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Relatos Ardientes

Lo que descubrí espiando a la niñera de mis hijos

Empezaré con una breve descripción de los personajes, porque sin imaginarlos a los dos esta historia pierde la mitad de su filo.

Mi nombre, para esta historia, será Damián. Tengo cuarenta y un años, soy alto, de tez clara, con el pelo castaño todavía sin canas y una contextura algo gruesa que disimulo entre camisas anchas. Ella se llamará Carolina. Tiene veintiséis, es trigueña, con el cabello largo hasta la mitad de la espalda y unas mechas claras que se acomoda detrás de la oreja cuando se concentra. Piernas largas, cintura corta, un trasero firme y unos pechos pequeños pero perfectos, redondeados, con pezones diminutos que se le marcan apenas a través de la tela cuando hace frío en la casa. Pero me estoy adelantando.

Todo empezó hace unos años, cuando mi mujer y yo necesitábamos a alguien que nos ayudara con los chicos. Eran tres, todos menores de ocho, y mi esposa acababa de aceptar un puesto de coordinación en una escuela cercana. Por una conocida llegó Carolina. Era prima lejana de la madrina de mi hijo mayor, vivía sola, sin familia en la ciudad, y aceptó mudarse con nosotros una temporada. Le acondicionamos el cuarto de la planta alta, ese que daba al fondo, y con el correr de los días se convirtió en una más de la casa.

Lo que nadie sabía era que yo, desde el primer día, no podía dejar de mirarla. Soy un hombre muy visual, muy morboso. Espiar a las mujeres en sus momentos íntimos, descubrirlas cuando creen que nadie las observa, es uno de los placeres más intensos que conozco. No lo elegí, lo descubrí de joven y nunca pude sacármelo de encima.

Carolina usaba unos shorts cortos cuando estaba en casa, de esos que dejan ver media nalga cuando se agacha, y camisetas finas sin sujetador cuando solo estábamos en familia. Yo la miraba de reojo mientras pelaba frutas para los chicos, mientras se estiraba para alcanzar un plato del estante alto, mientras se acuclillaba para atar cordones. Cada gesto suyo era un golpe en el bajo vientre. Imaginaba la forma exacta de sus pezones bajo la tela, el modo en que la costura del short se le hundiría entre los labios al sentarse, el camino que recorrerían mis dedos si pudiera pasarlos desde sus tobillos hasta la cintura sin que ella se quejara.

Una mañana cualquiera, mientras mi esposa estaba en el trabajo y los chicos en el jardín de infantes, fui al cuarto de lavado a buscar una camisa que necesitaba. En el cesto, encima de todo, había una tanga.

Supe enseguida que era de ella. Mi esposa no usaba ese tipo de ropa interior y, además, el color —un violeta oscuro casi negro— era inconfundible. Miré hacia la puerta. Escuché. Nada. Tomé la prenda con las manos temblando.

La tela era suavísima, con un encaje finísimo en los bordes. La parte trasera era apenas una cinta de hilo que se le habría hundido entera entre las nalgas. Adelante, un triángulo pequeño, mínimo, marcado por una sombra húmeda y rodeado por algunos vellos cortos atrapados en la trama. Acerqué la prenda a la cara y respiré.

Ese olor —fuerte, ácido, vivo— me golpeó como una corriente eléctrica. No era un perfume. Era ella: el aroma íntimo de una mujer joven que había caminado toda una jornada con esa tanga puesta. Sentí la erección crecerme al instante. Me había puesto duro en menos de un segundo, con un trozo de tela en la mano y la imagen mental de Carolina paseando por la casa con apenas ese triángulo de encaje cubriéndola.

Tengo que verla. Verla entera, sin que ella sepa que la miro.

Esa misma tarde empecé a planearlo.

***

Soy razonablemente bueno con la electrónica. Trabajo en sistemas y desde adolescente armo y desarmo dispositivos. El plan se gestó al principio como una hipótesis técnica antes de ser una decisión moral. La pregunta era simple: ¿cómo observarla sin que ella lo supiera, sin que nadie en la casa lo supiera, sin dejar rastro?

El cuarto de Carolina daba a una ventana lateral que se abría sobre el techo del lavadero. El baño que ella usaba —el de huéspedes— tenía una ventana pequeña, alta, con vidrio esmerilado que dejaba pasar la luz pero no las formas. Sin embargo, el vidrio estaba viejo y, en un rincón, la película mate se había levantado: un cuadrado de unos diez centímetros de vidrio transparente, casi invisible desde adentro porque quedaba detrás de la cortina del lavabo. Desde afuera, en cambio, era una ventana al espectáculo.

Esperé. Las primeras dos semanas tuve tres intentos fallidos. Una vez subí la escalera y ella nunca entró al baño; otra vez se bañó en el baño compartido con los chicos; otra vez bajó el postigo antes de empezar. La paciencia era lo que más me costaba: cada noche escuchaba sus pasos arriba, el ruido lejano del agua, y me masturbaba en mi propia cama imaginando lo que estaría pasando del otro lado del techo.

La cuarta noche fue la noche.

Una noche oscura, sin luna, con mi mujer ya dormida desde temprano. Eran las diez y media cuando vi encenderse la luz del baño desde el patio trasero. Salí en silencio por la puerta del lavadero, subí los escalones de madera y, con la escalera ya preparada de antemano, llegué a la altura justa de la ventana.

El corazón me golpeaba en las sienes. Por el cuadrado de vidrio transparente vi su cuarto: la puerta del baño todavía abierta, la luz encendida, pero ella no estaba dentro.

Me quedé inmóvil, sin respirar. Después de unos minutos eternos, escuché la puerta cerrarse desde el otro lado. Subí un escalón más.

Carolina llevaba unos jeans gastados, muy ajustados, y una camiseta clara con el cuello caído. Lo primero que hizo fue recogerse el pelo en una coleta alta, frente al espejo. Después se miró, se giró de tres cuartos, se acomodó la camiseta. Levantó un poco las cejas, como evaluándose. Una mueca de aprobación, y siguió.

Se quitó la camiseta despacio. Debajo, un corpiño de algodón color crema, sin nada especial, pero que sostenía sus pechos exactamente como yo los había imaginado: pequeños, redondos, separados. Volvió a mirarse al espejo y se llevó las dos manos al pecho. Se los apretó suavemente, se los acomodó, se los levantó un poco. Estaba evaluándose a sí misma sin saber que tenía un público.

Yo, aferrado a la escalera con una mano y apretándome la entrepierna por encima del pantalón con la otra, ya no respiraba.

Después fueron los jeans. Le costó bajarlos: los iba empujando con los pulgares, contorneándose, y la tela se le quedaba pegada a los muslos como si fuera una segunda piel. Cuando finalmente cayeron al piso, vi una tanga color piel, casi invisible contra su tono trigueño, que apenas cubría el centro de un trasero firme, levantado, redondo. Dos curvas perfectas que pedían que las mordieran.

Se quitó el corpiño en un gesto rápido —el clic del broche en la espalda, los breteles cayendo por los brazos— y se quedó frente al espejo, en tanga, con los pechos al aire. Se masajeó los costados, donde el corpiño le había dejado marcas, y respiró profundo. Vi el modo en que la respiración le subía y le bajaba los pechos, vi los pezones oscuros endurecerse al contacto del aire fresco. Después se inclinó, enganchó la tanga con los pulgares y la deslizó por las piernas hasta dejarla en el piso.

El vello. Eso fue lo que me terminó de volver loco. Carolina tenía un monte de venus poblado, oscuro, con un triángulo bien definido que cubría todo. No estaba depilada como mi mujer, como casi todas las mujeres de revistas. Era el sexo de una mujer al natural, y verlo así —desde la ventana, sin que ella lo supiera— me apretó tanto sobre la tela del pantalón que pensé que iba a venirme ahí mismo, encaramado en la escalera.

Entró a la ducha. Yo veía el agua caerle por la espalda, escurrirse por las nalgas, recorrerle el cuello, los pechos. Se enjabonó despacio, recorriéndose el cuerpo como si fuera la primera vez que se lo descubría. Se separó una nalga con la mano y se pasó la otra mano por entre los pliegues. Se masajeó los pechos, los pezones. Bajó hasta el vello mojado y se enjabonó con cuidado, con los ojos cerrados, abriendo apenas los labios. Por un segundo me pareció que se demoraba más de lo necesario, que se acariciaba, que tal vez ella también disfrutaba estar sola, lejos de los chicos y de nosotros, con el agua caliente recorriéndole la piel.

***

Y entonces el vidrio empezó a empañarse. Primero un velo apenas, después una nube espesa que iba cerrando el espectáculo. Maldije por dentro: tendría que haber previsto que el vapor terminaría tapando el cuadrado transparente. Bajé la escalera con cuidado, volví a la planta baja, me encerré en el baño de visitas y, todavía con la imagen de Carolina grabada detrás de los párpados, me masturbé como hacía años no lo hacía. Pensé en su olor, en su piel mojada, en el vello negro pegado a la carne por el agua, en los pezones duros, en la mano que se había detenido un instante de más entre las piernas. Acabé en menos de tres minutos, ahogando un gemido contra el dorso de la mano libre.

Esa noche dormí poco. No por culpa, sino por adrenalina. A la mañana siguiente, mientras Carolina desayunaba con los chicos riéndose de un chiste tonto, yo la miraba por encima de la taza de café y pensaba: ella no sabe lo que vi anoche, y yo no puedo dejar de pensarlo. Esa asimetría era, en sí misma, una droga.

Pasaron días en los que volví al cuarto de lavado cada vez que pude. Revisaba el cesto. Sacaba la tanga del día anterior, la analizaba, la olía. Algunas tenían vellos cortos atrapados, otras tenían la sombra húmeda más marcada, otras estaban casi limpias. Aprendí a leer sus ciclos por la ropa interior como un naturalista lee huellas en la nieve.

Pero el vapor del baño era un problema sin solución. Probé con líquido antiempañante: no alcanzó. Probé con esperar a que ella se duchara con agua menos caliente: ella se bañaba al borde de quemarse. Después de algunos intentos frustrados, supe que necesitaba otra cosa.

Una cámara.

Me metí en foros, comparé modelos, leí especificaciones. Necesitaba algo diminuto, inalámbrico, con batería de larga duración. Compré una cámara tipo botón con conexión wifi y resolución modesta —seiscientos cuarenta por cuatrocientos ochenta era lo que había en esa época— y le adapté una batería más grande, sacada de un teléfono viejo que tenía guardado. Configuré una red inalámbrica oculta en el router de la casa, abrí los puertos justos, encripté la transmisión. Nadie iba a detectar nada salvo que se conectara con mi clave.

La instalación me llevó una tarde, aprovechando que Carolina había salido con los chicos a la plaza. La cámara quedó escondida detrás del extractor del baño, apuntando exactamente al área de la ducha y al espejo de cuerpo entero. Probé el ángulo desde mi teléfono, en mi cuarto. Se veía perfecto: el espejo entero, el lavabo, la ducha completa. La calidad no era de cine, pero era ella, y eso era lo único que yo necesitaba.

Esa noche, después de cenar, mi mujer se acostó temprano. Yo me encerré en el escritorio con la excusa de un proyecto urgente. Escuché los pasos de Carolina subir por la escalera. El clic de la puerta de su cuarto. El ruido lejano del agua corriendo. Abrí la aplicación.

Y ahí estaba ella, otra vez. Desnudándose frente a mí sin saberlo. La cámara la atrapó entera: la coleta deshaciéndose, los jeans cayendo, la tanga del día —esa noche fue una negra, casi minúscula— deslizándose por las piernas. Esta vez no había vapor que me arruinara nada. Esta vez la veía como si yo estuviera dentro del baño, a un metro de su cuerpo.

Me bajé los pantalones sin dejar de mirar la pantalla. Carolina se metió a la ducha. Se mojó la cabeza, se pasó las manos por la cara para escurrirse el agua de los ojos. Se quedó un momento de espaldas a la cámara, con la cabeza hacia abajo, dejando que el chorro le golpeara los hombros. Después se enjabonó. Esta vez la vi con claridad: la mano descender entre las piernas, demorarse, los dedos abrirse y frotarse en círculos lentos. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta. Yo, en mi escritorio, con el teléfono en una mano y la otra mano en el sexo, me vine antes que ella.

Durante meses fue mi ritual nocturno. Algunas noches solo la miraba; otras me masturbaba a la par; otras me imaginaba entrando al baño, abriendo la cortina, encontrándola así, sorprendida y mojada, y que ella, lejos de gritar, sonreía y me hacía un lugar bajo el agua.

Nunca pasó. Carolina se fue de la casa casi un año después, cuando los chicos ya iban solos a la escuela y nosotros no la necesitábamos a tiempo completo. Nos saludamos con dos besos en la puerta, le agradecí todo, ella me agradeció más. Le dije que cualquier cosa que necesitara podía llamarnos. Me sonrió, asintió, se subió al taxi y se fue.

Lo que pasó después es otra historia, y se las contaré otro día. Porque sí: la volví a ver. Y no fue a través de una cámara.

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