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Relatos Ardientes

Una desconocida me miró en la playa y todo cambió

El sol de las cuatro pegaba duro contra la arena de Pinares cuando bajé del paseo con la toalla colgando del brazo. Había escogido esa cala precisamente porque a esa hora se vaciaba: las familias se replegaban a comer, los bañistas se metían bajo las sombrillas de los chiringuitos, y la franja larga de arena dorada quedaba para los que veníamos a buscar otra cosa.

Extendí la toalla cerca de la orilla y me acomodé boca abajo, en topless. La sal seca me había dejado la piel tensa, y los pezones, oscuros y endurecidos por el viento, rozaban la tela rugosa con cada respiración. La falda blanca de encaje que llevaba sobre el bikini era apenas un gesto, un velo. Debajo, el hilo del tanga se perdía entre las nalgas como una promesa.

Yo sabía que me estaban mirando. Lo sabía desde que crucé el paseo. Sentía dos, tres pares de ojos siguiéndome desde las tumbonas, otros desde el chiringuito, alguno fingiendo leer. No es que me molestara. Era exactamente lo que había venido a buscar. Bajaba a esa playa porque allí, lejos del barrio, podía ser otra cosa: la que se exhibe, la que provoca, la que disfruta sintiéndose deseada por gente que no conoce.

Cerré los ojos y dejé que el sol me cocinara la espalda. El murmullo del mar, los pasos lejanos en la arena mojada, el grito de una gaviota. Y entonces, una sombra.

—¿Tú estabas en la excursión del catamarán de esta mañana?

Abrí los ojos despacio. La voz era de mujer, grave, con una sonrisa metida dentro. Giré apenas la cabeza y me la encontré de pie a mi lado, con una mano apoyada en la cadera. Morena clara, melena recogida en un nudo flojo, un bikini azul cobalto que apenas le contenía el pecho.

—Sí —le contesté—. Estaba.

—Me lo imaginé.

No fingió ni un segundo. Me miró primero los pechos desnudos, sin disimulo, dejando que sus ojos se quedaran allí lo que quisieron. Después bajaron por la cintura, por la falda de encaje, por el filo del tanga que se perdía entre mis muslos. Cuando volvió a subir hasta mi cara, la sonrisa se le había abierto del todo.

—Soy Catalina —le dije.

—Mariana.

Me incorporé sobre los codos. Lo hice despacio, porque sabía cómo se movían mis pechos cuando hacía eso, porque sabía que ella iba a mirarlos otra vez. Y miró. Se sentó en la arena junto a mi toalla, sin pedir permiso, doblando las piernas a un lado. El olor de su crema solar me llegó mezclado con el del mar.

—¿Estás sola? —preguntó.

—Sola. ¿Y tú?

—También.

Lo dijo de un modo que era una invitación entera. Yo me arqueé un poco, lo justo para que los pechos me colgaran tensos hacia la arena, y la oí respirar más hondo. Estaba disfrutándolo. Yo también.

***

Me senté del todo. Solté el nudo de la falda y la deslicé por los muslos con una lentitud calculada, como si me estuviera quitando algo en una habitación cerrada y no en mitad de una playa abierta. El tanga blanco quedó al descubierto: tan diminuto, tan empapado por el agua, que se había vuelto casi translúcido sobre el pubis depilado.

—Joder —murmuró Mariana, sin disimular nada—. Estás para que te miren así todo el rato.

—Por eso bajo aquí.

Me reí. Ella se rió también, una risa baja, ronca. Sacó dos cervezas de su bolsa, abrió una y me la pasó. El cristal frío me bajó por el pecho húmedo, dejándome un reguero entre los senos hasta el ombligo. Solté un quejido y busqué la toalla con la mano. Mariana la apartó.

—Yo te seco —dijo.

No me dio tiempo a contestar. Se inclinó sobre mí y empezó a recorrer con la lengua el reguero de cerveza, despacio, desde el ombligo hacia arriba. Cuando llegó al pecho derecho, atrapó el pezón entre los labios y lo chupó largo, sin prisa. Eché la cabeza hacia atrás y solté el aire de golpe.

—Hay gente —susurré, más por trámite que por convicción.

—Mejor —contestó contra mi piel—. Que miren.

Y miraban. Por el rabillo del ojo distinguí al menos a dos hombres en el paseo que habían parado de andar. Otro, más cerca, fingía mirar el móvil. Una pareja de chicas, a unos veinte metros, había dejado de hablar. La sensación de saberlos allí, de ser el centro de cinco, diez, quince pares de ojos, me derretía por dentro mucho más que la lengua de Mariana.

***

Me besó en la boca. Con lengua, con hambre, con esa decisión que tienen las mujeres que saben muy bien lo que quieren. Me empujó suave contra la toalla y se acostó medio encima de mí. Sus pechos grandes se aplastaron contra los míos, los pezones rosados rozando los míos oscuros. Sentí su mano bajar por mi cintura, deslizarse bajo la goma del tanga y rozar, apenas rozar, el vello del pubis.

—Estás mojada —dijo contra mi oído—. Y todavía no he hecho nada.

—Llevo mojada desde que crucé el paseo —le confesé.

Se rió contra mi cuello. Después bajó dos dedos y los apoyó en mí, sin penetrar, sin moverse, solo presionando con la palma. La respiración se me enredó. Ella esperó hasta que yo me moví contra su mano. Solo entonces empezó a hacer círculos.

—Mírame —me pidió—. No cierres los ojos.

La miré. Sus ojos verdes, encendidos, no se apartaron de los míos mientras me hacía temblar con la mano. Hundió un dedo. Luego dos. El sonido húmedo, lento, se mezcló con el del mar. Yo gemía con la boca abierta, sin esconderme, sabiendo que el sonido viajaba.

—Mira al de la camiseta azul —me susurró—. Lleva diez minutos parado.

Sin dejar de moverme contra sus dedos, giré la cabeza y lo encontré. De pie en la orilla, fingiendo mirar el mar, pero con el cuerpo entero girado hacia nosotras. Joven, moreno, atlético, con la piel brillando de sudor. Un corredor. Llevaba la camiseta azul atada a la cintura.

Sonreí.

—Que se acerque —le dije a Mariana.

—¿Estás segura?

—Que se acerque.

***

Mariana le hizo un gesto con la cabeza. Uno solo. El chico tardó tres segundos en arrancar a caminar hacia nosotras, como quien lleva esperando una señal. Cuando llegó, no dijo ni una palabra. Se arrodilló en la arena, al borde de la toalla, con esa cara de no creerse del todo lo que estaba pasando.

—Tú mirabas —le dije.

—Sí.

—¿Te gustó?

—Mucho.

Mariana me puso a cuatro patas con un solo movimiento, una mano en mi cintura y otra en la nuca. Aparté el tanga yo misma, con dos dedos, y me dejé abierta hacia él. La oí reírse a mi lado, satisfecha.

—Es toda tuya —le dijo—. Si te portas.

El chico no perdió un segundo. Sentí sus manos firmes en mis caderas, sentí su calor pegado a mi piel, y sentí cómo la punta gruesa me rozaba la entrada antes de empujar. El primer envión me arrancó un grito que se debió oír hasta el chiringuito. Me arqueé entera, con los pechos colgando hacia la arena, y empujé hacia atrás para tomarlo todo.

Mariana se deslizó debajo de mí. Quedó tumbada boca arriba, con la cabeza a la altura de la mía, y me agarró los pechos con las dos manos para que rebotaran a su antojo con cada estocada. Me besó en la boca, sucio, con saliva, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Mírame —volvió a pedirme—. Quiero ver cómo te corres con él.

El corredor me embestía con un ritmo limpio, profundo, sin hablar, solo respirando fuerte detrás de mí. Sentía cada empujón hasta el estómago. Mariana me apretaba los pezones, me chupaba el labio inferior, me clavaba las uñas en los costados. Yo perdía la cuenta de las manos que me tocaban, de las bocas, de los pares de ojos.

Porque ahora éramos un espectáculo. Lo era, lo sabía, lo quería. Más siluetas paradas en el paseo. Una pareja que había dejado las tumbonas para acercarse a la orilla. Dos chicas con el móvil en la mano, sin disimulo. Y a mí cada nueva mirada me empujaba un escalón más arriba.

—Se viene —jadeé—. Está a punto.

—Que termine donde quiera —murmuró Mariana, y me mordió un pezón.

El chico se vino con un gruñido sordo, sujetándome las caderas con tanta fuerza que iba a dejarme marcas. Sentí el calor dentro, sentí cómo me llenaba, sentí cómo mi cuerpo entero se contraía a su alrededor. Me corrí con él, sin disimular el grito, con la cara enterrada en el cuello de Mariana, que se reía contra mi pelo.

—Eso es —me susurró—. Esa eres tú.

***

El corredor se levantó tan rápido como había llegado. Sin mirarnos, sin hablar, recogió la camiseta de la arena y se alejó por la orilla con el paso descompuesto de quien todavía no se cree lo que acaba de pasar. Lo seguí con los ojos hasta que se hizo pequeño contra el sol.

Mariana no me dejó respirar mucho. Me empujó otra vez contra la toalla, se subió encima con el bikini a un lado, y bajó hasta pegar su sexo contra el mío. El primer roce me arrancó un quejido largo. Tenía el cuerpo desbordado, los muslos resbalosos, la piel hipersensible. Y aun así no quería que parara.

—Mira quién sigue ahí —me susurró.

Giré la cabeza. La pareja de la orilla seguía. Las chicas del móvil seguían. Un hombre nuevo, mayor, había aparecido en el paseo y se había quedado clavado en la baranda. Mariana se movía contra mí con un ritmo cortito, duro, exacto, frotándome con un ángulo que me iba a hacer estallar otra vez.

—Quieren verte correrte —me dijo—. Otra vez. Conmigo.

—Sí.

—Dilo.

—Que me vean.

Me agarré a sus caderas y la ayudé a marcar el ritmo. Nuestros pechos chocaban, los pezones se rozaban, el sonido de nuestros sexos juntos era obsceno, claro, perfecto. Yo gemía con la boca abierta, sin esconderme. Sentí los ojos clavados en mi espalda, en mis nalgas, en los pechos que se sacudían con cada empuje, y el orgasmo me subió tan rápido que apenas pude avisar.

Me arqueé entera. Las piernas me temblaron, el vientre se me contrajo en oleadas, y solté un gemido roto que viajó por la arena hasta perderse en el mar. Mariana se vino encima de mí un segundo después, con el pubis pegado al mío, los muslos vibrándole, jadeando contra mi oído.

***

Después fue solo el mar y nuestros pulmones intentando alcanzarnos. Nos quedamos un rato así, ella todavía encima, yo todavía sintiéndola dentro de la piel. Cuando por fin nos levantamos, caminamos desnudas hasta el agua. El frío me cerró sobre los hombros y me arrancó un escalofrío bueno, limpio. Mariana me giró, me mordió el labio, se rió contra mi boca.

—Estás loca —le dije.

—La que ha hecho el espectáculo eres tú.

De vuelta en la toalla, sin decir mucho, me alargó el móvil. Tecleé mi número, le pasé el suyo. Se ató el bikini sin prisa, se puso unas gafas de sol oscuras, y antes de irse se inclinó y me rozó la boca con la suya.

—Espero verte pronto —me dijo.

—Yo también.

Se fue por el paseo. Yo me quedé sentada un rato más, con la arena pegada a los muslos, los pezones todavía sensibles al viento y la sensación clarísima de que ese verano iba a ser largo. Miré al paseo. Algunos de los que habían mirado seguían allí, fingiendo que no me miraban ahora. Yo les sostuve la mirada uno por uno antes de tumbarme de nuevo boca arriba, ofreciéndome al sol que ya empezaba a bajar.

Que miraran. Era para lo que había bajado.

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Comentarios (4)

ElVoyerista

Que escena tan bien descripta, esa primera mirada lo dice todo. Excelente relato

CamilaLect

Por favor seguí contando!!! me quedé enganchada, quiero saber como termino todo

verano_secreto

Me recordó a algo que me pasó hace años en una playa del norte. Esas miradas directas y sin disimulo son inconfundibles. Muy bien contado.

Sol_Tucuman

buenisimo!!! de los mejores de esta categoría que leí

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