Me arriesgué a que me vieran en aquel auto a oscuras
Para entender lo que hice esa noche hay que saber una cosa de mí: nunca me excitó tanto el sexo en sí como la idea de que alguien, sin querer, pudiera estar mirándome. Me llamo Romina, tengo veintitrés años y vivo todavía con mis padres en una ciudad del norte que prefiero no nombrar. Buena hija de día, otra cosa muy distinta cuando se apagan las luces de la casa.
Desde hacía meses cargaba con una fantasía que no me dejaba en paz. No era el simple hecho de acostarme con un extraño; eso ya lo había hecho. Era algo más concreto, más sucio, y me daba vergüenza admitirlo incluso conmigo misma. Quería que un hombre me pagara. No por necesidad —mis padres me daban todo lo que pedía—, sino por la sensación. Por sentir que valía exactamente lo que él pusiera en mi mano.
Me había imaginado mil veces parada en una esquina, pero era demasiado peligroso y, sinceramente, no sabía ni por dónde empezar. Así que pensé en algo más controlado. Algo que pudiera manejar yo, en mis términos.
La idea me llegó una madrugada, despierta en la cama con el teléfono en la mano. En mis redes me escribían hombres todo el tiempo: señores casados, chicos de mi edad, tipos que no conocía de nada. Y si elijo a uno, pensé. Uno que no sepa mi nombre real, ni dónde vivo, ni mi número. Un desconocido total.
Tardé dos noches en elegir. Me decidí por un chico tranquilo, de esos callados que coleccionan figuras de anime y trabajan en algo de computadoras. Tenía veinticinco, según su perfil, y una cara amable que no daba miedo. Le escribí sin rodeos, antes de arrepentirme.
—Te propongo algo —tecleé—. Ochocientos, y te hago un trabajo con la mano. Nada más. ¿Te animás?
Tardó menos de un minuto en contestar que sí. Me reí sola, tapándome la boca para no despertar a nadie. Qué fácil había sido.
Como tenía auto, lo cité a unas cuadras de mi casa, en un parquecito mal iluminado donde de noche no pasaba casi nadie. Le dije que a las once y media. A esa hora mis padres ya dormían y yo podía salir sin que se notara.
***
El plan era perfecto en mi cabeza. Llegaría yo primero, lo esperaría parada bajo un árbol como si fuera una más de las que se ofrecen en la calle, y cuando él frenara me acercaría despacio. Esa parte, la de esperar, era casi lo que más me calentaba.
Me arreglé con cuidado. Un vestido negro sin mangas, ajustado y corto, de esos que con un movimiento brusco ya muestran de más. Hacía fresco, así que le sumé una chaqueta de mezclilla. Iba a ponerme tacones, pero al final elegí unas zapatillas blancas: hacían menos ruido y, sobre todo, me daban un aire distinto. Menos de mujer de la calle y más de niña traviesa. Eso, intuí, le iba a gustar más a un chico como él.
Debajo me puse una tanga de encaje negro, una que apenas cubre y deja la mitad a la vista. Me hice dos coletas, me miré al espejo y casi me dio risa lo bien que me quedaba el papel. Y para rematar tomé una paleta del frasco de dulces de la cocina. La idea de caminar chupándola, con esas dos coletas, me pareció el toque exacto entre lo inocente y lo perverso.
Esperé a estar segura de que todos roncaban y salí en silencio, descalza hasta la puerta, conteniendo la respiración en cada escalón. Una vez en la calle, el aire frío me golpeó las piernas desnudas y sentí esa corriente que me sube desde el estómago cada vez que hago una locura.
A un par de cuadras del parque empecé a meterme en el personaje. Saqué la paleta, me la llevé a la boca y caminé en puntas de pie, dejando que la falda se levantara apenas con cada paso. Lo hacía a propósito, calculando el movimiento para mostrar un segundo y volver a esconder. No había nadie cerca, pero esa parte daba igual; lo importante era la posibilidad de que alguien estuviera.
***
Entonces vi el auto. Estaba estacionado antes de tiempo, con las luces encendidas, justo en el lugar donde yo pensaba esperarlo a él. Me dio una rabia tonta. Llegó antes, me arruinó la entrada. Pero no iba a bajar el ritmo. Si era él, perfecto. Si era otro, igual se llevaría una buena vista.
Me acerqué por la vereda, chupando la paleta, mirando a todos lados con cara de no romper un plato. Cuando pasé al lado del auto, una voz me frenó.
—¿Romina?
Era él. El auto coincidía con la descripción, así que me relajé. Me detuve, me apoyé en la ventanilla con los antebrazos y metí un poco la cabeza adentro, quedando inclinada hacia adelante. Lo hice sabiendo perfectamente lo que provocaba: con esa postura el vestido se me subía atrás y el aire fresco me rozaba la cola descubierta. Por la forma en que él abrió los ojos, supe que estaba viendo exactamente lo que yo quería que viera.
—Hola —dije, despacio, sin sacarme del todo la paleta de los labios.
—Subí —me contestó, casi nervioso, como si le preocupara que alguien me viera así afuera.
Abrí la puerta y me senté dejando que la pierna quedara expuesta más de la cuenta. Él no disimuló: se me quedó mirando el muslo y eso me encantó. Hubo unos segundos de charla incómoda, de esa que sirve para fingir que uno no está ahí para lo que está. Yo seguía con la paleta, lamiéndola con calma, mirándolo a los ojos cada tanto.
—¿Lo hago yo o preferís hacerlo vos? —pregunté.
—Hacelo vos —respondió en voz baja.
No me hice rogar. Con la paleta de vuelta en la boca, le desabroché el pantalón con las dos manos y le bajé el cierre mientras él se quedaba quieto, callado. Metí la mano en su ropa interior y lo saqué. Ya estaba medio duro, todavía no del todo firme, pero claramente listo.
—Mirá vos, qué emocionado —le dije, con una sonrisa de costado.
—Así me puse cuando te vi caminando.
Le sonreí otra vez, esta vez sosteniéndole la mirada, y empecé a jugar con él con una mano mientras con la otra me sacaba la paleta para lamerla despacio frente a él y volver a guardarla. Quería que se prendiera mirándome hacer las dos cosas. Su respiración me decía que funcionaba.
***
Y acá viene la parte que ni yo entiendo del todo. Yo había ido a hacerle un trabajo con la mano. Eso era el trato. Pero en algún momento, mientras lo acariciaba y recordaba una vieja historia con un ex, me incliné sin pensarlo y me lo metí en la boca. No fue una decisión; fue como despertarme y descubrir que ya lo estaba haciendo, moviendo la cabeza arriba y abajo.
Romina, ¿qué estás haciendo?, me dije a mí misma. Esto no era lo que veníamos a hacer.
Pero ya estaba ahí, y la verdad es que lo disfrutaba demasiado como para parar. Era de un tamaño normal, ni grueso ni delgado, y yo lo lamía como si fuera lo más rico del mundo, con una sonrisa que no podía esconder. Movía la cabeza despacio, le daba un masaje con la mano al mismo tiempo, cuidando de no hacer ruido. Lo tenía empapado de mi saliva cuando escuché algo que me heló la sangre.
Pasos.
Me quedé inmóvil, con él entero todavía en la boca, sin moverme un milímetro. No estaba inclinada hacia la ventanilla, así que desde afuera no se me veía la cola, pero sentía cómo el vestido se me había subido y el aire me tocaba la piel. Aguanté la respiración. Por el espejo alcancé a distinguir dos siluetas que se acercaban caminando, charlando entre ellas, ajenas a lo que pasaba dentro del auto a oscuras a pocos metros.
Dos personas. A punto de pasar justo al lado.
Y entonces, en lugar de asustarme, me pasó lo de siempre: el corazón se me disparó, pero no de miedo. La idea de que en cualquier momento giraran la cabeza y me descubrieran ahí, agachada, con la boca llena, me prendió como pocas veces. Adoro esa adrenalina. Ese filo exacto entre el riesgo y que no pase nada. Me fascina la posibilidad de unos ojos extraños cayendo sobre mí en el peor momento.
Fueron unos cuarenta segundos eternos. Las voces crecieron, pasaron al lado del auto, y siguieron de largo sin notar nada. Cuarenta segundos que me dejaron mucho más caliente de lo que ya estaba.
***
Cuando se alejaron lo suficiente, volví a lo mío, pero con más ganas. Tanto, que el chico empezó a soltar unos sonidos que iban a llamar la atención. Levanté la vista sin sacármelo de la boca y le clavé una mirada que decía «callate» mejor que cualquier palabra. Él entendió y se mordió los labios.
Seguí con calma, leyéndole la cara. Cuando reconocí esa expresión, la de quien está a punto, me concentré en la punta con la lengua mientras lo estimulaba con la mano. Me tomó del pelo por la nuca —casi todos hacen eso, nunca entendí por qué— y terminó dentro de mi boca.
Sentí el calor, y me gustó. Me gustó como me gusta una golosina, con esa misma satisfacción tonta. No quería desperdiciar nada, así que lo recibí todo, lo dejé limpio y le di un último beso suave, casi de agradecimiento, antes de acomodarme de nuevo en el asiento.
Me bajé la falda, que estaba toda arriba, y noté que la tanga me había quedado húmeda; ni sé si le habré dejado algo marcado en el asiento. Él seguía con la cabeza echada hacia atrás, agotado, los ojos cerrados. Abrí la puerta y, antes de salir, le mandé un beso con los dedos sin decir una sola palabra. Me gusta hacer eso: irme en silencio, dejando que él imagine por qué no hablo.
Caminé hacia mi casa moviendo las caderas en cada paso, sabiendo que las luces del auto seguían apuntándome. Que mirara la última escena. Iba húmeda, como siempre que el morbo es el de exhibirme, el de que alguien me vea sin que yo lo deje del todo claro.
***
Había dado apenas unos pasos cuando los faros me iluminaron de lleno. Había arrancado y avanzaba despacio a mi lado. Bajó la ventanilla.
—¡Romina!
Por favor, que no sea de esos pesados que se aferran, pensé.
—¡Romina! —insistió.
Me di vuelta con mi mejor cara de niña buena.
—Tu dinero —dijo, y me estiró un billete doblado desde adentro.
Casi me muero de la vergüenza ahí mismo. Me había olvidado. Yo, que había montado todo aquel teatro justamente para sentir lo que se siente al cobrar, ya me iba caminando sin acordarme del único detalle que le daba sentido a la noche entera. Resulté la peor en mi propio juego.
Me acerqué con cara de tonta, me incliné un poco por la ventanilla —dejando, claro, que el aire me volviera a rozar atrás— y tomé el billete. Le sonreí una vez más y me alejé sin decir nada.
Mientras caminaba hacia casa, con el dinero en la mochila y todavía con el sabor en la boca, pensé que al final había salido todo distinto a lo planeado. Iba a hacer solo un trabajo con la mano y terminé haciendo bastante más. Iba a cobrar como protagonista y casi me voy sin la plata.
Pero esos cuarenta segundos con dos extraños pasando al lado, sin saber lo que ocurría a un metro de ellos, valieron cada nervio. Eso era lo que de verdad había ido a buscar. El dinero fue apenas la excusa.
No me dedico a esto, que quede claro. Era una fantasía y la cumplí. Aunque, si soy honesta, no descarto repetirla. La próxima, eso sí, no me olvido de cobrar.