Me toqué mientras la fiesta seguía en el patio
Hay una ventaja secreta en ser la prima invisible de la familia: nadie te busca cuando dejas de estar a la vista. Lo descubrí esa tarde de domingo, en la casa de mis abuelos, mientras el patio se llenaba de tías hablando demasiado alto y de tíos brindando con cerveza tibia. Yo tenía veintidós años y la costumbre de pasar desapercibida cada vez que la familia se juntaba.
Casi no tengo primos de mi edad. Los hay mayores, ya casados, con bebés en los brazos y conversaciones que no me incluyen. Y los hay mucho menores, niños chillones que corren entre las macetas. Yo quedo en una franja muda, en una orilla donde nadie repara. A veces me molesta. Esa tarde, en cambio, me convino más de lo que yo misma pude prever.
La casa de los abuelos es de una sola planta, con un patio enorme al frente donde se arman las parrillas y se cuelgan las luces de feria. Las habitaciones del fondo dan a un pasillo angosto, y la mía —la que ocupo cuando me quedo a dormir— tiene una ventana que mira directo al patio. Una ventana grande, con cortinas de tela liviana que la abuela lava cada estación.
—Mariela, vení a ayudarme con las empanadas —me había pedido mi madre apenas llegamos.
La ayudé toda la mañana. Doblé masa, piné repulgues, sequé platos, llevé bandejas. Cuando el horno empezó a oler a comino y a cebolla dorada, supe que mi turno había terminado. Mi madre me besó la frente con las manos ocupadas y me dijo que descansara un rato. Aproveché. Me escabullí por el pasillo del fondo, abrí la puerta de mi habitación y la cerré detrás de mí con un suspiro que era casi de alivio.
La cortina estaba corrida, o eso creí. Tiré las sandalias contra el ropero, me solté el pelo y me dejé caer en la cama. Tenía puesto un jumper corto de algodón, escote en uve no demasiado profundo, tela suelta y elástica, fresca para el calor de noviembre. Debajo, una bombacha de encaje barato que había comprado en la feria del barrio. Nada especial. La ropa que una se pone para una reunión familiar en la que sabe que va a ser invisible.
Saqué el celular y empecé a deslizar el dedo sobre la pantalla sin mirar nada en particular. Memes, fotos de gente que no me importaba, videos cortos que olvidaba apenas terminaban. Las voces del patio entraban filtradas por la pared, lejos, amortiguadas. Mi tía Renata contaba a los gritos una anécdota de su viaje a Bariloche. Mi tío Hernán se reía con esa risa suya que se escucha desde la otra cuadra. Me acomodé de costado y crucé las piernas sobre el cubrecama.
Justo frente a la cama hay un espejo de cuerpo entero, viejo, de marco de madera oscura, que la abuela trasladó de su pieza el año pasado. Está apoyado contra la pared y su orilla inferior queda casi a la altura del colchón. Lo había olvidado, hasta que giré la cabeza para alcanzar el cargador y mis ojos se cruzaron con mi propio reflejo.
Lo que vi me sorprendió.
La tela del jumper, al levantarse con la postura, se había acomodado de una forma rara entre mis muslos. Y la luz que entraba por la ventana —no por el centro de la cortina, sino por una rendija lateral— pegaba justo sobre mi entrepierna. Desde el reflejo se notaba, a través del algodón, la sombra exacta del encaje. Como si llevara la ropa puesta y al mismo tiempo no.
Por puro reflejo, por aburrimiento, llevé la mano libre hacia ahí. No pensaba en nada sexual todavía. Era ese gesto que tenemos algunas mujeres —y muchos hombres también, supongo— de apoyar la mano en la zona íntima cuando estamos sin hacer nada. Un gesto neutro, casi de descanso. Mi palma quedó plana sobre la tela tibia y mis dedos se acomodaron solos en el contorno.
Me quedé así unos minutos. Mirando el celular, escuchando la fiesta, sintiendo el calor de la habitación. Sin querer, mi dedo medio empezó a trazar la línea del encaje por encima del jumper. De arriba abajo. Una vez. Otra. La tela elástica se movía con la presión y dejaba que yo sintiera el surco de mi propio cuerpo como si no hubiera nada en el medio.
***
Recién entonces noté algo que cambió todo.
La cortina no estaba corrida del todo. En el centro, donde las dos hojas debían superponerse, quedaba una rendija de unos quince centímetros. Quince centímetros de vidrio limpio, sin filtro, que daban directo al patio. A la altura justa de mi cama. Si alguien caminaba por el patio principal, no me vería. Pero si alguien se acercaba unos pasos a la ventana, por curiosidad o para escapar del ruido, tendría una vista de mí entera, recostada, con la mano entre las piernas.
Tendría que haberme levantado a cerrarla. Eso es lo que haría una persona sensata. En cambio me quedé quieta, con el corazón latiéndome de pronto en la garganta, midiendo la posibilidad. Calculé las distancias. La ventana queda a unos tres metros de donde se arma la parrilla. Para que alguien me viera, tendría que querer verme. Tendría que acercarse, hacer visera con las manos, pegar la cara al vidrio. Improbable. No imposible.
Esa palabra —imposible— se quedó haciendo eco en mi cabeza.
Y mi mano, que hasta ese momento se había estado moviendo sola, encontró un sentido. Empujé la tela del jumper hacia un lado, lo justo para meter dos dedos por debajo del borde del encaje. Mi piel estaba más caliente de lo que esperaba. Más húmeda también. Llevaba dos días con un cosquilleo en el cuerpo que atribuía al calor; ahora entendía que era otra cosa. Estaba ovulando, probablemente. Mi cuerpo reaccionaba con una urgencia que no le había dado permiso a sentir.
Apoyé el dedo del medio justo sobre la entrada. Lo dejé ahí un segundo, sintiendo cómo se me contraían los músculos por reflejo. Después lo deslicé apenas, lo justo para que se hundiera un milímetro. Lo retiré. Lo miré. La yema brillaba bajo la luz que entraba por la rendija de la cortina. La acerqué a mi boca, no por morbo, sino por curiosidad, para saber si yo misma me reconocía. El sabor era el mío. Más intenso de lo habitual, casi salado, casi dulce. Me dio vergüenza haberlo hecho y, un segundo después, me dio un golpe de calor en la nuca.
Me levanté de un salto. Trabé la puerta con la llave —el chasquido del cerrojo me sonó más fuerte de lo que era— y volví a la cama prácticamente lanzándome. Busqué el celular, abrí un video corto que tenía guardado, bajé el volumen al mínimo y lo apoyé sobre la almohada. Mi mano libre ya estaba ocupada. Mis dedos volvieron a meterse por debajo del encaje, esta vez sin pretextos.
***
Un minuto bastó para darme cuenta de que tocarme por encima de la ropa no iba a alcanzarme. Necesitaba más. Necesitaba sentir la piel contra la piel, sin telas, sin barreras, sin la frustración del encaje haciéndome cosquillas en los nudillos. Aproveché lo elástico del jumper. Metí la mano por la pierna del short, alcancé la bombacha desde abajo y la fui bajando con torpeza, primero por una cadera, después por la otra. Las piernas se me cerraron solas para ayudarme a sacarla. La saqué entera por una de las aberturas y la tiré al cesto de ropa sucia que estaba a un metro.
Quedé sin nada debajo del jumper. La tela me caía suelta sobre los muslos, fresca, y yo era consciente de cada centímetro de aire que ahora me tocaba sin pedir permiso. Abrí las piernas. Despacio. Quería verme. El espejo, esa orilla del espejo que daba directo a la cama, me devolvió una imagen que nunca había observado con tanta calma: mi propia entrepierna abierta, brillante, latiendo casi visiblemente.
Fue ahí, justo ahí, cuando levanté los ojos del reflejo y los crucé con la rendija de la cortina.
Quince centímetros. La luz del patio entraba como una franja vertical. Del otro lado se oía a mi primo Damián contando un chiste que arrancó carcajadas. Se oía a mi madre pidiendo que bajaran la música un poco. Se oía al perro de los abuelos ladrarle a las palomas. Estaban a tres metros. A tres metros de mí, que estaba con las piernas abiertas, mirándome el sexo en el espejo, con un dedo a punto de hundirse.
El miedo me subió como una corriente eléctrica. Y, detrás del miedo, llegó otra cosa que no había sentido nunca con esa intensidad. Una mezcla de pánico y placer que me dejó la respiración entrecortada antes incluso de tocarme. La adrenalina hizo lo suyo. Las puntas de los dedos empezaron a temblarme. La piel del cuello se me erizó de golpe.
Me toqué.
Despacio al principio, dos dedos describiendo círculos lentos sobre el clítoris, midiendo la presión, escuchando. Cada risa del patio era una amenaza y un permiso a la vez. Cada vez que se oía un paso cerca, yo paraba, contenía el aire, esperaba. Después seguía. Estaba aprendiendo en tiempo real un idioma nuevo, uno donde el peligro era parte del placer y no su contrario.
El video del celular ya no me hacía falta. Lo había olvidado. Mi imaginación trabajaba sola, y no era una imaginación pornográfica clásica. No imaginaba escenas. Imaginaba la cara que pondría cualquiera de mis tíos si en ese momento se asomara a la ventana. Imaginaba el segundo exacto en que sus ojos se cruzarían con los míos en el espejo. Imaginaba la vergüenza, sí, pero también la posibilidad de que el otro no apartara la vista. Y eso me hizo perderme.
***
Mi mano cambió de ritmo sin que yo se lo pidiera. Los dedos se hundieron, primero uno, después dos. Mi otra mano subió por debajo del jumper y encontró el pezón izquierdo. Lo apreté entre el pulgar y el índice y se me escapó un ruido que tuve que ahogar contra la almohada. La almohada me devolvió mi propio aliento caliente.
Tenía las piernas tan abiertas que las rodillas me rozaban las paredes del colchón. Veía todo. Veía mi mano moviéndose. Veía mi vientre subir y bajar. Veía la franja vertical de la cortina como una pupila que me observaba sin parpadear. En algún lado de la casa, mi abuela llamó a Mariela. Yo me llamo Mariela. Me quedé congelada un segundo, con los dedos adentro, conteniendo el aire. Mi madre respondió por mí: «Está descansando, mamá, después la llamamos». Y la fiesta siguió.
Esa frase —está descansando— me golpeó como una broma íntima que solo yo podía entender. Estaba descansando. Estaba descansando con dos dedos adentro y la cortina entreabierta. Estaba descansando con la familia entera a tres metros sin saber lo que esa palabra significaba en mi habitación. Volví a hundirme. Más profundo. Más rápido.
El orgasmo me llegó antes de lo que yo quería. Lo sentí venir desde los talones, como una ola que se forma lejos y crece al acercarse a la orilla. Apreté los dientes para no hacer ruido. Las piernas se me cerraron solas sobre la mano, los músculos del estómago se contrajeron, la espalda se arqueó. Me mordí el dorso de la otra mano para no gritar. El placer se demoró más de lo que jamás había durado, oleadas pequeñas que se repetían como si mi cuerpo no quisiera soltar.
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la rendija de la cortina. Quince centímetros de luz. Silencio momentáneo del otro lado, alguien hablando bajo, una risa nueva, un brindis. Nadie me había visto. O, si alguien me había visto, no iba a decirlo nunca. Esa duda —la posibilidad eterna— me iba a acompañar el resto de la tarde.
***
Me quedé un rato larga sobre la cama, con el jumper revuelto a la altura de la cintura y la respiración recuperándose despacio. Tenía el cuerpo entero hormigueando. Me sequé los dedos en la sábana, no por pereza, sino porque el gesto me parecía parte del mismo atrevimiento. La sábana era la de los abuelos. Yo no quería pensar en eso y al mismo tiempo no podía pensar en otra cosa.
Me levanté despacio. Me lavé en el baño en suite con el agua casi fría. Me puse otra bombacha de un cajón de la cómoda, una limpia, blanca, aburrida. Acomodé el jumper. Me miré en el espejo y me pasé los dedos por el pelo. La cara me brillaba de una forma que no podía atribuir solo al calor. Tenía los ojos como recién despierta. Los labios un poco hinchados, no de mordérmelos, sino de la sangre que el cuerpo había mandado a todas partes.
Antes de salir, volví hasta la ventana. Espié por la rendija sin abrirla más. Vi a mis tíos brindando alrededor de la parrilla. Vi a mi madre repartiendo platos. Vi a mi primo Damián riéndose con la boca llena. Nadie miraba hacia mi ventana. Nadie había mirado nunca. Y, sin embargo, en algún punto de esa tarde, la posibilidad de que alguien lo hiciera había cambiado para siempre la manera en que yo iba a tocarme de ahora en adelante.
Cerré la cortina del todo. Después lo pensé y la volví a dejar entreabierta. Quince centímetros. Justo igual.
Salí al pasillo, peinándome con los dedos, y me crucé con mi abuela en la cocina.
—Hija, qué colorada estás —me dijo—. ¿Te quedaste dormida?
—Un poquito —le respondí, y le sonreí con una calma que no era mía.
Me serví un vaso de agua. Lo bebí de un trago. Volví al patio con todos. Saludé a quien tenía que saludar, agarré una empanada, me senté al lado de mi madre y dejé que la tarde siguiera su curso. Nadie notó nada. Nadie nota nunca nada cuando una sabe ser invisible.
Y yo, mientras tanto, ya estaba pensando en la próxima reunión.