Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Me desnudé en el autobús nocturno cuando todos dormían

Había decidido tomarme un año entre la secundaria y la universidad. No tenía un plan demasiado claro, solo el deseo de respirar antes de meterme otros cinco años entre apuntes y exámenes. Pasé los últimos tres meses en casa de una tía en la capital, ayudándola con su tienda y aprovechando el ruido constante de la ciudad. Cuando me cansé del bullicio, compré el boleto de regreso para volver a mi pueblo, en el norte.

El autobús salió a las cinco y media de la tarde de la terminal central. Me asignaron un asiento doble junto a una señora de unos setenta años que iba con dos bolsas enormes y olía a colonia de rosas. La saludé, sonreí lo justo y me dediqué a mirar el tráfico denso de la salida. Tardamos casi dos horas en abandonar el cinturón de la capital, y para cuando llegamos a la autopista ya había caído la noche.

Fue entonces cuando me di cuenta de algo: el autobús venía prácticamente vacío. Salvo la señora a mi lado y una pareja de mediana edad un par de filas más adelante, las hileras del fondo estaban totalmente libres. Esperé a que la mujer se acomodara para dormir y entonces, con mucho cuidado, me levanté con la mochila y me cambié al penúltimo par de asientos. Quería estirar las piernas, apoyar la cabeza en la ventana y dejar de oír los ronquidos.

Ahí atrás se respiraba distinto. La luz interior estaba apagada, solo brillaban un par de pilotos verdes sobre las puertas y la línea anaranjada del pasillo. Por la ventana, la carretera era una cinta negra interrumpida cada tanto por las luces de algún camión o por la silueta de un pueblo dormido. El aire acondicionado soplaba un poco más fuerte que en la parte delantera. Me puse los audífonos sin música y me limité a escuchar el motor.

Pasaron otras dos horas tranquilas. Dormité a ratos, con la frente apoyada contra el cristal, y al despertar tenía la cara helada y la mano dormida. Iba a sacar un libro cuando, sin previo aviso, el autobús aminoró y se detuvo. Por la ventana vi una hilera roja de luces traseras que se perdía en la curva. Bloqueo.

Estuvimos parados casi cuarenta minutos. La gente dormía, el conductor bajó a hablar con un par de oficiales y, cuando volvió, anunció por el micrófono que tenían que desviar por una carretera secundaria. Algunos pasajeros refunfuñaron, otros ni se enteraron. La pareja delante de mí siguió dormida, con la cabeza del hombre apoyada sobre el hombro de la mujer, ella con los audífonos puestos y la boca entreabierta.

***

Cuando arrancamos otra vez ya pasaban de las once. La carretera nueva era más estrecha, sin alumbrado, con árboles que se cerraban a ambos lados como un túnel. Cada cierto tiempo aparecía algún caserío oscuro, un letrero descolorido, un perro mirando los faros. Y entre caserío y caserío, nada. Pura noche.

Me di cuenta de que el silencio no era exactamente silencio. Era el zumbido del motor diésel, el aire acondicionado, la respiración de los que dormían. Nadie hablaba. Nadie se movía. Era como viajar dentro de un cofre cerrado a oscuras. Y yo, despierta, mirando por la ventana, era la única conciencia dentro del cofre.

No sé exactamente cuándo empezó la idea. Fue creciendo como una hormiga subiéndome por la nuca. Primero pensé en quitarme los tenis para sentir los pies libres. Después, en abrirme el primer botón de los jeans porque me apretaban. Después, en algo más.

Llevaba puesta una chamarra de mezclilla, una blusa de manga larga azul oscuro, sostén deportivo y unos jeans ajustados. Estaba sola en el fondo. La pareja de delante dormía, la señora de las bolsas de rosas dormía, el resto de los pasajeros eran cabezas hundidas en las esquinas de sus asientos. Si me movía despacio, nadie iba a notar nada.

Miré hacia atrás. La última fila estaba vacía. Miré al techo, donde una lucecita roja parpadeaba… aunque al observarla con calma me di cuenta de que era el piloto de la salida de emergencia, no una cámara. Probablemente nunca grababa nada de todos modos.

Hazlo.

El primer paso fue tonto. Levanté la blusa y el sostén deportivo lo justo para que mis pechos quedaran al descubierto bajo la tela, y los apreté contra la ventana. El cristal estaba frío y el contacto me cortó el aliento. Los pezones se me endurecieron al instante. Por fuera de la ventana no había más que oscuridad y, de vez en cuando, los faros lejanos de un coche en sentido contrario.

Cuando un automóvil se acercó por el carril opuesto, sentí el corazón en la garganta. Pasó a unos metros, deslumbrándome con las luces altas. No sé si el conductor miró arriba. No sé si vio una silueta blanca pegada al cristal del autobús. Lo único cierto es que él iba en dirección a la capital y yo en dirección al norte, y que en menos de un minuto íbamos a estar a kilómetros de distancia para no volver a cruzarnos jamás.

Esa certeza fue el detonante. Nadie iba a poder reconocerme. Nadie iba a saber quién era esa chica.

***

Bajé el cierre de los jeans con el pulgar. Levanté un poco la cadera del asiento y los empujé hacia abajo con los dos pulgares por dentro de la cintura, llevándome también las bragas. Los jeans se quedaron atorados en los talones, sobre los tenis. No me importó. Lo que me importaba era el contacto del aire frío contra mi sexo recién destapado.

Cerré los ojos un segundo. Estaba semidesnuda en un autobús con desconocidos a tres metros, y la única barrera entre el escándalo y mi vida normal era el respaldo del asiento de delante. Una corriente me recorrió de la nuca a los muslos.

Hundí la mano derecha entre las piernas. Estaba mojada, mucho más mojada de lo que esperaba, y al rozarme el clítoris con la punta del dedo se me escapó un suspiro que tuve que ahogar contra el hombro. Me tapé la boca con la mano izquierda y empecé a moverme despacio, dibujando círculos.

El cristal seguía pegado a mi mejilla. Afuera apareció el resplandor amarillento de una gasolinera abandonada y, más allá, las luces blancas de una camioneta que se aproximaba por nuestro carril. Tuve un impulso absurdo: quería que el conductor de esa camioneta levantara la vista justo en el segundo exacto.

Me incorporé un poco. Aparté la cortina de mi ventana del todo, la sujeté con la mano izquierda para que no se cayera y volví a apoyarme contra el cristal, esta vez con los pechos descubiertos directamente, sin tela de por medio. La camioneta nos rebasó por la izquierda, despacio, y por una décima de segundo me pareció que el copiloto, un hombre con gorra, giraba la cabeza hacia mi ventana.

Quizá lo imaginé. Quizá no. Para mí, en ese instante, fue real. Y fue suficiente.

***

La adrenalina no me dejaba parar. Me incorporé despacio, en silencio, y de un movimiento me saqué la chamarra. La doblé sobre el asiento del pasillo. Luego pasé la blusa por encima de la cabeza, intentando que el cuello no se enredara con el pelo. El sostén deportivo fue lo más difícil; es de los que se sacan por arriba, no se desabrochan. Estiré los brazos hacia el techo y, cuando la prenda salió volando hacia mi regazo, me quedé sentada completamente desnuda de cintura para arriba.

El aire acondicionado se sintió distinto sobre la piel sin ropa. Los pezones, ya duros, se endurecieron todavía más. Me miré los brazos, el vientre, el ombligo, los pechos. Estaba ahí, expuesta entera, en un autobús nocturno con catorce desconocidos a unos metros, y nadie sabía.

Volví a apoyarme contra la ventana. Esta vez fue distinto. No estaba apretando solo unas tetas contra el cristal: estaba pegando todo el torso, los hombros, parte del cuello. El frío del vidrio me arrancó otro suspiro. Bajé la mano de nuevo entre las piernas y me masturbé despacio, con dos dedos, mirando hacia afuera.

Pasamos por un pueblo dormido. Vi una plaza pequeña con un kiosco, una bombilla colgada de un cable, dos perros peleándose sobre el asfalto. Una mujer salía de una tienda con bolsas. Levantó la cabeza al ver pasar el autobús y, por un segundo, sus ojos buscaron las ventanas. La mía estaba justo encima de ella. No sé qué vio. No sé si lo entendió. Pero la mujer se quedó quieta, parada en plena acera, hasta que el autobús dobló la esquina.

Me imaginé contándolo y nadie creyéndome. Y eso me excitó más.

***

Cambié de postura. Me arrodillé sobre el asiento doble, mirando hacia la ventana, con los jeans todavía atorados en los tobillos. Quedé en cuatro patas, apoyada en los codos contra la moldura inferior, con el culo levantado en dirección al pasillo. Si en ese momento alguien iba al baño del fondo, me veía entera.

No me importó. O sí me importó, pero esa posibilidad era exactamente lo que estaba buscando.

Pegué el trasero contra el cristal. La curva fría me hizo arquearme, y al arquearme empujé el pubis contra el respaldo del asiento. Empecé a moverme adelante y atrás, frotándome contra la tela del respaldo, con una mano metida entre las piernas pellizcándome el clítoris y la otra agarrada al apoyabrazos para no perder el equilibrio.

El orgasmo se acercó rápido. Demasiado rápido. Intenté retrasarlo, parar dos segundos para respirar, pero no pude. Me mordí la palma de la mano izquierda con fuerza, hundí los dientes en el músculo del pulgar, y sentí cómo todo el cuerpo se me sacudía en silencio durante lo que me pareció una eternidad y probablemente no fueron más de diez segundos.

Cuando volví en mí, tenía la frente pegada a la ventana, el pelo revuelto y la marca de mis dientes en la mano. La pareja de delante seguía dormida. La señora del pasillo seguía roncando. El autobús seguía avanzando por la carretera secundaria, ahora entre campos de maíz que apenas se adivinaban en la oscuridad.

***

Subí los jeans y las bragas sin dejar de respirar fuerte. El sostén y la blusa se quedaron arrugados en el asiento del pasillo. No los toqué. Recogí solo la chamarra de mezclilla y me la puse directamente sobre el cuerpo desnudo, abrochando los dos primeros botones. Quedé en topless por debajo, con la chamarra abierta justo lo suficiente para que cualquier ráfaga la abriera entera.

Volví a apoyar la mejilla en el cristal. Cada vez que pasaba un coche en sentido contrario me daba un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Movía un poco la chamarra, dejaba ver un pecho, lo cubría de nuevo, lo volvía a descubrir. Era un juego privado con conductores que jamás iban a saber que habían sido parte de él.

Llegamos a mi destino a las cinco y cuarto de la mañana. Me vestí en los últimos diez minutos, con cuidado, atándome los cordones de los tenis dos veces para asegurarme de que todo estuviera en su lugar. Pasé al lado de los demás pasajeros como si nada, con la chamarra cerrada hasta el cuello y la mochila al hombro.

El conductor me deseó buen viaje. La señora de las bolsas seguía dormida. La pareja de delante también. Nadie podía probar nada.

Al bajar al andén, el aire frío de la madrugada me devolvió a la realidad. Caminé hasta la salida con una sonrisa que no pude reprimir y, mientras esperaba el taxi, me di cuenta de algo: ningún viaje de mi vida iba a poder competir con ese. Aunque me pasara la próxima década entre aulas y aeropuertos, ese trayecto nocturno por una carretera secundaria, con mi cuerpo pegado a una ventana y un puñado de desconocidos pasando en sentido contrario, iba a seguir siendo mío para siempre.

Y nadie, jamás, iba a saber quién había sido la chica del autobús.

Valora este relato

Comentarios (1)

Lucas_Nocturno

increible!!! Ese tipo de tension nocturna te la transmite de verdad. Muy buen relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.