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Relatos Ardientes

Mi vecino me espiaba desde el patio de enfrente

No hay placer más simple que mi sillón orejero junto al ventanal, una taza humeante de té de jengibre y un libro al que llevo semanas dándole vueltas. Es viernes, son apenas las seis y la tarde se ha vuelto gris a destiempo. Llueve sin pausa, con esa lluvia mansa que no asusta, solo acompaña.

El piso es pequeño, pero el ventanal del salón vale por toda la decoración. Da a un patio interior cerrado, profundo, rodeado por las ventanas de los otros vecinos. Suelo correr las cortinas a media tarde, pero esta vez las dejé abiertas porque me gustaba ver caer el agua sobre las macetas del alféizar.

Subo los pies al sillón, los meto debajo de la manta y sigo leyendo. Doy un sorbo lento. El té me quema un poco la lengua. Algo me obliga a mirar de reojo hacia el otro lado del patio, no sé por qué. Levanto la vista del libro y entonces lo veo.

Es el vecino del cuarto de enfrente, el del piso C. Está asomado a su ventana, sin camiseta, con los antebrazos apoyados en el alféizar. Me mira. No mira al cielo, no mira la lluvia, no mira las macetas. Me mira a mí.

Trago saliva y bajo los ojos al libro. No puede ser. Está mirando el edificio, la fachada, cualquier cosa menos a mí. Pero cuando vuelvo a alzar la vista, sigue ahí, exactamente en la misma posición, con la cabeza ligeramente ladeada y una sonrisa que no me hace ninguna gracia.

Será de unos cincuenta y largos. Tiene el pelo escaso pegado al cráneo y un cuerpo blando, acostumbrado a la silla y al sofá. Se enciende un cigarrillo sin dejar de observarme. La brasa naranja brilla en la penumbra de su salón. Suelta el humo despacio, casi con teatro, como si quisiera que me fijara.

Me incomoda. Mucho. Me incomoda tanto que decido demostrarle que lo he pillado. Cierro el libro de un golpe, me levanto del sillón, camino hasta el cristal y lo miro de frente. Los brazos cruzados, el pijama suelto, el pelo recogido en un moño que ya se me está cayendo solo.

Él no se asusta. Tampoco se aparta. Sonríe y, sin retirar el cigarrillo de los labios, levanta la mano libre y me saluda con dos dedos, como si fuéramos viejos conocidos. Aprieto los puños y vuelvo al sillón, roja de rabia. ¿Quién se cree que es?

***

La puerta de la entrada se abre y entra Esteban con el abrigo empapado. Trae bolsas del súper y huele a frío. Deja la compra en la cocina, se quita la chaqueta y viene hasta el salón. Me da un beso en la mejilla. Sabe a lluvia.

—Tienes una cara horrible, Mariana —dice mientras se sienta a mi lado—. ¿Estás bien?

—No. El vecino del C de enfrente lleva un rato comiéndome con los ojos. Se ha quedado plantado en la ventana como si yo fuera un canal de televisión.

Esteban se levanta y se acerca al cristal. Le sigo solo con la mirada, sin moverme del sillón. Veo cómo se aguanta una sonrisa.

—¿Ese señor calvo con el cigarro? —pregunta—. ¡Qué tal, jefe! —y le devuelve el saludo con la mano, alegre, como si estuviera en una barbacoa.

—No le saludes, animal —le riño en voz baja—. ¿Y si es un psicópata? A lo mejor sabe mi horario, el tuyo, cuándo entro, cuándo salgo. A lo mejor está esperando a que me quede sola un día para venir aquí a hacerme algo.

Esteban se ríe sin maldad. Se sienta en el reposabrazos del sillón, me aparta un mechón de la cara y me mira con esa mezcla suya de ternura y picardía que conozco demasiado bien.

—Mariana, mi vida, ese tipo no quiere matarte. Quiere otra cosa.

—¿Qué otra cosa? —pregunto, aunque ya intuyo por dónde va.

—Te ha visto pasar por el portal, te ha visto bajar la basura en chándal, te ha visto salir a correr los sábados con esa camiseta cortita. Lo que ese hombre quiere es meterse entre tus piernas, aunque sea con la mirada. Es lo único que tiene a su alcance.

—Pues que se aguante —digo, intentando sonar firme—. Mientras yo viva, ese asqueroso no me toca ni en un sueño.

—¿Y yo? —Esteban baja la voz un grado—. ¿Yo todavía tengo permiso para meterme entre ellas?

Lo miro de reojo. Tiene esa media sonrisa que siempre me termina convenciendo. Le acaricio la mejilla recién afeitada y suelto una risa pequeña, casi tímida.

—Tú tienes permiso siempre. Anda, vamos al dormitorio.

—No, Mariana. Aquí. En este sillón. Ahora. Con ese pervertido pegado al cristal.

Lo miro como si hubiera enloquecido. Le suelto la mano y me echo hacia atrás en el sillón, sin saber si reírme o enfadarme.

—¿Estás de broma? Ni loca me desnudo delante de ese tipo. Me da repelús.

—¿Yo también te doy repelús? ¿Esto te da asco? —me pregunta cogiéndome la mano y llevándola, sin prisa, a la entrepierna de su pantalón vaquero.

Aprieto sin querer. La tiene dura. Dura del todo. Aprieto otra vez, ya con curiosidad. El muy idiota se ha empalmado solo de imaginar la escena. Y lo peor, lo que no le voy a confesar todavía, es que a mí también se me ha cortado un poco la respiración.

—¿Y qué pretendes? —murmuro—. ¿Que ese cerdo nos mire y se la pele?

—No pretendo nada, Mariana. Yo solo quiero que ahora mismo me la chupes con esta boquita que tienes. Lo demás lo decide él.

***

Me apoya la mano abierta detrás de la nuca. No empuja. Solo deja la mano ahí, pesada, una orden silenciosa. Bajo despacio. Me resbalo del sillón y me quedo de rodillas entre sus piernas, en la alfombra de pelo corto que compramos en la mudanza.

Le bajo la cremallera del vaquero con los dientes, solo por molestar un poco. Bajo el calzoncillo. Aparece su polla, ya completamente dura, palpitando contra mi mejilla. Le miro a los ojos. Él me sonríe y, sin avisar, gira mi cabeza hacia la ventana.

El vecino sigue ahí. No se ha movido un centímetro. Tiene la boca entreabierta. Veo el brillo del cigarro y, debajo del alféizar, un movimiento que adivino más que veo. Cierro los ojos un instante, los abro y empiezo.

Lamo la base con la lengua plana, despacio, subiendo hasta la punta como si lamiera un helado que se derrite. Le envuelvo el glande con los labios. Esteban suelta un suspiro grave. Me agarra el pelo con una mano y, en lugar de empujarme, me lo retira de la cara.

—Así, mi vida —susurra—. Te recojo el pelo para que el vecino vea bien cómo te llenas la boca conmigo. Que se entere bien.

Sigo. La saliva me cae por la comisura. Una hilera transparente baja por el muslo de Esteban y le moja el vaquero arrugado a la altura de la rodilla. Mis bragas están empapadas, y eso me asusta más que el vecino. No entiendo por qué saber que ese hombre me observa, en lugar de cerrarme en banda, me ha disparado algo por dentro.

Lo miro de reojo a través del cristal. Tiene una mueca de concentración casi obscena. Mueve el brazo, lento al principio, después más rápido. Yo succiono con más fuerza, sintiendo cómo Esteban se tensa, cómo me agarra el moño deshecho con más rabia.

***

—Para, Mariana —susurra de pronto—. Levántate.

Le obedezco. Me incorporo con las piernas blandas, el pijama torcido, el pelo hecho un desastre. Esteban se levanta también, me da la vuelta sin brusquedad y me apoya con suavidad sobre el sillón.

Me coloca a cuatro patas, mirando al respaldo, justo en la posición exacta para que mi perfil quede a la altura del ventanal. Me agarro al respaldo con las dos manos. Sé lo que viene y se me encoge el estómago de pura anticipación.

Me baja el pantalón del pijama hasta los muslos. Me baja las bragas. El aire frío del salón me golpea entre las piernas y noto cómo se me eriza la piel. Esteban pasa dos dedos por encima, sin entrar, solo recorriendo, comprobando.

—Estás chorreando, Mariana —me dice con una sonrisa que oigo más que veo.

—Cállate —murmuro, hundiendo la frente en el respaldo.

—Ese viejo te está mirando, ¿lo sabes? Ahora mismo. Te ve el culo, te ve la cara, todo. Y a ti te encanta. Tu coño me lo está diciendo a gritos.

Me agarra el pelo y me gira la cara hacia el cristal. Sin querer abro los ojos. El vecino sigue ahí, ahora con la boca abierta, casi pegado al cristal. Se está masturbando sin disimulo. Su brazo sube y baja a un ritmo torpe pero implacable.

—Voy a follarte muy despacio, Mariana —me susurra Esteban al oído—. Y tú vas a mirarle a él mientras lo hago. Vas a correrte mirándolo. Vas a darle la mejor noche del año a ese pobre desgraciado.

Me mete un dedo. Cierro los ojos. Gimo bajo. Me mete otro. Me arqueo. Quiero más, quiero ya, pero él no tiene prisa. Mueve los dedos despacio, contando los segundos contra mi paciencia.

—Por favor —digo, y la voz me sale rota.

—Por favor, ¿qué? Pídelo bien. Que te oiga él también.

—¡Por favor, métemela, no aguanto más! —grito sin medir, sin pensar en los vecinos del patio, sin pensar en nadie. Solo en mi cuerpo, que pide.

—Eso es, mi vida —murmura Esteban—. Aquí tienes lo que querías.

***

De una embestida limpia se hunde entero en mí. Grito sin querer. Llega hasta el fondo, me llena, y empieza a moverse con un ritmo lento y profundo que me hace temblar las manos contra el respaldo. Me agarra de las caderas con las dos manos. Me embiste. Me coge del pelo, lo tira hacia atrás, y vuelvo a quedar de cara al cristal.

El vecino se ha sacado la polla por completo. Ya no la disimula. Tiene una mano apoyada en el marco de su ventana y la otra moviéndose a una velocidad que casi me da pena. Le brilla la cara. Tiene los ojos vidriosos, fijos en mí, en mi boca abierta, en mis pechos que se mueven a cada empujón de Esteban contra mi cuerpo.

Y yo, en lugar de apartar la vista, le sostengo la mirada. No sé si por orgullo o por morbo. No sé si por cumplir lo que me ha pedido Esteban o porque, dentro de mí, algo se ha abierto y no quiere cerrarse. Le miro y le dejo mirar.

—Córrete para él, Mariana —jadea Esteban detrás—. Córrete mirándolo. Demuéstrale lo que se está perdiendo.

Aumenta el ritmo. Me golpea las nalgas con las caderas, una y otra vez, en seco. La temperatura del salón ha subido cinco grados. Tengo el pijama pegado a la espalda. Las gotas de lluvia siguen golpeando el cristal entre el vecino y yo, como un tercer pulso que no nos suelta.

Me corro casi sin avisar, con un grito largo que sube desde el vientre. Aprieto las manos contra el respaldo del sillón, hundo la frente en él, y todavía abro los ojos un segundo más, justo para verle a él. El vecino tiene la mandíbula apretada, los ojos cerrados, el cuerpo doblado contra el alféizar. Termina al mismo tiempo que yo. Lo veo. Le escucho un gemido sordo a través del patio, amortiguado por la lluvia, y un suspiro final.

Esteban se corre a los pocos segundos, hundido del todo, gruñendo contra mi cuello. Se queda quieto. Le siento temblar sobre mí. Me besa el hombro. Me besa la oreja. Me suelta el pelo con cuidado, como si tuviera miedo de despertarme de algo.

***

Nos quedamos un rato así, encajados, recuperando el aliento. Cuando levanto la vista al ventanal, el vecino ya no está. Solo queda la brasa olvidada del cigarrillo apoyada en el alféizar y la cortina medio corrida, como si por fin hubiera tenido un mínimo de pudor.

Esteban se incorpora despacio. Me sube el pantalón del pijama y me coloca el pelo detrás de la oreja. Me da un beso lento en la sien.

—Tendremos que cerrar las cortinas la próxima vez —dice con sonrisa traviesa.

—O dejarlas abiertas —murmuro, y me sorprendo a mí misma diciéndolo.

Me río contra su pecho. Él se ríe también. Fuera sigue lloviendo. Mi té se ha quedado frío en la mesita. El libro está abierto por la página dieciocho, exactamente donde lo dejé hace una hora. Lo cierro con cuidado y lo guardo en el estante.

Por si acaso, no corro las cortinas.

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Comentarios (1)

Pilar_Noche

Tremendo!!! quede con ganas de saber cómo siguió todo eso, por favor una segunda parte

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