Me exhibí en cada parada de aquella costa del norte
Voy a contar algunas escenas breves, casi instantáneas, de la semana en que descubrí hasta dónde era capaz de llegar con tal de que alguien me mirara. No fue un plan. Sencillamente, cada lugar que visitamos en aquella costa del norte me ofreció una excusa, y yo no dejé pasar ni una sola.
Nadia no había viajado nunca por esa parte del litoral. Teníamos unos días libres y decidimos escaparnos una semana con dos amigos, Tomás y Bruno. Volamos hasta la capital de la provincia en un avión pequeño que se sacudió en el último tramo, con un viento cruzado que hizo crujir las maletas del compartimento superior. En el aeropuerto nos esperaba el coche de alquiler, y de ahí, directos al primer hotel.
Como no éramos parejas formales —solo Nadia y yo, y aun así a medias—, habíamos inventado un juego para el viaje. Al llegar a cada hotel mezclábamos las cuatro tarjetas magnéticas sobre la cama y las repartíamos al azar. Quien sacaba la misma habitación, dormía con quien sacaba la misma habitación. Así de simple. Esa primera noche el azar me separó de Nadia y me dejó con Bruno, y admito que el corazón me latió distinto al cerrar la puerta.
Bruno no perdió el tiempo. Me empujó contra la pared en cuanto oyó el clic del cerrojo, me metió la lengua en la boca y una mano por debajo del vestido, directo al coño, sin rodeos. Yo ya estaba mojada desde el ascensor. Me arrancó las bragas de un tirón y se arrodilló ahí mismo, con mi espalda pegada al empapelado, y me clavó la boca entre las piernas como si llevara semanas esperándolo. Me chupó el clítoris despacio, con la lengua plana, y luego me metió dos dedos hasta el fondo mientras yo le agarraba el pelo y le follaba la cara contra mi coño.
—Me voy a correr —le avisé, y él aceleró, gruñendo contra mí, hasta que las piernas se me doblaron y me corrí en su boca de pie, temblando, con la falda todavía enrollada en la cintura.
No me dio tregua. Me llevó a la cama, me arrancó el vestido por la cabeza, se bajó los pantalones y sacó una polla dura, gorda, con el glande brillante de líquido preseminal. Me la puso delante de la cara y yo abrí la boca sin que me lo pidiera. Se la mamé entera, con las dos manos en la base, tragándomela hasta la garganta, escuchándolo jadear cada vez que la punta me golpeaba el paladar. Le chupé los cojones, se los lamí uno por uno, volví a subir por el tronco con la lengua y le dejé toda la verga empapada de saliva.
—Ponte a cuatro —me ordenó con voz ronca.
Obedecí. Le enseñé el culo, arqueé la espalda, y él me abrió las nalgas con las dos manos antes de meterme la polla de una embestida seca. Grité contra la almohada. Me folló duro, agarrándome de la cintura, chocando los muslos contra mi culo con un ruido de carne mojada que llenaba la habitación. Me tiró del pelo hacia atrás, me obligó a mirarlo por encima del hombro y siguió embistiéndome sin parar, cada vez más hondo, hasta que noté cómo se le hinchaba dentro.
—Córrete en mi boca —le pedí, dándome la vuelta a tiempo.
Me arrodillé en el suelo y él se acabó a sí mismo con la mano dos veces sobre mi lengua. Me llenó la boca de semen espeso y caliente, me lo salpicó también en la barbilla y en un pecho, y yo me lo tragué todo con los ojos clavados en los suyos.
No voy a entrar en detalles de cada noche. Basta con decir que el juego nos sorprendió a todos, que nadie protestó, y que ese pequeño desorden encendió algo en mí que ya no se apagó en toda la semana.
Si follar con un casi desconocido a puerta cerrada me ponía así, ¿qué pasaría cuando me viera alguien que no conociera de nada, en plena calle, con el coño al aire?
***
La primera mañana fuimos a ver el museo de la ría, ese edificio de planchas metálicas que parece un barco varado. En la explanada de delante hay una escultura enorme cubierta de flores, con forma de perro sentado. Tomás llevaba la cámara colgada del cuello, listo para hacer de turista aplicado.
—¿Te atreves? —me preguntó Nadia, bajando la voz.
No contesté. Me coloqué de espaldas al perro de flores, me subí el vestido hasta la cintura justo cuando no pasaba nadie cerca, y dejé el culo al aire durante los tres segundos que Tomás tardó en disparar. No llevaba bragas: se me veía la raja del culo y la sombra del coño entre los muslos. Tres fotos: una sola, otra cogida de la mano de Nadia, y otra en la que yo la sujetaba por la cintura y ella a mí por el hombro. La explanada estaba llena, pero todo ocurrió tan rápido que apenas dos personas giraron la cabeza. Una de ellas, un hombre mayor con sombrero, sonrió y siguió caminando como si no hubiera visto nada.
El cosquilleo me subió por la espalda y se me quedó instalado entre las piernas el resto de la mañana. Cada paso me rozaba los labios del coño, ya hinchados, y notaba cómo el flujo me mojaba la cara interna de los muslos. Repetimos delante de una araña gigante de bronce que vigilaba la entrada, otras dos fotos, el mismo gesto rápido, la misma corriente eléctrica recorriéndome entera.
—Te brillan los ojos —me dijo Nadia al oído mientras volvíamos al coche.
—Estoy chorreando —le respondí en voz baja, cogiéndole la mano y guiándola un segundo bajo el vestido, para que lo comprobara con los dedos.
Ella los sacó brillantes y se los llevó a la boca sin dejar de caminar.
—Es solo el principio —dije.
***
Al día siguiente subimos a una ermita encaramada a un islote, unida a tierra por un puente de piedra y una escalera interminable que serpenteaba por la roca. El sitio era espectacular, de esos paisajes que parecen inventados para una película. A media subida, en un recodo donde el camino se estrechaba entre matorrales, Nadia y yo nos detuvimos.
Esta vez no fue solo el culo. Nos quitamos los vestidos del todo y posamos completamente desnudas, de frente y de perfil, con la calma de quien tiene tiempo. Tomás y Bruno hacían de vigías, atentos a las voces que subían y bajaban por la escalera. El viento del mar me erizaba la piel, me endurecía los pezones hasta hacerlos doler, y me secaba el sudor de la subida.
Nadia se me acercó desnuda, con las tetas al aire, y me lamió un pezón mientras Tomás disparaba sin parar. Me metió una mano entre las piernas y comprobó lo mojada que estaba.
—Estás empapada —murmuró.
Me frotó el clítoris con dos dedos, en círculos lentos, y yo abrí las piernas ahí mismo, apoyada contra la roca, dejándole hacer. Se arrodilló y me chupó el coño delante de los chicos, con la lengua metida bien adentro, mientras yo le agarraba la cabeza y jadeaba bajito para que no me oyeran desde la escalera. Me corrí en su boca en menos de dos minutos, mordiéndome el puño para no gritar, y todavía temblando le devolví el favor: la puse contra un matorral, le abrí las nalgas y le lamí el coño y el culo de abajo arriba hasta que se le doblaron las rodillas. Se corrió con la mano de Bruno en la boca, callándose ella misma.
A los chicos también les hicimos un par de fotos, y ninguno de los dos disimuló las erecciones bajo el pantalón. Bruno se sacó la polla y me la puso en la mano; yo se la pajeé un momento, con la palma llena de mi propia saliva, hasta que oímos voces y tuvimos que soltarnos.
Cuando un grupo de excursionistas apareció en la curva de abajo, ya estábamos vestidas, riéndonos como dos crías que acaban de hacer una travesura. Pero por dentro yo seguía desnuda. Seguí desnuda durante kilómetros, con el sabor a coño de Nadia todavía en la boca.
***
De camino a la provincia vecina, vimos de lejos una playa larga sembrada de tablas de surf. Había decenas de personas en el agua, remando contra las olas, y nosotras no sabíamos ni cómo se entraba al aparcamiento. Decidimos seguir a un coche que llevaba dos tablas atadas a la baca, suponiendo que nos llevaría justo hasta allí.
Acertamos. Aparcamos al lado y vimos bajar a dos chicas y un chico que enseguida empezaron con sus preparativos. Nosotras, que llevábamos siempre a mano un bikini y una toalla de microfibra por si surgía la ocasión de nadar, empezamos a cambiarnos junto al coche, sin prisa, dejándonos ver.
Justo antes de meterse en sus trajes de neopreno, las dos surfistas se agacharon a hacer pis sobre la arena, una al lado de la otra, con la naturalidad de quien lo hace cada día. Me acerqué a la pelirroja, me puse en cuclillas a su lado imitándola, me subí la falda, abrí las piernas y solté yo también un chorro largo sobre la arena, mirándola de frente. Le pregunté si no le daba reparo hacerlo allí, delante de nosotras y de cualquiera que pasara.
—La primera vez me dio un poco de cosa —me contestó sin inmutarse, bajando la vista sin ningún pudor a mi coño chorreando—. Pero hay que hacerlo justo antes de ponerse esta goma. Si no, ya me dirás cómo lo haces si te entran ganas mar adentro. ¿Venir, quitarte el neopreno, mear, volver a embutirte en él? Imposible.
Me reí, y mientras me reía me di cuenta de que la pelirroja me estaba mirando los pechos, y después el coño depilado que yo había dejado bien a la vista, con una franqueza que me gustó. La otra surfista se incorporó, observó nuestros bikinis diminutos y soltó una carcajada.
—¿Y vosotras pensáis bañaros aquí con eso? Si queréis nadar de verdad, id a una cala resguardada, a esas playas de postal. Aquí, si os atrevéis a meteros, y no os lo recomiendo, perdéis el bikini en un minuto, salís magulladas y en pelotas. Lo único que podéis hacer en este rompiente es tomar el sol.
Nadia y yo nos miramos. Nos quitamos los bikinis allí mismo, los dejamos sobre la toalla, y bajamos desnudas hasta la orilla, solo para sentir el agua helada en los tobillos. Era verdad: meterse era imposible, la resaca tiraba como una mano enorme. Pero el camino de vuelta desde la orilla hasta el coche, completamente desnudas, con los surfistas mirándonos y el viento poniéndome la piel de gallina, fue uno de los momentos más intensos del viaje.
La pelirroja me alcanzó la toalla cuando llegué temblando.
—Tenéis valor —dijo, envolviéndome los hombros ella misma, con las manos un segundo de más sobre mi espalda mojada—. O estáis muy locas.
—Las dos cosas —contesté.
Y no se conformó con la toalla. Metió una mano por debajo, me pellizcó un pezón helado, y bajó la otra hasta mi coño para separarme los labios con dos dedos.
—Estás dura de frío —susurró, mirándome a los ojos—, pero mojada por dentro. Qué contradicción.
Su amigo nos miraba desde unos metros, con la bragueta del neopreno abierta y una mano dentro. Ella me metió un dedo en el coño, muy despacio, y sacó otro brillante de mi flujo. Se lo lamió sin dejar de mirarme, y luego me lo pasó por el labio inferior a mí, para que yo me chupara también mi propio sabor.
—Otro día en una cala —me dijo al oído—, te como el coño hasta que grites.
Se apartó, me guiñó un ojo, y volvió con su tabla. Por un instante, con el olor de su saliva todavía en mi boca y los ojos de su amigo clavados en mí, pensé que aquella playa de surfistas iba a terminar de otra manera. No terminó. Pero me llevé el calor de esos dedos dentro durante días.
***
En otra parada visitamos unos acantilados que se levantaban del mar en láminas de piedra inclinadas, como las páginas de un libro gigante abierto contra el oleaje. No entiendo nada de geología, pero cualquiera reconocería que aquello era una maravilla. Y más fotos, claro. De frente, de espaldas, de perfil, con el culo al aire sobre el borde del precipicio mientras el viento intentaba empujarme hacia el vacío.
Bruno me sujetaba de la muñeca para que no resbalara, y la combinación de vértigo y exposición me dejó las piernas flojas. Cuando nos apartamos del borde, metí la mano en su bragueta, le saqué la polla ya dura y le pedí que se corriera en mi culo, sobre las nalgas todavía frías del viento. Le pajeé apoyada contra una roca, mirando el mar romper abajo, mientras él me apretaba las tetas por detrás y me mordía el cuello. Se corrió en menos de un minuto, chorros gruesos de semen que me resbalaron por el culo hasta los muslos. Los limpié con dos dedos y me los lamí delante de él.
Esa noche, cuando el azar de las tarjetas me devolvió a la habitación de Nadia, no necesité contarle nada. Le bastó con verme entrar. Nos desnudamos sin decir palabra, todavía con la sal del viento en la piel. La tumbé en la cama, le abrí las piernas y le comí el coño despacio, con toda la lengua, hasta que se corrió una vez agarrándome del pelo. Después nos pusimos en tijera, coño contra coño, frotándonos con los clítoris hinchados y las manos entrelazadas, y nos corrimos casi a la vez, mirándonos como si fuera la primera vez.
Le susurré al oído cada cosa que había sentido en cada parada, cada mirada que había robado, cada dedo que me había entrado, cada polla que había pajeado. Ella me escuchaba metiéndome un dedo en el culo, muy despacio, y luego dos, hasta que me hizo correrme otra vez solo con eso.
—Eres una exhibicionista de manual, una guarra insaciable —me dijo, mordiéndome el hombro.
—Lo descubrí esta semana —admití—. Tú me diste el permiso.
***
Solo me queda hablar de la última ciudad. Como esto no es una guía turística, no voy a describir los monumentos; solo cuento los sitios donde me exhibo y disfruto. Al pie de un monte que cierra la bahía hay un conjunto de esculturas de hierro ancladas a las rocas, y entre ellas, perforados en el suelo de la explanada, unos respiraderos por los que sube el aire del mar con una fuerza brutal cuando rompe el oleaje. Yo ya había estado antes en aquel lugar. Sabía exactamente lo que hacía.
Fui con las bragas guardadas en el bolso. Me puse una falda ligera, de esas que vuelan con nada, y me acerqué despacio a uno de los agujeros del pavimento. Esperé a que llegara una ola grande. Cuando el aire estalló desde el suelo, la falda se me subió por encima de la cintura y se quedó un instante eterno flotando alrededor de mi cara, mientras yo, debajo, no llevaba absolutamente nada: el coño depilado a la vista, los labios entreabiertos, brillantes de lo mojada que estaba solo de pensarlo.
Un corro de turistas miraba el espectáculo del agua y del viento. Durante ese segundo, todos me miraron a mí. Una pareja mayor se quedó boquiabierta, un chaval levantó el móvil por instinto y volvió a bajarlo, avergonzado, y Nadia, desde un lado, me observaba con una sonrisa que lo decía todo. El aire me recorrió entera, frío y descarado, me entró por el coño abierto, me secó el flujo de los labios, y yo me sostuve la falda lo justo para no arrancarla, ni un segundo antes de lo necesario.
—¿Otra ola? —preguntó Nadia cuando me alejé, todavía temblando.
La miré, miré al corro de gente que fingía haber vuelto a interesarse por el mar, miré al chaval del móvil que ahora tenía un bulto claro en el pantalón corto, y volví a acercarme al borde del agujero. Antes, me metí dos dedos en el coño, los saqué brillantes y me los pasé por los labios de la boca, para que el chaval me viera hacerlo.
—Otra ola —dije—. Y todas las que hagan falta.
Aquella semana terminó, como terminan las vacaciones, con maletas y aeropuerto y la promesa de repetir. Pero algo no volvió a su sitio. Descubrí que el placer, para mí, no estaba en el sexo escondido de una habitación de hotel, ni en el paisaje, ni en las fotos que guardamos en una carpeta privada que nadie verá jamás. Estaba en ese instante exacto, suspendido, en que un desconocido cualquiera se da cuenta de que yo no llevo nada debajo, se le pone la polla dura al verme el coño, y ya no puede dejar de mirar.





