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Relatos Ardientes

Mis vecinos me miran y yo dejo que me miren

Hacía mucho que no me sentaba a escribir, y la verdad es que fue por falta de tiempo: el trabajo me había comido los meses enteros. Pero hubo un sábado que amanecí con todo a favor, con el cuerpo flojo y la cabeza liviana, y me quedaron unas ganas de contarlo que todavía no se me pasan.

Me desperté tardísimo. La noche anterior me había acostado de madrugada, primero por estar viendo cualquier cosa en la tele y después por algo bastante menos inocente. Terminé con dos dedos hundidos en el coño hasta el fondo, la otra mano apretándome una teta y los ojos cerrados imaginando a Damián penetrándome mientras Mariela me chupaba los pezones. Me corrí dos veces, con la almohada mordida para no gritar, y me quedé dormida con la mano todavía embarrada entre los muslos. Cuando me asomé a la ventana, los vecinos del balcón de enfrente ya habían vuelto de la playa. Me habían invitado a ir con ellos, pero no pude por el trabajo, y eso todavía me dolía un poco.

Se llaman Mariela y Damián, aunque para mí siempre fueron «los de enfrente». Nuestra relación arrancó por casualidad, una noche en que dejaron las cortinas abiertas y yo no fui capaz de apartar la mirada. Vi cómo ella se arrodillaba en el suelo y le sacaba la verga a él con una calma de experta, cómo se la metía entera en la boca mientras lo miraba desde abajo, cómo él le agarraba el pelo y empezaba a follarle la cara sin ningún cuidado. Lo que vino después no se planeó: simplemente descubrimos que nos gustaba mirarnos, que la distancia entre los dos balcones era la medida exacta para sentirnos seguros y, a la vez, terriblemente expuestos.

Habíamos acordado una clave tonta y eficaz. Cuando ellos estaban por empezar, me daban una llamada perdida al móvil. Yo dejaba lo que estuviera haciendo, apagaba la luz del cuarto y salía al balcón como si bajara a tomar aire. Desde ahí los veía a ellos y ellos me veían a mí. Yo me metía la mano dentro del pantalón, o me bajaba las bragas hasta los tobillos y me sentaba en el suelo con las piernas abiertas contra la baranda, tocándome el clítoris mientras del otro lado Mariela cabalgaba a Damián con la espalda arqueada, o él la doblaba contra el vidrio de la ventana y le clavaba la polla desde atrás mientras ella dejaba huellas de saliva en el cristal.

Y nadie, jamás, decía una palabra.

Esa fue siempre la regla no escrita: nada de hablar, nada de cruzar. Solo mirar y dejarse mirar. Había noches en que me quedaba hasta tarde apoyada en la baranda, con el calor pegado a la piel, escuchando apenas el murmullo de ellos al otro lado de la calle. Me gustaba el momento en que Damián levantaba la vista buscándome, comprobando que yo seguía ahí, y sin dejar de mirarme se sacaba la polla del pantalón para masturbarse despacio, apuntándome con la punta como si me estuviera follando de lejos. Me gustaba más todavía cuando Mariela se daba vuelta hacia mí, despacio, con dos dedos brillando de flujo, y se los llevaba a la boca chupándoselos uno por uno, como si me diera a probar lo que yo no podía tocar.

Una vez incluso el vecino del piso de arriba se asomó y me descubrió a mí, no a ellos. Me quedé quieta, con la mano todavía dentro de las bragas y los pezones marcados en la camiseta, sin saber si taparme o sonreír. Terminé sonriendo. Esa es otra historia, y la dejo para otro día.

***

Aquel sábado, recién salida de un baño largo, sonó el móvil. No era una llamada perdida: era un mensaje. «Te dejamos algo en la puerta.» Me asomé al pasillo y, en efecto, había un sobre apoyado contra el felpudo. Adentro, un papel doblado con la letra apretada de Mariela.

Decía que la noche anterior me habían visto desde su balcón, que les había encantado ver cómo me hundía los dedos y me retorcía apoyada en la baranda, y que querían algo a cambio. Querían un video. Querían verme a mí sola, con la cámara cerca, haciendo lo que normalmente hacía a la distancia: abrirme el coño con los dedos, meterme algo adentro, mostrarles cada centímetro. Confieso que me hubiera gustado más que tocaran el timbre, que por fin acortáramos esos metros que nos separaban, que Damián me abriera de piernas contra la puerta y me metiera la verga hasta el fondo mientras Mariela me chupaba los pezones. Pero el juego tenía sus tiempos, y yo no era quién para apurarlos.

Les mandé el video. Me acosté en la cama con las piernas abiertas frente al espejo, apoyé el teléfono en un almohadón y me grabé. Empecé pellizcándome los pezones hasta ponerlos duros como piedras, después bajé la mano y me abrí los labios del coño con dos dedos para que se viera bien el clítoris hinchado y la humedad brillando hasta el ano. Me metí tres dedos de golpe, con la palma hacia arriba, buscándome el punto ese que me hace apretar los dientes. Con la otra mano me froté el clítoris en círculos rápidos, sin dejar de mirar a la cámara, jadeando el nombre de los dos. Me corrí con la boca abierta, empapándome los dedos, y todavía sacudiéndome me saqué la mano y se la mostré a la lente, con el flujo colgándome entre los nudillos. Cuando terminé, llegó la respuesta de Mariela: dos palabras y un emoji. Suficiente para dejarme el resto del día con la piel encendida y las bragas hechas un desastre.

Me quedé un rato tirada en la cama, con el teléfono sobre el pecho, pensando en lo raro que era todo esto. No nos conocíamos de verdad. No sabía a qué se dedicaban, ni cuántos años llevaban juntos, ni cómo se reían cuando estaban solos. Sabía otras cosas: el gesto exacto que hacía él antes de buscar mi balcón, la forma en que ella se mordía el labio cuando notaba que yo seguía ahí, el tamaño exacto de la polla de él cuando se la agarraba para masturbarse a la vista de todos, el color de los pezones de ella cuando se abría la bata para que yo los viera. Sabía cómo me deseaban a la distancia, y eso, por absurdo que suene, me parecía más íntimo que cualquier conversación.

***

Tenía que salir a hacer las compras. La tienda quedaba a seis cuadras, así que decidí caminar. Hacía un calor infernal, de esos que pegan la ropa al cuerpo, y me puse una musculosa blanca de tirantes, sin sujetador, porque me gustaba sentir el roce de la tela con cada paso y sabía que con el sudor se me iban a marcar los pezones como si estuviera desnuda. Abajo, unas calzas claras que se ajustaban como una segunda piel, tan finas que se me notaba la raya del coño si alguien miraba con ganas. Salí a la calle sabiendo perfectamente el efecto que causaba, y disfrutándolo.

Me encanta caminar así. Me encanta el segundo exacto en que alguien gira la cabeza, el que se hace el distraído, el que tropieza a propósito para rozarme un brazo al pasar. No busco que nadie haga nada; busco que miren. Esa atención, ese saber que soy el centro de unos ojos ajenos, me sostiene el día entero.

En el camino de vuelta noté que un local que llevaba meses cerrado había vuelto a abrir. Era una tienda de ropa, chiquita, con vidriera nueva y unas prendas colgadas que me llamaron la atención. Entré sin pensarlo mucho.

El lugar olía a ropa nueva y a pintura fresca. Las perchas estaban a medio acomodar, todavía con esa prolijidad nerviosa de los primeros días. No había nadie más. Solo la dueña, una chica menuda, rubia, de ojos muy claros, que me sonrió apenas crucé la puerta. Desde el primer momento me siguió con la mirada, clavada en mis tetas, en cómo se me marcaban los pezones bajo la musculosa mojada de sudor. Yo le devolvía los ojos y ella los bajaba enseguida, fingiendo acomodar una percha, pero la sonrisa no se le iba. Tendría poco más de metro y medio, delgada, con un cuerpo bonito y un vaquero azul que le marcaba unas curvas que daba gusto. Llevaba sujetador, a diferencia de mí, y eso me hizo sentir todavía más expuesta y más dueña de la situación.

Decidí jugar un poco. Tomé una blusa que de verdad me gustaba y fui directo a la caja.

—¿Te la probaste? —me preguntó.

—Todavía no.

—El probador está al fondo, si querés.

Me acompañó hasta el cortinado. Dejé el bolso sobre una banqueta y, cuando me di vuelta, ella corría la cortina con suavidad. Pero no la cerró del todo. Por el espejo la vi quedarse ahí, espiando por la rendija, creyéndose invisible.

Si supiera con quién se metió.

Abrí la cortina de golpe.

—Esperá —le dije—. Necesito tu opinión.

Me saqué la musculosa antes de que pudiera contestar. Mis pezones estaban durísimos por el morbo de toda la situación, por la mañana entera acumulada, tan hinchados que me dolían. Ella se quedó muda, con los ojos pegados a mis tetas, sin saber dónde poner las manos. Me tomé mi tiempo. Me pasé las palmas por los pechos, lento, como si me estuviera acomodando yo sola, y me pellizqué un pezón entre el pulgar y el índice mientras la miraba fijo. Vi cómo tragaba saliva. Me probé la blusa nueva despacio, dejando que mirara todo lo que quisiera, y me la abrí de nuevo para «acomodármela», dejando que se me cayera hasta la cintura.

—¿Cómo me queda? —pregunté, como si nada.

—Te queda… deliciosa —dijo, y enseguida se puso colorada—. Digo, divina. Perfecta.

Hice como que no la había escuchado. Me giré hacia el espejo y la observé en el reflejo: seguía clavada en mí, incapaz de apartar la vista, con los muslos apretados y una mano rozándose apenas la entrepierna del vaquero. Me volví de nuevo hacia ella, me saqué la blusa otra vez y me quedé delante de aquella desconocida sin un gesto de pudor, en calzas y descalza, con las tetas al aire y los pezones apuntándole a la cara. Bajé la mano y me toqué por encima de la tela clara, ahí donde ya se marcaba una mancha oscura de humedad, y me pasé el dedo del medio arriba y abajo por la raya, mordiéndome el labio sin dejar de mirarla.

—Me la llevo —dije.

Su mano derecha se movió apenas, un impulso hacia mí, como si fuera a tocarme una teta. Y se detuvo. La frenó ella misma, con un esfuerzo que se le notó en la cara, con el pecho subiéndole y bajándole rapidísimo. Yo estaba tan caliente por todo lo de la noche anterior, por el video, por la mañana entera con el coño empapado, que si me hubiera tocado me le tiraba encima sin pensarlo dos veces: la hubiera empujado contra el espejo, le hubiera abierto el vaquero de un tirón y le hubiera metido la lengua en el coño hasta hacerla correrse contra mi boca. Pero no lo hizo, y quizás fue mejor así: la tensión de lo que no pasó pesaba más que cualquier otra cosa.

—Te voy cobrando mientras te arreglás —murmuró, y desapareció hacia la caja casi corriendo, con las piernas apretadas.

***

Me vestí, todavía con el pulso acelerado y el coño latiendo dentro de las calzas, y se me ocurrió una idea. Doblé un papelito con mi número y lo metí entre los billetes. Cuando le pagué, se lo señalé.

—Por si entra mercadería nueva —dije—. Me avisás.

A ella se le iluminó la cara. Volvió a sonreír, esta vez sin esconderlo, y me devolvió el billete.

—La blusa va por cuenta de la casa —dijo—. Te quedó demasiado bien.

Le di las gracias, le di un beso en la mejilla que duró un segundo de más, casi rozándole la comisura de la boca, y salí a la calle con la sensación de haber dejado algo prendido fuego detrás de mí.

No había llegado ni a la esquina de casa cuando vibró el móvil. Era ella.

«Gracias por dejarme mirar. Tenés unas tetas hermosas, no me las voy a poder sacar de la cabeza. Tomamos un café un día de estos.»

Le contesté que era una pena que no se hubiera animado a tocar, que le habría dejado chupármelas hasta cansarse y que después le habría comido el coño arriba del mostrador, y que me escribiera cuando estuviera libre. Guardé el teléfono con una sonrisa idiota en la cara y los pezones todavía duros bajo la musculosa.

Y volvió a vibrar. Esta vez eran los de enfrente.

«Avisanos cuando llegues. Queremos que esta vez subas.»

Me quedé parada en la vereda, con las bolsas en una mano y el teléfono en la otra, leyendo esas cinco palabras una y otra vez. Después de meses de miradas a la distancia, de cortinas entreabiertas y llamadas perdidas, de correrme sola pensando en la polla de él y en la boca de ella, por fin se rompía la única regla que nos habíamos puesto. Por fin íbamos a estar en la misma habitación, y esta vez no iba a haber vidrio de por medio para frenarme.

Levanté la vista hacia los dos balcones, el de ellos y el mío, separados por esa calle estrecha que tantas noches había sido nuestro escenario. Mariela estaba asomada, esperando, con la bata apenas cerrada y un pezón asomando por la abertura, como si me estuviera dando el aperitivo. Me sonrió y se pasó la lengua por los labios, despacio. Yo le sonreí de vuelta y me acomodé la musculosa de un tirón, dejando que se me marcaran los pezones bien de frente para que los viera.

Lo que pasó cuando subí, y lo que terminé haciendo con la chica de la tienda, se los cuento pronto. Por ahora les dejo esto, que ya bastante me costó contarlo sin perderme por el camino. Espero sus comentarios. Y espero, sobre todo, que entiendan que algunas miradas no se quedan nunca del lado de afuera del vidrio.

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Comentarios(4)

PicanteBA99

Increible relato!!! me tuve que tomar un momento jaja

Martin_Cba

Por favor que haya segunda parte, no puedo quedarme asi con la intriga

Luciana_VC

Me recordo a algo que vivi hace tiempo con un vecino, diferente pero el mismo nerviosismo. Muy bueno.

NahuB_lector

Y despues de esa noche siguieron con el arreglo? me quede con las ganas de saber jaja

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