La mujer del banco quería que la mirara
Salí al parque que queda a tres cuadras de la oficina con la idea de fumarme un cigarrillo y olvidarme media hora del informe que llevaba reescribiendo desde la mañana. Había sol, un viento tibio que olía a tierra mojada y casi nadie a la vista. En el banco que daba a la fuente, una mujer hojeaba una revista con las piernas cruzadas, y yo me senté en el de enfrente como si me hubieran señalado el sitio con el dedo.
Castaña, delgada, con la espalda muy recta. Llevaba una falda lápiz color carbón que le subía un poco al cruzar la pierna, medias oscuras de las que ya casi nadie usa, una blusa marfil abierta dos botones más de la cuenta y un abrigo corto color vino tirado al lado del bolso. Los labios pintados de un rojo intenso, casi vinoso. No le veía los ojos porque llevaba unas gafas de sol grandes, y eso me molestaba más de lo que quería reconocer. No podía calcular cuándo me estaba mirando ella a mí.
Saqué el periódico que ya había leído en el metro y fingí ojearlo. Pasaba páginas sin enterarme de nada. Cada tanto subía los ojos por encima del borde de papel y la encontraba en la misma postura, como una postal. Disimulo, disimulo, me decía, pero el disimulo, cuando uno no sabe qué cara tiene el otro detrás de los cristales, no es disimulo: es un teatro de uno solo.
Y entonces ella cambió la pierna de lado, lenta, sin levantar la vista de la revista. Lo hizo con esa deliberación que no es casual, y la falda se le subió un dedo más por el muslo. Giró la cabeza hacia la fuente, como mirando algo que no existía, y se pasó la lengua por el labio inferior. Sentí la primera advertencia ahí abajo, ese tirón insolente, y tuve que acomodarme en el banco. Cuando volví a mirarla, ella estaba sonriendo apenas, con la boca cerrada, y entendí que llevaba un buen rato pillándome.
Bajé el periódico. Si íbamos a jugar a este juego, no pensaba seguir fingiendo que leía noticias deportivas.
Volvió a su revista, pero sin convicción. Comenzó a rascarse el muslo por encima de la media con la yema de los dedos, despacio, y la mano fue subiendo sin que ella pareciera notarlo. Yo lo notaba por las dos. La media terminaba ahí donde terminan las medias, y vi aparecer una franja de piel blanca y el tirante negro de un liguero. Estuve a punto de soltar una carcajada nerviosa. ¿Quién se pone liguero un martes a las once de la mañana para sentarse sola en un parque?
Una mujer que esperaba a alguien que la mirara, evidentemente.
Me miró. Lo supe aunque las gafas me devolvieran nada más que mi propio reflejo. Me escondí medio segundo detrás del periódico, por reflejo, como un adolescente, y enseguida me dio vergüenza. Lo dejé sobre el banco, definitivamente, y encendí un cigarrillo para tener algo que hacer con las manos.
Ella descruzó las piernas, las abrió un poco, lo justo para que viera un triángulo de tela clara contra el negro absoluto de las medias y la falda. Las volvió a cruzar en la otra dirección, sin prisa. Era un movimiento que había practicado, lo supe ahí mismo. No era la primera vez que hacía esto.
***
El parque a esa hora estaba casi vacío. Una señora con un caniche al fondo, un viejo dormitando con el sombrero sobre los ojos, dos pájaros peleándose por una miga. Nadie más. La mujer del banco me miró fijo, sacó la punta de la lengua y se la pasó por el labio de arriba muy despacio, como si yo fuera un postre que estaba a punto de pedirse. Me había olvidado de respirar.
Entonces se inclinó hacia el bolso, lo abrió como buscando algo, y al hacerlo descruzó las piernas con una generosidad nueva. Vi otra vez la tela clara. Vi más. Estaba sudando, y no era por el sol. Me dije que tenía que levantarme y caminar hacia ella, decirle cualquier cosa, lo que fuera, antes de que se evaporara como una alucinación de mediodía. Pero no me moví. Estaba clavado al banco, hipnotizado.
Y ella, que parecía leer perfectamente mi parálisis, hizo algo que todavía no me creo del todo. Se puso de pie. Se acomodó la falda con un gesto rápido. Y, en un movimiento veloz, casi de prestidigitadora, se bajó la ropa interior hasta la mitad del muslo, se sentó otra vez en el banco y terminó de quitársela esquivando los tacones con una destreza practicada. La dobló dos veces y la dejó en el banco, junto a la revista.
Después se quitó las gafas.
Tenía los ojos verdes. Verdes verdes, no esos verdes de mentira que se inventan en las novelas. Me miró sin parpadear, abrió las piernas dos segundos para que yo me grabara la imagen para siempre, las cerró, me mandó un beso con la punta de los dedos, recogió el bolso, el abrigo y la revista, y se fue. Caminaba como camina una mujer que sabe perfectamente qué pasa detrás suyo, sin acelerar y sin mirar atrás.
Me quedé un segundo más en el banco, lo justo para entender que aquello había sucedido. Después me levanté como si me hubieran disparado un cohete debajo del pantalón y fui derecho a la prenda olvidada. No era ropa interior común. Era una tira mínima de encaje negro, una de esas piezas que casi no se podían llamar prenda. La olí sin querer y, después de olerla, la olí queriendo. Me la metí en el bolsillo del saco y salí del parque casi corriendo.
***
La distinguí media cuadra más adelante, caminando hacia la avenida. Apreté el paso para no perderla y la fui siguiendo a una distancia decente, como si yo también estuviera ahí por casualidad. Cruzó dos esquinas, dobló a la derecha y entró en el café Aragón, ese que tiene los ventanales grandes que dan a la plaza. Esperé treinta segundos en la vereda y entré.
Estaba en una mesa para dos, junto a la ventana. Me senté en la de al lado, con la espalda contra el cristal, de tal manera que podía mirarla casi sin girar la cabeza. Pedí un café que no pensaba beber. Ella pidió un té, le dijo algo gracioso al mozo, y cuando él se fue, me miró y sonrió. No una sonrisa cualquiera. La sonrisa de alguien que llevaba toda la mañana esperándome.
—Ya pensaba que no te animabas —dijo, y fue la primera vez que escuché su voz. Era una voz baja, ronca, con un acento que no terminé de ubicar.
—Tardé un poco —contesté—. Estaba ocupado con un asunto que me dejaste en el banco.
Soltó una risa por la nariz. Se desabrochó otro botón de la blusa, casi sin querer, y vi nacer el encaje del corpiño. La presión que les hacía a los pechos formaba una raja en el centro que era una invitación grosera y, sin embargo, perfectamente elegante. Metí la mano en el bolsillo, saqué un dedo nada más, y le mostré una punta de la tela negra entre el índice y el pulgar. A ella se le ensombrecieron los ojos verdes un instante, como si yo hubiera tocado un cable.
Su mano desapareció bajo el mantel. No necesité explicación de qué estaba haciendo. Cerró los ojos dos segundos y dejó escapar el aire por la boca, muy bajito, lo justo para que yo me diera cuenta y nadie más.
El mozo volvió con el té. Ella tardó casi nada en recomponerse, le dio las gracias con una sonrisa correctísima, y cuando el hombre se fue, miró hacia el fondo del local y me hizo un gesto mínimo con la cabeza. Hacia el pasillo de los baños.
***
Esperé treinta segundos largos antes de levantarme. Treinta segundos en los que me convencí de que esto era una locura y, al mismo tiempo, de que no me iba a perder esta locura por nada del mundo. Crucé el café, bajé tres escalones y empujé la puerta del baño de mujeres con la sensación de estar entrando a un país nuevo.
No había nadie. Tres cabinas. Solo una cerrada.
—Acá —dijo desde adentro, y la voz me erizó la nuca.
Empujé la puerta con la yema del dedo. Y ahí estaba.
De espaldas a la puerta, inclinada hacia adelante, con las manos contra el azulejo y la frente casi tocando la pared. La blusa y la falda estaban dobladas con una prolijidad rara sobre la tapa del inodoro, como si las hubiera plegado pensando en después. No le quedaba puesto más que el corpiño de encaje, el liguero, las medias y los tacones. La piel del culo, sin marca, sin huella, blanca, esperándome.
Cerré la puerta a mis espaldas y eché el pestillo. Caí de rodillas casi sin querer. Ella separó un poco más los pies, sin decir nada, sin necesidad de decir nada.
Le puse las dos manos en las nalgas y apreté. La piel era exactamente como me la había imaginado en el banco: tibia, firme, viva. Le mordí la parte baja del culo, primero suave y después no tanto, y la oí respirar más fuerte. Le pasé la lengua por la cara interior del muslo, subiendo despacio, esquivando a propósito el lugar al que sabía que ella quería que yo fuera. Sentí su impaciencia en la forma en que se movían los dedos contra el azulejo.
Cuando por fin le metí la lengua, soltó un sonido que no era una palabra. Le recorrí todo, sin método, dejándome llevar por la forma en que ella se acomodaba contra mi boca. Le mordí los muslos otra vez. Le pasé la lengua por todos los rincones con una lentitud que la hizo arquear la espalda como si la hubieran tocado con un cable. Mientras tanto, me había abierto el pantalón con la otra mano y me agarraba para mí mismo, despacio, sin urgencia, porque no quería terminar antes de tiempo.
De golpe se dio vuelta. Me agarró del pelo con las dos manos, sin violencia pero con una autoridad que me dejó sin discusión, y me empujó la cara contra ella. Le besé la entrepierna como si fuera la boca, le pasé la lengua entera, le encontré el botón con la punta y me quedé ahí, succionando, jugando, hasta que la sentí temblar de las rodillas para arriba. Se mordió la palma de la mano para no gritar. La oí, igual, un quejido apretado entre los dedos.
—Date vuelta —le pedí con un hilo de voz, y fue la primera cosa que le dije adentro de la cabina.
Se dio vuelta otra vez y volvió a apoyar las manos en la pared. Me puse de pie. Me agarré, le acomodé las caderas con la otra mano y entré de una sola vez, hasta el fondo. Ella se mordió el antebrazo. Me quedé quieto dos segundos, sintiéndola, oyendo su respiración rebotar contra el azulejo.
Después me moví. Despacio al principio, después no. Le agarré la cintura, le agarré el pelo, le mordí el hombro por encima del tirante del corpiño. Ella se metió una mano entre las piernas y empezó a tocarse mientras yo seguía. La sentí apretar contra mí, fuerte, dos veces, y la oí morderse otra vez para no hacer ruido.
Cuando estaba por terminar, salí. La hice girar, le puse la mano debajo de la barbilla y se arrodilló sin que yo se lo pidiera. Terminé sobre su clavícula, sobre el encaje del corpiño, sobre la cara que dos horas antes era una desconocida detrás de unas gafas de sol. Ella cerró los ojos, no por pudor sino por concentración, y al final abrió la boca para recibir lo último.
Nos quedamos en silencio un minuto largo. Ella se limpió con un pañuelo del bolso, sin apuro, con una calma que me sorprendió más que todo lo anterior. No supe qué decir, así que no dije nada.
Se vistió. Se acomodó el pelo. Antes de salir de la cabina me dio un beso en la comisura de la boca, abrió la puerta, miró que no hubiera nadie en el pasillo, y salió. Esperé tres minutos largos antes de seguirla. Cuando volví a la mesa, encontré sobre el mantel mi cuenta paga y, debajo, una servilleta doblada. La abrí.
Había un número de teléfono. Y, debajo, escrito con la misma letra firme con que se había quitado las gafas en el parque, una sola palabra: mañana.