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Relatos Ardientes

Espié a mi hermano con nuestra prima desde la ventana

El cumpleaños de mi abuela siempre era un buen pretexto para volver a Querétaro. Hacía tres años que mis padres, mi hermano Diego y yo nos habíamos mudado a la capital, pero la casa de la abuela seguía siendo ese refugio con jardín enorme y olor a tierra mojada que ninguna de mis amigas entendía cuando intentaba describirlo.

Acababa de cumplir 19. No era una chica social; durante las reuniones familiares prefería ocupar un rincón del sillón y dejar que la conversación me pasara por al lado. Mi madre lo llamaba timidez; yo lo llamaba sentido común. Aquella noche todo seguía el guion habitual: comida de más, vino de más, y los primos riéndose de chistes que solo ellos entendían.

Diego, que tiene un año menos que yo, llevaba toda la tarde pegado a nuestra prima Camila. Antes de la mudanza eran inseparables; cuando nos fuimos, se quedaron en contacto por mensajes y llamadas que duraban hasta tarde. Yo no le había dado importancia hasta esa noche.

—¿No vas a comer postre? —me preguntó mi abuela cuando me vio sentada en el sillón con el celular en la mano.

—No, abuela, ya estoy llena.

—Estás muy delgada, mija. Pareces una vela.

Sonreí y dejé que me besara la frente. Desde el comedor, Camila soltó una risita por algo que Diego le había dicho al oído. Él tenía la mano apoyada en el respaldo de su silla, no en su hombro, pero cerca, demasiado cerca para mi gusto. No le di importancia. Eran primos. Siempre habían sido así.

Pasada la medianoche, los invitados empezaron a marcharse. La abuela les dijo a mis padres y a los tíos que no manejaran de noche, que sobraban camas, sillones y cobijas para todo el mundo. Hubo un acomodo torpe de quién dormía dónde. A mí me tocó la recámara del fondo, la que daba al patio trasero. Diego se quedó en el cuarto del costado y Camila durmió con sus papás en la sala.

—Buenas noches, hermanita —dijo Diego en el pasillo, con esa sonrisa medio burlona que llevaba puesta desde los catorce años.

—Buenas —respondí, y cerré la puerta.

Me metí a la cama con la pijama más fina que había traído, un pantalón de mezclilla viejo que usaba para dormir y una camiseta sin mangas. El cuarto olía a colcha guardada. Apagué la lámpara y me acomodé de lado, mirando la ventana. Las cortinas estaban corridas pero no del todo; entre ellas se colaba una franja anaranjada de la luz del jardín.

Empezaba a quedarme dormida cuando escuché las risas.

Eran risas bajas, contenidas, como las de alguien que sabe que no debería estar haciendo ruido. Después, un murmullo de voces. Me incorporé en la cama con el corazón acelerado. Lo primero que pensé fue en ladrones. Lo segundo, ridículamente, en fantasmas. La casa de la abuela siempre había tenido fama de embrujada entre los nietos.

Salí de la cama sin hacer ruido y caminé descalza hasta la ventana. Aparté la cortina apenas un par de centímetros y pegué un ojo a la abertura. El patio estaba iluminado por las lámparas de estaca clavadas en el pasto y por la luz amarillenta del foco del porche. Tardé unos segundos en encontrarlos.

Estaban sentados en una de las sillas de jardín, junto a la mesa redonda donde mi abuela ponía las macetas. Diego y Camila. Sentí un alivio inmediato al darme cuenta de que no eran ladrones ni fantasmas. Iba a soltar la cortina y volver a la cama cuando vi cómo mi hermano se inclinaba y la besaba en la boca.

Me quedé congelada con la mano en la tela.

No era un beso de primos. No era un beso de borrachos jugando. Era un beso lento, con la boca abierta, con la lengua. Camila le pasó los brazos alrededor del cuello y se acomodó más cerca, casi encima de él. Diego le sostenía la cintura con una mano y le subía la otra por la espalda, por debajo de la blusa.

Sentí calor en la cara. Una mezcla de vergüenza, sorpresa y otra cosa que todavía no sabía nombrar.

Se levantaron de la silla. Camila volvió a rodearle el cuello mientras Diego le bajaba la mano por la espalda hasta la curva de las nalgas, ajustadas en un pantalón de mezclilla muy entallado. Le levantó la pierna con la mano izquierda y se la enroscó en la cadera. Camila soltó una risita silenciosa y le mordió el labio inferior.

Eran primos. Eso fue lo único que pude pensar durante esos primeros segundos. Eran primos y se besaban como si no lo fueran, como si en lugar de sangre compartieran un secreto largo y bien guardado.

***

Camila se separó de él, se mordió el labio, le sostuvo la mirada y se arrodilló en el pasto. Se hizo una coleta improvisada con la mano mientras Diego se desabrochaba el cinturón. Yo apreté la cortina con los dedos sin darme cuenta. Vi cómo dejaba caer el pantalón y el bóxer hasta los tobillos. Vi a mi hermano de una manera que no debería haber visto nunca.

Camila le tomó el miembro con una mano y empezó a moverla despacio, sin prisa. Después acercó la cara, sacó la lengua y la pasó desde abajo hasta arriba, lentamente, como quien prueba algo nuevo. Luego se lo metió en la boca.

Cerré los ojos un segundo. Quería dejar de mirar. Quería regresar a la cama, taparme con la cobija hasta la cabeza y olvidarme de que esa imagen existía. Pero cuando los abrí, lo único que hice fue separar más la cortina para verlos con los dos ojos en lugar de uno.

El corazón me latía rápido, igual que antes, pero ya no era miedo. Lo sabía y no quería saberlo. Tenía la respiración entrecortada y un cosquilleo extraño entre las piernas que me apretaba por dentro cada vez que Camila ajustaba el ritmo de su boca alrededor de mi hermano.

Diego le acariciaba el pelo. Le susurraba algo que yo no podía oír. Ella lo miraba desde abajo con una sonrisa que me dejó la boca seca.

Después se puso de pie. Le dio la espalda a Diego y se apretó contra él. Las manos de mi hermano le rodearon el torso, le apretaron los pechos por encima de la blusa, le bajaron por el vientre. Camila se separó un poco, se desabrochó el pantalón ajustado y caminó hacia la mesa de jardín. Se inclinó hacia adelante, apoyada en los antebrazos, ofreciéndole las nalgas a Diego como si llevara toda la noche pensándolo.

Diego entendió perfectamente. Se acercó por detrás, le bajó el pantalón hasta las rodillas y dejó al aire un cachetero de encaje rosa que parecía burlarse de la idea de que aquello había sido improvisado. Después también le bajó la ropa interior y se arrodilló en el pasto.

Le mordió las nalgas. Las besó. Le pasó la lengua por encima sin prisa, abriéndolas con las manos, hundiendo la cara entre ellas. Camila se llevó una mano a la boca, cerró los ojos, se mordió el dorso del pulgar para no hacer ruido. Yo veía su cara desde mi ventana: la cara de alguien que estaba a punto de perder el control.

***

Ya no podía aguantar más.

Llevé la mano a mi entrepierna y me apreté por encima del pantalón de mezclilla. Sentí cómo la tela me devolvía una humedad que no sabía explicar. La froté en círculos, despacio al principio, sin dejar de mirar. Mi cuerpo había decidido por mí. La cabeza protestaba en algún rincón, pero el resto estaba ya del otro lado, mirando a través de la cortina lo que mi hermano y mi prima estaban haciendo en el patio de la abuela.

Diego se levantó. Se metió la mano al bolsillo del pantalón que tenía caído en los tobillos y sacó un condón. Lo abrió con los dientes, lo bajó sobre su miembro con una sola mano. Después se lamió dos dedos y le frotó el sexo a Camila con paciencia, como si la estuviera preparando.

La sostuvo de la cintura con una mano. Con la otra se acomodó. Y de un solo empujón se metió dentro de ella.

Camila se tapó la boca con las dos manos. Diego empezó a moverse, despacio al principio, luego con más fuerza. La mesa de jardín se sacudía un poco. Yo dejé de respirar varios segundos seguidos.

Me desabroché el pantalón con dedos torpes. Metí la mano por debajo de la ropa interior y me encontré conmigo misma de una manera que nunca me había encontrado: empapada, hinchada, lista. Me froté el clítoris con dos dedos sin saber muy bien lo que hacía. Después, con algo de incomodidad por la ropa apretada, conseguí meterme dos dedos.

Me movía al ritmo de mi hermano. Era una idea que no me atrevía a formular del todo, pero estaba ahí, dictando el compás. Cada vez que Diego empujaba contra Camila, yo empujaba contra mi propia mano. Mordí la cortina para no hacer ruido.

***

Diego se detuvo de pronto. Dio un paso atrás. Camila se incorporó, se dio media vuelta y se arrodilló en el pasto otra vez, con la cara levantada, como si supiera de memoria lo que venía. Diego se quitó el condón con prisa, se sujetó el miembro con la mano y empezó a masturbarse rápido, frente a ella.

Yo seguía adentro de mí, los dedos en círculos, el pulso disparado. No podía dejar de mirar.

Diego echó la cabeza hacia atrás y se vino sobre la cara de Camila. Largo, abundante, casi blanco bajo la luz amarilla del jardín. Ella mantenía la boca medio abierta y los ojos cerrados, y recibía aquello con una sonrisa pequeña que me dijo todo lo que necesitaba saber sobre cuánto tiempo llevaban haciendo eso a escondidas.

Solté la cortina como si me quemara. Di dos pasos atrás, encontré la cama de espaldas y me dejé caer sobre ella. No paré. No podía parar.

Con la mano libre me apreté un pecho por encima de la camiseta. La otra seguía entre mis piernas. Estaba escuchando los sonidos que hacía mi propio cuerpo y me parecían vergonzosos y maravillosos a la vez. Sentía la cama humedecerse debajo de mí y no me importó.

De repente todo se concentró en un punto. Una corriente eléctrica me subió desde la planta de los pies hasta la nuca, la espalda se me arqueó sola y reventé en algo que nunca había sentido antes. Algo cálido salió de mí en oleadas, sin que yo pudiera controlarlo. Apreté los dientes para no gritar. La cadera se me movía sola. La ropa interior, el pantalón, la sábana, todo se mojó.

Tardé un rato largo en abrir los ojos.

***

Cuando lo hice, me abracé a mí misma. Apreté los brazos sobre los pechos como si necesitara contenerme dentro de mi propia piel. Tenía la cara caliente, los ojos llorosos, los dedos pegajosos. Me quedé así varios minutos, respirando despacio, escuchando el silencio de la casa.

Al final me incorporé. Me asomé otra vez a la ventana. El patio estaba vacío. Solo quedaban las dos sillas de jardín ligeramente movidas de su lugar, como única prueba de que aquello no me lo había imaginado.

Saqué la mano de la ropa y me limpié con la camiseta. Tenía el pantalón empapado por delante y, sobre todo, por detrás, donde había estado sentada en la cama. La sábana también. Me quedé un rato pensando qué excusa iba a inventar al amanecer.

En cuanto la luz empezó a colarse por la ventana, me quité el pantalón, me envolví en una toalla, recogí la sábana y la cobija de la cama y bajé a la cocina con todo en los brazos. La abuela ya estaba despierta, preparando café.

—Mija, ¿qué pasó? —me preguntó al ver las sábanas.

—Me levanté en la madrugada por un vaso de agua y se me cayó encima. Lo siento mucho, abuela. Lo voy a tender yo.

—Ay, mi niña, qué torpe eres. Anda, ve.

Salí al patio con la ropa bajo el brazo. El pasto todavía estaba húmedo del rocío. Pasé al lado de la mesa donde mi hermano y mi prima habían estado horas antes y noté, en uno de los soportes, una marca de barro reciente con la forma de una rodilla.

Tendí la sábana. Después la cobija. Después el pantalón. El sol empezaba a calentar mi nuca y yo seguía sin entender bien qué me había pasado a mí misma esa noche. Solo sabía una cosa: que ya no iba a poder mirar a Diego ni a Camila como antes. Y que, por más extraño que fuera admitirlo, no estaba segura de querer hacerlo.

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Comentarios (5)

MiradorNoche

Increible. Me quede pegado leyendo sin darme cuenta del tiempo.

Catalina_R

Ay dios, que tension la del principio!!! Espero que haya mas partes, quede con ganas de saber como sigue.

VerdadCruda_88

Me recordo a algo que me paso de adolescente en casa de mis primos, esa mezcla de adrenalina y no saber si salir corriendo... muy real. Muy buen relato.

LentejaVeloz

corto pero intenso, necesito la segunda parte ya!!!

PedroDelSur

Bien narrado, se siente la tension desde el primer parrafo. Felicitaciones.

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