Lo que pasó con la otra pareja en el jacuzzi
Marina y yo llevábamos meses queriendo escaparnos un fin de semana sin niños, sin trabajo y sin teléfono. El spa del hotel quedaba al final de un pasillo de mármol, en la planta baja, con un jacuzzi reservado para huéspedes y un pequeño jardín interior cubierto por una claraboya. La reserva era para las diez de la noche y se suponía que íbamos a estar solos.
El agua nos recibió a una temperatura justa, ese punto en el que el cuerpo se ablanda y la cabeza se queda atrás. Las luces sumergidas teñían todo de azul. Marina se recogió el pelo en un moño flojo, dejó caer la cabeza sobre el borde de piedra y cerró los ojos. Su hombro rozaba el mío. Yo miraba el vapor subir hacia el techo como si fuera humo de algo que se estaba quemando despacio.
—Esto sí que es vacaciones —dijo sin abrir los ojos.
—Esto sí —contesté.
Llevábamos juntos seis años. Pasamos por etapas, como todas las parejas, pero esa noche había algo distinto en su forma de respirar. Una expectativa. Algo que ella no terminaba de soltar.
La puerta del recinto se abrió y entraron ellos. Un hombre de unos treinta y cinco, con la espalda ancha y el pelo todavía húmedo de la ducha previa, y una mujer rubia con la piel tostada de quien acaba de volver de la costa. Llevaba un bikini negro muy pequeño y una toalla doblada sobre el brazo. Él se rió de algo que ella había dicho en el pasillo y la voz le sonó grave, segura.
—Buenas noches —saludó él—. Nos dijeron que el otro jacuzzi estaba en mantenimiento. ¿Les molesta si lo compartimos?
Marina abrió los ojos por primera vez en diez minutos. Me miró un segundo, lo justo para que yo entendiera que la decisión la estaba dejando en mí. Encogí los hombros bajo el agua.
—Adelante —respondí.
Se presentaron. Él se llamaba Andrés. Ella, Camila. Bajaron uno por uno los tres escalones y se acomodaron enfrente. El agua tardó unos segundos en volver a su nivel. Camila estiró las piernas y sus pies asomaron a un palmo de los míos, con las uñas pintadas de un color granate oscuro que se veía casi negro bajo la luz azul.
***
Empezamos con la conversación tonta que se tiene entre desconocidos dentro de un agua caliente. Que de dónde venían. Que si esto, que si lo otro. Andrés trabajaba en algo relacionado con bodegas. Camila daba clases de yoga, lo cual explicaba la forma en que se sentaba con las rodillas dobladas hacia un lado, perfectamente cómoda. Marina respondía con frases cortas pero atentas. Yo notaba que su pie había encontrado el mío bajo el agua y que jugaba a colocarse encima del mío y luego al lado y luego encima otra vez, despacio.
No sé en qué momento dejé de mirar a Andrés y empecé a mirar a Camila. Quizá fue cuando se inclinó hacia adelante para alcanzar la copa de vino que había dejado en el borde y el bikini se le tensó sobre el pecho. Quizá fue antes. El caso es que el pie de ella se había quedado muy cerca del mío y yo no quería moverme para no romper esa cercanía accidental.
Marina seguía hablando con Andrés. Hablaban de viajes. Marina se reía con una risa que yo no escuchaba en casa desde hacía tiempo, una risa que sale de la garganta y no de la nariz. La miré de reojo. Tenía las mejillas encendidas, pero podía ser el calor del agua. Podía ser cualquier cosa.
Estiré la pierna un centímetro y mi dedo gordo rozó el empeine de Camila.
Fue tan leve que pude haberlo negado. Pude haber dicho «perdón» y retirar el pie. Pero ella no se movió. Siguió hablando con Marina sobre un mercado al que había ido el año anterior, como si nada estuviera pasando bajo la superficie. Solo, un segundo después, su pie respondió: dobló los dedos sobre los míos, despacio, como quien comprueba si lo que tocó fue casual o no.
No era casual.
***
Lo que vino después fue un baile mudo. Dejé que mi pie subiera por el costado de su tobillo, trazando una línea hacia la pantorrilla. Ella aceptó el recorrido. Cuando llegué a la rodilla se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en el borde, y giró la cara hacia Andrés como si le prestara atención plena. Pero su pierna se había abierto un poco más bajo el agua, y eso era una respuesta más clara que cualquier palabra.
Marina lo notó. Lo supe por la forma en que su pie, que seguía contra el mío, se quedó muy quieto. Levanté la vista buscando la suya y la encontré esperándome. No había reproche. Había algo más raro y más nuevo: una curiosidad calculada. Una sonrisa muy pequeña en una sola comisura.
Y entonces Marina hizo lo que yo no había sabido leer hasta ese instante. Soltó mi pie. Estiró el brazo izquierdo, el que tenía más cerca de Andrés, y dejó la mano flotando bajo el agua como sin querer, a un palmo de su muslo. Andrés siguió hablando sobre uvas con la cara perfectamente compuesta, pero noté que su rodilla se acercaba a la de ella un centímetro. Solo un centímetro. Suficiente.
El aire del recinto se hizo más denso. O quizá fui yo. El vapor seguía subiendo desde la superficie en columnas blandas, y debajo del agua estaba pasando algo que ninguno de los cuatro iba a nombrar nunca.
—¿Vino? —ofreció Andrés levantando la botella que había dejado sobre el borde.
—Por favor —dijo Marina.
Se sirvieron una copa los dos, tan cerca el uno del otro que la mano de Andrés rozó la muñeca de ella al pasarle la copa. Marina no la apartó. Le dio las gracias mirándolo a los ojos un segundo de más. Yo lo vi todo. Yo quería verlo.
***
El pie de Camila ya estaba en mi muslo. Había subido sin que yo me diera cuenta de cuándo, deslizándose por el interior de la pierna con una presión firme, sin prisa, midiendo cada centímetro. Apreté los dientes. Mi mano izquierda buscó su tobillo bajo el agua y lo encontró, y lo sujeté ahí, no para detenerlo, sino para tenerlo. Acaricié la planta del pie con el pulgar, despacio, dibujando círculos. Camila se mordió el labio inferior y disimuló con un comentario sobre lo cargada que estaba el agua de cloro.
Marina la miraba con una atención distinta ahora. Como si la estuviera estudiando. La mano de Andrés, mientras tanto, había encontrado la cintura de Marina por debajo del agua y se quedaba ahí, abierta, sin moverse, esperando una señal. Marina cerró los ojos un instante. Cuando los volvió a abrir, los puso directamente en los míos.
¿Está bien?, me preguntó sin abrir la boca.
Yo no dije nada. Solo seguí acariciando el pie de Camila, sin apartar la mirada de mi novia, y entendí que la respuesta era esa. Que no la iba a interrumpir. Que quería ver hasta dónde llegaba sin nosotros decirnos absolutamente nada.
Marina entendió. Le devolvió a Andrés una mirada larga, una de esas miradas que no se le dan a un desconocido en un jacuzzi. Y la mano de él, que esperaba en su cintura, subió un poco y se metió por debajo del lazo del bikini, justo donde la piel se vuelve más blanda.
Andrés le apartó apenas la tela húmeda con dos dedos y Marina no se resistió. Le dejó hacer, respirando más hondo, con el pecho subiendo y bajando despacio. Él acarició el borde del bikini, rozando con la yema los pliegues calientes de su sexo a través de la tela, y Marina abrió las piernas un poco más. Yo vi cómo le tembló el vientre. Vi la tensión en su mandíbula cuando él hundió dos dedos un poco más, presionando el coño desde fuera, buscando la carne sensible. Ella llevó una mano a la nuca de Andrés y la clavó ahí, como para acercarlo más, como para decirle sin palabras que siguiera.
Camila aprovechó ese mismo segundo para deslizar su pie por mi entrepierna. No fue un roce casual: me lo pasó por encima de la polla ya dura, lenta, sintiendo el bulto bajo el bañador. Se me escapó el aire entre los dientes. Ella sonrió apenas, mirando el agua como si no hubiera hecho nada. Después volvió a bajar por la cara interna de mi muslo y se quedó ahí, apretando, frotándose contra mí con una paciencia indecente. Su mano emergió un instante para apoyarse en el borde, y entonces su dedo índice me tocó la rodilla, luego el muslo, luego volvió a bajar, siempre cerca de donde yo quería que estuviera.
—Está muy caliente esta noche —dijo Camila refiriéndose al agua. Pero me miraba a mí.
—Mucho —dije yo, con la voz más baja de lo que esperaba.
Hubo un silencio que duró más de la cuenta. Andrés sacó la mano del bikini de Marina con la misma lentitud con que la había metido, como si fuera el final de una frase. Marina dejó escapar un suspiro muy bajo y miró hacia el techo. Tenía el cuello brillante por el sudor y una sonrisa contenida que conocía bien: la sonrisa de cuando algo le había gustado más de lo que esperaba.
Camila apartó el pie sin urgencia. Pasó por mi muslo en sentido contrario, hizo otra parada en mi rodilla, otra en mi pantorrilla, y volvió a su lado del jacuzzi. Yo sentí que el cuerpo me temblaba en un sitio que no se veía desde fuera.
Entonces Marina se inclinó hacia delante, apoyó una mano en el borde de piedra y miró a Andrés con una calma que me desarmó. Él le respondió tocándole el seno por encima del bikini, la palma completa, pesando la carne con una posesión descarada que la hizo jadear. Marina separó un poco las piernas dentro del agua y Andrés aprovechó para meterle la mano debajo de la tela, apartando el triángulo mojado con los nudillos. Sus dedos se hundieron en el coño de Marina, primero despacio y luego con más hambre, frotando el clítoris con una precisión que le arrancó otro gemido, breve y roto. La espuma del jacuzzi vibró alrededor de su cuerpo.
Camila, mientras tanto, sacó una pierna del agua y la apoyó sobre el borde, abriéndose más frente a mí. El borde del bikini se le había corrido unos centímetros y pude ver la curva del pubis, la piel brillante, la sombra entre sus muslos. Le sujeté la muñeca cuando su mano bajó a mi bañador y la dejé ahí, explorando la dureza de mi polla a través de la tela. El roce de sus dedos fue suficiente para volverme torpe. Me mordí la lengua para no decirle que me la sacara, que me la tocara de verdad. Ella pareció leerme igual, porque deslizó la mano por debajo del elástico y agarró la verga en toda su longitud, con un suspiro satisfecho que apenas ocultó detrás de una carcajada suave.
—Joder… —murmuró, esta vez sin apartar los ojos de mí.
Le respondí metiendo la mano bajo el agua y buscando su sexo. Tenía el coño ya muy caliente, resbaloso, hinchado por la humedad y la excitación. Pasé dos dedos por la abertura, notando cómo se abría al contacto, y ella echó la cabeza atrás con una exhalación temblorosa. El agua le cubría parte de la entrepierna, pero no todo. Pude separar más los labios y sentir la humedad espesa, la punta sensible del clítoris latiéndome bajo los dedos. Camila se arqueó apenas, apoyando una mano en mi hombro para no hundirse.
—Más —me dijo, casi sin voz.
Y se lo di. Froté con movimientos cortos, firmes, de arriba abajo, hasta que sus muslos empezaron a abrirse por pura necesidad. Ella me soltó la polla solo para bajar la cabeza y besarme con rabia, con la boca todavía húmeda de agua y de vino, metiéndome la lengua como si quisiera robarme el aire. Yo le respondí apretándole el culo por debajo del bikini, llenando la palma con esa carne redonda y tensa, y noté cómo se le endurecían los pezones bajo la tela negra.
Marina ya no estaba fingiendo nada. Andrés le había bajado del todo el bikini de abajo y la tenía apoyada contra el borde, de espaldas parcialmente al jardín, mientras él le abría el coño con la mano y se lo lamía con una lentitud obscena. Ella tenía una mano en el pelo de él y la otra clavada en la piedra. Cada vez que él la chupaba fuerte en el clítoris, Marina levantaba la cadera un poco más, como si quisiera meterle ella misma la cara entre las piernas. Sus gemidos se mezclaban con el chorro del jacuzzi, más altos, más rotos, sin ninguna vergüenza.
Camila se apartó de mi boca solo para hablarme al oído.
—Quiero tu polla dentro —dijo, directa, sin adorno.
Le quité el bañador de un tirón corto, debajo del agua. La saqué con la mano, dura y palpitante, y ella soltó un “sí” casi animal cuando la cabeza de mi verga rozó su entrada. Le corrí el bikini a un lado, le abrí bien las piernas y la penetré despacio, sintiendo cómo el coño la abrazaba, caliente y estrecho, mientras el agua empujaba alrededor de nuestros cuerpos. Se agarró a mis hombros con fuerza, clavándome las uñas, y yo empecé a mover la cadera con golpes lentos al principio, profundos, entrando hasta el fondo y saliendo lo justo para volver a embestir.
—Así… así, no pares —jadeó.
El sonido de la carne mojada era mínimo, pero yo lo sentía todo: la presión de sus labios vaginales deslizándose por el tronco de mi polla, el estremecimiento de cada embestida, la forma en que me apretaba cuando apretaba el abdomen. Camila levantó una pierna y me la enganchó a la cintura, abriéndose todavía más. Empecé a follarla con más fuerza, haciendo que el agua salpicara por encima del borde. Ella echó la cabeza atrás, respirando con la boca abierta, y se tocó el clítoris encima de mi mano para correrse antes, rápido, convulsionando alrededor de mi verga. La sentí temblar completa, el coño contrayéndose en espasmos húmedos que casi me arrancan la cabeza.
—Ahora tú —dijo Marina, y la voz le salió ronca.
Andrés se puso de pie dentro del jacuzzi con una calma brutal, se agarró la polla ya tiesa con la mano y la frotó contra el coño de Marina, empapándolo todo antes de meterle la punta. Ella lo recibió con un gemido corto, y él la penetró despacio, despacio al principio, hasta que el cuerpo de ella cedió con un temblor visible. Se la metió hasta el fondo, apoyando una mano en su cadera para mantenerla quieta, y comenzó a follarla de pie, con embestidas firmes que hacían golpear el agua contra las paredes de piedra.
Marina llevaba la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, los pezones duros apuntando bajo la tela que ya no tapaba nada. Andrés la agarró por las caderas y la elevó un poco, cambiando el ángulo para entrar más hondo. Ella chilló cuando la punta le golpeó el interior del coño y luego se rindió, dejándose llevar por el ritmo. Le metió los dedos en la nuca y lo besó con furia, lamiéndole la boca como si quisiera tragarle el aliento mientras él seguía entrando y saliendo con una cadencia salvaje.
Camila me apretó la cara entre las manos.
—Mírame cuando te corro —me ordenó.
La obedecí. Follé más fuerte, más deprisa, clavando la polla dentro de ella hasta que empezó a chillar bajito, primero con una especie de risa y después ya no, solo con el sonido húmedo de su coño tragándome. Mis caderas chocaban contra las suyas con cada embestida, y ella se deshacía debajo de mí, las uñas marcadas en mi espalda, el cuerpo rígido justo antes de quebrarse. Cuando se corrió, su cara cambió por completo: la boca abierta, los ojos cerrados, las piernas convulsionando alrededor de mi cintura. Le aguanté el temblor y seguí empujando, porque todavía no había terminado.
Marina me buscó con la mirada por encima del hombro de Andrés y sonrió como una cabrona feliz, llena de sudor, agua y deseo. Él le estaba dando duro ya, sin disimulo, y ella se agarraba al borde para recibirlo mejor. Las piernas le temblaban a cada golpe de cadera, y cuando Andrés se inclinó para morderle el cuello, Marina soltó un gemido largo que se me clavó en la polla como una descarga. Camila, todavía sensible, me tiró de la nuca para besarme otra vez. Tenía la boca abierta, salada, y me chupó la lengua mientras yo la seguía follando, hundiéndome en su coño hasta que sentí que me iba a estallar todo el cuerpo.
—No pares —repitió ella, ahora casi llorando de gusto.
Y no paré. La sujeté por la cintura y la llevé al borde del jacuzzi, usándolo como apoyo, empujándole la polla a ritmo más duro todavía, notando cómo el clítoris le rozaba contra mi vientre en cada ida y vuelta. Su respiración se volvió errática, y de pronto me clavó los talones en la espalda baja, apretándose con una fuerza desesperada que me hizo perder el control. La sentí tensarse, volver a correrse en pequeños espasmos, y ese segundo de contracción me llevó al borde. Apreté los dientes, la agarré del culo y descargué dentro, una corrida espesa que me atravesó entero mientras seguía empujando despacio para meterle todo el semen posible.
Camila se quedó temblando, con la frente pegada a mi pecho. Andrés, detrás de Marina, lanzó un gruñido bajo y se corrió también, apretándole las caderas con ambas manos mientras la llenaba con una violencia seca. Marina se quedó quieta, respirando con dificultad, sintiendo cómo la corrida de Andrés le seguía golpeando adentro. Después se giró un poco, me miró, y durante un segundo no fuimos pareja, ni desconocidos, ni nada de lo que habíamos sido antes. Solo dos cuerpos transpirados y satisfechos que acababan de abrir una puerta.
Ellos se levantaron primero. Andrés se acercó a Marina, se inclinó y le dijo algo al oído. Marina asintió. No supe qué le dijo. No le pregunté nunca. Camila salió del agua con un movimiento que parecía coreografiado, recogió la toalla y se la enredó alrededor de la cintura. Antes de irse, me miró una última vez desde la puerta. Una mirada que no decía «hasta luego». Decía otra cosa.
—Que descansen —dijo Andrés con voz neutra, y se fueron.
***
El recinto quedó en silencio. Solo el ruido del agua moviéndose. Marina y yo nos quedamos un minuto entero sin hablar, mirándonos. Después ella se acercó. Cruzó el jacuzzi y se subió encima de mí, las piernas a cada lado de las mías, las manos en mis hombros, la cara muy cerca de la mía.
—¿Viste todo? —me preguntó en voz baja.
—Todo.
—¿Y?
—Quiero que me cuentes qué te dijo al oído.
Marina se rió. Una risa baja, pegada a mi cuello.
—Mañana —dijo—. Esta noche te quiero solamente para ti.
Me besó. Fue un beso largo, con sabor a vino y a algo que no sabía nombrar y que probablemente era la primera vez que sentía. El agua seguía burbujeando alrededor de nosotros, ocultando lo que ya no necesitaba ocultar nada. Cuando volvimos a la habitación, Marina cerró la puerta con llave por dentro. Y lo que pasó después tuvo que ver con ellos y a la vez no tuvo nada que ver con ellos.
Fue de los dos. Como había sido siempre. Solo que ahora teníamos algo más: una imagen guardada, un secreto compartido, una noche que ninguno de los dos iba a contar pero que íbamos a recordar cada vez que volviéramos a un jacuzzi.