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Relatos Ardientes

Pagué aquel examen frente al espejo del motel

Nunca pensé que contaría esto, pero mi mejor amiga insistió tanto que al final cedí. Soy de las calladas, de las que se sientan al fondo del aula y rezan para que el profesor no las llame al pizarrón. Quizá por eso lo que me pasó aquella tarde todavía me quita el sueño algunas noches.

Estaba en segundo año de la universidad. Siempre fui de piel morena, de pechos firmes, aunque lo que de verdad llamaba la atención eran mis caderas. Con mi metro cincuenta y ocho, las nalgas se me veían más grandes de lo que eran, y desde la preparatoria me lo recordaban a diario. Nunca supe si tomarlo como un halago o como una advertencia.

Buena alumna lo intenté con todas mis fuerzas, pero la escuela jamás se me dio. Aprobaba de milagro, copiando apuntes prestados y rogando ayuda a mis amigas. Todo iba más o menos bien hasta que choqué contra el muro de siempre: las matemáticas.

Llevaba semanas chateando con un chico llamado Damián. Era ingeniero, daba clases en una universidad cercana y se había ofrecido un montón de veces a ayudarme con las tareas, incluso a darme clases particulares. Yo nunca acepté. Me daba demasiada vergüenza quedar a solas con alguien que apenas conocía por una pantalla.

Pasaron las semanas y olvidé por completo su oferta, hasta que llegó el fin de semestre y, con él, la temporada de exámenes. Cuando vi mis resultados quedé devastada: había aprobado casi todo menos, claro, matemáticas. Tenía que repetir el examen y no tenía la menor idea de cómo iba a sacarlo. Entonces recordé las palabras de Damián.

Le escribí contándole mi situación. Me contestó al instante, dijo que con gusto me ayudaría, aunque era un poco arriesgado para él. Le respondí que de verdad lo necesitaba, que le daría lo que quisiera con tal de pasar.

Lo que quisiera. Dije esas palabras sin medir lo que significaban.

El día del examen logré, a escondidas, mandarle fotos de las preguntas. Él me devolvió todas las respuestas. Todavía no entiendo cómo el profesor no se dio cuenta, pero terminé la prueba con un alivio que me temblaba en las manos. Jamás volvería a tomar una materia con ese hombre.

Una semana después llegaron las calificaciones. No podía creerlo: había aprobado. Estaba tan feliz que le escribí enseguida para agradecerle. Damián no me hizo esperar, me llamó para felicitarme y, con la misma voz tranquila, me recordó que aún le debía un favor.

—Claro —le dije sin pensar—. Dime qué quieres y te lo consigo.

No esperaba su respuesta.

—Lo que quiero a cambio es una buena mamada tuya.

Me reí, segura de que era una broma. Pero él siguió, ahora con un tono serio que me heló por dentro.

—Es en serio. Te ayudé a aprobar. Lo mínimo es eso.

Me quedé sin palabras. Esperaba cualquier cosa menos eso. Con la voz ya quebrada le supliqué.

—No puedo hacer eso. Pídeme otra cosa, lo que sea, pero eso no.

—Ese es mi precio —respondió, sin un gramo de duda—. Si no me pagas, hablaré con tu maestro y le aclararé cómo aprobaste.

No podía permitir que eso pasara. Me imaginé la expulsión, la cara de mis padres, mi nombre arrastrado por toda la facultad. Después de darle mil vueltas, cedí. Odiaba a Damián, pero me odiaba más a mí misma por haberme metido en ese agujero.

Quedamos para el día siguiente. Dijo que pasaría por mí al salir de clases y que ahí, en algún lugar, le pagaría lo que le debía.

***

Esa noche no pegué un ojo. No sabía qué me esperaba, pero la decisión estaba tomada. A la tarde siguiente, al terminar las clases, lo vi estacionado frente a la entrada. Me abrió la puerta del coche y, antes de que yo dijera nada, me entregó una bolsa.

—Esto es para ti. Ve al baño y cámbiate.

Los sanitarios quedaban cerca de la salida, así que obedecí. Cuando abrí la bolsa, el corazón se me cayó al suelo: dentro había un vestido rojo cortísimo y unos tacones negros con los que apenas podía dar un paso. Me lo probé. Me quedaba bien, demasiado bien, pero la tela apenas me cubría las nalgas. Salí casi corriendo, rezando para que ningún compañero me viera, y me metí en el coche con la cara ardiendo.

—Te ves increíble —me dijo apenas cerré la puerta, recorriéndome con la mirada—. Linda de verdad.

Damián arrancó y, mientras manejaba, no dejaba de bajar los ojos hacia mis piernas desnudas. Yo me jalaba el borde del vestido hacia abajo, incómoda, sin lograr taparme. Nunca me había vestido así en mi vida, y sentirme observada de esa manera me revolvía el estómago y, muy a mi pesar, algo más.

Media hora después llegamos a un motel a las afueras. Yo jamás había pisado uno.

—No digas nada —me advirtió antes de bajar—. Déjame hablar a mí.

Asentí con la cabeza, callada, aferrada a la esperanza de que al verme tan joven el encargado se negara a darnos una habitación. Pero cuando Damián la pidió, el hombre del mostrador me clavó la mirada, recorrió el vestido corto y mis piernas con una lentitud que me dio asco, y sonrió.

—Aquí tiene su llave. Diviértanse.

No me quitó los ojos de encima mientras cruzábamos hacia la habitación. Sentí su mirada pegada a mi espalda, a mis nalgas, como una mano que no me tocaba pero que igual me dejaba marca. Mi última esperanza se esfumó. Solo quedaba pagar la deuda.

La habitación me sorprendió. Una pared entera era un espejo, del piso al techo, justo frente a la cama. No había forma de mirar a ningún lado sin verme a mí misma, sin verlo todo reflejado dos veces.

Apenas cerró la puerta, Damián me tomó de la cintura por detrás y me habló al oído.

—Te ves deliciosa.

—¡Espera! —reaccioné, girándome—. Quedamos en que era solo una mamada y ya.

Él sonrió y me hizo girar de nuevo hacia el espejo, sujetándome los hombros para que me mirara.

—Sí, pero primero necesito un poco de inspiración. Quiero verte. Quiero que tú también te veas.

Yo solo quería que aquello terminara cuanto antes.

—¿Qué clase de inspiración? —pregunté con un hilo de voz.

—Bájate el vestido. Despacio. Mírate mientras lo haces.

Me puse roja hasta las orejas. En el reflejo me vi a mí misma, los dedos temblorosos buscando el cierre, y lo vi a él detrás, los ojos fijos en el cristal, devorando cada centímetro que iba quedando al descubierto. Bajé la tela poco a poco hasta dejar los pechos cubiertos solo por el sostén.

—Quítatelo —ordenó—. Quiero ver esas tetas. Y quiero verlas en el espejo.

Me moría de coraje, pero ya no sabía cómo salir de ahí. Solté el broche y dejé caer el sostén sobre la cama. En el reflejo, mis pezones se endurecieron al instante, traicionándome, como si mi cuerpo respondiera a la vergüenza de saberme observada por partida doble.

Damián se acercó por detrás. Sin dejar de mirar el espejo, me cubrió los pechos con las manos y empezó a apretarlos despacio, jugando con mis pezones entre los dedos. Yo no estaba acostumbrada a que me tocaran así. Apreté los labios para no hacer ningún ruido, pero el calor empezaba a juntárseme entre las piernas.

—Mira cómo te pones —murmuró contra mi cuello—. Te gusta que te miren.

Quise negarlo y no pude. En el cristal, mi propia cara me delataba: los párpados a media asta, la respiración agitada, las bragas ya húmedas bajo el vestido enrollado en la cintura. Odiaba que tuviera razón.

Me giró y me empujó con suavidad hasta sentarme al borde de la cama. Se desabrochó el pantalón frente a mí, y reconozco que la sorpresa me cortó el aliento. Nunca había visto a un hombre así de cerca, así de expuesto, esperando.

—Una buena mamada —repitió—. Como acordamos. Y vas a mirarte mientras lo haces.

Tragué saliva. De reojo, en el espejo, veía mi propia espalda arqueada, la curva de mis nalgas asomando bajo la tela, mi cabeza inclinándose. La imagen era tan ajena que parecía otra mujer. Cerré los ojos un segundo, junté el poco valor que me quedaba y empecé a pagar mi deuda.

Él enredó los dedos en mi pelo, marcando el ritmo, sin dejar de mirar el reflejo. De vez en cuando giraba mi cara hacia el cristal.

—Ábrelos. Quiero que veas lo bien que lo haces.

Y los abría. Me veía a mí misma, entregada a algo que había jurado no hacer, y lo peor era el escalofrío que me recorría la espalda al descubrir que la imagen, esa de mí siendo observada, me encendía más que cualquier caricia.

***

Cuando terminó, me dejé caer hacia atrás sobre la cama, agotada, con el corazón a mil. Damián se acomodó la ropa con una calma que me dio rabia y se sentó a mi lado.

—Deuda pagada —dijo, como quien cierra un trato cualquiera.

Me incorporé, me quité los tacones que me destrozaban los pies y recogí mi ropa del piso. Frente al espejo, mientras me vestía, no pude evitar mirarme una última vez. Buscaba a la chica tímida que había entrado por esa puerta media hora antes, pero ya no la encontré. En su lugar había alguien que no terminaba de reconocer, alguien que había descubierto, a su pesar, lo que se siente al ser mirada.

Damián me llevó de regreso casi sin hablar. Al bajarme del coche, me devolvió mi mochila y sonrió.

—Si vuelves a necesitar ayuda con alguna materia, ya sabes dónde encontrarme.

No le contesté. Cerré la puerta y caminé hacia mi casa sin mirar atrás, repitiéndome que aquello no se repetiría jamás. Pero esa noche, sola en mi cuarto, frente al espejo del armario, me sorprendí mirándome de la misma forma en que él me había mirado. Y entendí que algo, dentro de mí, ya nunca volvería a ser igual.

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Comentarios (6)

NahuC22

increible relato!! me tenia en suspenso desde el primer parrafo

LunaNocturna

Que manera de crear tension... el detalle del espejo fue lo mejor de todo. Me quede pensando un rato despues de terminar de leer.

DiegoBA_lector

muy bueno! espero que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues

Gema77

dios mio!!! que relato tan bueno, me atrapaste desde el principio

ManuelBaires

La categoria de voyerismo siempre me gusto pero este tiene algo especial. La tension que se va armando es increible, muy bien escrito.

Cristian_LP

lo lei de corrido sin parar jaja, muy recomendable

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