El baño en ropa interior que mi novia no quiso tapar
Voy a contar algunas cosas de cuando estaba con Noelia, antes de que fuera mi mujer y mucho antes de que dejara de serlo. Las recuerdo sueltas, sin orden, según me vienen a la cabeza. Algunas pasaron sin querer; otras, las más, las buscaba ella con una calma que todavía me desconcierta.
Porque Noelia era dos personas. De día, con la gente, parecía tímida, de las que bajan la mirada y se ríen tapándose la boca. Pero bastaba con que se calentara un poco para que esa timidez se le cayera de golpe, como una chaqueta que ya no necesitaba. Y entonces le daba igual quién mirara. Daba igual el sitio. Casi prefería que mirasen.
Empiezo por la del viaje al sur, que es la que mejor me acuerdo.
***
Un amigo del grupo, Rubén, juraba bandera en un cuartel de la costa, y decidimos bajar a verlo unos cuantos. Como éramos bastantes, alquilamos una furgoneta grande, de esas con tres filas de asientos y un hueco vacío al fondo. Íbamos tres parejas y tres sueltos, nueve en total, con muchas horas de carretera por delante.
A alguien se le ocurrió tirar un colchón en el hueco del fondo, por si a alguien le entraba el sueño. Le propuse a Noelia que nos tumbáramos nosotros ahí, y otro de la furgoneta, Dani, hizo lo mismo con su novia, Cris. Total que acabamos los cuatro tumbados detrás, tapados con un par de mantas, mientras el resto charlaba delante sin prestarnos atención.
Era de noche y la furgoneta iba a oscuras. Al rato, con el traqueteo y el calor de los cuerpos pegados, las manos empezaron a moverse solas. Cada uno con la suya, pero a medio metro el uno del otro. Nos lo montamos en silencio, sin un ruido, conteniendo hasta la respiración para que los de delante no se giraran. De vez en cuando, con el reflejo de algún coche que venía de frente, alcanzaba a ver un trozo de la espalda de Cris, o una pierna. Y sabía perfectamente que Dani veía a Noelia, porque ella se tapaba menos que su novia. No por descuido. Lo hacía a propósito.
Terminamos durmiéndonos los cuatro, hechos un ovillo, y nos despertaron ya cerca del destino. Paramos en un bar de carretera a desayunar, todos con cara de no haber pegado ojo, y volvimos a la furgoneta para el último tramo.
***
Antes de entrar al cuartel, las chicas quisieron cambiarse para estar más presentables, y se metieron las tres dentro de la furgoneta a vestirse. Noelia salió con un vestido claro, corto, de tirantes, que con nada que se agachara dejaba ver el sujetador blanco que llevaba debajo. Cris se puso unos vaqueros y una camisa, y la tercera, Marta, una falda de flores. Pero la que llamaba la atención, como siempre, era Noelia.
Vimos la jura de bandera de pie bajo un sol que rajaba las piedras. Cuando terminó y nos juntamos con Rubén, le dijimos sin preguntar que se volvía a casa con nosotros. Él había quedado en regresar en tren con un compañero del cuartel, Adrián, así que le dijimos que se viniera también. Los dos se apuntaron, y nos pusimos otra vez en marcha, esta vez doce apretados en la furgoneta.
Apenas habíamos arrancado cuando alguien soltó la idea: ¿y si nos dábamos un baño antes de meternos las horas de vuelta? No hizo falta repetirlo. El que conducía, Quique, cogió la primera salida que daba a la costa y bajó por un camino de tierra hasta una playa larga, sin nadie, de esas en las que no se ve el final por ninguno de los dos lados.
Y entonces nos dimos cuenta de que ninguno había traído bañador.
—Pues yo me meto en calzoncillos —dije, y empecé a quitarme la ropa sin pensarlo mucho.
Un par de chicos me siguieron. Cuando me giré, Noelia ya estaba en sujetador y braguitas blancas, animando a las otras a hacer lo mismo. Cris no se hizo mucho de rogar y se quedó en ropa interior negra. Marta, en cambio, dijo que ella no se bañaba y se quedó vestida, sentada en la arena.
A los tíos se nos caía la baba. No era nada del otro mundo, un sujetador blanco corriente, unas bragas normales, y sin embargo había algo en saberlas en ropa interior y no en bikini que nos ponía a todos más nerviosos de la cuenta. Como si la diferencia entre una cosa y otra fuera justo la frontera que no se debía cruzar, y la estuviéramos cruzando.
Nos metimos al agua. Estaba fría y se agradecía después del calor del cuartel. Tonteamos un rato, salpicándonos, haciendo el tonto, hasta que Quique avisó desde la orilla de que teníamos que seguir o llegaríamos de madrugada.
***
Y ahí fue donde Noelia hizo lo suyo.
Salió del agua la última, sin prisa, mientras los demás ya nos secábamos a manotazos. Y la ropa interior blanca, mojada, se le había vuelto completamente transparente. Se le veían los dos pezones oscuros marcados contra la tela, y entre las piernas se le adivinaba todo, perfectamente, como si no llevara nada encima. Lo de Cris, con el negro, no se transparentaba; lo de Noelia, sí, y de qué manera.
Cualquier otra habría cruzado los brazos y habría echado a correr hacia la furgoneta. Ella no. Ella sabía exactamente lo que se veía y lo que nos estaba haciendo. Se quedó de pie frente a todos nosotros, se inclinó un poco hacia delante y se escurrió la melena despacio, con las dos manos, dejando que el agua le cayera por el cuerpo mientras nos miraba de reojo. Los ojos de todos los tíos estaban clavados en ella. De todos. Y ella, lejos de cortarse, parecía crecerse con cada segundo que pasaba.
Lo está disfrutando, pensé. Le encanta tenernos así.
Cuando ya nos había dejado a todos sin saber dónde meter las manos, fui yo el que dijo, con la voz más firme que pude fingir, que las chicas pasaran a la furgoneta a quitarse lo mojado. No por pudor. Porque necesitaba sacarla de allí antes de hacer una tontería.
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Entré con ella el primero, con la excusa de «ayudarla». Se quitó el sujetador y las bragas empapadas y se quedó desnuda en la penumbra de la furgoneta, con la piel todavía con sal y la melena pegada a la espalda. Intenté arrimarme, meterle mano, pero me paró en seco.
—Quieto, que están todos ahí fuera —susurró, divertida, como si eso fuera un argumento y no justo lo contrario.
Yo daba por hecho que se pondría otras bragas y otro sujetador. Y lo que hizo me dejó peor de lo que estaba. Cogió el vestido claro y se lo puso a pelo, sin nada debajo. Se alisó la tela sobre el cuerpo, me miró un segundo con media sonrisa, y salió de la furgoneta para que entrara Cris a cambiarse.
Yo era el único que sabía con seguridad que iba sin ropa interior. Pero me imagino que los demás lo intuyeron en cuanto la vieron, porque con el vestido fino y los pezones marcándose contra la tela no había mucho que adivinar. Me la imaginé el resto del viaje y empecé a contar los minutos para volver a tumbarme con ella en el colchón del fondo y terminar lo que la playa había dejado a medias.
***
Pero el polvo se me torció antes de empezar.
Nada más arrancar, Noelia me dijo que en la vuelta me fuera de copiloto, al lado de Quique. Que ella prefería ir atrás, relajada, sin que yo le anduviera metiendo mano. Y yo, como un idiota, acepté. Me senté delante. Ella se acomodó en uno de los asientos del medio, con Cris al lado, y a Dani también se le torció la noche por el mismo motivo.
Los que aprovecharon el colchón del fondo para dormir fueron Rubén y Adrián, reventados después de la jura. Yo iba delante, medio adormilado por el calor y el ronroneo del motor, pero de vez en cuando me giraba. Y siempre, siempre, había algún amigo de pie en el pasillo, sujeto al respaldo del asiento de Noelia, hablando con ella inclinado hacia abajo.
No hace falta ser muy listo para saber lo que estaban mirando. Con el vestido suelto, sin sujetador, bastaba con que ella se moviera un poco para que el escote se ahuecara y se le vieran los pezones enteros. Y ella lo sabía. Vaya si lo sabía. Cada vez que me giraba, la pillaba riéndose de algo, echándose el pelo hacia atrás, dejando que el tirante se le resbalara un par de dedos por el hombro antes de subirlo de nuevo, como sin darse cuenta.
No sé qué pasó exactamente, porque al final me venció el sueño. Al día siguiente le pregunté, medio mosqueado, por qué me había mandado de copiloto.
—Para ir tranquila, sin que me sobaras todo el rato —me dijo, y se rio.
Nunca supe si era verdad o si lo que quería era exactamente eso: ir atrás, en la penumbra, sintiendo los ojos de todos encima sin nadie que la frenara. Había uno de los del cuartel, Adrián, al que miraba de una manera que no me gustó nada. No creo que pasara hasta el final con él. Pero la verdad es que nunca lo sabré, y a estas alturas, contándolo, casi prefiero no saberlo.
***
Todas estas cosas pasaron de verdad y las cuento como las recuerdo, con lo que el tiempo me haya cambiado sin querer. Lo que no se me olvida es esa imagen suya en la orilla, transparentándose entera, sin tapar nada, escurriéndose el pelo de cara a nosotros como si fuéramos su público y ella lo supiera desde mucho antes que yo. Si me voy acordando de más, ya lo iré contando.