Cinco miradas me siguieron en las aguas termales
Aquella tarde de abril, pocos días después de Semana Santa, me alejé de casa buscando silencio. Los turistas ya habían vuelto a sus ciudades y el balneario de Las Pozas, a media hora del pueblo, prometía un rincón de paz. Pagué la entrada sin cruzarme con nadie en taquilla y caminé hasta el fondo, donde la última alberca de aguas termales humea entre helechos y rocas de basalto.
Llevaba un bikini blanco que se me ajustaba al cuerpo como si lo hubieran cosido sobre mí. Lo había elegido a propósito esa mañana, frente al espejo, sabiendo que el sol de la tarde me marcaría el contorno de los pezones bajo la tela mojada. No iba a haber nadie, me repetí. Pero algo en mí lo eligió por si acaso.
Nadé un rato sola, dejando que el calor del agua me aflojara los hombros. El vapor subía perezoso, mezclándose con el aire dulce de los tepehuajes en flor. Cerré los ojos, recostada contra el borde de azulejo, y dejé que el silencio me envolviera.
Entonces llegaron las risas.
Cinco voces atropelladas, eco de mochilas que caían al suelo, chanclas arrastradas sobre la baldosa caliente. Abrí los ojos justo a tiempo para ver a un grupo de muchachos jóvenes, no más de diecisiete o dieciocho años, irrumpir en el rincón que yo creía mío. Tres delgados, dos con un poco más de carne, todos de piel tostada por las vacaciones. Se quitaron las camisetas a tirones, sin reparar en mi presencia, y luego, en cuanto me vieron, todo cambió.
El silencio que se hizo fue distinto del que yo había buscado. Era un silencio cargado, de cinco pares de ojos midiéndome sin disimulo. Salí del agua con la mayor naturalidad que pude, sintiendo cómo cada gota que resbalaba por mi cuello, por la curva del pecho, por la cara interna del muslo, era seguida por sus miradas. Me puse las gafas de sol y un sombrero de paja y me dejé caer sobre un camastro.
Fingí dormir. Pero los oía.
—Está buenísima la señora —murmuró uno, con esa voz mal contenida de quien todavía no aprendió a susurrar.
—Mira cómo se le marca todo con el bikini mojado —dijo otro.
—Cállense, los va a oír.
—Pues que oiga.
Las palabras me llegaban nítidas a través del rumor del agua. Tendida boca arriba, con los ojos cerrados detrás de los cristales oscuros, sentí algo que no esperaba: una humedad que no era del baño. Era la humedad de saberme observada, de ser el centro de cinco miradas ávidas que recorrían cada centímetro de mi piel sin que yo levantara un dedo para defenderme. Esto no debería gustarme tanto, pensé. Pero me gustaba.
Pasó media hora y no daban señales de irse. Empezaron a jugar al voleibol con una pelota de hule, pero eran cinco y no completaban los equipos. Lo vi venir antes de que ocurriera. Uno de ellos, el más alto, el de los ojos verdes, se acercó tímido al borde de mi camastro.
—Disculpe, ¿no quiere jugar con nosotros? Nos falta uno.
Negué con la cabeza. Insistió. Dijo que sería un partido cortito, que se aburrían sin equipos parejos. Lo dijo con esa voz suplicante de adolescente que sabe que está pidiendo más de lo que pide. Y yo, que adoro el voleibol y no sé decir que no a una pelota, acepté.
***
Lo del juego duró poco. Cada saque me caía a mí. Cada bola corta me obligaba a saltar fuera del agua, y cada vez que saltaba sentía los pechos brincarme dentro del top, la tela blanca volviéndose casi traslúcida con el agua y el sol. Ellos ya no disimulaban. Se quedaban quietos, mirándome subir y bajar, mirándome arquear la espalda para alcanzar la pelota, mirándome reír cuando fallaba. Yo lo sabía y seguía jugando.
El juego cambió a uno de quitar la pelota. Yo apenas participaba, salpicándolos con la mano, hasta que de pronto la pelota me cayó a mí y los cinco se lanzaron al mismo tiempo. El forcejeo fue inmediato. En el revoltijo de brazos y agua sentí manos que rozaban «por accidente» mi cintura, otras que se demoraban un segundo de más en mis muslos, otras que cruzaban deliberadamente la curva de mis nalgas. Un dedo se enganchó del lazo lateral del bikini y tiró. Otro buscó el cierre del top a la altura de la nuca y casi lo encuentra.
La adrenalina me subió a la cabeza como un golpe de tequila. Lancé la pelota lejos, hacia el otro extremo de la alberca, y salí del agua con el corazón galopándome. Caminé hasta mi camastro intentando parecer molesta cuando en realidad estaba huyendo de mí misma. Me senté, agarré el bronceador y empecé a untármelo en los brazos para tener algo que hacer con las manos.
El más atrevido, Damián, dijo que se llamaba, salió tras de mí y se sentó en el camastro contiguo. Intentó conversar; yo contesté con monosílabos. Cuando terminé los brazos y las piernas, me acomodé boca abajo sobre la toalla y, sin mirarlo, le pedí en un hilo de voz que me untara la espalda.
Aceptó con una sonrisa que no le cabía en la cara.
Sus manos estaban tibias del sol. Me las pasó por los hombros con una firmeza que no esperaba de un muchacho de su edad, y bajaron por la columna en un masaje lento que me hizo arquearme. Subió de nuevo a los hombros, a la nuca, a los brazos, fingiendo que solo me relajaba. Pero los demás miraban desde el agua, en silencio, y los dos lo sabíamos.
Sus dedos volvieron a la espalda baja. Esta vez no se detuvieron. Recorrieron la línea del bikini, jugaron con el borde elástico, lo desplazaron unos milímetros, lo soltaron. Después empezó a masajearme las nalgas en círculos amplios, separándolas con una destreza impropia de un chico que apenas se afeitaba. La tela del calzón se fue acomodando entre ellas hasta quedar como un hilo. Yo lo permitía con la cara hundida en la toalla, mordiéndome el labio inferior.
Un dedo se deslizó bajo la tela y bajó. Pasó sobre el ano, me erizó toda, y siguió de largo hasta los labios de mi sexo, ya empapados. Recorrió la entrada arriba y abajo dos veces, midiéndome. A la tercera, hundió dos dedos.
El gemido se me ahogó en la toalla. Damián los movía despacio al principio, separándolos dentro de mí, sacándolos para volver a entrar, mientras con la otra mano seguía masajeándome las nalgas como si nada. Yo sentía los ojos de los otros cuatro clavados en la espalda. Sabía que veían todo y eso, lejos de detenerme, era lo que me empujaba. Que miren, pensé. Que miren bien.
El orgasmo me estaba subiendo cuando algo, un instinto viejo, el miedo a ser pillada, me hizo abrir los ojos. Aparté la mano de Damián de un manotazo suave, me acomodé el bikini y me levanté del camastro como una resortera. Me lancé de nuevo al agua con la excusa de refrescarme, pero ya no había refresco posible.
Ellos lo entendieron al instante.
***
La pelota me llegó a los pocos segundos. Pero esta vez nadie quiso jugar. Los cinco se cerraron alrededor de mí en círculo, riéndose, salpicándose entre sí, y bajo el agua empezaron las manos. Sentí cómo un dedo tiraba del nudo de la cadera derecha y luego del izquierdo. Sentí cómo otro buscaba el cierre del top a la altura de mi nuca. En cuestión de segundos, el bikini flotaba a la deriva en dos pedazos y yo estaba desnuda en una esquina de la alberca, rodeada por cinco muchachos que tampoco tenían ya nada puesto.
Pude haber gritado. Pude haber salido del agua y vestirme con la toalla. Pero la idea de que cualquier persona pudiera asomarse al rincón de las pozas y ver lo que estaba viendo el destino fue lo que terminó de derretirme. Me dejé llevar.
Damián me tomó por la cintura y me pegó al azulejo frío del borde. Le rodeé las caderas con las piernas y sentí su sexo entrar de golpe, sin preámbulo, como si llevara media hora ensayándolo en su cabeza. Embistió rápido, urgido, mordiéndome el cuello para no gritar. Yo le mordí el hombro cuando el orgasmo me reventó por dentro y él se vino casi a la vez, temblando contra mí.
El segundo no esperó turno. Apenas Damián se separó, otro muchacho, el de los ojos verdes, el del voleibol, me jaló hacia él y me levantó con sus muslos. Entró con menos pericia pero más entusiasmo, besándome el cuello, repitiéndome al oído lo buena que estaba, lo que llevaba media hora pensando en hacerme. Duró menos. Se vino con un jadeo largo que le salió del fondo del pecho.
El tercero me dio la vuelta y me hizo agarrarme del borde. Su sexo era más grueso; me abrió más, me hizo arquear la espalda. Me embistió desde atrás mirándome las nalgas alzadas, repitiendo entre dientes lo rico que me sentía, lo apretada que estaba. Tampoco duró mucho. Se vino con un golpe seco de caderas que me hizo soltar un quejido.
El cuarto era el más alto del grupo. Esperó su turno con una paciencia que me sorprendió, y cuando le tocó, entró desde atrás con suavidad, dejándome flotar boca abajo con la cadera elevada. Sus manos me agarraron los pechos bajo el agua mientras me embestía a un ritmo que iba creciendo. Cuando se vino, fue con un espasmo violento que me hizo cerrar los ojos.
El último era el más rellenito, el de la piel más clara. Esperaba que también acabara en un minuto, pero me sorprendió. Se colocó detrás de mí con calma, me besó los hombros, me acarició la espalda con la palma abierta. Cuando entró, lo hizo despacio, escuchando cómo respondía mi cuerpo. Me susurraba que era hermosa, que llevaba semanas soñando con encontrarse algo así. Le pedí más rápido y obedeció. Pero también él, al ser tan joven, se vino antes de lo que yo necesitaba. Le besé la mejilla cuando salió.
***
Cuando el último se separó, mi bikini seguía flotando del otro lado de la alberca, atrapado contra una rejilla. Tenía el sexo palpitándome todavía, dos orgasmos cortos por dentro y un hambre que no se había llenado. Uno de ellos, Damián otra vez, el de las manos hábiles, me tomó por la cintura y me sentó sobre su sexo, que había vuelto a ponerse duro. Bendita juventud, pensé. Lo miré sonriendo y empecé a frotarme despacio contra él, sin penetración, dejándolo a punto.
—Salgamos —le dije al oído.
Miré a un lado y al otro. Seguíamos siendo los únicos en el fondo del balneario; el vapor escondía la pileta del resto del mundo. Me impulsé con los brazos y salí del agua dándoles, a propósito, una vista lenta de mis nalgas mojadas. Me senté en la orilla de azulejo caliente, abrí ligeramente las piernas y los cinco me miraron desde abajo como cinco lobos jóvenes que no acaban de creerse su suerte.
—Vengan —les dije.
Caminé desnuda hasta mi camastro. Uno por uno fueron saliendo del agua y me siguieron, mojando con sus huellas la baldosa caliente, y se reunieron alrededor de la toalla donde yo me había recostado.
Pero eso, lo que pasó después, ya es para contarlo otro día.