El amigo de mi marido me miraba sin disimulo en la piscina
Daniel me avisó un martes por la noche, mientras yo recogía la cocina, de que un amigo vendría a pasar el fin de semana a nuestra casa de campo. No me extrañó al principio. De vez en cuando invitábamos a alguien a darse un baño en la piscina y a comer al aire libre. Lo raro vino después, cuando bajó la voz como si la frase le pesara.
—Es un amigo del chat —dijo—. Uno con el que hablo de fantasías. Y de ti.
Dejé el paño sobre la encimera y lo miré.
—¿De mí? ¿Qué le has contado de mí?
—Cosas. Le gusta saber que existes. Una vez le enseñé una foto tuya de la playa, esa en la que estabas en topless.
Esto no me lo esperaba.
Algo se me encogió por dentro y, al mismo tiempo, algo se encendió. Me molestaba ser el tema de conversación de dos hombres a mis espaldas, la pieza que mi marido exhibía sin pedirme permiso. Y, sin embargo, había una parte de mí, una que tardé en reconocer, a la que le gustó saber que un extraño me deseaba solo por una imagen.
—No me parece bien —le dije, eligiendo quedarme con la primera sensación—. ¿Qué pretendéis los dos con esa visita?
—Nada. Que te conozca en persona. Que vea que eres de verdad.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Ponerme en topless para que lo compruebe en directo?
—Pues no estaría mal —se rió—. Pero solo se trata de pasar el fin de semana. Comportarnos con normalidad.
Le advertí que no pensaba mover un dedo para gustarle. Que no enseñaría ni un centímetro de piel que no enseñara cualquier día. Daniel asintió, demasiado rápido, con esa sonrisa suya que siempre escondía una trampa.
—Trátalo como a un amigo más —insistió—. Imagina que no te conoce de nada, que no te ha visto nunca. Y haz lo que harías un día cualquiera, cuando estamos solos los dos.
—O sea, tomar el sol sin la parte de arriba, como hago siempre.
—¿Por qué no? Él también es nudista. Lo normal es que nos desnudemos. Pero haz lo que mejor te parezca, nadie te va a decir nada.
Me tranquilizó a medias. Conociéndolo, sabía que había gato encerrado, pero tampoco me iban a comer. Decidí dejar de pensar en ello hasta el fin de semana, aunque por las noches tuve que aguantar sus insinuaciones, como si me estuviera afilando para algo.
—¿No le vas a enseñar ni las tetas?
—No.
—¿Ni dejarás que entre los dos te pongamos la crema?
—No.
—¿Tan horrible te parece la idea?
—Sí.
—¿Y no has pensado, ni por un segundo, en lo morboso que sería?
—No.
Mentía. Con cada pregunta se me metía dentro un gusanillo difícil de ignorar. Empecé a imaginarme cómo me comportaría con alguien que ya me había visto casi desnuda. Qué sentiría si otro hombre me tocaba. Si me gustaría. Si sus manos me harían lo que las de Daniel ya no me hacían. Y, peor todavía, si sería capaz de tumbarme al sol sin nada, igual que en la playa, pero esta vez en privado, como un pase casi exclusivo para un solo espectador.
***
Llegué el viernes a media tarde, con los nervios en la garganta. Daniel y yo habíamos acordado por teléfono que no le diría a su mujer la verdad: que yo era el hombre del chat, el que devoraba sus fotos cada noche. Solo sabría que era un amigo suyo, que nos conocíamos de Sevilla y que él me había enseñado, sin más, alguna imagen de ella desde el móvil.
No era del todo mentira. Yo había estado en aquella casa un par de veces, siempre cuando ella no estaba. Habíamos paseado desnudos por el bosque que rodeaba la finca, habíamos cenado y, después, Daniel encendía el ordenador y me mostraba lo que más le gustaba enseñar: fotos de su mujer. Algunas en la playa, otras allí mismo, sin nada encima. Tenía un cuerpo que no se podía dejar de mirar. Y él lo sabía. Disfrutaba viéndome disfrutar.
—Nunca aceptaría conocerte —me había dicho una de esas noches—. Por eso lo haremos así.
Dejaron la verja abierta para mí. Subí con el coche hasta la explanada de arriba, donde estaba la piscina, y aparqué. Daniel salió a recibirme en bañador, sonriente. Ella estaba en una tumbona, junto al agua, y en cuanto oyó el motor se dio la vuelta deprisa para quedar boca abajo. No se levantó. No hizo el menor gesto de saludo.
No era descortesía. Era que estaba en topless y no le había dado tiempo a cubrirse. Apostaron a que llegaría más tarde y la jugada les salió mal.
Fui todo lo discreto que pude. La saludé desde lejos, con la mano, y le dije a Daniel que prefería dejar mis cosas, cambiarme y darme un baño para quitarme el calor del viaje. Cualquier cosa con tal de ahorrarle el mal trago de tener que sostener su propia espalda contra la mirada de un desconocido.
Cuando volví, ya se había puesto la parte de arriba y me saludó con una formalidad tirante. Hablamos un poco. Yo me esforcé en parecer cortés, en no mirarla más de la cuenta, en sonreír sin clavar los ojos en ella para que no me tomara por un baboso. Fue casi imposible. Verla en persona, después de tantas noches de pantalla, era otra cosa. Era un cuerpo hecho para contemplarlo durante horas sin cansarse.
Me tiré al agua confiando en que el frío hiciera su trabajo bajo el bañador. Daniel se metió conmigo y estuvimos un rato jugando, salpicándonos, robando miradas de reojo hacia la tumbona, donde ella parecía dormitar sin moverse.
Fue él quien la llamó, lanzándole agua, para que se uniera. Y cuando se levantó, lo que vi de frente me gustó todavía más: un triángulo pequeño y blanco con flores apenas dibujadas, suelto sobre el vientre fino, y la parte de arriba conteniendo dos pechos redondos, perfectos para su estatura. Nadó despacio en el agua fría. Preferimos dejarla a su aire, darle espacio para que fuera cogiendo confianza con el intruso que le había arruinado la tarde.
Cuando salió por la escalerilla, los dos dejamos de nadar para mirarla. Subió escalón a escalón, balanceando las caderas, la tela mojada pegada a la piel, marcando la línea entre los dos glúteos. Arriba se quedó quieta un instante, dejando que el agua le escurriera por las piernas antes de pisar la toalla.
Se tumbó de nuevo y se soltó los lazos de la espalda. Daniel me hizo una seña con la cabeza. Salí del agua detrás de él, me sequé imitándolo y lo seguí hasta la tumbona, donde ella reposaba con los ojos cerrados bajo el sol de primavera.
—Te vamos a poner un poco de crema, que ya pega fuerte —dijo él.
Respondió con un gruñido que tomamos por un sí. Daniel cogió el bote, se echó en las manos y me hizo un gesto para que lo imitara. Nos repartimos su cuerpo sin decir nada: él la espalda, yo las piernas.
Tuvo que notar que no eran dos manos, sino cuatro. No dijo una palabra. Así que me tomé mi tiempo. Repartí la crema por sus pantorrillas, subí por los muslos firmes, una y otra vez, sintiendo bajo los dedos aquella piel tibia y tensa por el sol. Llegué hasta el borde de la tela y me detuve, dolido, con aquel culo magnífico fuera de mi alcance.
Daniel lo arregló. Subió un poco la parte de abajo del bikini, dejando media curva al descubierto, y a mí no me quedó otra que seguir tocando, despacio, hasta que noté su sonrisa. Miraba el bulto evidente de mi bañador.
Creo que me ruboricé. Me dio vergüenza que viera lo que su mujer provocaba en mí solo con dejarme acariciar sus piernas. Me retiré mientras él recolocaba la tela en su sitio, y me fui hacia la casa con la excusa del baño, para que aquello bajara antes de volver.
Mucho más tarde, después de comer, Daniel me contó lo que habían hablado mientras yo no estaba.
Cuando se quedaron solos, él siguió acariciándole la espalda y le preguntó:
—¿Qué te ha parecido Mateo?
Ella, en vez de responder, le soltó casi con rabia:
—¿Es esto lo que querías? ¿Que me dejara sobar por otro hombre?
—Bueno, dicho así suena fatal… pero sí. Me ha gustado ver cómo te tocaba.
—Y hasta te gustaría que me acostara con él, seguro.
Daniel se puso colorado. Me contó que sintió cómo se le endurecía otra vez bajo el bañador, y que apenas pudo balbucear:
—Sí. Me gustaría verte con otro hombre.
—Estás loco —fue todo lo que ella contestó.
Pero yo, que lo escuchaba sentado a la sombra con una cerveza en la mano, entendí algo que él jamás me diría con esas palabras. La quería de verdad. Ella era para él un objeto precioso, un cuadro de gran valor que necesita que los demás admiren y envidien para sentir que de verdad es suyo. Y conmigo lo había conseguido.
Lo que yo no tenía nada claro era qué se esperaba de mí. ¿Que la admirara y ya está? ¿Que la conociera? ¿Que la tocara? ¿Que tuviéramos una aventura los tres? No parecía fácil, no después del rechazo del primer momento, ni de la cara furiosa con la que lo había mirado a él en cuanto yo desaparecí dentro de la casa.
Decidí no forzar nada. Era mejor quedarme allí, mirarla, irla conociendo aunque fuera a distancia, que marcharme con las manos vacías. Me quedaban dos días por delante. Dos días para que dejara de verme como una amenaza y empezara a verme de otra forma.
Y, después de cómo había temblado bajo mis manos, algo me decía que no haría falta tanto tiempo.





