La camarera del hotel me vio desde la ventana de enfrente
Aquellas vacaciones de diciembre las planeé con una idea simple en la cabeza: cuatro días para mí, sin compromisos, sin agenda, sin teléfono pegado a la mano. Reservé en un hotel modesto del casco viejo de Cádiz, uno de esos sitios con suelos de mosaico, ventanas altas y un olor a humedad antigua que se cuela hasta en las sábanas. No esperaba mucho de la estancia: pasear, comer bien, dormir tarde. Lo demás vendría o no vendría.
Llegué a primera hora de la tarde, con el aire frío todavía colgándome del abrigo. La recepcionista, una mujer joven con una agenda de papel sobre el mostrador, me entregó la llave de la habitación 207 y me señaló las escaleras. El ascensor estaba averiado desde hacía semanas, según leí en un cartel pegado con celo.
La habitación era pequeña, con una cama doble que ocupaba casi todo el espacio, una mesita coja, un armario y una ventana de doble hoja que daba directamente a la calle. Justo enfrente, a no más de doce metros, se levantaba un edificio de viviendas con balconcitos de hierro. La mayoría de las cortinas estaban echadas, pero un par de ventanas tenían las luces encendidas y se intuían siluetas detrás del visillo.
Solté la maleta, me senté en el borde de la cama y miré por la ventana un buen rato. Pensé en cerrar las cortinas y darme una ducha. Eso era lo razonable. Pero llevaba meses sin escaparme solo, sin pareja, sin nadie que pudiera asomarse al cuarto, y el viaje había sido largo. Me convencí de que un poco de tiempo a solas con mi cuerpo era exactamente lo que necesitaba.
Lo que no me esperaba fue lo que pasó cuando empecé a desvestirme.
Dejé las cortinas abiertas. No del todo, pero sí lo suficiente para que cualquiera que mirase desde el edificio de enfrente pudiese verme. Me quedé en calzoncillos, después desnudo, frente a la ventana, con la luz interior encendida y la calle apagada. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo y por qué.
El morbo no era pequeño. Era una sensación que me apretaba el estómago y me hacía respirar más despacio. La idea de que alguien, en algún piso de enfrente, pudiera estar viéndome sin que yo supiera quién, me ponía duro antes incluso de tocarme. Me senté en la silla junto al cristal, abrí las piernas y dejé que mi mano hiciera lo que ya estaba pidiendo.
No me apuré. Lo hice despacio, mirando hacia el edificio de enfrente, intentando descifrar si en alguna de las ventanas oscuras había una figura observándome. Tenía esa duda permanente del voyeur al revés: ¿me veían o no me veían? No importaba demasiado. La posibilidad era suficiente.
Me corrí con una intensidad que me sorprendió. Solo. En silencio. Con la calle como única testigo posible.
Esa noche lo intenté otra vez. Esperé a que oscureciera del todo, pedí un par de cervezas al servicio de habitaciones y me senté de nuevo frente a la ventana. Esta vez había más cuadrados de luz en el edificio de enfrente. En una de las ventanas, en el tercer piso, vi a una mujer pasando con una cesta de ropa. Pasó dos veces. A la tercera ya no apareció, y la luz se apagó.
Empecé a tocarme. Despacio. Mirando fijamente esa ventana. ¿Habían cerrado para dormir o me habían visto? No tenía manera de saberlo, y eso era lo que me ponía aún más. Imaginé a la mujer parada a oscuras, detrás del cristal, observándome desde la sombra. Que se hubiera quedado ahí, sin querer que yo lo supiera. Esa imagen me bastó.
Terminé sin saber si había habido público o no. Y al final esa duda era parte del juego.
***
Al día siguiente, sin embargo, las cosas se torcieron un poco. La calle resultó ser ruidosa por la mañana: camiones de reparto, motos, un perro que no paraba de ladrar desde una azotea cercana. Bajé a recepción, expliqué la situación y pedí cambio de habitación. La recepcionista miró su agenda, asintió y me dio otra llave.
—Habitación 311 —dijo—. Es interior, así que no oirá nada de la calle. Pero da al patio del servicio. Si le molesta el ruido de los carros del personal, dígamelo y le buscamos otra.
Subí, abrí la puerta y entendí enseguida lo que me había advertido. La 311 era casi idéntica a la 207, salvo por la ventana. Esta no daba a la calle, sino a un patio interior cerrado, con una construcción anexa de una sola planta. A través del cristal vi un cuarto enorme con estanterías metálicas hasta el techo, montañas de sábanas blancas, toallas dobladas en pilas perfectas, cubos de plástico azul, fregonas apoyadas en la pared. Era el almacén del personal de limpieza.
Me quedé un rato mirando aquel cuarto. No había nadie dentro. La ventana del almacén estaba cerrada, pero la persiana estaba subida y permitía ver el interior con bastante claridad. Pensé que ahí no podría hacer el numerito de la noche anterior. Después me dije: bueno, igual sí.
Salí a pasear por la ciudad, comí bien, volví entrada la tarde, dormí siesta. Esa noche estuve tranquilo. La habitación interior cumplía lo prometido: no se oía nada, ni un coche, ni una conversación. Cené en el restaurante del hotel, me tomé una copa en la barra y me acosté pronto.
La idea, sin embargo, no se me iba de la cabeza. La ventana del almacén. La posibilidad. La probabilidad de que alguien entrara a por sábanas en el momento exacto.
***
La última mañana me desperté temprano, sin alarma, con la luz gris del invierno colándose por las rendijas. Era el día en que tenía que dejar la habitación antes del mediodía. Aún quedaban un par de horas antes de bajar a desayunar.
Me levanté, fui al baño, me lavé los dientes, me miré en el espejo. Volví al cuarto desnudo y me planté frente a la ventana, sin pensarlo demasiado. Subí la persiana del todo y aparté las cortinas finas. El patio estaba iluminado por una luz cenital triste y fría. El almacén de enfrente seguía vacío.
Me toqué casi como un acto reflejo. Sin urgencia, mirando el cuarto vacío de enfrente como si pudiera convocar a alguien con la voluntad. Me puse duro rápido, porque llevaba dos días arrastrando esa fantasía pequeña pero insistente. La fantasía no era tanto el sexo en sí. Era ser visto sin avisar. Ser descubierto y que la otra persona decidiera quedarse.
Y entonces apareció ella.
Cruzó el almacén con un paso tranquilo, como quien ya ha hecho ese recorrido mil veces. Llevaba el uniforme del hotel: bata azul claro, pantalón blanco, un delantal con un bolsillo en el pecho. Una mujer de unos cuarenta y tantos, pelo recogido en una coleta baja, gesto cansado pero no antipático. En la mano izquierda tenía una cajetilla de tabaco. En la derecha, un mechero amarillo.
Mi primer impulso fue apartarme del cristal. Lo hice rápido, casi sin pensar. Me retiré dos pasos hacia dentro, fuera de su línea de visión, con el corazón latiéndome ya en la garganta.
Imbécil. Llevas dos días buscando exactamente esto.
Volví a la ventana. Despacio. Con la polla todavía dura, sin esconderla, sin disimular. Ella estaba parada en medio del almacén, mirando hacia mi ventana. Al principio no me miraba a mí del todo. Pero el cigarrillo se le había quedado entre los dedos sin encender. Algo en su postura había cambiado.
Levanté la mano, tiré un poco más de la cortina hacia un lado para que quedara claro lo que estaba haciendo. Ella ladeó la cabeza. Encendió por fin el cigarrillo, le dio una calada larga y siguió ahí. Sin moverse.
Empecé a masturbarme otra vez, esta vez mirándola directamente a los ojos. Ella sostuvo la mirada. No con sorpresa, ni con escándalo. Con una calma extraña, como si esto fuera una pausa más en una mañana cualquiera de su trabajo.
Recorrí su cara con la mirada. Tenía una pequeña arruga vertical entre las cejas, los labios sin pintar, los pómulos pronunciados. Imaginé sin querer su voz, su risa, los chistes que les haría a las compañeras en el cuarto de fumadores. Después volví a centrar la mirada en su pecho, en el delantal que se le ajustaba un poco demasiado.
Ella se pasó la mano libre por encima del delantal. Despacio. De arriba abajo. No fue una caricia. No estaba sobándose. Fue más bien como si quisiera dejar claro que sabía dónde estaba mi mirada y que no le molestaba. Subió la mano hasta el cuello, se apartó un mechón suelto de la coleta y se acomodó la tela del uniforme.
Yo seguía. Cada vez más rápido, sin querer durar demasiado. Sabía que ese momento podía romperse en cualquier instante, que cualquier compañera podía entrar al almacén, que una voz desde otro pasillo podía sacarla de allí. Esa fragilidad lo hacía mejor.
Ella dio otra calada al cigarro. Me sostuvo la mirada. Tenía los ojos achinados por el humo, pero no apartaba la vista. Vi cómo su lengua asomaba un segundo entre los dientes, casi imperceptible.
Me corrí con una fuerza que casi me hace perder el equilibrio. Un chorro grueso, blanco, sobre la mano izquierda y el alféizar de la ventana. Me quedé respirando contra el cristal, todavía duro, con la mano manchada y el corazón disparado.
Ella sonrió. Una sonrisa lenta, viciosa, sin nada de pudor. Se llevó el cigarro a la boca, dio una última calada profunda y soltó el humo hacia el techo del almacén. Después se relamió el labio inferior, muy despacio, como si quisiera dejarme con esa imagen pegada en la retina durante el viaje de vuelta.
No dijo nada. No hizo ningún gesto más. Apagó el cigarrillo en una lata de café vacía que había sobre una estantería, se acomodó el delantal una vez más y salió del almacén por la puerta del fondo, sin volverse a mirar.
Me quedé un buen rato así, desnudo, junto a la ventana. La cortina seguía abierta. El almacén volvió a estar vacío. Y sin embargo todo el cuarto olía a algo que no estaba antes: una mezcla de sudor, tabaco imaginario y posibilidades.
Me lavé las manos, me vestí sin prisa, hice la maleta. Bajé a desayunar al restaurante. Mientras me servía el café, observé al personal de limpieza entrar y salir con carros de sábanas. No la vi. Quizá libraba ese turno, quizá estaba en otra planta, quizá ya había salido del hotel.
Devolví la llave en recepción, pagué los extras, di las gracias por la estancia. Salí a la calle con la maleta en la mano y el frío de diciembre en la cara. Y mientras caminaba hacia la estación, no podía dejar de pensar en aquella sonrisa lenta, en cómo se había relamido, en la calma con la que se había quedado a mirar.
Nunca supe su nombre. Nunca lo sabré. Pero sí supe, mientras subía al tren con el abrigo todavía abierto, que ese viaje no había sido como tantos otros. Que cuatro días en una ciudad cualquiera podían terminar así: con una mujer al otro lado de un patio, un cigarro encendido a media calada y la certeza secreta de que ambos habíamos sabido exactamente lo que estábamos haciendo.