Lo que escuché desde el cuarto de mi madre
Me llamo Lucía, tengo veintitrés años y vivo en Murcia con mi madre Marisol y la pareja de ella, Damián. La casa, un chalet pequeño en las afueras, fue lo único que mi padre dejó intacto antes de morir. Lo demás —las cuentas, las deudas, los problemas— cayó encima de nosotras como una avalancha. Por eso, cuando mi madre conoció a Damián y él se ofreció a saldar lo que debíamos, ella no lo pensó dos veces. Se casaron en seis meses.
Damián parecía al principio un hombre tranquilo, casi amable. Trabajaba en una empresa de transportes y volvía cansado pero cordial. Esa fase duró menos de un año. Cuando lo despidieron, algo dentro de él se quebró. Empezó a beber durante el día, a no salir de casa, a vivir del sueldo que mi madre traía de limpiar pisos y de lo que yo aportaba con mis turnos de fin de semana en una cafetería del centro. Yo estudiaba, y entre eso y el trabajo apenas dormía.
Mi madre se volvió pequeña a su lado. Bajaba la voz, esquivaba la mirada, le pedía permiso para cosas que antes hacía sin preguntar. Yo, sin querer, también empecé a moverme en silencio por la casa. Damián tiene esa forma de mirar que no necesita decir nada para que el aire se vuelva pesado.
La primera vez que lo escuché fue un jueves. Había llegado mi amigo Tomás a ayudarme con un trabajo de la facultad. Mi madre apareció antes de tiempo, lo vio, y me susurró en el pasillo que terminara rápido, que si Damián nos encontraba con un chico en mi cuarto «mejor no pensarlo». Tomás se fue por la puerta de atrás. Una hora después llegó Damián, eufórico, con una botella de cava bajo el brazo. Le habían pagado un dinero prestado a alguien. «Esta noche celebramos», dijo, y mi madre sonrió como sonríe quien sabe lo que viene después.
Bebieron en el salón. Yo me retiré temprano y cerré la puerta de mi cuarto. La pared que separaba mi habitación de la de ellos era fina, de esas de chalet barato. Esa noche no necesité pegar el oído.
—Te gusta, Marisol —le oí decir—. Te gusta cómo te como.
—Calla, por favor —respondió ella, casi en un susurro—. Calla y sigue.
Los sonidos llegaban con una claridad indecente. Reconocí la voz de mi madre porque la conocía de toda la vida, pero al mismo tiempo no era ella. Era una versión que yo nunca había visto, una mujer que respondía a su nombre con la respiración entrecortada.
—Tu marido nunca supo apreciar lo que tenía —dijo él—. Nunca te hizo esto.
—No —contestó ella—. Nunca.
No te atrevas a meterlo a él en esto, pensé apretando los puños bajo la almohada. Pero seguí escuchando. No pude evitarlo. La cama crujía con un ritmo lento, después más rápido. La voz de Damián se volvió ronca, autoritaria.
—Arrodíllate. Chúpamela.
El crujido cambió. Hubo un silencio breve, el roce de un cuerpo bajando al suelo, y después un sonido húmedo que me hizo enterrar la cara en el colchón. Mi madre obedeció. No protestó. Obedeció. Y en ese momento, mientras yo escuchaba contra mi voluntad, entendí algo que llevaba meses negándome a entender: mi madre vivía dos vidas, y la nocturna no le pertenecía.
—Eso es. Así, despacio.
Me quedé inmóvil hasta que terminaron. Después oí la cisterna del baño, los pasos de mi madre por el pasillo, el goteo de la ducha. Tardé en dormirme. Algo se había roto, y no sabía si era en ellos o en mí.
***
El segundo episodio fue un sábado por la tarde. Damián llegó a las tres, con los ojos vidriosos y la camisa abierta hasta el segundo botón. Mi madre estaba en la cocina recogiendo lo del almuerzo. Yo escuchaba música en los auriculares, tumbada en la cama, pero los bajé al oír un portazo. Damián se la había llevado al cuarto sin preámbulos.
—Desnúdate —le dijo—. Tengo ganas.
—Damián, son las tres de la tarde —respondió ella—. Lucía está en casa.
—¿Y qué pasa con eso? ¿Tu hija va a venir a interrumpir?
—No es eso, pero…
—Pero nada. Desnúdate.
Hubo cinco minutos de silencio. Solo se oía la respiración pesada de él, algún roce de tela. Después empezaron los gemidos de mi madre, esta vez más apagados, como si se mordiera los labios para no molestar. Damián la insultaba sin gritar, con una calma helada que era peor que cualquier grito.
—Muévete, joder. Muévete.
—Eso es. Así, puta. Así.
Yo me quedé sentada en la cama, con los auriculares en la mano, sin atreverme a salir ni a moverme. Tenía veintitrés años y vivía bajo el mismo techo que aquel hombre, y de pronto se me hizo claro que no podría seguir mucho más así. Pero no se me ocurría a dónde ir. No tenía dinero. Si yo me iba, mi madre se quedaba sola con él.
Cuando él terminó, todo quedó en silencio. Pasos al baño. La puerta. El agua. Yo no me moví de la cama hasta que oí salir a mi madre y bajar por la escalera, fingiendo que no había pasado nada, preguntándome desde abajo si quería merendar.
***
Lo que voy a contar ahora pasó tres semanas después, y todavía no sé bien cómo lo viví. Era un viernes por la noche. Yo había vuelto temprano del trabajo, con dolor de cabeza, y me había encerrado en mi cuarto con la luz apagada. Hacia las once oí la puerta. Damián venía con un amigo. Se llamaba Iván, lo había visto un par de veces en el barrio. Un tipo grande, con la voz demasiado fuerte y la risa fácil.
Le pidió a mi madre que les sirviera unas copas. La oí ir y venir entre la cocina y el comedor, traer hielo, abrir una botella. Damián la hizo sentarse con ellos. Le puso un vaso en la mano, le dijo que bebiera. Yo, desde mi cuarto, no veía nada. Pero oía cada palabra.
—Marisol —dijo él, y su voz se había vuelto melosa de una manera que no le conocía—. ¿Te imaginas tener dos a la vez? Dos pollas para ti sola.
Iván se rio. Mi madre no dijo nada.
—Mírame, Marisol. No te avergüences. Iván es un amigo. Y yo sé lo que te gusta.
Salí de la cama sin hacer ruido. Algo dentro de mí me empujaba a saber, a ver, aunque no quisiera. Abrí la puerta solo un dedo. El pasillo del primer piso da directamente al hueco de la escalera, y desde allí, sin asomarme demasiado, se veía la mesa del comedor. Las luces estaban bajas. Ellos no me podían ver porque mi pasillo quedaba en penumbra. Yo, en cambio, los veía bastante bien.
Damián había rodeado a mi madre por detrás. Le pasaba las manos por encima del vestido, le acariciaba los pechos con un descaro que me hizo sentir un escalofrío. Iván estaba sentado enfrente, con la copa en la mano y los ojos fijos en ellos. Mi madre tenía la cabeza ligeramente echada hacia atrás y los ojos cerrados. No se resistía. Hacía meses que no se resistía a nada.
—Mira qué tetas —le dijo Damián a su amigo, mientras le bajaba el tirante del vestido con un dedo—. Mira y dime si has visto algo así alguna vez.
Iván dejó la copa en la mesa.
—No te cortes —insistió Damián—. Ven.
No pensé en bajar. Pensé en bajar y no bajé. Eso es algo que llevo arrastrando desde entonces. Iván se levantó, se acercó, y empezó a besarle el cuello a mi madre. Damián miró hacia arriba en ese momento, hacia el descansillo, y por un instante creí que me había visto. Pero no se inmutó. Siguió.
Le sacó los pechos por completo. Iván bajó la cabeza y empezó a chupárselos. Mi madre soltó un gemido bajo, como si lo hubiese estado conteniendo durante mucho tiempo. Damián se desabrochó el pantalón, se lo bajó hasta los tobillos, y empezó a tocarse mirándolos. Después le hizo una seña a mi madre. Ella se arrodilló entre las piernas de Iván y le bajó el cinturón.
Cerré los ojos. Volví a abrirlos. No podía dejar de mirar. Era horrible y al mismo tiempo era un imán. Yo estaba siendo cómplice de algo que no quería ver, y mi cuerpo, traidor, reaccionaba con un calor que me daba vergüenza.
—Así, Marisol —oí decir a Damián—. Enséñale cómo lo haces.
Iván echó la cabeza para atrás y apoyó las manos en la mesa. Damián se acercó por detrás de mi madre, le levantó la falda y le bajó la ropa interior con dos dedos. Ella seguía arrodillada, ocupada, mientras él se metía detrás. Yo apreté la mano contra mi boca para no hacer un solo sonido.
—Súbete a la mesa —le ordenó él a mi madre después de unos minutos—. Túmbate.
Mi madre obedeció. Era lo único que hacía con él, obedecer. Iván se colocó entre sus piernas y la penetró despacio. Damián se acercó al otro extremo de la mesa, junto a su cabeza, y le metió el sexo en la boca. Los movimientos de la madera empezaron a ser rítmicos, sordos, como una pulsación. Los pechos de mi madre se sacudían al compás. Yo no sé cuánto tiempo estuve allí, agarrada al pasamanos, mirando aquello sin moverme.
Sé que en algún momento Iván dijo que se iba a correr. Sé que Damián le contestó que no lo hiciera dentro. Sé que Iván sacó el sexo y se vino sobre el vientre de mi madre. Sé que Damián se rio. Y sé que, cuando mi madre se levantó tambaleándose y se fue al baño de abajo, yo todavía estaba allí.
Damián subió la escalera. Llevaba la camisa por fuera y el pelo revuelto. Cuando llegó al descansillo, me encontró de pie, paralizada, con la espalda contra la pared. No fingí no haber visto. No habría tenido sentido.
—Has mirado todo, ¿verdad? —dijo, sin asombro, sin enfado—. Sabía que estabas ahí.
No respondí.
—¿Has visto cómo hago lo que quiero con tu madre?
—Eres un hijo de puta —le contesté en voz baja.
Él sonrió. Una sonrisa pequeña, de hombre que ha ganado algo. Pasó a mi lado sin tocarme y se metió en su cuarto. Yo me quedé en el pasillo todavía un rato, escuchando el agua de la ducha del baño de abajo, donde mi madre se lavaba lo que acababa de pasar.
Esa noche no dormí. A la mañana siguiente, mi madre me preparó el café como si fuera un sábado cualquiera. No me preguntó si había oído algo. No me miró a los ojos. Yo, por mi parte, empecé a buscar piso compartido al día siguiente. Tardé tres meses en irme. Tres meses en los que escuché muchas más veces lo que no quería escuchar, y en los que, lo confieso, alguna vez me quedé de nuevo junto a la puerta de mi cuarto sin saber bien por qué.