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Relatos Ardientes

Lo que escuché en casa de mi tía esa semana

Hace algunos años, el verano en que cumplí diecinueve, mis padres decidieron remodelar la casa donde crecí. Iban a tirar dos paredes para agrandar el living y, como yo no soportaba el polvo —el asma todavía me jugaba malas pasadas—, me mandaron a pasar una semana en lo de mi tía Adriana. Ella vivía sola en la casona vieja de mis abuelos, que se habían mudado a Valencia un par de años antes.

Adriana era la hermana menor de mi madre. Tenía treinta y seis y no se había casado nunca. Eso no significaba que estuviera sola. Por la casa pasaban hombres distintos cada tanto, algunos casados, otros no, y nadie en la familia decía nada porque ella misma era la primera en reírse cuando alguien intentaba sermonearla. «Yo elijo a quién dejo entrar y a quién no», decía. Y punto.

No tenía un cuerpo de revista. Era de cintura ancha, pechos pesados, caderas redondas. Pero había algo en cómo caminaba, en cómo se mordía el interior de la mejilla cuando pensaba, que hacía que los hombres se quedaran mirándola en la fila del supermercado. Yo la había visto. La había envidiado, también, sin entender muy bien qué era lo que envidiaba.

El primer día llegué con dos valijas y un bolso lleno de libros. Adriana me esperaba con la mesa puesta —pasta con tomate fresco, vino tinto, una tarta de manzana que había hecho esa misma mañana— y dormimos juntas en su cama esa noche, conversando hasta tarde como cuando yo era chica y me dejaban quedarme a dormir los fines de semana.

—Mañana ya tenés tu cuarto —me dijo riéndose, acomodándose el pelo—. Que no quiero asustar a la sobrina con mis vicios nocturnos.

No entendí a qué se refería. O no quise entender.

***

El segundo día me preparó la habitación de mi abuela, al fondo del pasillo. Cenamos temprano, vimos un rato la televisión y me mandó a la cama a las once.

—Yo me quedo un rato más leyendo —dijo, sin mirarme a los ojos.

Me dormí casi al instante. Estaba cansada del viaje. Pero a las dos de la madrugada me despertó un ruido que no supe identificar enseguida. Era un golpeteo rítmico, sordo, contra una pared. Y entre golpe y golpe, otra cosa: una voz. La voz de mi tía.

—Sí. Sí. Sí. Más fuerte, más fuerte, cogeme, no pares.

Cada palabra más quebrada que la anterior, hasta convertirse en algo que no era lenguaje sino un sonido del cuerpo. Y entre los gemidos, la voz de él, ronca, sucia, contestándole: «así, puta, así te gusta, ¿no?, apretame la verga con ese coño». Me quedé inmóvil mirando el techo, sin atreverme a respirar. No es que no supiera lo que estaba pasando —hacía tiempo que lo sabía—, pero era la primera vez que lo escuchaba en vivo, sin el filtro de una película o un audio bajado de internet. Era real. Era ella pidiendo que se la cogieran más fuerte, era la cama arrastrándose contra el zócalo, era el chasquido húmedo, obsceno, de dos cuerpos golpeándose sin descanso.

El golpeteo se aceleró, se volvió brutal, hasta que ella soltó un grito largo, quebrado en tres, y él gruñó algo que sonó a «tomá, tomá toda mi leche». Después el golpeteo cedió. La voz cedió. Hubo un silencio largo, una risa baja, una puerta que se cerró. Después la casa volvió a quedarse quieta.

Yo no me dormí. Me quedé despierta con los ojos abiertos, sintiendo el corazón en las costillas y una humedad tibia y espesa entre las piernas que no sabía qué hacer con ella, pensando en qué cara iba a poner por la mañana cuando la viera tomando café.

***

A la mañana siguiente bajé a la cocina pensando que iba a estar todo raro, pero Adriana estaba ahí, en bata, con el pelo recogido en un rodete improvisado, sirviéndose un café como si nada.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Sí —mentí.

Me miró por encima de la taza. Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Y sonrió.

—Bueno —dijo—. Si en algún momento te molesta algo, me avisás. No quiero incomodarte, pero esta es mi casa y yo vivo a mi manera.

Asentí. No pude decir nada más. Bajé los ojos al pan tostado y me preguntaba si lo que había escuchado había pasado en serio, si ella sabía que yo había escuchado, si esa mirada de un segundo de más significaba lo que yo creía que significaba.

Esa misma tarde fui a casa de mis padres a buscar más ropa y mi madre me preguntó qué tal estaba la casa de su hermana. Le dije que todo bien. Mi madre asintió con esa sonrisa de quien conoce a su hermana hace más de tres décadas y sabe perfectamente qué tipo de vida lleva.

—Es divertida tu tía, ¿no? —dijo, sin hacerse la sorprendida.

—Sí —repetí—. Es divertida.

***

La tercera noche fue distinta. Esta vez no esperaron a la madrugada. Ni bien apagué la luz del cuarto, empecé a escuchar pasos en el pasillo, voces, una risa de hombre que no había oído nunca. Y luego, el rumor inconfundible del agua corriendo en el baño grande.

No podía dormir. No podía. Estuve dando vueltas en la cama un rato largo hasta que las ganas de hacer pis me obligaron a levantarme. Calculé los tiempos. Pensé que tal vez ya se habrían encerrado en el cuarto.

Salí descalza, con la lucecita del celular tapada con la palma, y bajé el pasillo en puntas de pie. Y ahí, justo al lado de la puerta del baño, me la crucé.

Adriana estaba parada en el umbral con un camisón corto, casi transparente, de color borgoña. Debajo se le marcaban los pezones oscuros, gruesos, y la sombra del triángulo entre las piernas. Medias largas hasta la mitad del muslo. Tacones altos. Llevaba el pelo suelto, los labios pintados, los ojos delineados con una precisión que solo le había visto en fiestas importantes. No se cubrió. No retrocedió. Me miró como te mira una persona que sabe exactamente quién es y qué está haciendo.

—¿Vas al baño? —preguntó tranquila.

—Sí —murmuré.

Se hizo a un lado para dejarme pasar. Al rozarla sentí el perfume, y algo más: el olor tibio a sexo, a saliva y a piel usada. Cuando salí, ya no estaba. La puerta de su cuarto, al fondo, estaba apenas entornada y de adentro salía una luz tenue, amarilla.

Volví a mi cama. Me tapé hasta la nariz. Cerré los ojos. Y entonces empezaron los golpes contra la pared.

Esa vez los escuché distinto. Tal vez porque ya sabía cómo iba vestida, o porque la imagen del borgoña y los tacones se me había clavado en la retina, pero los golpes y los «sí» y los gemidos dejaron de darme miedo. Ahora escuchaba cada detalle: el crujido del elástico de la cama, el palmazo seco de una mano contra una nalga, el «chupamela toda, no dejes nada» de él, el «así, dámela toda, hasta el fondo» de ella. Escuché cómo la voz de Adriana se ahogaba de golpe, como amordazada, y adiviné —porque el ruido cambió, se volvió húmedo, ávido— que se la había metido en la boca. Escuché ese chapoteo obsceno durante minutos, entrecortado por el «así, tragátela toda, puta» de él, hasta que ella se separó con un jadeo largo y le dijo, casi riéndose, «vení, cogeme ya, no aguanto más, tengo el coño chorreando».

Algo en mí, algo que no sabía nombrar todavía, empezó a moverse. Una presión tibia en el bajo vientre. Una respiración que se me cortaba sola. Sentí cómo se me endurecían los pezones contra la tela del camisón, cómo la humedad de más temprano volvía, más densa, empapándome la bombacha.

Apreté las piernas. Apreté los ojos. No me toqué. No me animé. Pero me quedé escuchándolo todo hasta el final: la cama volviendo a golpear la pared, ahora en un ritmo salvaje, los «te voy a llenar entera» de él, los «adentro, dejámela toda adentro» de ella, y ese último grito, agudo y roto, con el que Adriana se corrió sin cuidarse de que yo la oyera.

***

El cuarto día fue el peor. O el mejor, según cómo se mire.

Esa tarde mi tía me dijo que iba a tener visita y que prefería que no nos cruzáramos para que nadie se sintiera incómodo. Me preparó una cena en bandeja, me la dejó en el cuarto y me pidió que no saliera hasta la mañana siguiente.

—¿Pasó algo? —pregunté.

—Pasa que ya sos una mujer —contestó—. Y yo no quiero hacerme la tonta delante tuyo.

No supe qué responder. Me quedé en el cuarto, comí, leí dos capítulos de la novela que había llevado, intenté dormirme.

Cerca de la una de la mañana sentí la puerta principal abrirse y cerrarse. Después la voz de un hombre en el pasillo —grave, calma, una voz acostumbrada a dar instrucciones—. Después la risa de ella, esa risa baja que yo nunca le había escuchado en familia.

Me incorporé en la cama. Me quedé sentada en el borde, escuchando. No voy a salir. No voy a salir. Me lo repetí tres veces.

Salí.

Mi cuarto estaba pegado al pasillo principal. Si abría apenas la puerta y me quedaba ahí, podía ver hasta el final del corredor, hasta la habitación de Adriana, que esa noche tenía la puerta entreabierta. La lámpara de noche encendida. Una luz cálida que me llegaba hasta los pies descalzos.

Me asomé. Solo un segundo. Eso me dije.

Lo que vi me dejó muda. Adriana estaba sentada en el borde de la cama, con el mismo camisón borgoña de la noche anterior, completamente concentrada en el celular. Frente a ella, un hombre de unos cuarenta, alto, de hombros anchos, posaba apoyado contra el cabecero como si fuera una foto de revista. Estaba desnudo. Completamente desnudo. Y ella le estaba sacando fotos.

Era la primera vez en mi vida que veía a un hombre así, sin nada, sin el filtro de una pantalla. La piel morena, el pecho con un poco de vello en el centro, el abdomen marcado por horas de algo —gimnasio, trabajo físico, no sé—, y la verga erecta, gruesa, oscura en la punta, apoyada contra el bajo vientre, con las venas hinchadas corriendo a lo largo del tronco y los huevos pesados colgando entre los muslos abiertos. Adriana movía el ángulo de la cámara, le pedía que se girara, le pedía que cambiara la mano, que se agarrara la polla desde la base y se la mostrara al lente. «Así, más arriba, mostrámela toda». El hombre obedecía. Se pasaba el puño por el tronco despacio, arriba y abajo, y una gota espesa asomaba en la punta cada vez que ella disparaba.

Después la vi soltar el celular. La vi arrodillarse en la alfombra, entre las piernas del hombre, y agarrarle la verga con las dos manos, chica al lado de esa cosa gruesa. Le pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, en un lengüetazo largo, y él dejó caer la cabeza para atrás. «Dale, mamámela toda, para eso me trajiste». Adriana se rió con la boca llena, la abrió más, se la tragó de golpe hasta que se atragantó y se le saltaron las lágrimas por el rimel. Escuché el ruido —ese ruido húmedo, sucio, de garganta forzada— con una claridad que me hizo temblar las rodillas. Ella subía y bajaba la cabeza sin descanso, con las dos manos apretándole la base, y de vez en cuando la sacaba para escupirle encima y volver a metérsela hasta el fondo. La saliva le corría por el mentón, por las tetas que se le habían salido del camisón, gruesas, pesadas, con los pezones marrones apuntando hacia abajo.

Me alejé sin respirar. Cerré la puerta de mi cuarto con cuidado de no hacer ruido. Me metí debajo de las sábanas y me quedé temblando, sin saber si era de vergüenza, de excitación o de las dos cosas a la vez.

Esa noche, cuando empezó el golpeteo y los gemidos, ya no era una intrusa en el ruido. Ya tenía las imágenes. Ya sabía exactamente qué estaba pasando del otro lado de la pared: la verga de él entrando y saliendo del coño de mi tía, los huevos golpeándole contra el culo, la mano del hombre agarrada del pelo de ella. Por primera vez, antes de dormirme, mi mano bajó por debajo del camisón, se coló por dentro de la bombacha y se quedó ahí. Encontré todo empapado, la carne hinchada, el clítoris palpitando como un pulso separado del mío.

Empecé a moverme con dos dedos, en círculos lentos primero, más rápidos después. Me metí el dedo del medio adentro y sentí cómo el coño me apretaba sola, cómo chorreaba contra la palma. Del otro lado de la pared, Adriana gritaba «más adentro, más adentro, rompeme toda», y yo, sin darme cuenta, movía la mano al mismo compás. Me subí el camisón hasta el cuello, me agarré una teta con la otra mano, me pellizqué el pezón hasta que dolió. Escuchaba los palmazos secos en la piel de ella, los «tomá, tomá» del hombre, y sentí cómo se me juntaba todo en el bajo vientre, un ovillo caliente que crecía y crecía.

No me hizo falta mucho. Tres minutos, tal vez menos. Cuando llegó, me mordí el dorso de la otra mano para no hacer ruido, arqueé la espalda contra el colchón y me corrí con los dedos adentro, sintiendo cómo el coño se me cerraba en espasmos alrededor de ellos. Fue largo, fue sucio, fue distinto a cualquier cosa que hubiera hecho antes en mi cuarto de la casa de mis padres. Cuando terminé, me di cuenta de que durante todo ese rato había estado siguiendo el ritmo de los golpes de la pared. El de ella. El de él. El mío. Me quedé con la mano ahí, empapada, hasta que el ruido del otro lado también se apagó, y del otro cuarto llegó un último gemido ronco de él, un «me corro, me corro adentro» que a mí me arrancó un temblor más, chico, tardío, como una réplica.

***

El último día no hablamos del tema. Adriana me hizo el desayuno como siempre, me preguntó por la facultad, me llevó al supermercado, me ayudó a doblar la ropa antes de meterla en el bolso. Cuando vinieron a buscarme mis padres, me abrazó fuerte y me dijo al oído:

—Volvé cuando quieras.

Yo asentí sin mirarla a los ojos. Tenía miedo de que, si la miraba de frente, me leyera la cara.

En el auto, mientras mi madre conducía y mi padre dormitaba en el asiento del acompañante, miré por la ventanilla y entendí que esa semana había cambiado algo en mí que no iba a poder cambiar de vuelta. No era solo que había visto a un hombre desnudo por primera vez. No era solo que había escuchado a mi tía gemir contra la pared durante cuatro noches seguidas, ni que la había visto de rodillas mamando una verga con la boca llena de saliva. Era que algo dentro mío —algo que estaba esperando, agazapado, hacía mucho— se había activado sin pedirme permiso.

Pasaron los años. Adriana cambió de pareja varias veces, una de ellas duró casi un año, las otras menos. Yo me fui a vivir sola, terminé la carrera, tuve mis propias historias, mis propias noches con paredes finas y voces que no eran mías, mis propios hombres arrodillados entre mis piernas y mis propias mañanas con el semen todavía chorreándome por los muslos. Pero todavía a veces, cuando estoy con alguien y la luz del cuarto se apaga, vuelvo a aquella semana. Vuelvo al pasillo de la casona, al camisón borgoña, al hombre apoyado en el cabecero con la polla dura esperando que ella lo mirara.

Y vuelvo, sobre todo, a la mujer que aprendí a ser mirando, escuchando, tocándome en silencio del otro lado de una pared, sin saber todavía que estaba aprendiendo.

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Comentarios(8)

Rodri_77

Tremendo relato, me dejó enganchado desde el principio. Quiero mas!!

TinaLectora

Me encantó como lo contaste, esa tensión de escuchar todo desde el otro lado de la pared se siente muy real. Sigue subiendo!

Maxi_Lector

Buenisimo!!! por favor que haya segunda parte

NikoBaires

Me recordó a algo que me pasó de chico en casa de unos tios, jajaja. Esas situaciones se quedan grabadas para siempre. Muy bien narrado, se lee de un tirón sin querer parar.

CristianMG

increible!!! seguí así 🔥

FlorA_22

Que bueno! es real o ficcion? porque se siente muy autentico, me costó creer que no pasó de verdad jaja

Pato_noche

La semana completa tiene que haber sido una locura para el protagonista. Muy bien escrito, me lo imagino perfectamente.

MarcosBsAs

De los mejores relatos de voyerismo que lei acá, sin exagerar. Bien escrito y con una narración muy fluida.

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