Espié a la otaku tímida desde mi clóset
Nunca terminé de decidir si llamarla Cami o Camila a secas. Aún hoy su nombre me evoca esa mezcla rara de ingenuidad y deseo que solo despiertan ciertas chicas otakus de veintipocos años. La conocí en el taller de envasado donde yo trabajaba como supervisor, y desde el primer día supe que iba a meterme en problemas.
Aquella tarde de febrero, el calor en la zona industrial era insoportable. El resto del equipo había terminado temprano y se había ido a una cafetería del centro a esperar la hora del cierre. Me tocaba a mí cerrar el taller, y para eso necesitaba que Camila terminara su parte del embalaje.
—Cami, te veo agotada —le dije, apoyando los brazos en la mesa de trabajo.
Ella levantó la cabeza apenas. Tenía los anteojos resbalados sobre la nariz y un mechón de pelo lacio pegado a la frente.
—Acalorada, Andrés. Necesito una ducha larga y fría —murmuró sin dejar de doblar cajitas.
Las chicas del taller solían vestir liviano para aguantar las horas: camisetas finas, casi siempre desgastadas, y leggings de mezclilla delgada o algodón estirable. Encima se ponían el mandil sanitario y las botas altas. Camila era de las pocas que parecía cómoda con esa uniformidad, como si esconderse fuera parte de su personalidad.
Era una chica menuda, de poco más de un metro cincuenta, piel muy clara y movimientos pausados. No tenía las curvas que la mayoría de los chicos del taller buscaban en sus conversaciones de almuerzo. Hablaba bajo, miraba poco a los ojos, y cuando se reía se tapaba la boca con la mano. Pero a mí algo me decía que bajo esa ropa simple y ese mandil holgado había un cuerpo que valía la pena descubrir. Era una intuición que no me sacaba de la cabeza desde hacía semanas, una sospecha que volvía cada vez que la veía estirarse para alcanzar una caja del estante alto.
Revisé la lista de embalaje y vi una oportunidad. En realidad solo quedaban veinte cajitas por terminar, pero el papel impreso decía «200» por un error tipográfico de la mañana. Camila no había levantado la vista lo suficiente como para notarlo.
—Mira, Cami, si quieres yo me encargo de las doscientas que faltan y cierro todo. Tú vete a ducharte tranquila —le ofrecí—. Pero después me compensas las horas extra cuando yo te pida.
Levantó los ojos rasgados detrás de los anteojos. Por un segundo me pareció que dudaba, no de la cantidad de cajitas, sino de la frase «cuando yo te pida». Después sonrió de costado y se acomodó las gafas con el dorso de la mano.
—Cerrado —dijo—. Lo compenso cuando pidas y como pidas, jefe.
Se levantó, tomó su mochila pequeña con un llavero de Totoro colgando, y me dio un beso caricaturesco en la mejilla. Antes de irse, levantó una pierna en una pose de manga, casi como una caravana. Después dio media vuelta y caminó hacia el otro extremo del galpón, donde estaban los vestidores.
No le quites los ojos de encima, idiota, me dije, pero ya era tarde.
La seguí con la mirada los treinta metros que separaban el taller de la zona de oficinas. Su legging negro le marcaba las piernas delgadas y firmes, y cada paso producía un vaivén pausado en sus caderas estrechas. Las nalgas, pequeñas, subían y bajaban con un ritmo que jamás habría sospechado mirándola sentada. No le vi la marca de ningún calzón debajo de la tela. Eso me encendió la cabeza más de lo que estaba dispuesto a admitir.
***
Apenas cerró la puerta del vestuario corrí a mi oficina. El edificio donde funcionaba el taller era viejo, de paredes gruesas y muchas remodelaciones improvisadas a lo largo de los años. Mi oficina compartía un muro con la sala de duchas y vestidores, separados solo por un viejo clóset empotrado que yo nunca había abierto del todo. Lo usaba para guardar archivadores y un par de cajas viejas que ni recordaba qué contenían.
Antes de hacer nada cerré la puerta de la oficina con llave, apagué las luces y bajé las persianas. Si Camila volvía al taller por algún motivo, pensaría que ya me había ido. Después, casi sin respirar, abrí las dos hojas del clóset.
Detrás de las cajas había una pared de madera con varias rendijas. Dos a la altura del pecho daban directo a los vestidores. Otras tres, más altas, apuntaban al sector de las duchas en serie. Alguien, alguna vez, había hecho ese trabajo con paciencia. No quise saber quién.
Me metí entre las cajas, me acomodé como pude y miré.
Camila estaba de pie frente al banco de los vestidores, todavía con el mandil puesto, escuchando música en el celular. Sonaba algo lento, una balada en japonés con voz de chica. Se desató el mandil sin apuro, lo dobló y lo guardó en la mochila. Después se sentó en el banco para sacarse las botas, una primero y la otra con más esfuerzo, mordiéndose la lengua de concentración. Su cuello se inclinó hacia adelante y descubrió la curva del hombro bajo la camiseta delgada.
Cuando se quitó la camiseta y la tiró sobre el banco, contuve el aire. Llevaba un top deportivo gris, simple, sin relleno. Sus pechos eran chicos, redondos, blancos como el resto de su piel, con una asimetría leve que la hacía más real. La piel del abdomen era pálida y plana, con un lunar pequeño cerca del ombligo.
Después fue el turno del legging. Se puso de pie, se inclinó, lo bajó tirando con las dos manos desde la cintura, y entonces entendí por qué no le veía la marca del calzón. No llevaba bombacha clásica. Tenía una tanga delgada, color carne, casi invisible contra su piel. Las nalgas que yo había visto rebotar mientras caminaba eran pequeñas pero firmes, dos curvas suaves que la tanga apenas dividía.
Se quedó así un momento, doblada, recogiendo el legging del suelo, sin saber que del otro lado de la pared yo me había olvidado de pestañear.
***
Después se sacó el top y la tanga sin ceremonia, como quien está sola en su propio cuarto. Por unos segundos la vi entera, de espaldas, caminando hacia las duchas con una toalla en la mano. Ahí entendí lo que mi intuición me venía gritando durante semanas: Camila era pequeña, sí, pero todo en ella estaba en proporción exacta. Hombros estrechos, cintura corta y marcada, caderas apenas más anchas que la cintura, muslos que se tocaban un poco arriba y se separaban después.
Pasé a las rendijas altas, las que daban a las duchas. La vi entrar en el cubículo del medio, abrir el agua y meterse debajo sin probarla. La cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, una sonrisa pequeña que nunca le había visto en la planta. El agua le bajaba por el pelo y le aplastaba los mechones contra el cuello.
Empezó a pasarse las manos por el cuerpo. Al principio era solo jabón, movimientos eficientes de chica que se ducha rápido. Pero en algún momento las manos se detuvieron. Una se quedó sobre el pecho izquierdo. La otra bajó despacio, sin prisa, como si decidiera ahí mismo.
Me obligué a no hacer ruido. No me toqué. No quería ensuciar el momento con mi propio sonido. Solo miré.
Sus dedos se movían con una técnica que decía que estaba acostumbrada a hacerlo sola. Apoyó la frente contra los azulejos y separó un poco las piernas, lo justo para darse espacio. La otra mano se aferró a la barra del cabezal de la ducha. Los hombros se le tensaron, la espalda se le arqueó muy poco, y un sonido grave, casi un suspiro contenido, le salió del pecho. Se mordió el labio inferior, ese mismo gesto que tenía cuando contaba cajitas en el taller.
Por un instante temí que el latido de mi propia sangre fuera audible del otro lado de la pared. Ella seguía moviendo la mano, ahora más rápido, sin abrir los ojos. La balada japonesa había cambiado por otra parecida, y el ritmo de sus dedos parecía ajustarse al de la canción.
No duró mucho. Treinta segundos, quizás cuarenta. Después se quedó quieta bajo el chorro, respirando, sin abrir los ojos. Se enjuagó el cuerpo con calma, cerró la canilla y salió envuelta en la toalla blanca como si nada hubiera pasado.
***
La vi vestirse del otro lado de la rendija baja. Se puso una bombacha distinta, de algodón celeste, y unos jeans más oscuros que la ropa de trabajo. Una camiseta limpia de Sailor Moon. Se peinó frente al pequeño espejo del vestidor, se acomodó los anteojos y se pintó los labios con un brillo transparente. Toda la operación duró menos de cinco minutos. Cuando salió del vestuario, tarareando esa balada en japonés, era de nuevo la Camila tímida del taller.
Me quedé en el clóset hasta escuchar la puerta del galpón cerrarse detrás de ella. Después salí, prendí las luces, abrí las persianas y me senté en mi escritorio con las manos apoyadas sobre la madera, mirando la pared como si todavía pudiera ver a través de ella.
Lo compenso cuando pidas y como pidas, jefe.
Esa frase iba a volver a mi cabeza durante semanas. No por lo que había dicho ella, sino por lo que yo había hecho con esa promesa: cobrármela en una moneda que ella no sabía que había aceptado pagar.
El lunes siguiente, cuando Camila entró al taller con su mochila y su llavero de Totoro, le sostuve la mirada un segundo más de lo habitual. Ella se acomodó las gafas, sonrió de costado y bajó los ojos. No sé si sospechaba algo. Probablemente no.
Lo que sí sé es que esa misma tarde, cuando se acabó el turno y los demás se fueron al café del centro, le inventé otra lista falsa. Y ella, otra vez, aceptó quedarse hasta el final.
Continuará.