Mi suegra me pidió que subiera a su oficina esa tarde
Habían pasado unos días desde la pelea con Camila. Estaba enojada porque me negaba a la propuesta de tener hijos con ella y con su prima, de armar un trío estable, de convivir los tres bajo el mismo techo criando a los chicos como si fuera lo más natural del mundo. Decía que era una oportunidad para limar viejas asperezas con la prima, que esto las acercaría por fin. Yo no le veía la lógica.
Lucía, la prima, me llamaba todas las noches. Me prometía que si nos íbamos a vivir los tres juntos dejaba el trabajo en el cabaret y se dedicaba solo a la enfermería. Yo escuchaba en silencio y cortaba con el estómago hecho un nudo.
El miércoles me llamó mi suegra. Quería saber qué había pasado, escucharlo de mi boca y no por versiones cruzadas. Coordinamos que la pasara a buscar por la oficina a última hora, tomar un café cerca y hablar tranquilos.
Al salir de mi trabajo manejé los quince minutos hasta su edificio. Estacioné, le mandé un mensaje y me contestó que subiera, que estaba demorada con un informe y no quería que me congelara abajo.
El ascensor me dejó en el quinto piso. Susana estaba sentada frente a su monitor, terminando una planilla, con la luz blanca del fluorescente cayéndole sobre el pelo recogido. En el escritorio contiguo, separado por un panel de vidrio que iba del piso al techo, estaba Damián. El tipo casado con el que mantenía una relación desde hacía dos o tres años. La oficina estaba vacía a esa hora salvo por ellos dos.
—Pasá, vení —me dijo sin levantar la mirada—. Dame dos minutos y nos vamos.
Me paré detrás de su silla, apoyé una mano en el respaldo y me incliné para leer la pantalla. Había una columna con un total que no cuadraba con la suma manual. Le señalé la inconsistencia y empecé a explicarle dónde estaba el error.
Entonces sentí su mano.
Fue por encima del pantalón, primero un roce, después una presión firme. Se me endureció al instante. Susana ni siquiera giró la cabeza.
—Pare, suegrita —le dije bajando la voz.
—No quiero.
—Está Damián al lado. Nos puede ver.
—Quiero que nos vea. Quiero que vea cómo me coges.
—Dejame terminar con la planilla.
—Dejala. El informe ya está. Te pedí que subieras para esto.
—Sos terrible.
—Sí. Lo soy.
Me bajó el cierre con una sola mano, como quien hace algo mil veces practicado. Me la sacó y empezó a masturbarme despacio, midiendo cada movimiento. Me senté sobre el filo del escritorio y ella giró la silla hasta quedar a la altura justa. Pasó la lengua de abajo hacia arriba con una lentitud que parecía calculada para volver loco a cualquiera que estuviera mirando.
Y alguien estaba mirando.
A través del vidrio vi a Damián. Tenía la silla girada hacia nuestro lado, los pantalones aflojados, la mano moviéndose sobre su erección sin disimulo. Me sostuvo la mirada un segundo y volvió a clavar los ojos en la boca de Susana.
No la dejé seguir. La levanté del pelo con suavidad, la apoyé contra el escritorio mirando hacia el panel de vidrio, le bajé el pantalón de vestir y la bombacha en un solo tirón. Le escupí entre las nalgas y la penetré por detrás. Ella ahogó un quejido contra el antebrazo. Damián, del otro lado, aceleró el ritmo de su mano.
—No te voy a dejar ir de la familia —susurró Susana, con la voz quebrada—. No pierdo esta verga ni loca. Seguí, yernito. Seguí cogiéndome acá, en mi oficina, que estoy ardiendo.
Salí de ella, la giré, la senté en el escritorio y la empujé suavemente para que se arrodillara. Le agarré la cabeza con las dos manos. Miré a Damián por encima del hombro de mi suegra y le hice una seña con la barbilla. Vení.
Salió como pudo de su despacho, caminando torpe con los pantalones a media pierna. Cerró la puerta detrás de él.
—Mucho gusto, Damián —le dije.
—I-igualmente —tartamudeó.
—Suegra, levantate. Damián te va a coger por atrás mientras seguís acá.
Obedeció sin chistar. Se inclinó sobre el escritorio, se llevó mi miembro a la boca de nuevo y abrió las piernas. Damián la penetró con una embestida que la hizo gemir contra mí. Le agarré el pelo, le marqué el ritmo. Damián me miraba a los ojos mientras la cogía. Había rabia ahí, y también algo más turbio.
—Conmigo nunca sos así de puta —le dijo él, hablándole al oído.
—Hoy me las cobro todas.
Salió de su sexo y se la enterró sin aviso por el otro lado. Susana levantó la cabeza de golpe.
—¡Ay, animal, avisame!
—Me tenés a pico seco hace dos semanas —respondió él, con la respiración entrecortada—. Viene tu yerno y te lo coges frente a mí, sin preguntarme nada.
—Te calentó, ¿no? —Susana volvió a sonreír, jadeando—. Vi cómo te masturbabas mirándome chupársela. Vi cómo se te paraba cuando él me la metía. Dale duro ahora, papito. Hace tiempo que quería esto, los dos a la vez.
Damián se sentó en la silla de cuero detrás del escritorio. Susana se acomodó sobre él de espaldas, tomándolo dentro suyo, y quedó de frente a mí con las piernas abiertas. La idea era obvia. Me acerqué, le sostuve los muslos, y la penetré por delante. Sentí la presión de Damián a través de esa membrana fina que separaba todo. Susana cerró los ojos, echó la cabeza atrás y empezó a moverse entre los dos con una desesperación que no le había visto nunca.
—Ah… ah… qué placer, los dos, los dos a la vez, no aguanto, llénenme, por favor, llénenme.
Contrajo todo. Damián gruñó algo que no entendí. Yo apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Terminamos los tres casi al mismo tiempo, en un desorden de respiraciones y manos buscando dónde apoyarse.
Me fui al baño a recomponerme. Susana al de mujeres. Damián se quedó en el despacho atendiendo el teléfono que no paraba de vibrar sobre el escritorio: el nombre de su esposa parpadeando en la pantalla.
Me lavé bien, me acomodé la camisa, me peiné con los dedos frente al espejo. Cuando salí, Damián ya se había despedido apurado. Mi suegra estaba en el pasillo, mirándose en el reflejo de la ventana.
—Hijos de puta —dijo, con una sonrisa cansada—. Cómo me dejaron. Tuve que lavarme tres veces.
—Damián se fue. Lo llamaron de la casa.
—Mejor.
—¿Vamos?
—¿Tenés mucho apuro?
—¿Tenés algo en mente?
—Mmm. Nada en especial.
Sonó el timbre del intercomunicador. Susana atendió, frunció el ceño y apretó el botón para abrir. Un minuto después se abrió el ascensor y apareció Antonella, mi cuñada. Acababa de cumplir dieciocho años y todavía conservaba esa torpeza dulce de adolescente que recién aprendía a moverse en cuerpo de mujer.
—¡Hola, ma! —Antonella se sacó la mochila y la dejó en el suelo—. ¿Qué era eso urgente que me querías mostrar?
—Pasá por la sala de reuniones —contestó Susana, ya recompuesta—. Necesito tu ayuda con algo.
Antonella me vio y corrió a abrazarme. Me apretó fuerte, hundiendo la cara en mi pecho.
—No quiero que te vayas de la familia —murmuró—. Te voy a extrañar muchísimo, cuñado.
Empezó a besarme la mejilla, la mandíbula, el cuello. Repetía la misma frase entre lágrimas, no te vayas, no te vayas, por favor. Yo no supe cómo frenarla. Tampoco intenté hacerlo demasiado.
Susana abrió la puerta de la sala de reuniones y nos hizo pasar con un gesto. Adentro había un sillón grande de cuero gastado y una mesa larga para diez personas. Antonella se me trepó encima en cuanto cerré la puerta. Nos besamos como si tuviéramos quince años, con esa urgencia torpe, mordiéndonos los labios sin querer, las lenguas haciendo nudos.
Le subí el buzo. Debajo tenía un corpiño blanco de algodón, simple, casi infantil. Me acordé otra vez de su edad y por un momento me detuve. Ella no me dejó pensarlo. Me agarró las manos y se las llevó a los pechos.
—Te quiero, cuñado.
—¿Cómo te voy a dejar de ver?
—Todos te queremos —dijo Susana desde la puerta, observándonos sin entrar—. No vamos a permitir que te vayas por una locura de tu hermana.
Antonella tenía una pollera tableada corta. La fui levantando hasta dejar a la vista la bombacha del mismo color que el corpiño. Le bajé esa también. Susana, que finalmente había cerrado la puerta y se había arrodillado entre mis piernas, me sacó el pantalón con la familiaridad de quien lo hizo cien veces. Antonella, en un movimiento incómodo y entusiasta, se acomodó del otro lado.
Yo seguía sentado en el sillón. Le pasé la lengua a Antonella entre las piernas mientras Susana se ocupaba de mí. Antonella largaba un quejido suave cada vez que la rozaba con el pulgar. Era jovencísima, todo le funcionaba al primer estímulo, y aun así se desesperaba como si nada le alcanzara.
Susana se levantó después de un rato, sin decir nada, y se acomodó sobre mí de espaldas para retomar donde habíamos dejado en la oficina. Antonella se sentó sobre mi cara, refregándose sin saber bien qué hacía pero con un instinto que sobraba. Me costaba respirar y no me importaba.
Unos minutos después, Susana se levantó, se acomodó la ropa con dedos temblorosos y salió de la sala sin mirar atrás. Necesitaba aire, supongo. Antonella tomó su lugar. Se arrodilló entre mis piernas un instante, después se acostó en la alfombra y estiró los brazos hacia mí.
—Haceme el amor, cuñado.
—Por supuesto, cuñadita.
Me acomodé sobre ella, despacio, midiendo cada centímetro. Cuando estuve adentro, me rodeó las caderas con las piernas y me atrajo hasta el fondo. Tenía los ojos abiertos, mirándome como si quisiera grabarme la cara para después.
—Haceme sentir toda una mujer, cuñadito.
Empecé a moverme sin desbocarme. Salía casi entera, volvía despacio, jugaba con la cabeza. Ella temblaba.
—Uy… uy… amo sentirte así.
—Estás tan linda, Toni.
—Ahora dale fuerte.
Me agarró de la nuca y me besó hondo. Aceleré. Las pelvis se golpearon en un ritmo seco que llenó toda la sala. Antonella reía y gemía a la vez, una mezcla rara de placer y de algo parecido a la victoria.
—¿Me estoy portando bien, amor?
—Te estás portando hermosa.
Después, ella misma me empujó suavemente, me llevó hasta una silla y se sentó encima, de frente, abrazándome el cuello. Empezó a moverse arriba y abajo, primero a su ritmo, después al mío. Me apretó la mandíbula con una mano, me besó con la boca abierta, me dijo cosas al oído que no voy a repetir.
Cuando terminó, lloraba un poco. Me agarró la cara y me miró con una seriedad que no le había visto nunca.
—Gracias, cuñado. Gracias, mi amor.
Si Camila estaba loca, esta tampoco tenía todos los patitos en fila. Empezaba a entender que la familia entera funcionaba con un cableado distinto al del resto del mundo.
Me arreglé la ropa. Susana esperaba en la recepción, lista para irse, como si nada hubiera pasado. Le di un beso a cada una, bajamos en silencio. Las visitas a la casa de Camila siguieron, pero más esporádicas. Ya no me quedaba todos los fines de semana.
***
Un mes después, recibí un llamado de mi suegro. Quería verme en su estudio. Es abogado, tiene un despacho en el centro con paredes forradas de libros que nadie lee.
Llegué puntual. Adentro estaban Camila, Antonella, Susana, el tío de las chicas con cara de pocos amigos, su esposa y dos abogados más a los que no conocía. Algo no encajaba.
—Te hicimos venir —empezó Fernando— porque cuando murió el abuelo de las chicas dejó una cláusula testamentaria. El primer nieto que naciera heredaba el campo, el ganado y dos casas que hoy están alquiladas. La renta se acumula en una cuenta que administramos los hermanos.
—Qué bien. ¿Pero yo qué pito toco?
—¿No le dijeron? Pensé que estaba al tanto.
Camila tenía los ojos rojos. Susana la sostenía de la mano. Antonella se levantó, vino hasta mí con un sobre madera y me lo apoyó en el muslo.
—Amor, estoy embarazada. Vamos a tener un hijo.
El piso del estudio se me movió un poco. Alguien me trajo un vaso de agua.
—Agua no. Whisky, por favor.
—Tráiganle al yerno uno del que tengo guardado —ordenó Fernando.
Antonella se sentó al lado y me agarró la mano. Apretaba fuerte.
—Vamos a ser muy felices.
—Hay una condición en el testamento —continuó Fernando, sin emoción—. Para que el chico herede, los padres tienen que estar casados.
Miré a Camila. Ella levantó los hombros, esbozó una sonrisa rota.
—Sos libre. Igual seguís siendo de la familia.
Dos meses más tarde tenía fecha de casamiento con Antonella. Todo arreglado, todo firmado.
—Fernando —dijo Susana una tarde, sirviéndose una copa—. Este muchacho merece una despedida de soltero como Dios manda, ¿no?
—Obviamente. La hacemos el fin de semana en la quinta. Y decile a tu novio que también venga.
Levanté la copa sin saber si reír o salir corriendo.
Bienvenido a la familia, querido yerno.