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Relatos Ardientes

La masajista enseñó a mi mujer a darme placer

Hacía meses que Camila y yo veníamos hablando de incorporar algo nuevo a nuestra vida sexual. Habíamos compartido dos tríos con un amigo en común, y aunque la experiencia fue intensa, ella sentía que el equilibrio se había inclinado demasiado hacia su propio disfrute. Quería devolverme la atención. Quería verme la cara cuando otra mujer me tocara, quería ver cómo se me endurecía la polla en la mano de otra, quería mirar de frente lo que hasta ahora solo había imaginado.

Así llegamos al miércoles pasado, a un edificio antiguo del centro, al departamento de Renata. La habíamos contactado por una referencia: una profesional especializada en masajes eróticos que además enseñaba la técnica a parejas. Camila había insistido en que aprenderíamos juntos, pero los dos sabíamos cuál era el verdadero propósito de la visita.

Renata abrió la puerta con un kimono corto, anudado a la cintura, sin nada debajo que se notara. Tenía el pelo recogido en un rodete improvisado, gafas finas que se le bajaban un poco por la nariz, y una sonrisa que dejaba claro que aquello no era una primera vez para ella. Nos hizo pasar a un living iluminado con luz cálida y una vela encendida sobre una mesa baja.

—Sentémonos un rato antes de empezar —dijo, y nos ofreció un té de jengibre que olía a algo dulce y picante a la vez.

La charla previa duró casi cuarenta minutos. Renata nos explicó la diferencia entre el masaje terapéutico y lo que íbamos a hacer. Nos habló de las zonas reflejas, de la respiración, del ritmo. Camila escuchaba con las piernas cruzadas en el sillón, asintiendo, anotando cosas en el celular. Yo intentaba seguirla, pero la mirada de Renata cada tanto bajaba hasta el bulto de mis pantalones y volvía a subir como si nada.

—Hay una sola regla —dijo al final, mirándome solo a mí—. Vos no podés acabar. Hoy no. Hoy se trata de aguantar.

Camila se rió. Renata no.

Pasamos a la habitación de al lado, donde había una camilla profesional, una mesa con aceites y una luz indirecta que dejaba el resto en penumbra. Renata le preguntó a mi mujer si prefería que practicara los movimientos en la cama o en la camilla. Camila eligió la camilla. Estaba más alta. Se veía mejor.

—Quitate la ropa y acostate boca abajo —me dijo Renata.

Me desnudé sin pensarlo. Sentí los ojos de las dos sobre mí mientras me sacaba la camisa, el pantalón, la ropa interior. Cuando el calzoncillo bajó y mi polla saltó afuera, ya medio dura, escuché a Camila soltar una respiración corta. Renata no disimuló: miró directo, sin sonreír, evaluando. Mi mujer me sonrió de costado, con una mezcla de orgullo y de algo nuevo, algo que no le había visto antes: ganas de mirar, ganas de compartirme.

Me acosté. Renata me cubrió la mitad inferior del cuerpo con una toalla fina, más por estética que por pudor. Olí el aceite cuando lo calentó entre sus manos. Tibio, con un leve aroma a almendras.

—Camila, ponete acá —dijo, indicándole un lugar del otro lado de la camilla—. Vas a hacer todo lo que yo haga. Misma presión, misma velocidad. Si te quedás atrás, paso a ayudarte.

Empezaron por la espalda. Las dos manos de Renata se deslizaron desde la base de mi cuello hasta la cintura, una a cada lado de la columna. Un segundo después, las manos de Camila copiaron el movimiento. Era extraño y familiar al mismo tiempo: conocía las manos de mi mujer mejor que las mías, pero ahora estaban sincronizadas con otras, ajenas, más expertas.

Renata fue bajando. Cintura, glúteos, parte alta de los muslos. Sus dedos rozaron el borde de la toalla, jugando con la línea que separa el masaje de otra cosa. Camila la imitaba con un segundo de retraso, pero su tacto era más tímido, más cauto. Renata lo notó enseguida.

—Más firme —le dijo—. Él no es de cristal. Tocalo como si lo estuvieras reclamando.

Mi mujer apretó. Sentí sus uñas un instante en la curva del glúteo, y ese pequeño cambio en su seguridad me puso más duro de lo que ya estaba. La polla, aplastada contra la camilla, palpitaba con cada latido, chorreando ya una gota gruesa que se pegaba a la sábana.

Renata bajó hasta la zona donde la pierna se une con la cadera. Su dedo recorrió un camino que iba hasta el borde de los testículos, y se quedó ahí, suspendido, sin tocar lo que yo quería que tocara. Después metió los cuatro dedos entre mis muslos, los abrió con firmeza, y me acarició el perineo con la yema del pulgar, apretando en un punto exacto que me hizo gemir contra la almohadilla. Mi mujer copió la maniobra. Cuatro manos jugando alrededor de la única parte de mi cuerpo que estaba pidiendo atención, dos pulgares subiendo hacia mis huevos, rozándolos apenas por debajo, dejándolos hinchados y sensibles.

—Date vuelta —dijo Renata.

Me giré. La toalla se cayó. No la levantaron. Mi polla quedó parada contra el vientre, gruesa, brillante en la punta, latiendo sola. Camila tenía las pupilas grandes y los labios ligeramente abiertos. Su mirada bajó a mi entrepierna y se quedó ahí mucho más tiempo del que hubiera necesitado para verme. No me estaba mirando como me mira siempre. Me estaba mirando como mira algo que es de otra.

***

Renata caminó alrededor de la camilla. Pasó una mano por mi pecho, mi vientre, y siguió hacia abajo sin urgencia. Yo no respiraba. Cuando sus dedos rodearon mi pija, lo hicieron con una técnica que reconocí enseguida: no era el agarre de alguien que quiere terminar rápido. Era el de alguien que quiere medirme el aguante. Cerró el puño en la base, apretó hasta hacer sobresalir la vena gruesa de abajo, y empezó a subir milímetro a milímetro, girando la muñeca al llegar arriba, deteniéndose en el glande a jugar con el prepucio, bajándolo del todo, exponiendo la punta enrojecida.

—Mirá esto, Camila. Esto es lo que tenés que aprender —dijo sin mirarla, sin dejar de mover la mano—. Lento. Subir, girar la muñeca arriba, bajar. La punta no se descuida nunca. ¿Ves cómo brilla acá? Esto es lo que te va a decir cuánto le falta. Cuando empieza a chorrear así, ya lo tenés donde querés.

Un hilo espeso me colgaba de la punta. Renata lo recogió con el índice, lo repartió por todo el glande, y el ruido húmedo que hizo al volver a cerrar el puño fue lo más obsceno que había escuchado en mi vida. Camila se inclinó sobre la camilla, apoyada en los codos, los pechos casi rozándome el brazo. Veía. Veía con un detalle que nunca había visto nada antes. Cada centímetro de la mano de Renata, cada reacción mía, cada vez que la cadera se me levantaba sola, traicionera, buscando más fricción.

—Se te va a escapar si seguís así —murmuró Camila, hipnotizada.

—No se le va a escapar —dijo Renata, y aflojó el puño justo a tiempo, dejándome al borde, con la polla brincándome sola en el aire—. Aprendé a leerlo. Cuando los huevos se le suben así, contra el cuerpo, ahí parás.

—Tu turno —dijo, y le pasó el aceite.

La mano de mi mujer me agarró. La conocía, pero ahora era distinta. Camila estaba imitando una técnica nueva, concentrada, con la frente un poco fruncida. Se echó aceite en la palma, envolvió el tronco con los cinco dedos y empezó a bombearme con una lentitud que la volvía irreconocible. Cuando se equivocaba, Renata le corregía el ángulo con dos dedos, guiándole la muñeca. Cuando lo hacía bien, las dos sonreían como si yo fuera un instrumento que estaban afinando.

—Ahora los huevos con la otra mano —le dijo Renata, y le puso la palma libre debajo, sobre mis testículos—. Rodalos apenas. Sin apretar. Sentí cómo se le tensan.

Camila obedeció. La sensación doble, la polla envuelta y los huevos amasados con esa suavidad, me arrancó un gemido largo que no pude contener. Mi mujer se mordió el labio al escucharme.

Pasaron así varios minutos. Una me tocaba, la otra observaba. Después intercambiaban. A veces lo hacían al mismo tiempo, una en la base, la otra en la punta, dos puños ajenos moviéndose en direcciones contrarias sobre mi verga empapada de aceite, y yo tenía que apretar los dientes para no romper la única regla. Renata bajó una vez a lamer la gota que se había vuelto a formar en la punta, sin previo aviso, un roce corto de lengua caliente que me hizo sacudir toda la cadera.

—Así de sensible tiene que estar cuando llegue el momento —dijo, limpiándose la comisura con el dorso de la mano—. Ni antes, ni después.

—¿Estás disfrutando? —preguntó Camila, agachándose hasta tener la boca al lado de mi oreja.

—No me hagas hablar —le dije.

Se rió bajito. Su mano izquierda subió hasta mi pecho y se quedó ahí, sintiéndome respirar. La derecha seguía moviéndose abajo, ahora con una soltura nueva, como si el permiso de Renata le hubiera quitado el último filtro. Me susurró al oído, en voz muy baja, para que Renata no la escuchara:

—Mirala. Mirá cómo te la trabaja. Yo quiero verte acabar en su mano.

En un momento levanté la mano y le toqué un pecho por encima del vestido. Camila lo dejó. Renata también. Cuando bajé la otra mano y le rocé un pecho a Renata por encima del kimono, ella separó un poco la tela y me dejó tocarla piel contra piel. El pezón se le puso duro contra la palma. Estaba tocando a las dos al mismo tiempo, una en cada mano, apretándoles las tetas, y las dos me estaban masturbando sin prisa, cuatro dedos delgados rodeándome, otros cuatro subiendo desde los huevos hasta la punta. La cabeza me daba vueltas. La polla me chorreaba entera.

***

—Pará —dije, casi sin voz—. Pará un segundo o no aguanto.

Renata sacó la mano enseguida. Camila tardó un instante más, mirándome como si estuviera midiendo cuánto faltaba, cuánto podía empujarme antes de que se rompiera el juego. Me apretó fuerte una vez más, sintió cómo la polla me daba un latigazo entre sus dedos, y recién ahí la soltó y me apretó el muslo.

—Esa es la parte más importante —le dijo Renata a mi mujer—. Saber cuándo soltar. Es la diferencia entre hacerlo gozar y hacerlo terminar.

Camila asintió, seria, aprendiendo. Yo respiraba con la boca abierta, la verga golpeándome contra el vientre en cada latido.

—Quiero probar algo —dijo Renata.

Salió un momento de la habitación. Volvió con un trozo de jengibre pelado, brillante, con unos cortes finos en la superficie. Mi mujer abrió grandes los ojos.

—¿Eso no es para…?

—Para varias cosas —dijo Renata, y le hizo un gesto a Camila para que se acercara—. Mirá. Frotás suave la punta, así. El calor sube en oleadas. No quema. Pero hace que sienta cada milímetro de su propia piel.

Cuando ese pedazo de jengibre me tocó el glande, fue como si me encendieran. No era dolor. Era una alarma. Cada terminación nerviosa se puso en estado de alerta. Renata lo pasó por toda la longitud, por debajo del prepucio, por la cara sensible del frenillo, y después bajó a los huevos, restregando con los cortes hacia abajo. Yo apretaba los puños contra la camilla, la polla más dura que en toda mi vida, hinchada al doble de su tamaño normal, roja como si estuviera a punto de reventar. Mi mujer estaba inclinada sobre mí, con los labios entreabiertos, fascinada por lo que estaba pasando con mi cuerpo, fascinada por verme reaccionar a algo que ella no me había hecho nunca.

Es esto lo que viene a buscar la gente acá, pensé. Esto de quedar a la vista, sin nada que esconder.

—Ahora tu boca —le dijo Renata a Camila.

Mi mujer no preguntó si podía. Bajó la cabeza y me la metió en la boca despacio, con cuidado, como si me hubiera estado esperando todo este tiempo. Yo sentí primero el frescor de su saliva contra el ardor del jengibre y solté un gemido que no era mío. Camila fue bajando hasta tragarme casi entera, apretando los labios en el tronco, dejándome tocar el fondo de su garganta antes de subir de nuevo con un ruido húmedo. Renata se quedó al lado, con una mano en el muslo de Camila, guiándole el ritmo con una presión leve, y la otra acariciándome los testículos, rodándolos en la palma, apretándomelos apenas cuando mi mujer llegaba a la base.

—Más despacio arriba —le indicó Renata, con la voz de instructora todavía—. Chupá la punta. Metela y sacala solo el glande. Que se le junte todo ahí.

Camila obedeció. Los labios cerrados justo bajo la corona, la lengua girando alrededor de la cabeza, chupando con una succión constante que me hacía subir los talones contra la camilla. Renata pasó dos dedos mojados en aceite por detrás de mis huevos, presionando ese mismo punto de antes, el perineo, apretando en un ritmo lento que me tiró todo el placer hacia adelante. La combinación de la lengua caliente de mi mujer chupándome la punta, los dedos precisos de Renata masajeándome por dentro desde afuera y el ardor de fondo del jengibre me dejó sin defensas.

—No puedo —avisé, apretando los puños contra los bordes de la camilla.

—Ahora sí —dijo Renata, y bajó la voz hasta un susurro—. Dejala terminar. Todo en su boca. No pierdas una gota.

Camila hundió la cabeza justo cuando exploté. Sentí el primer chorro salir con una fuerza que me arqueó la espalda, y después otro, y otro, gruesos, calientes, disparándose contra el paladar de mi mujer, que no se movió, que se quedó ahí tragando todo mientras Renata me apretaba los huevos para vaciarme completo. Acabé con los ojos cerrados, sintiendo a las dos a la vez. La boca apretada de mi mujer chupándome hasta la última gota. La mano firme de Renata en la base de la polla, exprimiéndome hacia arriba. La luz cálida sobre los párpados. Cuando volví a abrirlos, Camila levantó la cara hacia mí con un hilo de semen en la comisura, se lo limpió con el pulgar, se lo lamió, y me sonrió como nunca, con una intimidad nueva, sin filtros. Renata, a su lado, me pasó una toalla tibia por la piel sin decir nada, todavía con el kimono medio abierto y un pezón asomando entre la seda.

***

Nos quedamos un rato charlando los tres, sentados en el living, vestidos otra vez. Renata nos sirvió agua. Le preguntó a Camila qué había sentido. Mi mujer se quedó callada un momento antes de responder.

—Me sorprendió cuánto me gustó mirarlo —dijo—. No me imaginé que iba a poder con tanto. Quería que la regla durara más.

—La próxima vez dura más —respondió Renata, con una sonrisa que era una invitación.

Salimos a la calle ya de noche. Caminamos las dos primeras cuadras en silencio, agarrados de la mano. Después Camila me apretó los dedos y dijo lo que las dos sabíamos.

—Quiero volver. Pero quiero ser yo la que decida cuándo te toca otra. Quiero ser yo la que mire.

Llegamos a casa con el deseo todavía en la piel. Apenas cerré la puerta la empujé contra la pared del pasillo, le levanté el vestido y le arranqué la bombacha de un tirón. Estaba empapada, los muslos le brillaban hasta las rodillas. Le metí dos dedos hasta el fondo y la sentí cerrarse enseguida, dura, casi acabándose ya de solo recordar. La levanté contra la pared, le abrí las piernas alrededor de mi cintura y le clavé la polla de una sola vez, hasta el fondo, hasta arrancarle un grito.

—Contame —me pidió al oído, moviéndose contra mí—. Contame todo lo que te hizo.

Esa noche la cogí durante mucho rato, sin pausa, sin reglas. La di vuelta contra la pared y se la metí desde atrás, agarrándola del pelo, mientras le contaba cómo me había apretado Renata los huevos. Después la tiré en la cama boca arriba, le levanté las piernas sobre mis hombros y la penetré hasta el fondo mientras le describía la lengua de la otra mujer sobre mi glande. Camila acabó tres veces, una atrás de la otra, chorreándome los muslos, mordiéndome el hombro, pidiéndome más entre gemidos rotos, mientras yo le contaba al oído lo que me había hecho la otra mujer y cómo me había mirado ella. La cuarta vez acabamos juntos, yo vaciándome adentro suyo hasta la última gota, ella clavándome las uñas en la espalda. La parte que más la calentaba no era recordar cómo me tocaron. Era recordar que ella había sido la que más había visto.

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Comentarios(8)

Rafa_Mdq

tremendo relato, no me lo esperaba tan bueno!

JorgeH_baires

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio la historia jaja

Norberto45

Le mande el link a mi señora a ver si aprende algo jajaja. Muy bueno en serio

Curioso_76

Y despues como reacciono ella? me quede pensando en eso. Buenisimo igual!

AndreaMdq

Me sorprendio leerlo desde esta perspectiva. Bien escrito y sin pasarse de la raya. De esos que te quedas pensando un rato despues de terminar

Lupi_noche

increible, de los mejores!!!

LectorK88

excelente relato, de lo mejor que encontre por aca en mucho tiempo

FabianNoche

jaja me imagino la cara de ella mirando todo eso sin decir nada. Muy buena idea para un relato

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