El chico del gimnasio que se desnudó frente a mí
Camila llevaba meses observándolo desde la otra punta del gimnasio. Matías entrenaba los lunes, miércoles y viernes, siempre a la misma hora, siempre con la misma rutina: pesas, cuerda, abdominales. Tenía el cuerpo de alguien que se cuidaba con disciplina y no por vanidad. Eso, justamente, era lo que más le gustaba.
Nunca habían hablado más de dos frases seguidas. Un «¿lo estás usando?» frente a una máquina, un «¿cómo se hace este?» señalando un aparato. Y, sin embargo, Camila ya tenía memorizado el modo en que él se mordía el labio al levantar peso, la manera en que se acomodaba la remera cuando terminaba una serie, la forma exacta de sus hombros vistos desde atrás.
Aquella tarde de febrero hacía un calor pegajoso, y el aire acondicionado del gimnasio no daba abasto. Camila aprovechó que él estaba descansando entre series para acercarse con un pretexto que llevaba semanas preparando.
—Hola, ¿tenés un segundo?
—Claro. Decime.
—Hace un par de meses empecé a vender ropa deportiva. Para hombres y mujeres. Te vi siempre con prendas buenas y pensé que quizás te interesara.
Matías la miró con esa atención educada que le dedicaba a todo el mundo. Camila intentó no fijarse en cómo el sudor le marcaba la línea del cuello.
—¿Qué tipo de cosas tenés? —preguntó él.
—Buzos, camperas, remeras de algodón y de lycra, shorts, calzas. También suspensores y bóxers, si te interesa.
Él sonrió de costado.
—Me interesa, sí. ¿Tenés un catálogo o algo?
—Puedo traértelo mañana. O, si querés, terminás de entrenar y pasás por mi departamento. Vivo a cinco cuadras. Tengo todo en stock y lo ves directo.
Lo dijo sin pensarlo demasiado. Cuando lo escuchó decir «dale, vamos», sintió que la cara le ardía y no por el calor.
***
El edificio de Camila quedaba sobre una avenida ruidosa, pero su monoambiente estaba en el contrafrente y era silencioso. Hacía un año que vivía sola, desde que su compañera Florencia se había mudado con el novio. La venta de ropa había nacido para cubrir el alquiler que ya no compartía con nadie.
—Sentate. Te traigo un jugo, debés estar deshidratado.
Matías se acomodó en el sillón del living. Tenía las piernas separadas, los antebrazos apoyados sobre los muslos. Camila lo observó dos segundos más de la cuenta antes de meterse en la cocina.
Cuando volvió con el vaso, él ya se había sacado el buzo del gimnasio y estaba en remera. La transpiración le marcaba el pecho.
—Acá tengo lo que más se vende —dijo Camila, abriendo dos bolsas grandes sobre la mesa ratona—. Estas remeras son de lycra. Más baratas que las de algodón, pero buenísimas. Estos shorts vienen en tres colores.
—Me gustan las negras con detalles, ¿tenés?
—Esta, mirá. Negra con líneas naranjas. Probátela si querés.
—¿Dónde?
—En la pieza. Tiene espejo grande, vas a ver bien cómo te queda.
Matías agarró dos remeras y dos shorts y se metió en el cuarto. Camila se quedó parada en el living, el corazón golpeándole en las orejas. Después se dijo, casi en voz alta, que ella tenía que asesorarlo. Que para eso vendía la ropa: para que el cliente saliera convencido. Y entró.
***
Lo encontró ya sin remera, evaluándose en el espejo. Tenía la espalda ancha, el abdomen marcado en líneas suaves y una cicatriz fina cerca del costado izquierdo que ella no había podido ver nunca desde la elíptica. Camila se sentó en el borde de la cama, las piernas cruzadas, intentando no respirar fuerte.
—¿Qué tal me queda?
Se había puesto la remera negra. Le quedaba pintada, abrazándole los pectorales sin apretar.
—Espectacular. Esa llevátela, no la dudes.
—Buenísimo. Voy con los shorts ahora.
Camila esperaba que se metiera al baño. Que cerrara una puerta, que pidiera un poco de privacidad. Pero Matías, con la misma naturalidad de quien comparte vestuario tres veces por semana, agarró el cinto del pantalón corto y se lo bajó hasta los tobillos.
Quedó frente a ella en bóxer ajustado, blanco, de una marca que Camila reconoció enseguida. La tela le marcaba el bulto sin pudor, dibujándole el contorno de la polla contra el muslo izquierdo y la bolsa pesada de los huevos apretada abajo. Camila tardó dos segundos largos en dejar de mirar. Matías ni se inmutó. Se calzó el short negro, dio media vuelta frente al espejo, se inclinó para ver cómo le caía sobre los muslos.
—¿Y este?
—Te queda bárbaro —contestó ella, con un hilo de voz que esperó que pasara por neutral.
***
Se probó tres shorts más. En cada uno volvió a bajarse el anterior con la misma soltura, como si Camila no existiera o, peor, como si la confiara tanto que no pensara en lo que estaba haciendo. Ella aprendió la geografía exacta de sus piernas: los gemelos definidos, los cuádriceps con esa veta que solo aparece después de años de sentadillas, la línea de vello rubio que le bajaba desde el ombligo y desaparecía bajo el elástico del bóxer.
Cuando él decidió quedarse con un short negro de una marca cara, Camila se animó.
—Si te interesa, también tengo ropa interior. Vi que usás esa marca. Tengo bóxers y slips.
—¿En serio? Pasame los bóxers.
Ella se levantó, abrió el cajón inferior del armario y sacó dos cajitas. Cuando se dio vuelta, Matías ya tenía las manos en el elástico del bóxer que llevaba puesto.
—¿Querés que salga?
Le salió la pregunta automática, pero la sonrisa con que la acompañó no pretendía que la respuesta fuera sí.
—No tengo drama, si vos no tenés.
—Yo no tengo —contestó Camila, y se sentó otra vez al borde de la cama. Esta vez no cruzó las piernas. Esta vez se le aflojaron solas, y sintió el coño palpitándole caliente y húmedo contra la costura de la bombacha.
***
Matías se bajó el bóxer sin teatro, sin mirarla, sin medir. Lo dejó caer al piso y lo pateó suavemente hacia un costado con el talón. Y ahí estaba: desnudo, parado a un metro de ella, mirándose en el espejo y no a Camila.
Ella se obligó a no apartar la vista. Tenía el cuerpo de alguien con el que había soñado más veces de las que admitiría. La polla, semierecta por el roce del bóxer ajustado, le colgaba gruesa contra los huevos pesados, llenos, con la piel lisa y casi sin vello que delataba una depilación reciente. El glande le asomaba brillante bajo la piel del prepucio, grueso, con una gota mínima de líquido asomando en la punta. Camila apretó los muslos, sintió cómo se le empapaba la bombacha de un tirón, y tuvo que morderse el labio para no gemir de puro deseo. La verga era exactamente como la había imaginado en cada noche de fantasía: larga, gorda, con las venas marcadas subiéndole por el tronco.
—Pasame el blanco.
Le pasó el blanco. Sus dedos se rozaron por un segundo y ninguno de los dos dijo nada al respecto. Él se puso el bóxer, se acomodó frente al espejo, hizo un gesto leve con la boca.
—Me ajusta. Me aprieta los huevos. ¿Tenés un talle más?
—Voy a buscar.
Camila demoró más de lo necesario en volver. En el pasillo se apoyó contra la pared, se metió la mano bajo la calza y se tocó el clítoris hinchado con dos dedos, apenas una fricción rápida para descargar la presión. Estaba chorreando. Los dedos le salieron pegajosos y tuvo que limpiárselos con un repasador antes de agarrar otra caja. Cuando entró otra vez al cuarto, Matías ya se había vuelto a desnudar y la esperaba parado en el medio de la habitación, completamente expuesto, con la polla balanceándose apenas al ritmo de su respiración.
—Te lo explico, así no te incomoda —dijo él, sin la menor incomodidad—. Yo siempre tengo que acomodarme los huevos para que no me hagan presión. Si no, no entreno tranquilo. En muay thai hasta uso suspensor, porque una patada perdida y se acabó.
Se agarró la verga con la mano derecha, se la levantó apenas, y con la izquierda se recolocó la bolsa de los testículos con la naturalidad de quien lo hace veinte veces por día. La polla se le movió gruesa entre los dedos, y Camila vio cómo le crecía un poco más, como si el manoseo la despertara.
—Sí, claro. Se entiende.
—Por eso te decía lo del talle.
—Entiendo perfecto.
Le pasó el bóxer nuevo. Esta vez, mientras él se lo ponía, Camila se permitió mirar todo: la curva del culo al inclinarse para subir la tela, el peso de los huevos balanceándose un instante antes de acomodarse, la mano de Matías ajustándose la verga con una franqueza de cuerpo propio que la dejó sin saliva.
—Ahora sí.
—Te queda perfecto —dijo Camila, y la voz le salió más ronca de lo planeado.
***
Quiso terminar ahí, pero él le pidió probarse también un slip. Se volvió a desnudar. Esta vez sí la miró un segundo antes de bajarse el bóxer, y Camila tuvo la certeza de que él sabía. Lo había sabido desde el principio. Quizás desde el gimnasio. Quizás desde antes. La polla, esta vez, no estaba tan blanda: se le había engrosado, colgaba más pesada, más recta, apuntándole apenas hacia adelante.
—Se te nota —dijo él, bajito, sin dejar de mirarla.
—¿Qué cosa? —preguntó Camila, aunque sabía perfectamente.
—Que te calienta.
Camila no contestó. Se levantó, cruzó el metro que los separaba y se arrodilló en la alfombra frente a él sin decir una palabra. Le apoyó las dos manos en los muslos, subió despacio hasta la cadera, y sintió cómo la verga de Matías se le endurecía a la altura de la cara, hinchándose completamente en cuestión de segundos hasta quedar dura, gruesa, pegada al vientre.
Le tomó la polla con la mano derecha. Estaba caliente, pesada, y le latía contra la palma como un pulso propio. Le corrió el prepucio hacia atrás con el pulgar y dejó al descubierto el glande hinchado, rojo, brillante. Se acercó y le pasó la lengua desde la base de los huevos hasta la punta, en una sola lamida lenta, saboreando el sudor salado del gimnasio y el gusto crudo de su piel. Matías soltó un jadeo corto.
—Puta madre.
Camila se metió el glande en la boca. Lo chupó despacio primero, apretándolo entre los labios, girando la lengua por la corona, sintiendo cómo se le llenaba la boca con esa gota de líquido preseminal que sabía a algo entre salado y dulce. Después empezó a bajar. Tragó verga hasta donde pudo, hasta sentir que el glande le tocaba el fondo de la garganta, y ahí se quedó unos segundos, respirando por la nariz, dejando que él le sintiera todo el calor de la boca.
—Así, así —Matías le puso una mano en la nuca, sin empujar, solo guiando—. Chupámela toda.
Camila empezó a mamar con ritmo. Subía y bajaba, se la sacaba entera para lamerle los huevos, se los metía en la boca uno por uno, se los chupaba con cuidado, y volvía a la verga, cada vez más babosa, más brillante de saliva. Con la mano libre se soltó la calza y se metió los dedos en el coño. Estaba empapada. Se tocó el clítoris con la yema, sin dejar de chuparle la polla, y sintió los primeros espasmos de un orgasmo cercano.
—Vení, parate —dijo él, tirándole apenas del pelo.
Camila se paró. Matías la agarró de la cintura, le arrancó la remera de un tirón, le desabrochó el corpiño y le liberó las tetas. Se agachó, le chupó un pezón, después el otro, mordiéndoselos con los dientes justo lo suficiente para hacerla gemir. Después la empujó de espaldas contra la cama, le bajó la calza y la bombacha de un solo tirón, y le abrió las piernas de par en par.
Se arrodilló al pie de la cama y le hundió la cara en el coño. Le comió la concha con hambre, chupándole los labios, metiéndole la lengua entera adentro, subiendo al clítoris para chuparlo hasta que ella tuvo que taparse la boca con las dos manos para no gritar. Le entró dos dedos y se los curvó hacia arriba, buscándole el punto exacto, mientras seguía chupándole el clítoris. Camila se corrió a los pocos segundos, arqueándose entera, apretándole la cabeza con los muslos, mojándole la cara.
—Cogeme —le pidió cuando pudo respirar—. Ya, cogeme.
Matías se paró, le agarró la verga por la base y se la pasó por los labios del coño, restregándole el glande contra el clítoris hinchado. Camila levantó las caderas buscándola. Él le entró de una sola estocada, hundiéndosela hasta los huevos, y los dos gimieron a la vez.
—Qué apretado que estás.
—Movete, dale, cogeme fuerte.
Matías empezó a moverse. Al principio despacio, sacándosela casi entera y volviendo a metérsela con calma, dejándole sentir cada centímetro. Después más rápido, más fuerte, con el pubis chocándole contra el clítoris en cada embestida. La cama crujía. Camila se agarraba de las sábanas, de la espalda de él, de donde podía. Le clavó las uñas en el culo y lo empujó para adentro, pidiéndole más.
—Date vuelta —le dijo Matías.
Camila se dio vuelta y se puso en cuatro sobre la cama, con el culo levantado y la cara apoyada contra la almohada. Él se acomodó atrás, le agarró las caderas y le volvió a meter la verga de un solo golpe. Desde ese ángulo entraba más profunda, y Camila sintió el glande golpeándole el fondo. Matías la cogió sin piedad, empujándole las nalgas contra su pubis, dándole palmadas cortas en el culo que le dejaron la piel roja.
—Chupate el dedo y metetelo en el orto —le ordenó él.
Camila obedeció. Se llenó el dedo mayor de saliva y se lo metió despacio en el culo, hasta el fondo. La sensación de estar rellena de las dos partes le disparó otro orgasmo, más largo que el primero, y sintió cómo el coño se le contraía sobre la verga de Matías en oleadas.
—Me voy a correr —jadeó él.
—Adentro no.
Matías se la sacó, la hizo girarse otra vez, y Camila se arrodilló en el piso, abriendo la boca, mirándolo desde abajo. Él se agarró la verga y se hizo dos pajazos rápidos justo frente a su cara. La corrida le salió a chorros: el primer chorro grueso le pegó en la mejilla y le bajó hasta el mentón, el segundo le entró en la boca abierta, los siguientes le cayeron sobre los pechos y el cuello. Camila no cerró los ojos. Se relamió los labios, se pasó los dedos por la cara y se llevó el semen a la boca, tragándoselo entero mientras seguía mirándolo.
Matías se dejó caer sentado en el borde de la cama, con la verga todavía dura, todavía goteando. Camila le acercó la boca y le lamió las últimas gotas del glande, chupándolo despacio, limpiándolo todo. Él le pasó los dedos por el pelo, respirando fuerte.
—La puta madre, Cami.
—Ajá.
Se quedaron un rato así, en silencio, ella arrodillada entre sus piernas, él con las manos apoyadas atrás sobre la cama. Después Camila se paró, agarró una toalla del armario y le limpió el sudor del pecho antes de limpiarse ella. La piel de los dos olía a sexo y a gimnasio.
***
Matías se vistió con la ropa con la que había llegado al gimnasio. Camila le envolvió la remera, los dos shorts, los dos bóxers y el slip en una bolsa de papel. Hizo cuentas en voz alta, le pasó un descuento que no había planeado, le tomó los datos para avisarle cuando llegara el envío nuevo.
—Gracias, Cami. Te paso por acá la semana que viene, a ver si necesito algo más.
—Cuando quieras.
—¿La semana que viene, entonces?
—La semana que viene.
Cuando él cerró la puerta del departamento, Camila se quedó parada un rato largo en el medio del living, con la bolsa de los descartes en la mano. Después caminó hasta el cuarto, se sentó en el borde de la cama, exactamente en el lugar donde había estado durante toda la tarde, y se quedó mirando el espejo vacío.
Las imágenes le vinieron de golpe, todas juntas. La curva de la espalda. El movimiento de la verga cuando se inclinaba. La forma exacta en que se había acomodado los huevos sin mirar, como si ella no estuviera, como si estuviera y no importara, como si estuviera y le hubiera importado mucho. Y después, todo lo otro: la boca llena, el coño estirado, el semen bajándole por la cara.
Camila se acostó de espaldas, cerró los ojos y se permitió, por primera vez en mucho rato, respirar hondo. Todavía tenía el gusto de él en la boca. La semana que viene era dentro de siete días, y siete días, en ese momento, le parecieron una eternidad.





