Cumplí tu reto en la cala: lo provoqué sin tocarlo
Amor, no vas a creer lo que ha pasado. O quizá sí, porque al final lo provocaste tú. Tú y ese mensaje que me dejaste antes de salir esta mañana, ese de cuatro palabras y un emoji que decía: «Hoy te quiero atrevida.» Sabías perfectamente lo que hacías cuando lo escribiste. Sabías que iba a pasarme el día con las bragas mojadas pensando qué hacer para cumplirlo.
Llegamos a la Cala de los Tres Riscos a media tarde, cuando el sol ya se inclinaba hacia el horizonte y la luz se volvía dorada, casi líquida. Marina insistió en subir al mirador para ver caer el día desde arriba. Le dije que prefería quedarme en la arena, que se me hacía pesado el sendero con sandalias. La verdad era otra. Sabía que, en cuanto me dejara sola, buscaría la manera de cumplir lo que me habías pedido.
—Vuelvo en una hora, como mucho —dijo, atándose el pareo a la cintura—. No te duermas al sol.
—No me duermo —contesté, sonriendo más por dentro que por fuera.
La vi alejarse por el sendero hasta que se hizo pequeña entre las rocas. Entonces respiré hondo, me desaté el sujetador del bikini y lo dejé caer sobre la toalla. El aire me rozó los pezones y se me erizaron al instante. Era julio, pero a esa hora la brisa todavía tenía ese filo que te recuerda dónde acaba la piel.
La cala estaba casi desierta. Una pareja mayor recogía sus cosas a lo lejos y dos chicas dormitaban bajo una sombrilla amarilla. Y luego, a unos quince metros de mí, sobre una toalla azul marino, estaba él.
Completamente desnudo.
Boca arriba, con los brazos cruzados detrás de la nuca y la cara medio cubierta por unas gafas oscuras. No era un cuerpo de gimnasio, amor: era mejor que eso. Era un cuerpo hecho con el agua y el sol, firme sin ser exagerado, bronceado por capas, con esa línea suave del estómago que se hunde hasta el pubis. Y ahí, en reposo, su polla. Larga, gruesa, recostada contra el muslo, sin esconderse, sin disculparse por estar ahí. Como si supiera de antemano que iba a ser observada.
Y la observé. No te voy a mentir. La miré una vez, dos, tres, sin disimular. Le calculé el tamaño con la vista, y aun blanda me pareció más gorda que la tuya en su mejor momento, amor, perdón que te lo diga así. Sentí cómo se me secaba la boca y cómo, por debajo del bikini, empezaba a humedecerse otra cosa. Se me apretó el coño solo, un latido sordo entre las piernas, como si la carne supiera antes que la cabeza lo que iba a hacer. Pensé en ti. Pensé en lo que me habías escrito por la mañana. Y entonces tomé la decisión.
Recogí la toalla y me acerqué. No a su lado, no tan cerca, pero sí dentro de su campo de visión. La tendí sobre la arena a unos cinco metros y me senté de cara al mar, de perfil hacia él. Me notó. Lo supe por el cambio mínimo en la postura, por el ligerísimo giro de la cabeza bajo las gafas.
Saqué el bote de crema solar de la bolsa. Me puse un poco en los dedos y empecé por los tobillos. Despacio. Subí por la pantorrilla, por la rodilla, por la cara interna del muslo. Me detuve ahí, en ese tramo donde la piel es más fina y más blanca, tan cerca del bikini que si separaba un dedo más le estaba enseñando el coño entero. Me eché más crema y repetí en la otra pierna. Sentí su mirada. Sin levantar la mía, sin mirarlo de frente, supe que estaba esperando el siguiente movimiento.
Me unté el estómago. La cintura. Las costillas. Y luego, con la calma estudiada de quien finge que nadie la mira, me cubrí los pechos. Me los agarré enteros con las dos manos, los pesé, los apreté hacia dentro para que se juntaran, y pasé los pulgares por los pezones, despacio, como por descuido, dos veces. Tres. Los tenía tan duros que me dolían. Cuando bajé los brazos, miré por fin hacia su toalla.
Su polla ya no estaba dormida.
No estaba dura del todo, todavía no. Pero ya no era la misma. Se había alargado, se había engrosado, había empezado a separarse del muslo. Centímetro a centímetro. Lentísimo. Casi un movimiento involuntario, como si su cuerpo estuviera respondiendo a algo que su cabeza intentaba ignorar. Vi cómo el glande, gordo y morado, iba asomando del prepucio, cómo la vena gruesa del lado izquierdo se le marcaba conforme se llenaba de sangre. Latía. Te lo juro, amor, la vi latir desde cinco metros.
Él no se movió. No habló. No se tapó. Yo tampoco. Solo seguí untándome crema, ya más despacio, viendo cómo se levantaba bajo mi mirada. Era lo más obsceno que había visto nunca. Y lo más excitante. Metí la mano por dentro del bikini como quien se ajusta la tela y me pasé un dedo por el coño. Estaba chorreando. Empapada de verdad, un charco tibio entre los muslos. Me llevé el dedo a la nariz, sin dejar de mirarlo, y me lo pasé disimuladamente por el labio. Él lo vio. Sé que lo vio, porque su polla dio un salto entero, un tirón hacia arriba que casi la despegó del vientre.
Pensé: esto es exactamente lo que me pediste. Conseguir que se le pusiera dura sin tocarlo, sin hablarle, solo con estar.
Y lo estaba consiguiendo.
Cuando llegó al punto en que ya no podía disimularse, cuando estaba completamente erecta, apoyada contra el bajo vientre, palpitando ligeramente con cada respiración, él giró la cabeza hacia mí. Las gafas seguían ahí, pero supe que me estaba mirando. Y por debajo del cristal oscuro me sonrió. Un gesto pequeño, apenas una curva en la comisura. Como diciendo: «Sí. Eres tú la que ha hecho esto.» Le vi una gota gorda de líquido preseminal asomar por la punta y resbalar despacio por el glande hasta perderse en el tronco. La boca se me hizo agua. Se me hizo agua literalmente, amor, tuve que tragar saliva.
Yo le devolví la sonrisa. Y entonces ocurrió lo que no estaba previsto.
***
Saqué el teléfono de la bolsa. Lo levanté solo un poco, lo justo para que él lo viera. Y con los ojos, sin decir nada, le pregunté lo que estaba pensando. Una sola foto. No de su cara. Solo de eso. Solo para ti.
Él entendió. Por un segundo lo vi dudar: bajó la mirada hacia su propio cuerpo, como evaluando lo que le estaba pidiendo, y volvió a buscarme. Me sostuvo la mirada un instante largo. Tan largo que pensé que iba a decir que no, que me iba a pedir que me fuera, que iba a romper la complicidad. Y luego, sin una palabra, asintió. Apenas un movimiento de barbilla. Y se acomodó un milímetro, lo justo para que se le viera mejor. Levantó una rodilla, dejó caer la otra pierna hacia fuera, y su polla quedó erguida, dura, apuntando al cielo, con los cojones tensos por debajo. Me la ofrecía. Me la estaba ofreciendo para el objetivo.
Hice la foto. Una sola. La que tienes ahora en tu teléfono.
Me temblaba la mano. No de miedo, amor, de lo otro. De ese morbo que me subía por las costillas y me cerraba la garganta. Guardé el móvil con cuidado, como si fuera algo frágil, y me quedé sentada un rato más, mirando el mar, dejando que la brisa me devolviera al cuerpo. Él tampoco se movió. Estuvimos así, a cinco metros, los dos desnudos por separado, hasta que oí los pasos de Marina bajando por el sendero.
Me até el sujetador del bikini a toda prisa. Recogí la crema. Cuando me levanté para sacudir la toalla, lo miré una última vez. Seguía duro. Seguía sin taparse. Y seguía sonriendo de aquella manera mínima, casi privada, como si lo que acabábamos de hacer fuera un secreto que iba a guardar para siempre.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó Marina, ajena, sacudiéndose el polvo de las zapatillas.
—Todo perfecto —dije. Y no estaba mintiendo.
Mientras subíamos juntas hacia el aparcamiento, no pude evitar girar la cabeza una vez más. Él seguía allí, recostado, con una mano por encima de los ojos para protegerse del sol y la otra ahora descansando sobre el muslo, muy cerca, pero sin tocarse. Esperando, quizá, a que me fuera para terminar él lo que yo había empezado. Esa imagen también me la llevé, amor. Esa no tiene foto, pero la guardo igual.
***
Y ahora estoy aquí. Sola en la habitación del apartamento. Marina ha bajado a cenar con unas amigas suyas del pueblo y yo he dicho que estaba cansada, que prefería un baño y dormir pronto. He cerrado la puerta con pestillo. He apagado todas las luces menos la lámpara de la mesita. Me he quitado la ropa capa por capa, despacio, como si me estuvieras viendo desde el otro lado de la pantalla.
Estoy desnuda sobre la cama. El móvil está al lado, abierto en esa foto. La miro. Vuelvo a mirarla. Veo su polla dura, la que yo provoqué, la que sigue ahí, congelada, esperando a que yo decida qué hacer con ella. Y me toco.
Me toco despacio, como me tocaste tú la última noche antes de irte de viaje. Empiezo por el cuello, bajo por los pechos, me detengo en los pezones, todavía sensibles del aire de la cala. Me los pellizco fuerte, como te gusta a ti hacérmelo, y se me escapa un gemido en voz alta que rebota contra la pared. Bajo por el estómago. Me abro de piernas y dejo que la otra mano encuentre el sitio. Estoy mojada. Empapada. Llevo así desde que apreté el botón de la cámara. Paso dos dedos por los labios del coño y me los enseño a mí misma brillando, como si fueras tú el que me los estuviera mirando.
Cierro los ojos y vuelvo allí. Vuelvo a su toalla azul marino. Vuelvo al modo en que se levantó bajo mi mirada, centímetro a centímetro, sin que yo lo tocara. Vuelvo a su sonrisa por debajo de las gafas. Y vuelvo a imaginar lo que habría pasado si Marina hubiera tardado una hora más. Si me hubiera levantado de mi toalla. Si me hubiera acercado a la suya. Si me hubiera arrodillado en la arena, todavía mirándolo a los ojos, y le hubiera dicho con la boca lo que ya le había dicho con la mirada.
Y me la imagino, amor. Perdóname, pero me la imagino entera. Me imagino agachándome sobre él, agarrándole esa polla con la mano y notando cuánto pesa, cuánto abulta, la piel caliente del sol tirante alrededor del tronco. Me imagino sacando la lengua y lamiéndole el glande de abajo hacia arriba, muy despacio, recogiendo esa gota de preseminal que le había visto asomar. Salada, espesa. Me imagino metiéndomela en la boca hasta el fondo, hasta que me golpea contra el paladar, hasta que se me llenan los ojos de lágrimas y me tengo que apartar para respirar. Me imagino chupándosela con las dos manos, una en el tronco y otra ahuecándole los cojones, con ese ruido húmedo de saliva y garganta que sabes que a ti te vuelve loco.
Me imagino que él me agarra del pelo y me sube la cabeza. Que me dice sin voz que me suba encima. Que me subo, todavía con la parte de abajo del bikini apartada de un lado, sin quitármela siquiera, y que le meto su polla en el coño mojado ahí mismo, en la arena, sin condón, sin pensar, con la cala vacía delante y el sol cayéndonos encima. Me imagino cómo entra: gorda, ancha, abriéndome más de lo que estoy acostumbrada, tan adentro que se me escapa un jadeo grave. Me imagino cabalgándolo, con las manos apoyadas en su pecho, viendo cómo se le tensa la mandíbula debajo de las gafas cada vez que bajo hasta el fondo. Me imagino su polla saliendo entera, brillante de mí, y volviendo a entrar de un golpe.
Me imagino corriéndome así, montada encima de un desconocido en una playa, apretándole el coño alrededor de la polla con espasmos, mordiéndome el labio para no gritar. Y me imagino después dándome la vuelta, a cuatro patas sobre su toalla, con el culo levantado y la cara pegada a la arena, para que me la meta otra vez desde atrás y me la vacíe dentro. Que me llene entera. Que me caiga la corrida por los muslos de camino al coche.
No lo hice, amor. Te lo juro. No lo hice porque tu reto era ese: solo provocarlo. Solo demostrarte que podía hacerlo sin tocarlo. Pero te miento si te digo que no lo pensé. Te miento si te digo que ahora mismo, con tres dedos dentro y el pulgar dándome vueltas al clítoris, con la respiración entrecortada y la cama empapada debajo de mí, no me estoy imaginando exactamente eso. Me estoy corriendo, amor. Me estoy corriendo mientras te escribo, con su polla en la cabeza y tu nombre en la boca, y no sé cuál de las dos cosas me pone más.
Y mientras me toco, te escucho. Te escucho como si estuvieras aquí, sentado al borde de la cama, mirándome igual que me miraba él. Te escucho preguntándome al oído, con esa voz baja que pones cuando quieres descolocarme.
«¿Y qué más hiciste después, cariño? Cuéntame. Cuéntamelo todo.»
Te lo voy a contar, amor. Te lo voy a contar despacio, con todos los detalles, hasta que no te quede otra que adelantar el vuelo y volver a casa esta misma noche. Vas a llegar con la polla ya dura desde el aeropuerto. Vas a entrar por esa puerta y me vas a encontrar como estoy ahora: desnuda, con el coño abierto y la foto en la pantalla. Y te la voy a chupar a ti pensando en la suya, y me la vas a meter tú pensando en él, y nos vamos a correr los dos por el mismo desconocido de la cala. Porque el reto era tuyo, sí. Pero el premio lo cobro yo.