en sus estudios bíblicos. Yo, en cuanto los escuchaba llegar, me iba a la casa de mi abuela o al parque.

***

Un martes de finales de octubre el estómago me jugó una mala pasada. Me había comido unas arepas con demasiada salsa en el parque y a la media hora supe que no iba a aguantar mucho rato fuera. Caminé rápido a casa. Todavía les quedaba media hora de oración, así que pensaba entrar por la puerta de atrás sin hacer ruido. Cuando llegué a la esquina, vi que el carro de los pastores no estaba. Solo podía significar una cosa: Darío estaba con ella, los dos solos.

Me acerqué a la ventana lateral de la sala, la que da al jardín. Me asomé apenas, solo para asegurarme de que no estuvieran enfrente del vidrio. El dolor de barriga se me olvidó de golpe.

La mitad de los focos estaba encendida. Darío estaba sentado en el sofá principal, pero no tenía ninguna biblia en las manos. Estaba sin camisa, mostrando ese torso fibroso con el abdomen marcado. Y delante de él, mi madre. La «hermana» Marisol. De rodillas sobre la alfombra, con el vestido azul marino desabrochado por la espalda, cayéndole por los hombros, dejando ver la blancura del cuello y el inicio de sus curvas masivas.

Darío le tenía una mano en la nuca, obligándola a mirarlo, y con la otra se bajaba el pantalón. No puede ser, no puede ser. Me agarré al marco de la ventana para no caerme. Lo que se desplegó delante de los ojos de mi madre era algo desproporcionado, oscuro, hinchado de venas, latiendo con vida propia. Me quedé pegado al cristal, con el corazón golpeándome los oídos. No podía creer que aquella fuera la misma Marisol que esa mañana me había hablado de «purificar el alma».

Mi madre ya había bajado la cabeza, entregada por completo. Sus manos parecían pequeñas rodeando la base. Se lo tragaba con unas ganas que me revolvían el estómago y me aceleraban el pulso al mismo tiempo. Yo veía cómo sus pechos, esos que durante meses había intentado aplastar bajo vestidos de cuello alto, se sacudían libres ahora que el cierre estaba abajo. Pesados, blancos, mecidos por cada movimiento que ella hacía para hundirse hasta el fondo.

Darío, con esa cara de cínico, le agarraba el pelo con fuerza, marcándole el ritmo. El contraste era una locura: él, flaco y moreno, sentado como un rey en nuestro sofá; ella, con ese cuerpazo, de rodillas. Vi los testículos de él golpeándole la barbilla a Marisol en cada empuje, y ella ni se inmutaba. Al revés, parecía drogada por el olor.

El sudor empezó a brillar en la espalda de mi madre. Se separó un segundo para tomar aire, y vi un hilo de saliva colgando de su boca, conectándola todavía con la punta. Darío la levantó del suelo por los brazos, la giró y la apoyó de espaldas contra el respaldo del sofá. Marisol ni siquiera protestó. Levantó ella misma la falda, revelando que debajo del recato no llevaba absolutamente nada. Sus nalgas eran masivas, una grupa imponente que durante años había estado escondida bajo capas de tela.

Darío no perdió tiempo. Sin un solo gesto previo, se acomodó detrás, le clavó las manos en las caderas y, de un solo empujón, se la metió entera. El grito de mi madre fue un gemido ahogado que mezclaba el dolor con un placer puro, y se escuchó incluso a través del vidrio.

Parecía querer sacarle a fuerza de embestidas hasta el último rastro de religión. La tenía en cuatro contra el sofá. Cada vez que empujaba, se oía el sonido seco de la pelvis chocando contra el culo de Marisol. Un ritmo sucio que se mezclaba con los gemidos de mi madre, hundida la cara en un cojín para no gritar, aunque el placer ya la estaba traicionando. Sus pechos colgaban pesados, bamboleándose con tanta violencia que los pezones rozaban la tela del sofá, mientras Darío le clavaba los dedos en la cintura y le dejaba las marcas de sus manos en la piel pálida.

Le dio nalgadas que hacían brincar la carne y le tiró la cabeza hacia atrás agarrándola del pelo. Ella solo arqueaba la espalda. Darío sudaba; el brillo de su torso resaltaba bajo la lámpara. Cambió el ángulo, le abrió más las piernas y la expuso entera frente a mi vista sin saberlo.

Era castigo y premio al mismo tiempo. Mi madre se retorcía, empujaba el trasero hacia atrás buscando más. Él la trataba como si fuera de su propiedad, sin nada de la delicadeza que fingían los domingos. Lo estaba haciendo en el mismo sofá donde unas horas antes los «hermanos» leían salmos, y lo peor era que Marisol parecía disfrutar de aquella humillación más que de cualquier bendición.

Después la giró otra vez y la dejó boca arriba sobre el sofá, con las piernas abiertas colgando por el borde. Desde mi escondite la vista era total. Sus pechos masivos se desparramaban hacia los lados, libres. Darío se encajó entre sus muslos y, cuando volvió a hundírsela, el gemido de Marisol fue tan fuerte que vibró el cristal. La cara de mi madre era lo que más me sacudía. No quedaba nada de la mujer recatada del altar: ojos en blanco, boca abierta buscando aire, mechones pegados a la frente por el sudor. Perdida en un trance que ninguna oración le había dado nunca.

Marisol levantó las manos temblorosas y empezó a recorrerle el abdomen a Darío, sintiendo cada músculo como una tabla. Él se inclinó, apoyó las manos a los lados de la cabeza de mi madre y la castigó con un ritmo corto, frenético, profundo. Cada vez que él bajaba, ella arqueaba la cintura y le clavaba las uñas en los hombros. Luego, sin sacársela, la agarró por debajo de los muslos y la levantó en el aire como si no pesara nada. Marisol soltó un grito ahogado y le rodeó el cuello con los brazos.

Él se sentó en el sofá con ella encima, cargándola como a una muñeca. Mi madre quedó a horcajadas, con la grupa blanca aplastada contra los muslos de Darío, cabalgándolo con desesperación. Él no la dejaba descansar. Mientras ella subía y bajaba, le soltaba palmadas secas en las nalgas que sonaban por toda la sala, dejando la marca de sus dedos en la piel pálida.

—Muévete, puta. Más fuerte —le escupió él entre dientes, alternando los insultos con besos hambrientos.

Marisol estaba fuera de sí. Sus pechos rebotaban contra el pecho marcado de él. Sus manos seguían aferradas al abdomen de Darío. Después él la agarró del cuello con una mano y con la otra le siguió castigando el trasero. Los golpes y los jugos creaban una banda sonora depravada que ya nunca se me iba a borrar.

—Me corro, Darío. Me voy a correr —gritó ella.

Él apretó los dientes, con los abdominales tensos como piedras. Cuando Marisol soltó un alarido largo, arqueando la espalda y apretándose contra él, Darío la agarró de la cintura con una fuerza bruta, la empujó hacia adelante y se la sacó de un solo tirón. El sonido fue como un descorche húmedo y sucio. Mi madre quedó doblada sobre el respaldo del sofá, con ese culo blanco enorme expuesto y temblando por el orgasmo. Darío, todavía sentado, se agarró el sexo y se descargó con violencia justo sobre las nalgas de ella.

Fue una lluvia espesa que fue cayendo y chorreando por toda la piel pálida que él acababa de castigar a cachetadas. Marisol no se movía. Seguía gimiendo bajito, con la cara hundida en los cojines. La «hermana» de la iglesia, marcada por el hijo del pastor en su propia sala.

***

Cuando terminó, Darío se echó hacia atrás respirando agitado, mirando su obra. Yo, desde la ventana, sentí que las piernas me flaqueaban. El dolor de barriga había desaparecido del todo, pero lo que se me había metido en la cabeza no se iba a quitar ni con mil rosarios.

Mi madre se enderezó con torpeza. Darío, con esa calma de psicópata, se subió los pantalones y se puso la camisa sin siquiera mirarla. Marisol agarró un pañuelo y empezó a limpiarse con movimientos mecánicos. Se subió el vestido azul, ese disfraz de mujer decente, y se acomodó el cabello frente al espejo de la entrada.

A los pocos minutos se escuchó el motor del carro de Ofelia estacionándose afuera.

—Ya llegaron —dijo Darío.

Vi cómo mi madre respiró hondo, cerró los ojos un segundo y, cuando los abrió, la mujer que se acababa de cabalgar al hijo del pastor había desaparecido. En su lugar estaba otra vez la «hermana Marisol». Cuando mi tía y los pastores entraron, los encontraron sentados los dos en el sofá, con la biblia abierta sobre las piernas de mi madre. Darío señalaba un versículo con un dedo, el mismo que minutos antes estaba enterrado en ella, y Marisol asentía con una sonrisa mansa.

—Qué bendición verlos tan aplicados en la palabra —soltó Ofelia con esa voz chillona que me daban ganas de patear.

—El hermano Darío tiene una forma de explicar las escrituras que llega muy profundo —respondió mi madre sin que le temblara la voz, aunque yo sabía que todavía sentía el calor de él chorreándole por dentro.

Yo me alejé de la ventana y entré por la puerta de atrás, como si acabara de llegar del parque. El olor en la sala era una mezcla de incienso y de aquel aroma rancio de sexo que intentaban disimular. Pasé sin mirarlos, directo a mi cuarto.

***

A partir de ese día, la vida en la casa se convirtió en una especie de teatro macabro que solo yo sabía interpretar. Las células siguieron puntuales, pero para mí ya nada era igual. Ahí estaba mi madre con sus vestidos largos de cuello alto que ahora me parecían una burla, sosteniendo la biblia con las mismas manos que yo había visto aferradas al abdomen de Darío. Cerraba los ojos y apretaba los labios mientras el pastor gritaba alguna bendición, y yo no podía dejar de pensar que esa misma boca, días atrás, estaba ocupada en otra cosa.

Darío era el peor. Se sentaba en el mismo sofá donde la había destrozado, con cara de niño bueno. A veces, mientras su padre oraba con los ojos cerrados, yo pescaba a Darío echándole a Marisol una mirada rápida. No era una mirada de amor; era de dueño. Y ella actuaba como si no pasara nada, pero había pequeñas grietas. Cuando él hablaba, ella se humedecía los labios. Si los dedos se rozaban al pasarle un folleto, Marisol contenía el aliento y los pechos le subían un poco más rápido bajo la tela.

Nunca más volví a asomarme por la ventana. No sé si fue por miedo a que me descubrieran o porque la imagen ya estaba grabada a fuego. Pero no me hacía falta. El silencio de la casa cuando yo me iba al parque, la forma en que mi madre evitaba mi mirada cuando regresaba y la seguridad animal con la que Darío caminaba por nuestro pasillo me lo decían todo. Las células terminaban, los hermanos se despedían con un «Dios le bendiga», y ellos se daban la mano con una frialdad profesional. Pero yo estaba seguro de que, en cuanto la puerta se cerraba, la biblia volvía a la mesa y el «estudio» se convertía en otra cosa.

Esa incertidumbre se convirtió en mi obsesión. Cada vez que había célula me inventaba excusas para rondar la casa. Me volví experto en mirar por el reflejo de los espejos. Pero no pasó. Darío era demasiado astuto y mi madre, después de aquel martes, parecía haber reforzado su armadura.

***

Hasta que un domingo, después del culto, el pastor anunció con voz solemne que su hijo se iba de la ciudad. Dijo que Darío sentía un «llamado especial» y que se iría a un retiro espiritual intensivo en la costa. Por poco me río en plena iglesia. Hacía semanas que el olor a marihuana se filtraba por las rendijas de su habitación en la casa pastoral. Los pastores, aterrados de que el escándalo les arruinara el negocio de la fe, decidieron mandarlo lejos antes de que alguien más se diera cuenta. El retiro no era para orar; era para que se desintoxicara donde nadie lo viera y para que dejara de calentarles la sangre a las mujeres de la congregación.

El día que se fue, vi a mi madre despedirse de él delante de todos. Le dio la mano con una rigidez sospechosa. Darío mantenía esa mirada de cínico, los ojos un poco rojos, una sonrisa de quien sabe que ya hizo todo el daño que quería.

—Que el Señor te guíe en este proceso, hermano Darío —le dijo Marisol con la voz más plana del mundo.

—Gracias, hermana. No se olvide de seguir practicando las lecciones —respondió él, con un doble sentido que solo yo capté.

Cuando el carro arrancó, sentí un vacío extraño. El tipo que había profanado a mi madre se iba, y con él se llevaba la única manera que yo tenía de saber qué se escondía detrás del disfraz. Miré a Marisol y, por un segundo, la máscara se le cayó. Sus ojos no brillaban de fe, sino de una frustración profunda, una abstinencia que no tenía nada que ver con Dios.

El tiempo terminó por barrer los restos. Darío nunca volvió al barrio. Un par de años después, los pastores también recogieron sus biblias y se llevaron una congregación más grande en un sector alejado. Ofelia los siguió. Las células en nuestra casa murieron. Mi madre, sin embargo, no soltó la religión. Se cambió a una iglesia más pequeña, donde nadie conocía su pasado de reina de las fiestas ni sus tardes con el hijo del pastor.

Yo me quedé con la duda clavada como una espina. Muchas veces, viéndola sentada en el mismo sofá donde la vi en cuatro, la observaba buscando alguna señal. Vigilaba a cada hermano de fe que la visitaba, buscando esa chispa de maldad que tenía Darío. Nunca vi nada. Ninguno tenía la mirada de dueño que tenía aquel flaco moreno. Se volvió una santa de verdad, o quizá simplemente nadie pudo llenar el hueco que él le dejó. El morbo de aquel martes por la tarde se convirtió en mi secreto más pesado, una película que solo se proyecta en mi cabeza cada vez que escucho, en cualquier esquina, un aleluya.

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Comentarios (3)

MiradorNoche

jajaja tremendo titulo, me engancho de entrada. Muy bueno

pepon78

quede con ganas de mas!! seguiras con una segunda parte?

LectorDeSombras

me recordo a algo parecido que me paso de adolescente, esa sensacion cuando ves algo que no tendrias que ver... lo escribis muy bien, se siente real

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