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Relatos Ardientes

Su primo nos pidió mirarnos y yo dije que sí

Después de mi divorcio tardé casi un año en volver a salir con alguien. El elegido fue Joaquín, un cliente habitual de la librería independiente donde yo atendía, ocho años mayor que yo y también divorciado. Empezó pasando a saludarme dos o tres veces por semana, después se quedaba hasta la hora del cierre y me llevaba a casa. Cuatro meses después ya éramos pareja oficial. Mis dos nenes se iban con su papá un fin de semana al mes, y esos eran nuestros fines de semana sagrados: cine, cena, alguna escapada a un hotel del camino.

Llevábamos siete meses así cuando me propuso pasar tres días enteros en su casa. Sus hijos estaban con la mamá, los míos con el papá, y la idea de despertar a su lado tres mañanas seguidas me parecía un lujo. Llegamos el jueves por la noche y para el viernes ya nos habíamos comido todas las ganas acumuladas. Después de cenar, tirados en su cama, me dijo que el sábado había un baile en el salón de la esquina y que quería llevarme. —Ponete algo que me caliente —me pidió, y se rio cuando le contesté que ya tenía el vestido en la cabeza.

Pasé temprano por mi departamento y elegí una falda negra cortita que apenas me tapaba la mitad del muslo, una blusa blanca de tirantes finos con escote en uve y una telita tan liviana que se me transparentaba todo. Encima me puse un saquito negro corto. Cuando se lo mostré, Joaquín me dijo que ni se me ocurriera ponerme corpiño. —Quiero ver los pezones marcados toda la noche —me susurró. Y completó la idea él mismo: una tanga de hilo con una mariposita de encaje adelante que apenas tapaba algo. Llené el bolso con unos flats para bailar cómoda y salimos justo a tiempo.

El salón quedaba a tres cuadras de su casa, así que fuimos caminando. En cuanto entramos, vi a Esteban en la barra y se me bajó el ánimo. Esteban es primo de Joaquín, casi diez años menor que él, y la última vez que lo había visto fue en una situación que prefería olvidar. Una tarde de domingo entró sin tocar al cuarto de Joaquín cuando me estaba cogiendo de perrito. En vez de retirarse, se quedó mirando desde el marco de la puerta hasta que me cubrí con la sábana. Joaquín se levantó desnudo, le habló como si nada y le pidió que esperara abajo. Después me explicó que de chicos habían compartido todo: novias, mujeres en cabinas, intercambios. Para él verse desnudos era lo más normal del mundo.

***

Esteban se acercó con dos cervezas en la mano, le dio una a Joaquín, me saludó con un beso demasiado largo en la mejilla y me dijo que su novia no iba a llegar. Por lo visto los padres de ella los habían cachado y los tenían castigados. La chica tenía veintiuno, él casi treinta, una diferencia que en esa familia parecía no causar mayor problema. Decidí ignorarlo y agarré a Joaquín para arrastrarlo a la pista.

Bailamos dos cumbias seguidas. Cuando volvimos a la mesa, Esteban había traído un cartón entero. Me tomé la primera lata casi sin querer, con el calor de la pista y la garganta seca. Después vinieron otras tres. A la quinta cerveza, Joaquín fue a buscar más al puesto de afuera y le dijo a su primo: —Cuidámela, pero no te pases de listo. Esteban se rio, me ofreció la mano y me tiró a bailar una salsa que yo le acepté sin pensar.

Bailaba bien, eso lo reconozco. Y aunque trataba de mantener distancia, en cada giro la mano se le iba un poco más abajo de la cintura, casi rozándome la parte alta de las nalgas. El saquito ya lo tenía desabrochado por el calor, y cuando terminó la canción me di cuenta de que con tanto movimiento la blusa se me había corrido y media areola izquierda me asomaba por el escote. Antes de que pudiera reaccionar, Esteban me apoyó la mano en la tela y me la subió como si me estuviera acomodando. Sentí su pulgar pasar deliberadamente por el pezón. No dije nada. Volvimos a la mesa con Joaquín ya sentado. —¿Qué pasó? —me preguntó. —Nada, se me corrió la blusa y tu primo me ayudó a acomodarla —contesté. Esteban no agregó nada. Joaquín me dio otra cerveza.

***

De ahí en adelante todo se aceleró. Esteban trajo una botella de mezcal cuando se acabó el segundo cartón. Empezaron los shots, las canciones se mezclaban, y yo bailaba una con cada uno sin acordarme cuál había sido la última. A las tres de la mañana el salón apagó las luces y los tres salimos a la calle dando tumbos. Las tres cuadras hasta lo de Joaquín me parecieron diez. Esteban se vino con nosotros porque vivía a otras diez cuadras y le quedaba en el camino.

Cuando llegamos a la puerta de la casa, Esteban se despidió. —Pasá, vamos a tomarnos la última —le ofreció Joaquín. —Una y me voy —contestó él. Yo protesté que también quería la última y entramos los tres. Joaquín fue a la cocina a buscar otra botella mientras yo me dejaba caer en el sillón de tres cuerpos. Esteban se sentó en el sillón individual, justo enfrente. Con la borrachera y el cansancio me senté como cualquier cosa, las piernas abiertas sin pensarlo. —Se te ve todo —me dijo Esteban, casi divertido. Joaquín entró en ese momento con tres vasos y la botella. —Dejala, no es nada que no haya visto antes —comentó sin frenarse.

Apreté las rodillas y le sostuve la mirada un segundo a Esteban, pero no dije nada más. Brindamos. El mezcal me bajó como un rayo. Me recosté contra el pecho de Joaquín y escuché cómo empezaban a hablar de las cosas que habían hecho de jóvenes: playas nudistas, parejas que habían compartido, una cabina al fondo de un club al que entraban mujeres que ni les preguntaban el nombre. Yo escuchaba con una mezcla de morbo y vergüenza, sintiendo cómo Joaquín, mientras hablaba con su primo, me iba subiendo despacio la falda con la mano que tenía libre.

—Lo último que hicimos nosotros —dijo él de pronto, mirando a Esteban— fue dejar que un tipo nos viera coger en un hotel. Mientras lo decía me abrió las piernas con descaro y me besó muy lento en la boca. Yo le contesté el beso. El alcohol me había puesto blanda, las defensas en cero. Cuando entreabrí los ojos, vi a Esteban sobándose por encima del pantalón.

—¿Soy un afortunado? —preguntó él, sin disimular. Joaquín me ayudó a pararme y me habló al oído. —¿Lo dejamos? Ya te vio. Lo decidís vos. Me quedé en silencio unos segundos, sintiendo el cosquilleo entre las piernas. Total ya me había visto desnuda esa vez. Total estaba lo suficientemente borracha como para no tener que recordar mañana cómo dije que sí. —Está bien —contesté—, pero sin fotos, sin video, nada. Joaquín le señaló el baño a Esteban. —Andá a dejar el celular ahí adentro. Cuando lo dejes, lo charlamos.

***

Esteban volvió con las manos vacías y se sentó otra vez en el sillón individual. Joaquín me besó en la boca con calma. Me levantó la falda hasta dejarme las nalgas al aire, divididas apenas por el hilo de la tanga. Después me dio vuelta para que su primo me viera de espaldas. Yo no quería mirarlo, así que cerré los ojos y apoyé la frente contra el cuello de Joaquín. Sentí cómo me sacaba la blusa por la cabeza y cómo el aire fresco me pasaba por los pezones duros.

—Mirale las tetas —le dijo Joaquín a su primo, como si yo fuera un cuadro que estuviera mostrando—. Mirale la concha también, hoy se depiló para mí. Abrí los ojos un instante. Esteban se había sacado el pene y se lo estaba acariciando despacio. Era largo, parecido al de Joaquín. Cosas de familia, pensé, y me sorprendió no sentir vergüenza. Sentí calor entre las piernas y nada más.

Joaquín se sentó en el sillón largo y me hizo subirme arriba. Corrí el hilo de la tanga a un costado y me dejé caer sobre él de un solo movimiento. Estaba tan mojada que entró entero. Empecé a moverme despacio, después más rápido, y cuando Esteban dejó escapar un —Mirá cómo se mueve— sentí que algo se me prendía adentro. Me bajé un segundo, me di vuelta y me volví a sentar dándole la espalda a Joaquín, ahora de frente a su primo. Apoyé los pies en las rodillas de Joaquín y abrí las piernas todo lo que pude. Quería que Esteban viera cómo el pedazo de carne de su primo me entraba y salía. Quería darle ese espectáculo. Cuando me di cuenta de eso, me vino el primer orgasmo de la noche.

***

Le pedí a Joaquín que me pusiera de perrito. Me apoyé contra el respaldo del sillón con las palmas y dejé las nalgas en el aire. Joaquín me agarró de la cintura y empezó a darme fuerte, sin pausa, con un ritmo que me sacudía la cabeza. Esteban se había parado de su sillón. —Al menos chupásela un poco —me dijo Joaquín sin frenar el embate. Levanté la cara y lo tenía justo enfrente, con la verga dura y los testículos casi en los ojos. —No te la chupo —le dije—, pero te la jalo. Y cerré la mano alrededor mientras Joaquín me seguía cogiendo desde atrás.

No sé cuánto duramos así. Esteban me agarró los pechos con la otra mano y me apretó los pezones hasta hacerme gemir más fuerte. Joaquín cambió el ritmo, se puso brusco, y supe que estaba por terminar. Como me había operado después de mis hijos, no tenía que sacar. Me llenó adentro con una serie de embestidas finales que me hicieron explotar en un último orgasmo larguísimo. Casi al mismo tiempo, Esteban me apuntó la verga a la cara y me terminó encima: en los ojos, en la nariz, en la boca entreabierta, en los pechos.

***

Me quedé un rato así, llena por dentro y por fuera, sintiendo cómo Joaquín se iba ablandando dentro mío. Cuando me la sacó, me incorporé y le pedí a Esteban que me limpiara. Le tiré la remera que Joaquín se había sacado en algún momento de la noche. Me pasó la tela con cuidado por la cara, después por los pechos, y se quedó manoseándomelos un rato más de la cuenta. Bajó hasta la concha y comentó: —Acá también te cayó. Era mentira, era de Joaquín, pero ninguno de los tres lo aclaró. Joaquín me sostuvo las piernas abiertas mientras él me limpiaba con una calma que me dio risa.

—La vez pasada tenías pelos —dijo Esteban de repente. —Callate —contesté. Joaquín se rio. —Hoy se depiló para que la veas mejor —le aclaró, y los dos festejaron como dos pibes. Me levanté del sillón, le di un beso en la mejilla a Esteban y otro en la boca a Joaquín, que seguía sentado. Después caminé desnuda hasta la habitación, moviendo las nalgas a propósito, sabiendo que los dos me miraban.

Joaquín subió quince minutos después. Esteban se quedó a dormir en el cuarto de huéspedes. Joaquín se metió en la cama, me abrazó por atrás y me acomodó las nalgas contra él. Su pene no respondió: la cogida había sido demasiado. —Estuvo muy rico —me dijo bajito—. Me gusta cómo te dejaste llevar. No contesté. Pensé que tenía algo nuevo para guardarme, algo que no podría contarle a nadie. Y pensé también, aunque no lo dije, que me había encantado tener otra verga distinta en la mano por primera vez en años.

Al día siguiente, cuando bajé a hacer café, Esteban ya se había ido. No volvimos a hablar nunca de lo que pasó esa noche. Pero un mes después, en un cumpleaños familiar, me sostuvo la mirada un segundo de más. Y yo se la sostuve también.

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Comentarios (3)

MiraFurtiva

Tremendo relato!! me quede sin palabras. Segunda parte por favor!!

curiosa_porteña

Ay que picante esto jajaja me encanto como lo contaste, muy natural todo sin pasarse de la raya

lecturaNocturna

excelente!!!

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