El camionero nos siguió hasta el bar de carretera
Llevábamos casi cuatro horas de carretera y el aburrimiento se nos había metido en el cuerpo como el calor de la tarde. Bruno conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en mi muslo, y yo miraba pasar los kilómetros de campo seco sin nada mejor que hacer que imaginar tonterías.
—Mira, ahí adelante hay un camión —dijo de pronto, con esa sonrisa que conozco demasiado bien—. ¿Te animás a alegrarle el viaje?
—Sí, dale —contesté—. Pero algo suave.
—Tranquila, un jueguito nada más.
Aceleró hasta colocarse detrás de la cabina y después fue ganando terreno despacio, hasta que quedamos en paralelo. Yo me subí el vestido lo justo para que se asomaran mis braguitas blancas con florcitas, deslicé la mano por debajo y empecé a tocarme sin prisa, mirando hacia arriba, a la ventanilla del camionero.
El tipo tocó la bocina. No sé si fue para felicitarnos o solo de pura sorpresa, pero a mí ese bocinazo me sonó a «te comería entera», y sentí que se me encendía algo por dentro.
—¿Vas a dejar que disfrute un poco más? —preguntó Bruno sin apartar los ojos de la ruta.
—Lo que vos me pidas —respondí.
—Mostrale las tetas. Despacio, sin apuro. Todavía nos queda recta para rato.
No podía negarme, y no solo por las ganas. Habíamos hecho una apuesta unos días antes y yo la había perdido, así que ahora tocaba obedecer. La verdad, casi me dejé ganar a propósito: ponerme en el lugar de la que cumple órdenes me da un morbo que no sé explicar, y hacerlo con él al lado lo multiplica todo.
Metí una mano bajo el escote y me acaricié mientras seguía mirando al camionero. Con la otra, Bruno se permitió jugar entre mis piernas, por encima de la tela ya húmeda. Bajé el escote del vestido y dejé que el desconocido viera mis pechos mientras me pellizcaba los pezones para él. Me excitaba pensar que ese hombre no podía tocarme, que iba duro como una piedra de solo mirarme y que no tenía más remedio que conformarse con la vista.
Unos segundos después, Bruno pisó el acelerador, terminó de adelantarlo y el camión desapareció por el espejo retrovisor.
***
Hablar de estos juegos nos ponía a tope, los dos. Siempre dejábamos volar la imaginación un poco más allá de lo que nos atrevíamos en la práctica. A él le gustaba la idea de cederme, de entregarme a otro y mirar cómo otro hombre me disfrutaba. Pero al final siempre terminaba confesándome que no se sentía preparado para tanto. A mí, en cambio, con solo imaginarlo se me empapaban las bragas.
Seguimos charlando y conduciendo un buen rato, hasta que vimos a un costado de la ruta un bar de carretera medio escondido. Decidimos parar para estirar las piernas y cambiar de conductor.
El lugar tenía una pinta de lo más rara. Las paredes manchadas, dos o tres parroquianos que parecían pegados a la barra desde el siglo pasado y un mozo que nos miró como si fuéramos animales exóticos. Nos pedimos un café igual. Yo necesitaba ir al baño, así que pregunté dónde quedaba.
—Afuera, al fondo —me dijo el mozo—. La llave está colgada de ese clavo.
Agarré la llave y crucé el patio trasero. El baño estaba apartado, detrás de unos tambores oxidados. Ni loca cerraba esa puerta con llave: tenía toda la traza de esconder un asesino de película, así que la dejé entornada por si tenía que salir corriendo. Me lavé la cara con agua fría y, mientras me secaba mirándome al espejo, no podía sacarme de la cabeza el jueguito del camión.
El teléfono vibró en mi bolsillo. Era Bruno.
—¿Cuánto te falta? Este lugar me empieza a dar mala espina, parece el decorado de una peli de Tarantino…
—Cinco minutos y nos vamos, amor —escribí.
Lo noté nervioso. Me sequé las manos y, justo cuando iba a abrir la puerta para salir, me encontré con él parado en el umbral. No con Bruno. El camionero.
Me miraba en silencio, sin decir una palabra. No me había equivocado al pensar que no estaba nada mal: alto, fornido, con cara de chico malo de las que se ven en las películas. Pero la situación era tan incómoda que apenas pude registrar lo bueno que estaba. El móvil volvió a vibrar.
—Amor, nos vamos. Salgo y te espero en el auto.
Mejor vení para acá, a los baños…, alcancé a teclear.
No terminé de mandar el mensaje. El desconocido ya había dado un paso adentro.
—Hola —dijo con una calma que me puso la piel de gallina—. Me encantó el juego del camino, me alegraron el viaje. Solo quiero devolverles el favor. Ya hablé con tu chico, y no puso ninguna pega.
No entendía bien qué quería decir con eso de que Bruno «no había puesto pega». Pero entre el calentón del camión, la charla posterior y ahora este encuentro, mis bragas estaban directamente empapadas.
Me agarró del pelo, me giró con firmeza y me apoyó contra el lavabo mientras me amasaba el culo con la otra mano.
—Solo quiero probar esta delicia que me enseñaste hace un rato —murmuró pegado a mi oído.
Yo no sabía qué decir. Y tampoco me resistí. La escena me parecía demasiado excitante, y al mismo tiempo pensaba que Bruno estaba por llegar y nos iba a pillar. Esa idea, lejos de frenarme, me prendió todavía más.
Me levantó el vestido, hizo a un lado la tela mojada y noté cómo se hundía en mí de una sola embestida. Apreté los dientes y me aferré a los bordes fríos del lavabo.
—Te voy a coger como a la perra que sos —dijo, sin dejar de moverse.
—Sí, por favor, hacelo —jadeé—. Fui una chica muy mala.
Las palabras me salieron solas, sin pensarlas. Era exactamente lo que deseaba: que me usara sin contemplaciones en ese baño sucio, contra el lavabo, mientras alguien podía entrar en cualquier momento.
—Mirate —me ordenó, empujándome la cabeza hacia el espejo—. Mirá la cara que ponés cuando te cogen. ¿Sos una perra? Decímelo.
—Sí, joder, soy una perra —gemí—. Cogeme fuerte… dame más.
Fue entonces cuando lo escuché. La puerta entornada terminó de abrirse y, en el reflejo del espejo, apareció Bruno. No dijo nada. Se quedó apoyado en el marco, con los brazos cruzados y una expresión que jamás le había visto: una mezcla de tensión, de celos y de algo parecido a la fascinación.
—Tu chico está acá, mirando cómo te cojo —dijo el desconocido—. Decile algo.
—Amor… —alcancé a balbucear.
No me dio tiempo a más. Las embestidas se volvieron más duras, más profundas, una detrás de otra, bajo la mirada fija de Bruno, que parecía disfrutar de aquella escena rocambolesca incluso más que yo. El espejo nos devolvía las tres figuras: la mía doblada sobre el lavabo, la del hombre sujetándome de las caderas y la de mi novio inmóvil en la puerta, sin perder un solo detalle.
De golpe me agarró de los hombros y me giró para ponerme de rodillas frente a él. Y ahí la vi de cerca por primera vez: gruesa, dura, brillante por lo que acababa de salir de mí. Me había dejado el sexo chorreando y dos orgasmos encima, y yo ni me había dado cuenta de en qué momento había pasado.
—Chupámela hasta que me corra —me dijo.
Miré a Bruno como pidiéndole permiso, aunque por dentro me moría por hacerlo. Él me dedicó una sonrisa apenas perceptible. Señal más que suficiente. La tomé con las dos manos y empecé a lamerla con ganas, mientras el desconocido me sujetaba la cabeza para hundirse hasta el fondo de mi boca.
La sensación de estar siendo usada, y de que Bruno lo viera todo, me tenía al borde de un tercer orgasmo sin que nadie me tocara. Me sentía sucia, excitada, expuesta. El hombre soltó un gruñido ronco, apretó mi cabeza contra él para que no pudiera moverme y se vació en mi boca. Lo sentí caliente, abundante, llenándomela y bajando por la garganta.
—Así, perra… tragátelo todo —jadeó—. Sos una preciosura.
Una vez satisfecho, se acomodó la ropa y caminó hacia la puerta, donde cruzó un par de palabras con Bruno que no llegué a oír. Yo seguía de rodillas en el suelo de baldosas frías, con los restos de él resbalándome por la comisura de los labios, tratando de recomponerme.
Bruno se acercó, se agachó a mi altura y me limpió con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.
—¿Te gustó, amor? —me preguntó en voz baja.
—Muchísimo —admití—. Fue intensísimo. Y me encantó tenerte ahí, mirándome.
—Vamos, limpiate. Todavía nos queda mucho camino. —Me besó la frente y se puso de pie—. Te espero en el auto. No te entretengas, otra vez.
Terminé de asearme y de volver poco a poco a la realidad, mirándome al espejo con una sonrisa de la que no me sentía nada culpable. La cara de una mujer recién follada, satisfecha hasta los huesos.
***
Cuando volví al coche, Bruno ya estaba sentado en el asiento del acompañante, listo para que arrancáramos. Me subí, puse primera y salimos de nuevo a la ruta. Durante un rato no hablamos. No hacía falta.
No había pasado ni una hora cuando, a lo lejos, recortándose contra el sol bajo de la tarde, apareció la silueta de otro camión. Lo miré a él. Él me miró a mí. Y los dos sonreímos al mismo tiempo.
Creo que acabábamos de abrir la caja de Pandora, y ninguno de los dos tenía la menor intención de volver a cerrarla.





