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Relatos Ardientes

Me duché para ellos en la terraza del chiringuito

Tardé casi un año en juntar los tres mil ochocientos euros que me pedían para dejar a La Sirena como nueva. La autocaravana llevaba diez años conmigo, pero el motor, los asientos y sobre todo el aire acondicionado merecían ese capricho. El primer fin de semana que la sacaron del taller la cargué con una nevera llena, dos pareos y el bikini más pequeño que tenía en el cajón, y bajé por la costa sin destino fijo.

Acabé en Cabo Marfil pasado el mediodía, con un hambre que mordía y la espalda pegada al respaldo del conductor. Aparqué a la sombra de un pino, frente al único chiringuito que asomaba sobre la arena. Dentro había bullicio: una familia celebraba algo y los gritos llegaban hasta el parking. Me até las sandalias, me eché por encima una camisa de gasa estampada sin abotonar y entré.

La fiesta era el dieciocho cumpleaños de unos gemelos, dos chicos rubios que repartían cigarrillos a sus primos como si fuera la primera vez que les dejaban fumar delante de su madre. El hijo mayor de la familia, el que hacía de anfitrión, paseaba botellas de cava entre las mesas largas. Los padres conversaban con un par de tíos en una esquina y las tías miraban a los gemelos como si fueran un cuadro recién terminado.

Pedí una mesa fuera, en la terraza con vistas al agua. Era pleno agosto y el aire pesaba como una manta húmeda. Mi micro bikini naranja, dos triángulos y una braga del tamaño de un pañuelo, aguantaba bajo la gasa. La sobrecamisa me caía sobre los hombros pero no tapaba gran cosa: en cuanto me senté, la tela se abrió y dejó a la vista la curva de los pechos.

El camarero apareció con la carta. Alto, el pelo oscuro peinado hacia atrás con un poco de gomina, los brazos muy bronceados, los ojos de un castaño casi negro. La camisa blanca, abierta un par de botones, le marcaba el pecho cada vez que respiraba. Me quedé mirándole sin disimular.

—Una jarra de cerveza bien fría, lo más fría que tengáis. Y algo rápido, lo que sea, me muero de hambre.

Se fue y aproveché para mirarle el culo. Redondo, firme, marcado dentro del pantalón negro. O es gay o es un cabrón con suerte, pensé.

Volvió con la cerveza en cinco minutos. Me dejó la jarra al lado de la mano y se quedó plantado medio segundo de más, justo el tiempo para que sus ojos bajaran sin permiso hasta el triángulo del top. No los apartó.

—No me molesta que mires —dije sin levantar la voz—, pero ya que estás, tráeme otra para luego.

—¿Otra cerveza? —se sonrojó.

—Otra cerveza. Y cuando vuelvas puedes seguir mirando, si quieres.

Sonrió de una manera nueva, más despierta, y desapareció por la puerta del local. Volvió antes incluso de que terminara la primera. Dejó la segunda en la mesa y se quedó otra vez de pie, ya sin disimulo.

—¿Te molesta si me quito la camisa? Hace un infierno aquí.

—No, no me molesta.

Me levanté despacio. La gasa cayó sobre la silla y mis pechos quedaron al aire dentro de los dos triángulos diminutos. Me giré para doblar la prenda y dejarla sobre el respaldo. La braga del bikini era apenas un cordel: en cuanto le di la espalda, le ofrecí las nalgas completas. Le oí tragar.

—¿Esa ducha de la pared funciona? —pregunté sin volverme del todo.

Tardó en contestar.

—No es para los clientes, pero si quieres te la abro. La uso yo a veces, cuando acabo el turno.

—Pues luego me la abres.

***

Volví a sentarme. Desde dentro del local, los hombres de la familia me observaban con descaro. Dos de los tíos salieron a la terraza con un cigarrillo en la mano y se quedaron apoyados en la baranda, fingiendo mirar el mar. Al rato salieron otros dos, mayores, con la camisa abierta sobre la barriga. Los cuatro acabaron sentados en la mesa de al lado, mirando el agua, mirándome a mí, sin saber dónde poner los ojos.

Llegó la ensalada y el pollo a la plancha. Comí con calma, mojando los dedos en la salsa, lamiéndolos sin prisa, sintiendo cómo cuatro pares de ojos seguían cada gesto. Cuando terminé busqué al camarero para pedirle el café. No estaba. Uno de los señores, el más alto, se ofreció a avisarle.

—Si no es molestia —contesté.

Entró al local y volvió un minuto después con una sonrisa nueva, la sonrisa del que cree que ha hecho un favor que le va a salir caro.

—Ya viene.

—Gracias.

Le miré a los ojos mientras me ponía de pie. No tenía nada que hacer en pie, pero me levanté igual. Permanecí cinco segundos quieta, dejando que él y los otros tres hicieran inventario completo: las clavículas, los pechos sujetos por dos pedacitos de tela, el ombligo, la línea de la braga, los muslos, las rodillas. Después me incliné a propósito, muy despacio, para sacar los cigarrillos del bolso que tenía colgado del respaldo. Cuatro respiraciones se cortaron a la vez.

—¿Alguno me da fuego?

Cuatro encendedores brotaron de los bolsillos antes de que terminara la frase. Elegí el del señor más callado, el que aún no se atrevía a hablarme. Le acerqué los labios al cigarrillo, le sostuve la mirada mientras aspiraba. Su mano temblaba.

Me sentía obscena. Me sentía deseada. Me sentía, por primera vez en semanas, viva.

Cuando el camarero salió a abrirme la ducha, me levanté de la silla con la cerveza todavía en la mano. Le seguí los tres pasos que separaban la mesa del grifo. Mientras él manipulaba la llave, miré por encima del hombro. Los cuatro señores estaban ya de pie, fingiendo discreción, las manos hundidas hasta el fondo del bolsillo del pantalón.

El agua salió fría y fina. Me coloqué debajo y dejé que me empapara desde la coronilla. La tela naranja del bikini se volvió transparente en segundos. Los pezones, ya duros por el frío, se marcaron contra el triángulo mojado como dos botones oscuros. Levanté los codos para escurrirme el pelo, arqueé un poco la espalda, y noté el chorro deslizarse entre los pechos, por el centro del vientre, hundirse bajo la braga.

Les miré uno por uno. Sostuve la mirada al más viejo, el que tenía los ojos azules y las cejas blancas. Sonreí. Bajé los tirantes del top con dos dedos, despacio, hasta que la tela cedió y dejó los pechos al descubierto. El agua los empujó hacia abajo, los hizo brillar.

Me cogí un pecho con la mano, lo rodeé, pellizqué el pezón con suavidad mientras les miraba. Nadie se movió. Nadie pestañeó.

Me giré despacio. Separé los pies para que el chorro se colara entre los muslos. Me llevé las manos a las nalgas y las separé sin pudor, ofreciéndoles la vista entera del agua deslizándose por el surco, perdiéndose en lo más íntimo. Dejé el dedo medio quieto sobre el pliegue, apenas un roce. Mi cuerpo respondió con un escalofrío que ellos no pudieron ver pero que sí adivinaron.

Volví a girarme. Bajé un poco la braga, lo justo para que vieran el principio del vello recortado y la curva del sexo. Me pasé los dedos índice y corazón por la abertura, separé los labios para que el agua entrara también ahí. Abrí la boca y dejé escapar el aire en un sonido bajo que no llegó a ser gemido pero estuvo cerca.

Me llevé los dedos a la boca, los chupé sin apartar los ojos de los suyos.

El camarero, dos pasos por detrás de ellos, había dejado de fingir que era casual estar allí. Estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y la entrepierna delatándole.

Salí del chorro con la misma calma con la que había entrado. Caminé entre los cuatro señores, rozando con la cadera la mesa donde estaban sentados. Olían a tabaco y a sudor reciente. Volví a mi silla, escurrí el pelo con las dos manos sobre la baldosa, y me senté con las piernas cruzadas para que el último destello del sexo brillante quedara grabado en sus retinas antes de cerrarse.

—Cariño —le dije al camarero—, ahora sí: ese café y una copa de ginebra.

Los cuatro señores se ofrecieron a invitarme antes incluso de que él se moviera. Tres voces a la vez, una más vacilante. Acepté con un gesto pequeño, sin mirarles, encendiendo otro cigarrillo.

El camarero volvió con la bandeja. Se inclinó al servirme y, mientras me dejaba la taza, me preguntó al oído si a las seis, cuando acabara el turno, iba a seguir por allí.

—En la playa nudista —respondí—. Detrás de las rocas.

Me guiñó el ojo y se metió en el local. Por la puerta abierta vi cómo los gemelos hacían el pino sobre la barra y se reían como cachorros, ajenos al espectáculo de la terraza.

***

Volví a La Sirena con la sobrecamisa colgada del brazo y el bolso en la otra mano, contorneando las caderas más de lo necesario. Al subir el escalón me giré, busqué a los cuatro señores con la mirada y les lancé un beso lento que se quedó flotando en su silencio.

Dentro encendí el aire acondicionado nuevo y conecté el altavoz portátil al móvil. Puse «Hozier acústico», el primer disco. Dejé caer el micro bikini empapado al suelo. Las cortinas estaban echadas pero la luz se colaba por una rendija y dibujaba una franja amarilla sobre el sofá. Me tumbé desnuda, con los ojos cerrados, las manos quietas a los lados.

No aguanté ni dos canciones. Los dedos se me fueron solos al vientre, al ombligo, más abajo, a separar los labios todavía húmedos del agua de la ducha y de algo más. Entraron en mí sin avisar, dos a la vez, decididos. Con la otra mano me cogí un pecho y tiré del pezón con fuerza, arqueando la espalda contra el respaldo.

No eran mis dedos. Eran los del camarero, las manos del señor de las cejas blancas, los ojos de los cuatro mirando a través de la ventanilla cerrada. Imaginé al camarero detrás de mí, empujándome contra la encimera de la cocina diminuta. Imaginé a los cuatro viejos esperando turno, sentados con las pollas afuera. Un chispazo me sacudió las caderas. Empecé a usar los dedos de las dos manos, uno en cada agujero, buscando ese borde donde el cuerpo ya no obedece.

Algo se me escapó. Un chorro pequeño y caliente salió de mí, golpeó la ventana lateral, resbaló sobre el cristal como un rocío indecente. Me reí, con la garganta seca, y alcancé el consolador del cajón. Me lo metí despacio, primero por delante, después por el otro lado, alternando, mientras el coño chorreaba sobre el cojín. El olor del sexo invadió la caravana entera. Veinte minutos necesité para vaciarme. Tres orgasmos, tal vez cuatro. Perdí la cuenta en el segundo.

Me dormí desnuda sobre el sofá, con la música todavía sonando y el ventilador del aire moviéndome el pelo. A las cinco y diez me despertó el calor de la chapa. Me levanté, me di una ducha rápida con jabón, me puse otra vez la sobrecamisa, sin nada debajo, y metí en el bolso una botella de ginebra del congelador, dos vasos de plástico y un pareo blanco.

Salí hacia las rocas. El sol bajaba pero todavía pegaba fuerte. Detrás del último pino, en la zona donde nadie llevaba ropa, busqué un hueco entre dos cuerpos bronceados, extendí el pareo y me tumbé boca arriba.

Faltaban cuarenta minutos para las seis. La arena estaba caliente, la ginebra estaba fría, y yo no podía dejar de imaginarme la cara que pondrían los cuatro señores si supieran lo que iba a pasar en cuanto el camarero apareciera por el camino entre las rocas.

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Comentarios (1)

Facu_mdp

Que bueno!! seguí subiendo relatos así, me enganche desde el principio

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