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Relatos Ardientes

La noche que salí a la calle completamente desnudo

Mi cuerpo nunca fue un trofeo. Mido un metro setenta y seis y entré al gimnasio hace cinco semanas, todavía sin que se note. Lo único de lo que me sentí orgulloso desde adolescente fue el tamaño de mi pija: dieciocho centímetros bien medidos. A mis veintidós años seguía siendo virgen con cualquier persona en carne y hueso, pero llevaba mucho exhibiéndome detrás de una pantalla. Grupos de mensajería, salas de cámaras, chats con desconocidos. Me masturbaba para gente que jamás vería. A veces también para chicos. No soy gay, pero la idea de que cualquiera me observara me hacía estremecer.

Lo virtual dejó de bastarme. Empecé a imaginar el patio de mi casa a oscuras, el aire frío contra la piel, la posibilidad real de que alguien apareciera. Lo fantaseé durante semanas hasta que llegó la noche perfecta. Mis padres se fueron a un cumpleaños fuera de la ciudad y en casa quedó solo mi hermana, dos años menor que yo, encerrada en su cuarto desde temprano.

Eran las dos y media de la madrugada cuando me desvestí en mi habitación. Doblé la ropa en la silla como si fuera a ponérmela enseguida, aunque en el fondo sabía que tardaría horas en hacerlo. Abrí la ventana porque la puerta principal chirría, y salí descalzo por el alféizar. El cemento estaba frío, el aire también, pero mi pija se endureció apenas pisé el patio.

Avancé agachado hasta la zona donde mis padres dejan los autos. Allí me incorporé. Estaba afuera, sin ropa, con la luna llenándome la espalda. No supe qué hacer primero. Quería todo.

Mis dos perros, Coqui y Lobo, ladraron y vinieron corriendo. Sentí un latigazo en la nuca pensando que mi hermana se asomaría. Los perros me olisquearon, me reconocieron y se fueron sin más drama. Aun así me agaché detrás del auto de mi madre. Desde el living llegó la luz amarilla de una lámpara que se encendía. Mi hermana abrió la puerta corrediza, miró el patio en pijama, gritó el nombre de los perros y se metió. La cerradura sonó. Esperé. Conté hasta doscientos. Después salí de mi escondite.

***

Una idea horrible y deliciosa me cruzó la cabeza. Detrás de la casa hay una ventana baja que da al cuarto de mi hermana. La pared está cubierta de jazmines y en verano la cortina queda entornada. Caminé hasta allá pegado a la medianera, con la pija pesando entre las piernas como una promesa.

Ella dormía boca arriba. La sábana le cubría las piernas pero no el torso. Llevaba un brasier deportivo blanco, los hombros desnudos y la cara hacia el lado opuesto, hacia la pared. No la veía a ella exactamente; veía la silueta de una mujer respirando despacio en una cama, y eso bastó. Me apoyé contra la pared, fuera del rectángulo de luz que entraba por la cortina, y me toqué.

No es ella, no es ella, no es ella.

Me lo repetí como un mantra. La verdad es que no necesitaba que fuera nadie en particular: necesitaba la prohibición. La ventana, la madrugada, el riesgo de que se diera vuelta y abriera los ojos justo en ese instante. Me toqué dos, tres minutos. Cuando ella se removió y empezó a girar, di un paso atrás, me deslicé hasta la esquina y crucé el patio sin respirar.

***

De vuelta junto a los autos, dudé. Lo lógico era volver adentro. Pero el portón de hierro que separa nuestra casa de la calle me llamaba desde hacía meses. Caminé hacia él temblando, no sé si de frío o de adrenalina. El portón tiene barrotes verticales y entre ellos pasa medio cuerpo. Me paré pegado al hierro, con la pija asomando por uno de los huecos, y miré la calle.

Vacía. Por supuesto. Eran casi las tres de la mañana en un barrio dormido.

Pero el simple hecho de pensar que cualquiera —un taxista, un repartidor, un vecino con insomnio— podía aparecer por la esquina me llevó al límite. Me corrí ahí mismo, contra los barrotes, salpicando la vereda del otro lado. Caí sentado en las baldosas frías. La respiración me silbaba.

Y entonces, mirando hacia un costado, vi el balde.

***

El balde está dado vuelta junto al medidor de luz desde que tengo memoria. Mi madre escondió hace años una llave de repuesto debajo, para emergencias. Yo lo sabía y nunca lo había usado. Me arrastré gateando, levanté el balde, agarré la llave fría con dos dedos y volví al portón.

Lo abrí muy despacio para que las bisagras no chillaran. Asomé la cabeza primero. Después un pie. Después el otro. Estaba afuera. Estaba en la calle. Desnudo en la calle.

Caminé hasta el centro del asfalto y giré sobre mí mismo. Mi sombra dibujaba círculos en el piso bajo el farol de la esquina. Volví a tener una erección casi inmediata. Quería más. Avancé media cuadra pegado a las paredes, listo para meterme detrás del primer árbol si escuchaba un motor. No había nada. Solo el zumbido de un transformador y el ladrido lejano de algún perro que no era de mi calle.

Doblé la esquina. La calle perpendicular me era menos familiar; allí había vecinos a los que nunca había visto en persona. Justo eso buscaba.

Tres casas más adelante había una ventana con luz. Una de esas luces parpadeantes que delatan un televisor. Me acerqué muy lento. Por la cortina entreabierta vi a tres personas en el living: dos chicos de mi edad y una chica con el pelo recogido, todos pegados a la pantalla con joysticks. No me prestaron atención, claro, porque ni siquiera miraron hacia afuera. Pero pasé caminando frente a su ventana. Dos veces. Tres. La tercera me detuve un instante con la pija a la altura del marco, conteniendo la respiración. Nadie giró la cabeza. Seguí.

***

Estuve fuera casi cuarenta minutos. Otro día medí en el mapa la distancia que recorrí esa noche: cuatrocientos veinte metros. Cuatrocientos veinte metros de calle abierta, dándole la cara al barrio. Me corrí dos veces más en el camino. La primera, sentado en el cordón de la vereda frente a una casa con persianas bajas. La segunda, parado junto a un poste, agarrado del hierro con una mano y de mí con la otra. Si alguien me hubiera mirado en ese segundo desde una ventana oscura, jamás se habría olvidado de ese poste.

La parte voyeur de mí —la que necesitaba ser visto, no solo expuesto— empezó a impacientarse. Quería que alguien me viera. Quería confirmar que no era todo una fantasía mía a oscuras. Pero también quería volver vivo y sin que nadie me reconociera. Necesitaba a una desconocida, alguien que no pudiera identificarme después.

Pensé en Marisol.

Marisol vive a dos calles de mi casa, en un chalecito amarillo. Tiene treinta y ocho años, es divorciada y trabaja en un consultorio odontológico. Le sigo el perfil desde una cuenta falsa que ella no sabe que existe. Sube fotos en la pileta, en bikini, descalza sobre la baldosa caliente. Y sí, también miré sus pies. También sus pies me parecieron una invitación.

Decidí que ella iba a ser la elegida.

Caminé hasta su chalet. Me ubiqué en la vereda de enfrente, escondido detrás de un auto estacionado, y estudié la calle. Limpia. Sin ojos. Crucé. Apreté el timbre una sola vez y corrí a esconderme en el zaguán de la casa contigua, donde un cantero alto me tapaba hasta los hombros.

***

Pasaron veinte segundos eternos. Después se encendió la luz del porche. Después la puerta de calle se abrió.

Marisol salió en bata corta, atándose el cinto. Llevaba el pelo despeinado, la cara sin maquillaje, los ojos somnolientos. Miró a izquierda y derecha. Salió un paso más allá del umbral, intrigada.

Yo dudé tres segundos. Después salí.

No corrí hacia ella. Caminé. Caminé despacio, con una mano alrededor de mí mismo, mostrándome entero bajo el farol de su porche. Ella me vio. Su cara hizo un gesto raro: primero sobresalto, después incredulidad, después algo que no supe leer. No gritó. No volvió a entrar de inmediato. Se llevó la mano al pecho como si quisiera cerrarse la bata, pero no la cerró del todo. Y yo seguí caminando hacia ella.

A dos metros, me detuve. Nos miramos directo a los ojos un segundo. Un segundo es muchísimo. Después ella retrocedió hacia el interior, sin sacarme la mirada de encima hasta el último instante, y cerró la puerta. Pero no apagó la luz del porche. Y el cortinado del living se movió un segundo más tarde: estaba mirándome desde adentro.

Me había visto. Una desconocida, una mujer madura del barrio, me había visto entero. Y no sabía quién era yo.

Corrí.

***

Volví por callecitas paralelas, cruzando los patios traseros como un gato. Cuando llegué a mi portón, la mano me temblaba tanto que la llave se me cayó dos veces antes de entrar. Cerré con doble vuelta, guardé la llave bajo el balde y me tiré boca arriba en el centro del patio, debajo del cielo todavía sin amanecer.

Me toqué una quinta vez. La quinta de esa noche. La piel del estómago me ardía. Cuando me corrí mirando las estrellas pensé en Marisol mirándome desde la cortina y supe que iba a soñar con esa cortina mucho tiempo.

Entré por la misma ventana. Cerré con cuidado. Me puse el bóxer, una remera, me senté en el borde de la cama. Y entonces vibró el celular.

Era un mensaje de mi hermana.

«¿Estás despierto?», decía. Solo eso. Sin emoji, sin contexto. Las tres y cuarenta y siete de la madrugada.

Me quedé mirando la pantalla mucho tiempo, sin saber si responder, sin saber qué había escuchado, qué había visto, qué sabía. La sangre todavía me latía en las sienes.

Y desde la calle, lejos pero claro, escuché que se cerraba una puerta. No supe si era la de Marisol o la de mi propia casa.

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Comentarios (5)

Dario_Noche

increible!! la adrenalina que transmite se siente fisicamente mientras lees. bravo

VicenteNocturno

Necesito saber como termino eso jajaja por favor una segunda parte. La tension del relato es adictiva

CaroNocturna

Me recorda a cuando de adolescente hacia locuras de madrugada. La sensacion de estar al limite es muy real. Muy buen relato, lo disfrute muchisimo

Marcos_T

jajaja hay que tener nervios de acero para animarse a algo asi... tremendo relato

NoraPampa

Que bien escrito, de verdad. Se nota que quien escribio esto sabe capturar esa mezcla de miedo y excitacion que produce hacer algo prohibido. Desde la primera oracion te atrapa y no te suelta. Espero ver mas relatos de este estilo.

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