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Relatos Ardientes

La desconocida que se masturbaba en la playa nudista

Necesitaba tres días lejos de todo. Quería respirar sin el ruido del teléfono, sin las conversaciones a medio terminar con Marcela, sin la sensación de estar viviendo en pausa. Por eso, a finales de noviembre, reservé una habitación en Bahía Quemada, un hotelito de playa nudista que ya conocía desde hacía años.

Llegué un jueves cerca del mediodía. El cuarto era el mismo de siempre: paredes blancas, ventilador de techo y una vista directa al mar. Solté la mochila sin sacar nada, me cambié rápido y bajé a la arena con una gorra, bloqueador y un libro que sabía que no iba a abrir.

La playa estaba casi vacía. Dos parejas mayores leían bajo las palapas del fondo, y un hombre solo dormitaba boca abajo cerca del agua. Me instalé en un camastro del medio, debajo de una palmera que daba una sombra de tablero de ajedrez, irregular y caliente. Pasé primero por el bar, pedí una cerveza y volví. El ritual de siempre.

Estaba acabando de echarme aceite en las piernas cuando llegaron ellos. Una pareja de unos cincuenta y tantos. Él avanzó sin saludar, con paso firme y la toalla bajo el brazo, hacia los últimos camastros. Ella, en cambio, se acercó.

—Disculpa la molestia —dijo, sonriendo—. ¿Te importa si te pregunto algo?

Llevaba un pareo amarillo sobre un traje de baño negro de dos piezas, bastante conservador para el lugar. Era de caderas anchas, cintura marcada y unos pechos generosos que el sujetador apretaba más de lo necesario. Olía a coco y a un perfume suave, casi infantil.

—Claro. Adelante.

—Yo siempre pensé que este hotel era solo para parejas —dijo, mirando alrededor—. ¿Es la primera vez que vienes solo?

Le respondí que no, que llevaba años viniendo y que había visto de todo: solteros, grupos de amigas, parejas del mismo sexo, gente que llegaba sola y se iba con alguien, gente que llegaba en pareja y se iba sin hablar. Ella se rió. Tenía una risa baja, ronca, que no encajaba del todo con el pareo amarillo.

—Bueno, gracias —dijo—. Es por curiosidad, nada más.

—Patricia —llamó el marido desde el otro extremo, agitando una mano.

—Voy —respondió ella sin moverse. Me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta y luego se fue caminando despacio, sin mirar atrás.

Volví a mi libro. Lo dejé abierto sobre el muslo y miré el horizonte. Pasaron dos horas. La playa se fue llenando hasta los quince huéspedes habituales y, después de las dos, se fue vaciando otra vez. Casi todos subieron al restaurante. Pedí un ceviche al mesero que pasaba, comí en el camastro, tomé otra cerveza y me quedé dormido con el rumor del mar y el peso del calor.

Me desperté empapado en sudor. Tres y media. La playa parecía abandonada. Me levanté, caminé al agua y me metí de un golpe. El Pacífico estaba frío esa tarde, casi azul oscuro, y nadé un rato hasta donde dejaba de tocar fondo. Cuando volví a la orilla, los pies arrastrando arena, pasé primero por el bar para pedir un agua mineral con limón.

Fue al volver hacia mi sombrilla cuando la vi.

Patricia estaba sola en su camastro, a unos veinticinco metros del mío. El marido no se veía por ninguna parte. Imaginé que había subido a la habitación para una siesta. Ella se había quitado el pareo y la parte de arriba del traje. Las tetas, libres del sujetador, eran más grandes de lo que parecía vestida, pesadas, con pezones oscuros y anchos, del tamaño de una moneda. Estaba reclinada, las piernas apenas abiertas, y miraba algo en su teléfono.

Pasé cerca, sin detenerme, hacia mi lugar. Me senté, bebí del agua y respiré despacio. No pensaba volver a mirar. Pero miré.

Patricia había soltado el teléfono boca abajo sobre la toalla. Tenía ahora una mano metida dentro de la parte de abajo del bikini. Se veía cómo el bulto de sus dedos se movía en círculos lentos, apretando contra el hueso del pubis, hundiéndose y saliendo. La otra subía y bajaba muy despacio sobre una de las tetas, pellizcándose el pezón con los dedos índice y pulgar, estirándolo hacia arriba hasta que la piel se tensaba y lo soltaba de golpe. Sus ojos estaban cerrados y la boca entreabierta.

Sentí cómo se me ponía dura sin haberme tocado. La polla me empujaba contra el vientre, hinchada, con la punta ya brillante de líquido preseminal. Me recosté de medio lado, en una postura incómoda, intentando disimular. No funcionó. La erección era evidente y, en una playa nudista, no había forma de ocultarla. Pensé en el marido, en lo que pasaría si volvía justo entonces. Pero el marido no estaba.

Solo mira y aguanta.

Eso me dije. Y por un rato lo conseguí. Pero los movimientos de Patricia eran cada vez más amplios. La mano dentro del bikini se notaba ya por encima de la tela, apretándose el coño entero con la palma abierta, mientras el dedo del medio se le hundía repetido, marcando el ritmo. El cuerpo se le tensaba en pequeñas oleadas. Y, en algún momento, sin abrir los ojos, levantó la cadera y se bajó la prenda hasta los muslos.

Ahí dejé de pensar.

El coño de Patricia quedó a plena luz: los labios exteriores gruesos, oscurecidos por el sol, y los interiores más rosados asomando entre ellos, brillantes, empapados. Tenía un vello púbico recortado corto, apenas una sombra sobre el pubis. Dos dedos suyos entraban y salían despacio, marcando un chasquido húmedo que llegaba hasta donde yo estaba. Con el pulgar se frotaba el clítoris en círculos, muy pequeños, muy precisos, como quien conoce de memoria su propio mecanismo.

Me llevé la mano a la polla, casi sin darme cuenta. Empecé suave, mirando hacia el mar, como si estuviera de paso, como si mi propia mano fuera un accidente. Patricia no había abierto los ojos. La playa seguía vacía. El bartender estaba metido dentro de la cabaña, fuera de vista. Me apreté la verga con el puño cerrado y comencé a subir y bajar, despacio primero, notando cómo la piel se corría sobre el glande, cómo se acumulaba una gota gorda en la punta que resbalaba hasta mis nudillos.

***

Era ahora o no era nunca.

Me levanté. La polla, brillante por el aceite y el propio flujo, latía contra mi vientre, tan tiesa que se curvaba hacia arriba. Caminé los veinticinco metros con la sangre golpeándome en los oídos. Cada paso me parecía un riesgo nuevo: que ella abriera los ojos y se asustara, que alguien apareciera detrás de una palmera, que el marido bajara las escaleras del restaurante en ese mismo instante. No pasó nada de eso. Llegué hasta su camastro.

Me detuve a dos metros. Le hablé en el tono más calmado que pude fabricar.

—¿Te molesta si te acompaño?

Abrió los ojos despacio. Me miró de arriba abajo sin alarmarse, se detuvo en mi polla parada frente a su cara y sonrió apenas, como quien reconoce lo que ya sabía. Una media sonrisa.

—Está bien —dijo, casi en un susurro. Y después, sin dejar de mirarme—: Pero sin tocar, por favor. Ni tú a mí, ni yo a ti. Por ahora.

—De acuerdo.

Me acerqué un paso más. Quedé al lado del camastro, parado, con la verga a la altura de su hombro, tan cerca que si giraba la cabeza le habría rozado la mejilla. Volvió a cerrar los ojos. Su mano regresó al coño, dos dedos adentro, el pulgar arriba, y retomó el ritmo donde lo había dejado. La mía siguió con lo suyo, ahora con un ritmo nuevo, más firme. Yo trataba de ponerme en una pose decente, de pie con un poco de torsión, de modo que ella pudiera mirarme cuando quisiera.

Patricia se mojaba los dedos de la otra mano con saliva y se los pasaba por los pezones, dejándolos brillantes, apretándolos entre las yemas hasta que se le paraban tanto que parecían a punto de reventar. Empezaba a respirar por la boca. Cada tanto, abría los ojos un segundo, me miraba directo a la polla, veía cómo mi puño resbalaba sobre el glande morado, y los volvía a cerrar apretando los labios. No decía nada. Yo tampoco.

Me concentré en el detalle. La forma en que se le movía la teta derecha, temblando entera, cuando se pellizcaba el pezón izquierdo. El brillo de saliva sobre la areola oscura, arrugada por el frío. El sonido húmedo, ya para nada imperceptible, de los dedos entrando y saliendo del coño empapado, un chapoteo bajo y constante, como de fruta madura. La manera en que la arena se le pegaba al talón derecho, apoyado al borde del camastro, mientras el otro pie se hundía en la arena suelta y los muslos se le abrían más, mostrando todo, sin pudor. Yo veía cómo su coño se abría alrededor de sus dedos, cómo los labios interiores se los tragaban al empujar, cómo un hilo transparente le bajaba por el perineo hasta el ojete oscuro y de ahí a la toalla, dejando una mancha cada vez más grande.

Intenté adivinar el momento. Cada vez que parecía cerca, su respiración se calmaba un poco y volvía a empezar. Yo regulaba como podía. Aflojaba la mano, la apretaba, alargaba las pausas. Cuando notaba que la corrida me subía por los huevos, me apretaba la base de la polla con los dedos y esperaba, mirando el mar, contando hasta que pasaba. Quería terminar con ella, no antes.

Después de lo que me parecieron diez minutos, su respiración cambió. Se volvió rápida y entrecortada. Empezó a soltar pequeños sonidos guturales, casi roncos, que controlaba detrás de los dientes. Los dedos dentro del coño entraron a más velocidad, y el pulgar sobre el clítoris trazaba círculos cada vez más ajustados. Abrió los ojos. Esta vez no los volvió a cerrar. Me miró directo y, sin dejar de tocarse, levantó la mano libre y me hizo una seña: dos dedos, hacia ella.

Di los pasos necesarios. Quedé pegado al borde del camastro, casi sobre ella. Me tomó la polla con la mano todavía húmeda de saliva y de su propio flujo, que se le había pegado al cambiar de mano. La apretó con torpeza, sin ritmo claro: estaba demasiado concentrada en sí misma. Pero la sensación de su mano caliente, ajena, después de tantos minutos de la mía propia, fue como cambiar de marcha. La polla me dio un tirón entero, un latido que le sentí en la palma. Le cubrí la mano con la mía y le impuse el ritmo que necesitaba. Movimientos largos, parejos, sin pausas, del glande a la base y de vuelta, apretando fuerte al bajar, aflojando al subir, hasta que sus dedos calientes se acostumbraron a llevarme como llevaba ella su propio coño.

—Así —susurró.

Fue lo único que dijo en todo el rato. Y se acabó.

Su cuerpo entero se tensó. Los muslos se le cerraron sobre su propia mano, atrapándose los dedos adentro. La espalda se le arqueó del camastro un par de centímetros, las tetas se le levantaron duras y le tembló un pezón, arrugado del todo. Un chorro corto, tibio, le brotó de entre los dedos y le mojó la cara interna del muslo. Soltó un suspiro largo, hondo, que parecía habérsele acumulado durante semanas. No gritó. No gimió. Solo se vació en silencio, apretándome la polla más fuerte a cada oleada, como si necesitara aferrarse a algo.

Yo me vacié en seguida. El primer chorro salió disparado y le cayó entre las tetas, blanco y espeso, en una línea que le llegó hasta el hueco de la garganta. El segundo le pintó el vientre entero, y el tercero se acumuló en el ombligo, desbordándose. Los últimos coletazos le cayeron sobre la cintura del bikini que tenía bajado hasta los muslos, empapándole la tela negra de semen. Yo seguía apretándome la verga con la mano encima de la suya, exprimiendo la última gota, que le resbaló por los nudillos. Patricia abrió la boca despacio, miró el techo de palma y respiró por la nariz, recobrando el ritmo de a poco. Con la mano libre, sin abrir los ojos, se pasó dos dedos por el charco del ombligo, se los llevó a los labios y los chupó despacio, sin hacer ruido, como quien prueba algo por curiosidad. No me soltó la polla hasta varios segundos después.

***

Me acuclillé al lado del camastro. No sé por qué lo hice. Me pareció lo más honesto del momento.

—Gracias —le dije en voz baja—. Estuvo precioso.

Le di un beso muy corto en la boca. Apenas un roce, no era el contrato. Bajé y le pasé la lengua, lento, en círculos, sobre cada pezón, recogiendo un poco del semen que le había caído entre las tetas, saboreando la mezcla salada del sudor, el mar y mi corrida. Le chupé despacio primero el pezón izquierdo, después el derecho, tirando apenas con los dientes, como quien firma debajo de un acuerdo. Patricia se rió bajito, con los ojos todavía cerrados, y me pasó una mano por la nuca, un segundo, antes de soltarme.

—Vete antes de que vuelva —dijo.

Me levanté, di media vuelta y caminé al mar. Esta vez nadé largo. Me fui mar adentro hasta que la playa quedó pequeña, hasta que mi camastro era una mancha clara entre las palmeras. Floté boca arriba, cerré los ojos y me dejé llevar por el oleaje un buen rato.

Cuando volví a la arena, el camastro de Patricia estaba vacío. La toalla, el pareo amarillo, el sujetador negro, el teléfono: nada. Como si no hubiera pasado.

Esa noche cené en el restaurante, sentado en una mesa esquinera. La vi entrar con el marido, los dos vestidos de blanco, los dos riéndose por algo que él contaba. Patricia me vio un segundo, sostuvo la mirada lo justo y no más, y siguió hacia su mesa.

No volvimos a hablar en los tres días.

La mañana del domingo, mientras pagaba la cuenta en la recepción, la vi salir con su maleta. El marido cargaba las dos. Ella tenía puesta una camisa de hombre, demasiado grande, y unos lentes oscuros enormes. Al pasar a mi lado, sin frenar, sin mirarme, dejó caer una servilleta doblada sobre el mostrador, junto a mi tarjeta. Siguió de largo.

La servilleta tenía una sola línea, en letra apurada: «Hágalo usted mismo la próxima vez».

Me quedé mirando la frase hasta que el recepcionista carraspeó. Me la guardé en el bolsillo de atrás del pantalón. La conservé un tiempo, dentro de un libro, hasta que se perdió en una mudanza. Pero la frase no.

A veces, cuando paso por una playa cualquiera y veo a alguien tocarse el pelo bajo una sombrilla, me acuerdo de Patricia. Y entiendo, otra vez, qué quería decirme.

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Comentarios(9)

Chepe92

buenisimo!!! me tuve que releer la parte de la playa dos veces jajaja. muy bien escrito

SantiCba88

tremendo relato, esa situacion la viviria cualquiera. sigue subiendo mas de voyerismo por favor

VoyeurBaires

me recordo a unas vacaciones en el sur, situaciones asi pasan mas seguido de lo que uno cree jaja. gracias por compartirlo

DiegoR

excelente!!!

Niko77

tiene segunda parte? me quede con ganas de saber como siguio todo eso

Mauricio_lect

Lo lei en el laburo aprovechando que no habia nadie, mala idea jajaja. muy bien narrado, se siente real y sin pasarse de la raya. de lo mejor que lei en mucho tiempo aca

Rosi_44

me encanto como esta contado, se nota que lo viviste de verdad o casi jajaja

SantiagoBaires

Buenisimo!!! saludos desde Buenos Aires, espero que subas mas relatos pronto

LectoraNocturna

se hizo corto... quiero mas :)

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